Comentario de San Jerónimo al Evangelio Según San Marcos

SAN JERÓNIMO (347-420)

SAN JERÓNIMO

COMENTARIO AL EVANGELIO DE SAN MARCOS

I. Mc 1, 1-12

Aquel ser viviente, que en el Apocalipsis de San Juan  y en el comienzo del libro de Ezequiel  aparece tetramorfos (cuatriforme), por tener cara de hombre, cara de toro, cara de león, y cara de águila, tiene también en este lugar su significado: en Mateo se descubre la cara de hombre, en Lucas la de toro, en Juan la de águila; a Marcos lo representa el león, que ruge en el desierto.

Comienzo del Evangelio de Jesucristo, Hijo de Dios. Conforme está escrito en Isaías el profeta: Voz que clama en el desierto: preparad los caminos del Señor, rectificad sus sendas. El que clama en el desierto ciertamente es el león, a cuya voz tiemblan los animales todos, corren en tropel y no son capaces de huir. Considerad al mismo tiempo que Juan el Bautista es llamado la voz, y nuestro Señor Jesucristo la palabra: el siervo precede al Señor.

«Comienzo del Evangelio de Jesucristo, Hijo de Dios.» Por tanto, no del hijo de José. El comienzo del Evangelio es el final de la ley: acaba la ley y comienza el Evangelio.

Conforme está escrito en Isaías el profeta: Mira, envío mi mensajero delante de ti, el que ha de preparar tu camino. Conforme está escrito en Isaías. En cuanto soy capaz de recordar y buscar en mi mente, repasando con la máxima atención tanto la traducción de los setenta, como los mismos textos hebreos, nunca he podido encontrar que esto esté escrito en el profeta Isaías. Lo de: «Mira, envío mi mensajero delante de ti», está escrito, sin embargo, al final del profeta Malaquías, ¿cómo es que el evangelista Marcos dice aquí «conforme está escrito en el profeta Isaías?» Los evangelistas hablaban inspirados por el Espíritu Santo. Y Marcos, que esto escribe, no es menos que los demás. En efecto, el apóstol Pedro dice en su carta: «Os saluda la elegida como vosotros, así como mi hijo Marcos». ¡Oh apóstol Pedro, tu hijo Marcos, hijo no según la carne, sino según el espíritu, instruido en las cosas espirituales, ignora esto! Y lo que está escrito en un lugar, lo asigna a otro. «Conforme está escrito en el profeta Isaías: Mira, envío mi mensajero delante de ti». Porfirio, aquel impío, que escribió contra nosotros y que vomitó su rabia en muchos libros, se ocupa de este pasaje en su libro decimocuarto, y dice: «Los evangelistas fueron hombres tan ignorantes, no sólo en las cosas del mundo, sino incluso en las divinas Escrituras, que lo escrito por un profeta lo atribuyen a otro». Esta es su objeción. ¿Qué le responderemos nosotros? Gracias a vuestras oraciones me parece haber encontrado la solución. Conforme está escrito en el profeta Isaías. ¿Qué es lo que está escrito en el profeta Isaías? «Voz que clama en el desierto: Preparad el camino del señor, enderezad sus sendas». Esto es lo que está escrito en Isaías. Ahora bien, esta misma afirmación se halla expuesta más ampliamente en otro profeta. El evangelista mismo dice: Este es Juan el Bautista, de quien también Malaquías dijo: «Mira, envío mi mensajero delante de ti, el que ha de preparar tu camino». Por tanto, lo que dice que está escrito en Isaías, se refiere a este pasaje: «Voz del que clama en el desierto: Preparad el camino del Señor, enderezad sus sendas». Para probar que Juan era el mensajero, que había sido enviado, no quiso Marcos recurrir a su propia palabra, sino a la profecía del profeta.

Apareció Juan bautizando en el desierto, proclamando un bautismo de conversión… Juan apareció: nuestro Dios existía. Lo que apareció, dejó de ser y, antes de aparecer, no existió. Por el contrario, el que existía antes y existía siempre y nunca ha tenido principio. Por ello, de Juan el Bautista se dice apareció, esto es, egueneto, mientras del Señor y Salvador se dice existía. Cuando se dice existía significa que no tiene principio. Él mismo es el que dijo: «El que me ha enviado»: pues el ser no tuvo principio. Apareció Juan en el desierto, bautizando y predicando. En el desierto apareció la voz que tenía que anunciar al señor: otra cosa no debía proclamar sino la venida del Salvador. Apareció Juan en el desierto. ¡Feliz innovación: abandonar a los hombres, buscar a los ángeles, dejar las ciudades y encontrar a Cristo en la soledad! Apareció Juan en el desierto, bautizando y predicando: bautizaba con su mano, predicaba con su palabra. El bautismo de Juan precedió al bautismo del Salvador. Del mismo modo como Juan el Bautista fue el precursor del Señor y Salvador, así también su bautismo fue el precursor del bautismo del Salvador. Aquél se dio en la penitencia, éste en la gracia. Allí se otorga la penitencia y el perdón, aquí la victoria.

Acudía a él gente de toda la región de Judea. A Juan acude Judea, acude Jerusalén; mas a Jesús, el Señor y Salvador, acude todo el mundo. «En Judá Dios es conocido, grande es su nombre en Israel». A Juan, pues, acuden Judea y Jerusalén, mas al Salvador acude todo el mundo.

Venían todos y eran bautizados por él en el río Jordán, confesando sus pecados. Eran bautizados por Juan. Juan el Bautista ofrece la sombra de la ley, por ello los judíos son bautizados sólo según la ley. Venían de Jerusalén y eran bautizados por él en el Jordán, el río que baja. Pues la ley baja: aunque bautiza, es, sin embargo, de abajo. Jordán significa esto: río que baja, mientras que nuestro señor, y toda la Trinidad, es de arriba.

Alguien podría decir: si la ley es de abajo, ¿no es también de abajo el Señor, que fue bautizado en el Jordán? Fue bautizado en el Jordán justamente, pues guardó los preceptos de la ley. Del mismo modo como fue circuncidado según la ley, según la ley fue bautizado.

Juan llevaba un vestido de piel de camello, y se alimentaba de langostas y miel silvestre. Así como los apóstoles son los primeros entre los sacerdotes, Juan el Bautista es el primero entre los monjes. Y, como nos transmiten los escritos hebreos y puede todavía recordarse, también en las listas de los sacerdotes se nombra a Juan entre los pontífices. De este modo queda claro que aquel varón fue no sólo un santo, sino también un sacerdote. Leemos, además, en el Evangelio de San Lucas que Juan era de linaje sacerdotal. «Hubo, dice, un sacerdote llamado Zacarías…, que en el turno de su grupo…». Esto, propiamente hablando, no puede referirse más que a los príncipes de los sacerdotes, es decir a los pontífices. ¿Por qué he dicho todo esto? Para que sepamos que el que sabía que Cristo iba a venir era sacerdote y, sin embargo, no buscaba a Cristo en el templo, sino en el desierto, donde habíase retirado de la multitud. Para los ojos que esperan a Cristo, ninguna otra cosa merece la atención más que Cristo. Y Juan llevaba su vestido hecho de pelo de camello: no de lana, para que no pudieras pensar que eran vestidos delicados. Nuestro Señor mismo da testimonio en el evangelio del ascetismo de Juan. «Los que visten con elegancia, dice el Señor, están en los palacios de los reyes».

Tratemos ahora de descubrir, con la ayuda de vuestras oraciones, el sentido espiritual del texto. «Tenía Juan un vestido hecho de pelos de camello con un cinturón de cuero a sus lomos». Juan mismo dice: «Es preciso que él crezca y yo disminuya. El que tiene la esposa es el esposo; pero el amigo del esposo se alegra mucho, si ve al esposo». Y dice además: «Detrás de mí viene el que es más fuerte que yo; yo no soy digno de desatarle la correa de sus sandalias». Lo de «Es preciso que él crezca y yo disminuya» equivale a decir: es preciso que el Evangelio crezca y yo, la ley, disminuya. Llevaba Juan, es decir, la ley en Juan, un vestido hecho de pelos de camello: no podía llevar la túnica propia del cordero, de quien se dice: «He aquí el cordero de Dios, he aquí el que quita los pecados del mundo», y también: «Como oveja fue llevado a la muerte». Bajo la ley no podemos llevar la túnica propia de aquel cordero. Y bajo la ley llevaba Juan un cinturón de cuero, porque los judíos consideran pecado solamente el cometido de obra; lo contrario de nuestro Señor Jesús, que en el Apocalipsis de Juan aparece en medio de siete candelabros, llevando un cinturón de oro, y no en los lomos, sino en el pecho. La ley se ciñe a los lomos, mientras que Cristo, es decir, el Evangelio y la virtud de los monjes no sólo condena los actos libidinosos, sino incluso los malos pensamientos. Aquí—en el Evangelio—no está permitido pecar ni siquiera de pensamiento, allí—en la ley— sólo es reo de pecado quien de hecho haya cometido fornicación. En verdad, os digo: Todo el que mira a una mujer deseándola, ya cometió adulterio con ella en su corazón «Está escrito en la ley, dice Jesús, no cometerás adulterio». Este es el cinturón que se ciñe a los lomos. «Pues yo os digo: Todo el que mira a una mujer deseándola, ya cometió adulterio con ella en su corazón». Este es el cinturón de oro, que se ciñe al pecho.

Llevaba un vestido de pelos de camello y «comía langostas y miel silvestre». La langosta es un animal pequeño, intermedio entre las aves y los reptiles, pues no despega de tierra lo suficiente; aunque se eleva un poco, salta más bien que vuela, e incluso, cuando se ha elevado un poco de tierra, cae de nuevo al suelo, al fallarle las alas. Así también, la ley parecía alejarse un poco del error de la idolatría, mas no era capaz de volar al cielo. Nunca se habla en la ley del reino de los cielos. ¿Queréis saber por qué el reino de los cielos sólo se predica en el Evangelio? «Haced penitencia, dice, porque está cerca el reino de los cielos». Así, pues, la ley elevaba un poco a los hombres de tierra, pero no podía llevarlos al cielo. «Donde esté el cuerpo, allí se reunirán las águilas». Esto respecto a las langostas.

También comía miel, no de la cultivada, sino de la silvestre, entre las fieras, entre las bestias; no en casa, no en la Iglesia, sino fuera de la Iglesia. En la ley llegaba a su fin la miel silvestre, de ahí que nunca hallemos escrito que la miel haya sido ofrecida en los sacrificios. Tal vez alguien se sorprenda y diga: ¿Por qué, siendo ofrecidos a Dios en sacrificio el aceite, la harina, el carnero, el cordero, la sangre de los animales, y demás cosas, sólo la miel no es ofrecida? En definitiva, ¿qué dice la Escritura? Todo lo que se ofrezca en sacrificio, ofrézcase sazonado con sal. «Que vuestra conversación esté sazonada con sal». La miel no se ofrece en absoluto. Y todo lo que haya tocado—se dice—, será impuro. La miel es signo del placer y la sensualidad: el placer conduce siempre a la muerte y no agrada nunca a Dios. Cuanto consigo trae dulzura no se ofrece a Dios en sacrificio. La miel es ciertamente dulce por sí misma y, por despertar con su dulzura los sentidos, se equipara al placer, a la pasión, a la lascivia. Cierto que la miel procede de las flores, que surgen por doquier, pero si te fijas bien, entre las mismas flores hay cadáveres, podredumbre y cosas semejantes… Por tanto, la miel no sólo procede de las flores, sino también de todo lo voluptuoso. Parece ciertamente agradable, más si sabes discernir el peligro, es en realidad mortal. ¿Por qué he dicho esto? Porque en la ley estaban los comienzos, mientras que en el Evangelio está la perfección.

Detrás de mi viene el que es más fuerte que yo, y no soy digno de desatarle, inclinándome, la correa de sus sandalias. Aquí aparece claramente un signo de humildad; es como decir: no soy digno siquiera de ser su siervo. Pero en estas sencillas palabras se nos revela otro misterio. Leemos en el Éxodo, en el Deuteronomio y en el libro de Ruth que cuando alguien se negaba a tomar por mujer a la viuda de su hermano, quien le seguía en orden de parentesco, ante los jueces y los ancianos le decía: a ti te corresponde el matrimonio, tú eres quien debe tomarla por mujer. Si se negaba, la misma a quien no quería tomar por esposa le quitaba su sandalia, le golpeaba en la cara y le escupía. De este modo podía ya casarse con el otro. Esto se hacía para pública deshonra—interpretando de momento el texto al pie de la letra—a fin de que si alguien fuera a rechazar a una mujer especialmente por ser pobre, el miedo a esta pública deshonra le hiciera desistir. Por tanto, aquí se nos revela el sacerdocio. Juan mismo dice: «el que tiene a la esposa es el esposo». Él tiene por esposa a la Iglesia, yo soy simplemente el amigo del esposo: no puedo, siguiendo la ley, desatar la correa de su sandalia, porque él no ha rechazado a la Iglesia por esposa.

Yo os bautizo con agua, yo soy un servidor, él es el Creador y el Señor. Yo os ofrezco agua. Yo, que soy criatura, ofrezco una criatura; él, que es increado, da al increado. Yo os bautizo con agua, ofrezco lo que se ve; él lo que no se ve. Yo, que soy visible, doy agua visible; él, que es invisible, da el Espíritu invisible.

Y sucedió que por aquellos días vino Jesús desde Nazaret de Galilea. Fijaos en el significado de las palabras. No dice: vino Cristo, ni tampoco: vino el Hijo de Dios, sino vino Jesús. Alguien podría decir: ¿Por qué no dice Cristo? Me refiero a Cristo según la carne. Dios, por su parte, es eternamente santo y no necesita ninguna santificación, pero estamos hablando ahora de la carne de Cristo. Aún no había sido bautizado, ni había sido ungido por el Espíritu Santo. Hablo de Cristo según la carne, según la forma de siervo; que nadie se escandalice. Hablo de aquel que, como si fuera un pecador, se acercó al bautismo; no trato de dividir a Cristo. No trato de decir que uno es Cristo, otro Jesús, y otro el Hijo de Dios, sino que siendo uno y el mismo es diverso según la diversidad de los momentos. «Vino Jesús desde Nazaret de Galilea». Daos cuenta del misterio. A Juan el Bautista acuden en primer lugar los habitantes de Judea y de Jerusalén, pero nuestro Señor con quien se inicia el bautismo evangélico y que cambió los sacramentos de la ley en sacramentos del Evangelio, no vino desde Judea ni desde Jerusalén, sino desde Galilea de los gentiles. «Vino Jesús desde Nazaret de Galilea». Nazara significa flor. La flor (Jesús) viene de la flor.

Y fue bautizado por Juan en el Jordán. ¡Gran misericordia: el que no había cometido pecado es bautizado como si fuera un pecador! En el bautismo del Señor son perdonados todos los pecados. Pero sólo a manera de cierto anticipo es esto propio del bautismo del Salvador, porque la verdadera remisión de los pecados está en la sangre de Cristo y en el misterio de la Trinidad.

En cuanto salió del agua, vio que los cielos se rasgaban. Todo esto, que se ha escrito, se ha escrito para nosotros, pues, antes de recibir el bautismo, tenemos los ojos cerrados y no vemos las cosas celestes.

Y vio que el Espíritu, como paloma, bajaba a él. Y se oyó una voz que venía de los cielos: «Tú eres mi Hijo amado, en ti me complazco». Jesucristo es bautizado por Juan; el Espíritu Santo desciende en forma de paloma y el Padre da testimonio desde los cielos. Mira, Arrio, ved, herejes, el misterio de la Trinidad en el bautismo de Jesús: Jesús es bautizado, el Espíritu Santo desciende en forma de paloma, el Padre habla desde el cielo. «Vio que los cielos se rasgaban». Cuando dice «vio», da a entender que los otros no veían, pues no todos ven los cielos abiertos. ¿Qué dice Ezequiel en el comienzo de su libro?  «Y sucedió, dice, que encontrándome yo entre los deportados, a orillas del río Kebar, vi los cielos abiertos». Yo vi, luego los otros no veían. Que nadie piense que se trata de los cielos simple y materialmente abiertos: nosotros mismos, que nos hallamos aquí, vemos los cielos abiertos o cerrados según la diversidad de nuestros méritos. La fe plena tiene los cielos abiertos, mas la fe vacilante los tiene cerrados.

«Y vio que el Espíritu, como paloma, bajaba a él» Maniqueos, marcionistas y demás herejías suelen presentarnos la siguiente objeción: si Cristo está en su cuerpo y la carne, que asumió, no fue abandonada, ni se la quitó de encima, también el Espíritu Santo, que bajó a él, está en la paloma. ¿Percibís los silbidos de la antigua serpiente? ¿Veis que aquella culebra, que arrojó al hombre del paraíso, también a nosotros quiere arrojarnos del paraíso de la fe? No dice—el evangelista—: tomó el cuerpo de una paloma, sino el Espíritu «como» paloma. Cuando se dice «como» no se designa la realidad, sino la similitud.

Respecto al Señor y Salvador, no está escrito que nació «como» hombre, sino que nació hombre. Mas aquí se dice como paloma. Por tanto, fue una similitud lo que se dio, no fue la realidad.

A continuación, el Espíritu le empuja al desierto. El mismo Espíritu, que había bajado en forma de paloma. «Vio—dice—que los cielos se rasgaban y que el Espíritu, como paloma, bajaba y se quedaba con él». Fijaos en lo que dice: se quedaba, es decir, se establecía de forma permanente, nunca lo abandonaría. Juan mismo dice en otro Evangelio: «El que me envió, me dijo: Aquel sobre quien veas que baja el Espíritu y se queda sobre él». En Cristo el Espíritu Santo bajó y se quedó, en los hombres bajo, mas no se queda permanentemente. En el libro de Ezequiel, que personalmente es figura del Salvador, pues a ningún otro de los profetas—hablo de los antiguos—se le llama «hijo del hombre», como a Ezequiel, en el libro de Ezequiel, digo, no transcurren veinte o treinta versículos, cuando se dice inmediatamente: «La palabra del Señor fue dirigida al profeta Ezequiel». Es posible que alguien se pregunte: ¿por qué se dice esto tantas veces del profeta? Porque el Espíritu Santo bajaba ciertamente al profeta, más se retiraba de nuevo. Cada vez que se dice: «La palabra del Señor fue dirigida», se indica que el Espíritu Santo, que se había retirado, venía de nuevo a él. Pues, cuando nosotros nos dejamos arrastrar por la ira, cuando denigramos, cuando somos presa de una tristeza que conduce a la muerte, cuando nuestro pensamiento está puesto en las cosas propias de la carne, ¿podemos pensar que el Espíritu Santo permanece en nosotros? ¿Y podemos esperar que permanezca en nosotros el Espíritu Santo, si odiamos al hermano o si maquinamos cosas inicuas? Por tanto, si alguna vez nos proponemos algo bueno, sepamos que el Espíritu Santo permanece en nosotros; si nos proponemos algo malo, signo es que el Espíritu Santo se ha retirado de nosotros. Por ello se dice con respecto al Salvador: «Aquel sobre el que veas que baja el Espíritu y se queda sobre él, ése es…». «A continuación, el Espíritu le empuja al desierto». Este mismo Espíritu es el que empuja al desierto a los monjes, cuando, viviendo con sus padres desciende y permanece sobre ellos. El Espíritu Santo es el que les saca de casa y les conduce a la soledad. Pues el Espíritu Santo no se siente a gusto donde hay multitud y tropel, donde hay discordia y riñas. De ahí que nuestro Señor y Salvador, cuando quería orar, «se retiraba solo al monte—como dice el Evangelio—y allí oraba durante toda la noche». Durante el día estaba con sus discípulos, durante la noche se dedicaba a orar al Padre por nosotros. ¿Por qué digo todo esto? Porque algunos hermanos suelen decir: si estoy en un convento, no podré orar solo. ¿Acaso nuestro Señor despedía a los discípulos? Permanecía con ellos, mas, cuando quería orar más intensamente, se retiraba solo. Así también nosotros, cuando queramos orar más de lo que hacemos comunitariamente, utilicemos la celda, los campos, el desierto. Podemos poseer los valores comunitarios juntamente con la soledad.

1 Ap 4, 6 ss. 2 Ez 1, 5 ss. Cf. Jerón, Prolog. in Matth.  3 Mc 1, 1-3.

4 Con el advenimiento del Evangelio predicado por Jesús, concluye el periodo de la ley mosaica y comienza la nueva ley, fundada sobre la anterior, pero perfeccionada por Cristo.

5 Referencia a la famosa versión griega del A. T., llamada de los setenta muy utilizada por los Santos Padres.

6 Ml 3, 1.

7 I P 5, 13. El texto completo, tal como se encuentra en la primera carta de San Pedro, dice así: «Os saluda la Iglesia de Babilonia, elegida como vosotros, así como mi hijo Marcos». Se trata de la iglesia o comunidad cristiana de Roma, según la unánime y concorde tradición exegética. Babilonia, en efecto, se había convertido en símbolo de las capitales paganas en el lenguaje de los profetas.

8 Porfirio de Tiro (233-304), filósofo neoplatónico. Fue discípulo de Plotino en Roma y polemizó contra los cristianos. Su obra más importante es «ISAGO», introducción a las categorías de Aristóteles, que tuvo gran influjo en toda la filosofa medieval.

9 Cf. Jerón. In Matth. 3, 3

10 Is 40, 3

11 El evangelista funde aquí unas distintas frases bíblicas, atribuyéndolo todo al profeta Isaías. Esta clase de centones era frecuente en el cristianismo primitivo.

12 Mc 1, 4., 13 Ex 3, 14., 14 Mc 1, 5., 15 Sal 75, 2., 16 Mc 1, 5., 17 Mc 1,6., 18 Lc 1 5-8.

19 San Jerónimo, como San Ambrosio (ver In Lucam, libro II), sostiene que Zacarías era el príncipe de los sacerdotes, mientras que, según otros intérpretes, era sólo un simple sacerdote.

20 Mt 11, 8.

21 «Orationibus vestris» (con la ayuda de vuestras oraciones) es una expresión, que se repite de forma habitual en San Jerónimo.

22 Mt 3, 4.

23 Jn 3, 29-30. En el A.T. es clásica la sinología nupcial para representar las relaciones entre Dios e Israel. En la presente metáfora evangélica la posición de Juan el Bautista viene parangonada a la del paraninfo (amigo del esposo), que era escogido entre los íntimos para la escolta de honor.

24 Mc 1, 7., 25 Jn 1, 29., 26 1s 53 7., 27 Ap 1 13., 28 Mt 5, 28., 29 Mt 5, 27.

30 Cf. Jerón. Contra Pelag. 1, 31., 31 Mt 3, 2.

32 Mt 24, 28. La extrema concisión en el lenguaje de San Jerónimo hace oscuro el motivo de esta cita.

33 La referencia a la ley es de carácter rabínico, expresada en la afirmación de que la miel tenía que considerarse un elemento contaminante.

34 Cf. Lv 2, 13., 35 Col 4, 6.

36 También aquí la concisión perjudica la claridad. Se puede entender en el sentido de que los jugos, de los que las abejas producen la miel, provienen de la descomposición de flores muertas y en putrefacción.

37 Mc 1, 7.

38 Dt 25, 7; Rt 4, 7. La cita del Éxodo no es posible encontrarla en las modernas versiones del A. T.

39 Jn 3, 29., 40 Mc 1, 8., 41 Mc 1,9.

42 A propósito de las observaciones de Jerónimo hay que recordar el significado de «Cristo» = «ungido».

43 La región de Galilea estaba habitada por muchos paganos: por esto se llama Galilea de los gentiles, o sea, de los paganos.

44 Cf. Jerón., Epist. 46, 12. En Is 11, 1 el Mesías viene designado como un renuevo, en hebreo nezer: es posible que esta palabra sea el origen del mismo nombre de Nazaret.

45 Mc 1, 9., 46 Mc 1, 10., 47 Mc 1, 10-11., 48 Ez 1, 1., 49 Cf. Jerón., Adversus Jovinianum, 1, 4., 50 Mc 1, 12., 51 Jn 1, 33., 52 Ez 1 3 Cf. Jerón., In Ezez. 47, 6. 53 Jn 1, 33., 54 Lc 6, 12.

SAN JERÓNIMO

COMENTARIO AL EVANGELIO DE SAN MARCOS

II. Mc 1,13-31

Al final de la lectura anterior está escrito: Estaba entre los animales de campo y los ángeles le servían. Ya que el domingo pasado no hubo espacio de tiempo suficiente para llegar hasta aquí, debemos hacer del final de la lectura precedente el comienzo de la lectura de hoy. Pues la Sagrada Escritura forma un todo coherente, unida como está por un mismo Espíritu: es como una pequeña cadena, en la que cada anillo se une a otro y basta con que quites parte de uno, para que otro quede totalmente suelto.

«Estaba entre los animales y los ángeles le servían». Jesús estaba entre los animales y, por ello, los ángeles le servían. «No entregues a los animales—dice la Escritura—el alma que te reconoce», Estos animales son los que el Señor pisoteaba con el pie del Evangelio, es decir, pisoteaba al león y al dragón. «Y los ángeles le servían». No debe considerarse como algo grande y maravilloso el que los ángeles sirvieran a Dios, pues no hay nada de extraordinario en que los siervos sirvan al Señor, pero todo esto se dice del hombre, asumido por Dios. «Estaba entre los animales». Dios no puede estar entre los animales, pero su carne, que está sujeta a las humanas tentaciones, aquel cuerpo, aquella carne, que sintió sed, que sintió hambre, esa misma carne es tentada, y vence, y en ella vencemos nosotros.

Después que Juan fue entregado, marchó Jesús a Galilea. La historia es conocida y clara para los oyentes, prescindiendo de nuestra explicación. Pero pidamos a aquél, que tiene la llave de David, que abre y nadie puede cerrar, que cierra y nadie puede abrir, que nos abra los santuarios del Evangelio, y que también nosotros con David podamos decir: «Abre mis ojos para que contemple las maravillas de tu ley».

A las turbas hablaba el Señor en parábolas y les hablaba desde fuera, no interiormente, es decir, no en el espíritu; desde fuera, según la letra6. Pidamos nosotros, sin embargo, al Señor que nos introduzca en sus misterios, que nos introduzca en su aposento, para que como la esposa del Cantar de los Cantares podamos decir: «El rey me ha introducido en sus aposentos». El apóstol dice que sobre los ojos de Moisés se ponía un velo. Y yo os digo que no sólo en la ley hay un velo, sino que también en el Evangelio lo hay para el que no sabe. El judío oye, pero no entiende; un velo está puesto para él en el Evangelio. Los gentiles oyen, los herejes oyen y tienen, no obstante, un velo. Abandonemos, por tanto, la letra con los judíos y sigamos el espíritu con Jesús. No se trata de que rechacemos la letra del Evangelio—pues se ha cumplido todo cuanto está escrito—, sino de que, paso a paso, vayamos ascendiendo hacia cosas más elevadas.

«Después que Juan fue entregado, marchó Jesús a Galilea». El domingo pasado decíamos en nuestra explicación que Juan se identifica con la ley y Jesús con el Evangelio. Juan, en efecto, dice: «Detrás de mí viene el que es más fuerte que yo y no soy digno de desatarle, inclinándome, la correa de sus sandalias». Y en otro lugar: «Es preciso que él crezca y que yo disminuya». Aquí establece una comparación entre la ley y el Evangelio. Y dice también: «Yo os bautizo con agua», esto es la ley, «pero él os bautizará con Espíritu Santo, esto es el Evangelio. Vino, por ello, Jesús, porque Juan había sido encarcelado. La ley ha sido encarcelada y ya no goza de su antigua libertad, pero de la ley hemos pasado al Evangelio. Fijaos bien en lo que dice: «Después que Juan fue entregado, marchó Jesús a Galilea». No a Judea, ni a Jerusalén, sino a la Galilea de los gentiles. «Marchó Jesús a Galilea». Galilea significa en nuestra lengua cataquilioté (llanura circula). Pues antes de la venida del Salvador no había allí nada elevado, antes bien todo lo que arrastra hacia abajo: pululaban allí la lujuria, la suciedad, la impureza y los vicios inmundos. Predicando el Evangelio del reino de Dios. En cuanto puedo recordar, del reino de los Cielos no he oído hablar nunca, leyendo la ley, leyendo los profetas o leyendo el salterio, sino sólo en el Evangelio. El reino de Dios ha quedado abierto sólo después de que haya venido aquel que dijo: «El reino de Dios está dentro de vosotros».

«Predicando el Evangelio del reino de Dios». «Desde los días de Juan el Bautista, el reino de los cielos sufre violencia y los violentos lo arrebatan». Antes de la venida del Salvador y de la luz del Evangelio, antes de que Cristo, acompañando al buen ladrón, abriese la puerta del paraíso, todas las almas de los santos eran conducidas a los infiernos. Como dice Jacob: «Llorando y gimiendo bajaré a los infiernos». Si Abraham fue a los infiernos, ¿quién no irá allí?. En la ley, Abraham va a los infiernos, en el Evangelio, el ladrón va al paraíso. No desdeñamos a Abraham, en cuyo seno deseamos todos descansar, mas preferimos Cristo a Abraham, preferimos el Evangelio a la ley. Leemos que después de la resurrección de Cristo muchos santos se aparecieron en la ciudad santa. Nuestro Señor y Salvador predicó no sólo en la tierra, sino también en los infiernos. Por esto murió y por esto descendió a los infiernos, para liberar las almas que allí habían sido encarceladas.

Predicando el Evangelio del reino de los Cielos y diciendo: se ha cumplido el tiempo de la ley, llega el comienzo del Evangelio, el reino de Dios está cerca. No dijo: ya está presente el reino de Dios, sino el reino de Dios está cerca. Antes de que yo padezca y derrame mi sangre, no será inaugurado el reino de Dios. Por tanto, está cerca. Porque yo aún no he padecido.

 

Convertíos y creed en el Evangelio: no en la ley, sino en el Evangelio; mejor aún: por la ley en el Evangelio, tal como está escrito: «de fe en fe». La fe en la ley corroboró la fe en el Evangelio.

Y bordeando el mar de Galilea, vio a Simón y a Andrés, el hermano de Simón, largando las redes en el mar, pues eran pescadores. Simón, que todavía no era Pedro, pues todavía no había seguido a la Piedra (Cristo), para que pudiera llamarse Pedro; Simón, pues, y su hermano Andrés estaban a la orilla y echaban las redes al mar y cogieron peces. «Vio—dice—a Simón y a Andrés, su hermano, largando las redes al mar, pues eran pescadores». El Evangelio afirma tan sólo que echaban las redes, más no que cogieran algo. Por tanto, antes de la Pasión se afirma que echaron las redes, mas no hay constancia de que capturaran algo. Después de la pasión, sin embargo, echan la red y capturan tanto que las redes se rompían. «Largando las redes en el mar, pues eran pescadores». Y Jesús les dijo: «Venid en pos de mí, y os haré pescadores de hombres.». ¡Feliz cambio de pesca!: Jesús les pesca a ellos, para que a su vez ellos pesquen a otros pescadores. Primero se hacen peces para ser pescados por Cristo; después ellos mismos pescarán a otros. «Jesús les dice: Venid en pos de mi, y os haré pescadores de hombres».

Y al instante, dejando sus redes, le siguieron. «Y al instante». La fe verdadera no conoce intervalo; tan pronto se oye, cree, sigue, y se convierte en pescador. «Al instante, dejando las redes». Yo pienso que en las redes dejaron los pecados del mundo. «Y le siguieron». No era, en efecto, posible que, siguiendo a Jesús, conservaran las redes. Y caminando un poco más adelante, vio a Santiago, el de Zebedeo, y a su hermano Juan; estaban también en la barca arreglando las redes Cuando se dice arreglando, se indica que se habían roto. Echaban, pues, las redes en el mar, pero, como estaban rotas, no podían capturar peces. Arreglaban las redes en el mar, es decir se sentaban en el mar, se sentaban en una pequeña barca, con su padre Zebedeo, y arreglaban las redes de la ley. He dicho esto, siguiendo una interpretación espiritual. Los que arreglaban las redes en la barca eran justamente los mismos que estaban en ella. Estaban en la barca, no en el litoral, no en tierra firme, sino en la barca, golpeados de uno y otro lado por las olas. Y al instante los llamó. Y ellos, dejando a su padre Zebedeo en la barca, con los jornaleros, se fueron tras él. Tal vez alguien diga: temeraria es la fe. Pues, ¿qué signos habían visto, qué majestad se les había manifestado, para que, al ser llamados, inmediatamente le siguieran? Realmente aquí se nos da a entender que los ojos y el rostro de Jesús irradiaban un algo divino y atraían hacia sí poderosamente la atención de quienes lo miraban. De lo contrario, cuando Jesús les decía: seguidme, nunca le habrían seguido. Pues si le hubieran seguido sin una razón, más que fe habría sido temeridad. Es como si a mí, que estoy ahora aquí sentado, cualquiera que pasa me dice: ven, sígueme, y le sigo, ¿habría fe acaso en ello? ¿Por qué digo todo esto?  Porque la palabra del Señor de suyo era eficaz y hacía lo que decía. Si, pues, «habló y fueron hechas todas las cosas, ordenó y fueron creadas», del mismo modo los llamó y ellos al instante le siguieron.

Y al instante los llamó, y ellos al instante, dejando a su padre Zebedeo…, etc. «Escucha, hija, mira y pon atento oído, olvida a tu pueblo y la casa de tu padre, y el rey se prendará de tu belleza». «Y dejando a su padre Zebedeo en la barca». Escuchad, monjes, imitad a los apóstoles: escucha la voz del Salvador y olvídate de tu padre carnal. Mira al verdadero padre del alma y del espíritu y deja al padre corporal. Los apóstoles dejan al padre, dejan la nave, dejan todas las riquezas en un instante: dejan el mundo y todas sus infinitas riquezas. Pues todo lo que tenían lo abandonaron. Dios no se fija en la cantidad de las riquezas, sino en el espíritu de quien las deja. Quienes dejaron poco, igualmente hubieran dejado mucho. «Dejando a su padre Zebedeo en la barca con los jornaleros, le siguieron». Poco antes hemos dicho algo de modo enigmático sobre los apóstoles, que arreglaban las redes de la ley. Rotas como estaban, no podían capturar peces; corroídas por la salobridad del mar, no podían ser reparadas si no hubiera venido la sangre de Jesús y las hubiera renovado. Dejan, por ende, a su padre Zebedeo, es decir, dejan la ley, y lo dejan plantado en la barca, en medio de las olas del mar.

Y fijaos en lo que sigue. Dejan, dice el evangelista, a su padre, es decir, la ley, con los jornaleros. Pues todo lo que hacen los judíos, lo hacen para la vida presente y son, por ello, jornaleros. «Quien cumple la ley vivirá por ella», dice, no en el sentido de que gracias a la ley podrá vivir en el cielo, sino en el sentido de que por lo que hace recibe recompensa en el presente. También está escrito en Ezequiel: «Les di preceptos no buenos y mandatos no perfectos, siguiendo los cuales, vivirán según ellos». Según ellos viven los judíos: no buscan otra cosa que tener hijos, poseer riquezas, gozar de buena salud. Buscan todas las cosas terrenales y no piensan en ninguna de las celestes. Por ello son jornaleros. ¿Queréis saber por qué los judíos son jornaleros? El hijo aquel, que había disipado su hacienda, y que es figura de los gentiles, dice: «¡Cuántos jornaleros hay en la casa de mi padre!». «Y dejando a su padre en la barca con los jornaleros, le siguieron». Dejaron a su padre, es decir, la ley, en la barca con los jornaleros. Hasta hoy los judíos navegan, y navegan en la ley, y están en el mar, y no pueden llegar a puerto. No creyeron en el puerto, por tanto, no consiguen llegar a él.

Entran en Cafarnaúm. ¡Feliz y hermoso!: dejan el mar, dejan la barca, dejan los vinculas de las redes, y entran en Cafarnaúm. El primer cambio es éste: dejar el mar, dejar la barca, dejar el antiguo padre, dejar los antiguos vicios. Pues en las redes y en los vínculos de las redes se dejan todos los vicios. Fijaos bien en el cambio. Dejan todas las redes, y al dejarlas, ¿qué encuentran? «Entran— dice el evangelista—en Cafarnaúm»: en el campo de la consolación. CAPHAR significa campo, NAUM significa consolación. O si queréis, teniendo en cuenta que la lengua hebrea permite múltiples significados y que, según la distinta pronunciación, una palabra puede tener sentido diverso—NAUM significa no sólo consolación, sino también hermoso.

Entran en Cafarnaúm y, al llegar el sábado, entró en la sinagoga y les enseñaba: que abandonaran el ocio del sábado y asumieran las obras del Evangelio. /Mt/05/20-48: Les enseñaba como quien tiene autoridad, y no como los escribas. Pues no decía: «Esto dice el señor», o: «EI que me envió dice lo siguiente», sino que hablaba él en primera persona, el mismo que había hablado por medio de los profetas. Una cosa es decir: está escrito, otra decir: esto dice el Señor, y otra decir: en verdad os digo. Fijaos en otro pasaje: «Está escrito, dice, en la ley: no matarás, no repudiarás a tu mujer». Está escrito. ¿Por quién está escrito? Por Moisés, mas ordenándoselo Dios. Si está escrito por el dedo de Dios, ¿cómo te atreves a decir: en verdad os digo, si no eres tú mismo, el que antes diste la ley? Nadie se atreve a cambiar la ley, si no es el rey. La ley la dio ¿el Padre o el Hijo? Responde, hereje. Acepto de buen grado lo que digas: para mí han sido los dos. Si la dio el Padre, también es el Padre quien la cambia, luego el Hijo es igual al Padre, porque la cambia juntamente con quien la dio. Sea que él la dio, sea que él la cambia, la misma autoridad demuestra al haberla dado que al haberla cambiado, cosa que nadie puede hacer más que el rey.

Se admiraban de su enseñanzas. Yo me pregunto: ¿Qué había enseñado de nuevo? ¿Qué de nuevo había predicado? Decía por sí mismo las mismas cosas que habían dicho los profetas. Mas se admiraban por esto, porque enseñaba como quien tiene autoridad y no como los escribas. No enseñaba como un maestro, sino como el Señor: no hablaba, apoyándose en otra autoridad superior, sino que hablaba él mismo con la autoridad que le era propia. Hablaba así, en definitiva, porque con su propia esencia estaba diciendo lo que había dicho por medio de los profetas. «Yo, que hablaba, he aquí que estoy presente». El espíritu impuro, que antes había estado en la sinagoga y que los había llevado a la idolatría, del cual está escrito: «Habéis sido seducidos por el espíritu de la fornicación», era el espíritu que había salido de un hombre y discurría por el desierto, el que buscó reposo y no pudo hallarlo y que, tomando consigo a otros siete demonios, regresó a su antigua morada. En aquel tiempo, estos espíritus estaban en la sinagoga y no podían soportar la presencia del Salvador. ¿Qué tienen en común Cristo y Belial? Imposible que habiten los dos en la misma comunidad. Se hallaba en la sinagoga un hombre poseído de un espíritu impuro, que comenzó a gritar diciendo: ¿qué hay entre tú y nosotros? ¿Quién es el que dice: qué hay entre ti y nosotros? Es uno solo y habla en nombre de muchos. Por ser él vencido, comprendió que habían sido vencidos también sus compañeros «y comenzó a gritar». Comenzó a gritar como quien está inmerso en el dolor, como quien no puede soportar la flagelación.

Y comenzó a gritar, diciendo: ¿qué hay entre ti y nosotros, Jesús Nazareno? ¿Has venido a perdernos? Sé quién eres, el Santo de Dios. Inmerso en los tormentos y manifestando con sus gritos la magnitud de los mismos, no pone, sin embargo, fin a sus mentiras. Se ve obligado a decir la verdad, le obligan los tormentos, pero se lo impide la malicia. «Qué hay entre ti y nosotros, Jesús Nazareno» ¿Por qué no confiesas que es el Hijo de Dios? ¿Te atormenta el Nazareno y no el Hijo de Dios? ¿Sientes sus castigos y no confiesas su nombre? Esto respecto a Jesús Nazareno. « ¿Has venido a perdernos?» Es cierto esto que dices: Has venido a perdernos. «Sé quién eres». Veamos lo que añades: «el Santo de Dios». ¿No fue Moisés el santo de Dios? ¿No lo fue Isaías? ¿No lo fue Jeremías? «Antes, dice el Señor, de que nacieras, en el seno materno te santifiqué». Esto se le dice a Jeremías y ¿no fue el santo de Dios? Luego ni siquiera quienes fueron santos lo fueron. Más ¿por qué no les dices a cada uno de ellos: sé quién eres, el Santo de Dios? ¡Oh, qué mente tan perversa: inmerso en la tortura y los tormentos, a pesar de conocer la verdad, no quiere confesarla! «Sé quién eres, el Santo de Dios». No digas el Santo de Dios, sino el Dios santo. Finges saber quién es, pero no lo sabes. Porque una de dos: o lo sabes e hipócritamente te lo callas, o simplemente no lo sabes. Pues él no es el Santo de Dios, sino el Dios santo.

¿Por qué he dicho todo esto? Para que no demos crédito a lo que testifican los demonios. El diablo nunca dice la verdad, puesto que es mentiroso como su padre. «Vuestro padre —dice Jesús a los judíos— es mentiroso, y lo es desde el principio, como su propio padre». Dice que su padre es mentiroso y que no dice la verdad, así como su propio padre, que es el padre de los judíos. Ciertamente el diablo es mentiroso desde el principio, Pero, ¿quién es el padre del diablo? Fíjate bien en lo que dice: «Vuestro padre es mentiroso, desde el principio habla mentira, como su padre». Lo cual significa esto: que el diablo es mentiroso, y habla mentira, y es el padre de la mentira misma. No quiere decir que el diablo tenga otro padre, sino que el padre de la mentira es el diablo. Por ello dice que es mentiroso y que desde el principio del mundo no dice la verdad, o sea, habla mentira y es su padre, esto es, padre de la mentira misma.

Hemos dicho todo esto de pasada, para que nos percatemos de que no debemos aceptar lo que testifican los demonios. Dice el Señor y Salvador: «Esta raza no sale más que con muchos ayunos y oraciones». Y he aquí que veo muchos que se entregan a las borracheras, que eruptan vino, y que en medio de los banquetes exorcizan e increpan a los demonios. Parece que Cristo nos haya mentido, pues dijo: «Esta raza no sale más que con muchos ayunos y oraciones». Así, pues, insisto en todo esto, para que no aceptemos fácilmente lo que testifican los demonios.

En definitiva, ¿qué dice el Salvador? Y Jesús le conminó: Cállate y sal de este hombre. La verdad no necesita del testimonio de la mentira. No he venido para ser reconocido por tu testimonio, sino para arrojarte de mi criatura. «No es hermosa la alabanza en boca del pecador». No necesito el testimonio de aquel, al que quiero atormentar. «Cállate». Tu silencio sea mi alabanza. No quiero que me alabe tu voz sino tus tormentos: tu pena es mi alabanza. No me resulta agradable que me alabes, sino que salgas. «Cállate y sal de este hombre». Como si dijera: sal de mi casa, ¿qué haces en mi morada? Yo deseo entrar: «Cállate y sal de este hombre». De este hombre, es decir, de este animal racional. Sal de este hombre: abandona esta morada preparada para mí. El Señor desea su casa: sal de este hombre, de este animal racional.

«Sal de este hombre», dijo también en otro lugar a una legión de demonios, para que saliera de un hombre y entrara en los puercos. Mira cuán preciosa es el alma humana. Esto contradice a aquellos que creen que nosotros y los animales tenemos una misma alma y arrastramos un mismo espíritu. De un solo hombre es arrojada la legión y enviada a dos mil puercos, lo cual nos hace ver que es precioso lo que se salva y de poco valor lo que se pierde. Sal de este hombre y vete a los puercos, vete a los animales, vete donde quieras, vete a los abismos. Abandona al hombre, es decir, abandona una propiedad particularmente mía. «Sal de este hombre»: no quiero que tú poseas al hombre; es para mí una injuria que habites tú en el hombre, siendo yo el que habita en él. Yo asumí el cuerpo humano, yo habito en el hombre. Esa carne que posees es parte de mi carne, por tanto, sal del hombre.

Y el espíritu inmundo, agitándolo violentamente… Con estos signos mostró su dolor. «Agitándolo violentamente». Aquel demonio, al salir, como no podía hacer daño al alma lo hizo al cuerpo y, como de otro medio no podía hacer comprender, manifiesta con signos corporales que ha salido. «Y el espíritu inmundo, agitándolo violentamente…». Porque allí estaba el espíritu puro que huye del espíritu impuro.

Y, dando un grito, salió de él. Con el clamor de la voz y la agitación del cuerpo puso de manifiesto que salía.

Todos quedaron pasmados de tal manera que se preguntaban unos a otros… etc. Leamos los Hechos de los Apóstoles, leamos los signos, que hicieron los antiguos profetas. Moisés hace signos y ¿qué dicen los magos del faraón? «Es el dedo de Dios». Es Moisés el que los hace y ellos reconocen el poder de otro. Hacen después signos los apóstoles: «En el nombre de Jesús, levántate y anda». «En el espíritu de Jesús, sal». Siempre es nombrado Jesús. Aquí, sin embargo, ¿qué dice el señor? «Sal de este hombre». No nombra otro, sino que es él mismo el que les obliga a los demonios a salir. Todos quedaron pasmados de tal manera que se preguntaban unos a otros: ¿Qué es esto? ¿Qué es esta enseñanza nueva?. Que el demonio hubiera sido arrojado no era nada nuevo, pues también solían hacerlo los exorcistas hebreos. Más, ¿qué es lo que dice? « ¿Qué es esta enseñanza nueva»? ¿Por qué nueva? Porque manda con autoridad a los espíritus inmundos. No invoca a ningún otro, sino que él mismo ordena: no habla en nombre de otro, sino con su propia autoridad.

Y bien pronto su fama se extendió por toda la región de Galilea. No por Judea, ni por Jerusalén, pues los doctores judíos, llenos de envidia hacia Jesús, no dejaban que su fama se extendiera. En definitiva, Pilato y los demás pudieron comprobar que los fariseos habían entregado a Jesús por envidia. ¿Por qué digo esto? Por lo de que su fama se extendió a toda Galilea. A toda Galilea llegó su fama y no llegó siquiera a una sola aldea de Judea. ¿Por qué insisto en ello? Porque el alma que ha sido poseída de una vez por la envidia, difícil es que acoja las virtudes. Es casi imposible hallar remedio para un alma, a la que haya poseído la envidia. En definitiva, el primer homicidio y el primer parricidio los hizo la envidia. Dos hombres había en el mundo, Abel y Caín: el Señor aceptó las ofrendas de Abel y no aceptó las de Caín. Y el que hubiera debido imitar la virtud, no sólo no lo hizo, sino que mató bien pronto a aquel, cuyas ofrendas había aceptado el Señor.

Luego, saliendo de la sinagoga, vinieron a casa de Simón y Andrés con Santiago y Juan. Había instruido el Señor a su cuadriga  y era ensalzado por encima de los querubines. Y entra en la casa de Pedro. Digna era su alma para recibir a un huésped tan grande. «Vinieron—dice el Evangelio—a casa de Simón y Andrés».

La suegra de Simón estaba acostada con fiebre  /Mc/01/29. ¡Ojalá venga y entre el Señor en nuestra casa y con un mandato suyo cure las fiebres de nuestros pecados! Porque todos nosotros tenemos fiebre. Tengo fiebre, por ejemplo, cuando me dejo llevar por la ira. Existen tantas fiebres como vicios. Por ello, pidamos a los apóstoles que intercedan ante Jesús, para que venga a nosotros y nos tome de la mano, pues si él toma nuestra mano, la fiebre huye al instante. El es un médico egregio, el verdadero protomédico. Médico fue Moisés, médico Isaías, médicos todos los santos, mas éste es el protomédico. Sabe tocar sabiamente las venas y escrutar los secretos de las enfermedades. No toca el oído, no toca la frente, no toca ninguna otra parte del cuerpo, sino la mano. Tenía la fiebre, porque no poseía obras buenas. En primer lugar, por tanto, hay que sanar las obras, y luego quitar la fiebre. No puede huir la fiebre, si no son sanadas las obras. Cuando nuestra mano posee obras malas, yacemos en el lecho, sin podernos levantar, sin poder andar, pues estamos sumidos totalmente en la enfermedad. Y acercándose  a aquella, que estaba enferma… Ella misma no pudo levantarse, pues yacía en el lecho, y no pudo, por tanto, salirle al encuentro al que venía. Mas, este médico misericordioso acude él mismo junto al lecho; el que había llevado sobre sus hombros a la ovejita enferma, él mismo va junto al lecho. «Y acercándose… » Encima se acerca, y lo hace además para curarla. «Y acercándose… » Fíjate en lo que dice. Es como decir: hubieras debido salirme al encuentro, llegarte a la puerta, y recibirme, para que tu salud no fuera sólo obra de mi misericordia, sino también de tu voluntad. Pero, ya que te encuentras oprimida por la magnitud de las fiebres y no puedes levantarte, yo mismo vengo. Y acercándose, la levantó. Ya que ella misma no podía levantarse, es tomada por el Señor. Y la levantó, tomándola de la mano. La tomó precisamente de la mano. También Pedro, cuando peligraba en el mar y se hundía, fue cogido de la mano y levantado. «Y la levantó tomándola de la mano». Con su mano tomó el Señor la mano de ella. ¡Oh feliz amistad, oh hermosa caricia! La levantó tomándola de la mano: con su mano sanó la mano de ella. Cogió su mano como un médico, le tomó el pulso, comprobó la magnitud de las fiebres, él mismo, que es médico y medicina al mismo tiempo. La toca Jesús y huye la fiebre. Que toque también nuestra mano, para que sean purificadas nuestras obras, que entre en nuestra casa: levantémonos por fin del lecho, no permanezcamos tumbados. Está Jesús de pie ante nuestro lecho, ¿y nosotros yacemos? Levantémonos y estemos de pie: es para nosotros una vergüenza que estemos acostados ante Jesús. Alguien podrá decir: ¿dónde está Jesús? Jesús está ahora aquí. «En medio de vosotros—dice el Evangelio—está uno a quien no conocéis». «El reino de Dios está entre vosotros». Creamos y veamos que Jesús está presente. Si no podemos tocar su mano, postrémonos a sus pies. Si no podemos llegar a su cabeza, al menos lavemos sus pies con nuestras lágrimas. Nuestra penitencia es ungüento del Salvador. Mira cuán grande es su misericordia. Nuestros pecados huelen, son podredumbre y, sin embargo, si hacemos penitencia por los pecados, si los lloramos, nuestros pútridos pecados se convierten en ungüento del Señor. Pidamos, por tanto, al Señor que nos tome de la mano.

Y al instante dice la fiebre la dejó. Apenas la toma de la mano, huye la fiebre. Fijaos en lo que sigue. «Al instante la fiebre la dejó». Ten esperanza, pecador, con tal de que te levantes del lecho. Esto mismo ocurrió con el santo David, que había pecado, yaciendo en la cama con Betsabé, la mujer de Urías el hitita y sintiendo la fiebre del adulterio, después que el Señor le sanó, después que había dicho: «Ten piedad de mí, oh Dios por tu gran misericordia», así como: «Contra ti, contra ti sólo he pecado, lo malo a tus ojos cometí». «Líbrame de la sangre, oh Dios, Dios mío… » Pues él había derramado la sangre de Urías, al haber ordenado derramarla. «Líbrame, dice, de la sangre, oh Dios, Dios mío, y un espíritu firme renueva dentro de mí». Fíjate en lo que dice: «renueva». Porque en el tiempo en que cometí el adulterio y perpetré el adulterio y perpetré el homicidio, el Espíritu Santo envejeció en mí. ¿Y qué más dice? «Lávame y quedaré más blanco que la nieve». Porque me has lavado con mis lágrimas. Mis lágrimas y mi penitencia han sido para mí como el bautismo. Fijaos, por tanto, de penitente en qué se convierte. Hizo penitencia y lloró, por ello fue purificado. ¿Qué sigue inmediatamente después? «Enseñaré a los inicuos tus caminos y los pecadores volverán a ti»”. De penitente se convirtió en maestro.

¿Por qué dije todo esto? Porque aquí está escrito: Y al instante la fiebre la dejó y se puso a servirles. No basta con que la fiebre la dejase, sino que se levanta para el servicio de Cristo. «Y se puso a servirles». Les servía con los pies, con las manos, corría de un sitio a otro, veneraba al que le había curado. Sirvamos también nosotros a Jesús. Él acoge con gusto nuestro servicio, aunque tengamos las manos manchadas: él se digna mirar lo que sanó, porque él mismo lo sanó. A él la gloria por los siglos de los siglos. Amén.

1 Mc 1, 13., 2 Sal 73, 19., 3 Mc 1, 14., 4 Ap 3 7., 5 Salmo, 18

6 El motivo por el que Jesús haya adoptado la enseñanza por medio de parábolas, cuando al principio de su predicación hablaba de forma sencilla y abierta, es explicado por los intérpretes de la Sagrada Escritura por el hecho de que no haya querido romper abiertamente con el judaísmo oficial, que era declaradamente hostil a su persona y a su doctrina. El lenguaje velado de las parábolas le permitía continuar hablando en público, ofreciendo de este modo la posibilidad a los bien intencionados de poder comprender adecuadamente «los misterios del reino de Dios».

7 Ct 1,4., 8 2 Co 3, 13., 9 Jn 3, 30., 10 Mc 1, 8.

11 Esta palabra griega puede traducirse como llanura circular: así, en efecto, se presenta Galilea, como una extensión llana y en forma circular. De este hecho geofísico, unido a la circunstancia de que residían allí muchos paganos deduce San Jerónimo sus consideraciones de carácter moral.

12 Mc 1, 14., 13 Lc 17, 21., 14 Mt 11, 12.

15 Se trata de sheol, que en la terminología y la creencia hebraica significaba la morada de los patriarcas y de los justos. En la época de Jesús el sheol se distinguía de la gehenna, lugar reservado a los pecadores, con el tormento del fuego.

16 Gn 37, 35., 17 Lc 16, 22. Cf. Jerón., Epis. 129, 2; Epis. 60, 3., 18 Mc 1, 14-15. 19 Ibid., 20 Rm 1, 17., 21 Mc 1, 16.

22 La piedra es Cristo, prefigurado en aquella roca, de la que los hebreos bebieron agua hecha brotar mila- grosamente por Moisés. Aquí San Jerónimo une concisamente el episodio del Éxodo (17, 5-6) con las aplicaciones que saca San Pablo (I Co 10, 4).

23 Lc 5, 6; Jn 21, 11., 24 Mc 1, 17., 25 Mc 1, 18. ,26 Mc 1, 19., 27 Mc 1, 20., 28 Mc 11, 15.

29 Como habrá notado el lector, esta pregunta, que sirve para recapitular y concluir, («Hoc totum quare dico?», o «… quare dixi?») Es habitual en San Jerónimo.

30 Sal 148. 5., 31 Sal 44, 11 ss., 32 Lv 18, 5; Rm 10, 5., 33 Ez 20, 25.

 

34 Lc 15, 17; cf. Jerón., Epis. 21, 14., 35 Mc 1, 21., 36 Cf. Jerón., De nom. hebr.: ML 23, 888; cf. Mt 11, 23 ss., 37 Sal 132, 1., 39 Mc 1. 21., 40 Mc 1, 22., 41 Ibid., 42 Is 52, 6., 43 os 4, 12., 44 Mt 12, 43 ss., 45 2Co 6, 15., 46 Mc 1, 23-24., 47 Ibid. 48 Jer 1, 5., 49 Jn 8, 44., 50 Cf. Jerón., In Isaíam 14, 22., 51 Mt 17 21., 52 Mc 1, 25., 53 EcLo 15, 9., 54 MI 8, 32. Cf. Jerón., In Matth. 8, 31 ss., 55 Mc 1, 26., 56 Ibid., 57 Mc 1, 27., 58 Ex 8, 19., 59 Hch 3, 6., 60 Hch 16, 18., 61 Mc 1. 27., 62 Cf. Jerón. In Matth, 12,27., 63 Mc 1 27., 64 Mc 1 28., 65 Mt 27, 18., 66 Mc 1, 29., 67 La expresión se refiere a los cuatro primeros apóstoles., 68 MC 1, 30.

69 La mano para San Jerónimo, así como para San Ambrosio, es símbolo de la actividad, es decir, de las obras.

70 Mc 1, 31., 71 Ibid., 72 Jn 1, 26., 73 Lc 17, 21., 74 Mc 1, 31., 75 2 Sam 11. 2-5. 76 Sal 50, 3., 77 Sal 50, 6., 78 Sal 50, 16., 79 Sal 50, 12., 80 Sal 50,9., 81 Sal 50, 15., 82 Mc 1, 31.

SAN JERÓNIMO

COMENTARIO AL EVANGELIO DE SAN MARCOS

III. Mc 5, 30-43

¿Quién me ha tocado?, pregunta, mirando en derredor, para descubrir a la que lo había hecho. ¿No sabía el Señor quién lo había tocado? Entonces, ¿por qué preguntaba por ella? Lo hacía como quien lo sabe, pero quiere ponerlo de manifiesto. Y la mujer, llena de temor y temblorosa, conociendo lo que en ella había sucedido… etc. Si no hubiese preguntado y hubiese dicho: ¿Quién me ha tocado?, nadie hubiera sabido que se había realizado un signo. Habrían podido decir: no ha hecho ningún signo, sino que se jacta y habla para gloriarse. Por ello pregunta, para que aquella mujer confiese y Dios sea glorificado.

Y se postró ante él y le dijo toda la verdad. Observad los pasos, ved el progreso. Mientras padecía flujo de sangre, no había podido venir ante él: fue sanada y vino ante él. Y se postró a sus pies. Todavía no osaba mirarle a la cara: apenas ha sido curada, le basta con tener sus pies. «Y le dijo toda la verdad». Cristo es la verdad. Y como había sido curada por la verdad, confesó la verdad.

Y él le dijo: «Hija, tu fe te ha salvado» La que así había creído digna es de ser llamada hija. La multitud, que lo apretuja, no puede ser llamada hija, mas esta mujer, que cae a sus pies y confiesa, merece recibir el nombre de hija. «Tu fe te ha salvado». Observad la humildad: es él mismo el que sana y lo refiere a la fe de ella. «Tu fe te ha salvado».

Tu fe te ha sanado: vete en paz. Antes de que creyeses en Salomón, esto es, en el pacífico, no tenias paz, ahora, sin embargo, vete en paz. «Yo he vencido al mundo». Puedes estar segura de que tienes la paz, porque ha sido sanado el pueblo de los gentiles. Llegan de casa del jefe de la sinagoga, diciendo: «Tu hija ha muerto: ¿por qué molestar más al maestro?». Resucitó la Iglesia y murió la sinagoga. Aunque la niña había muerto, le dice, no obstante, el Señor al jefe de la sinagoga: No temas, ten sólo fe. Digamos también nosotros hoy a la sinagoga, digamos a los judíos: ha muerto la hija del jefe de la sinagoga, mas creed y resucitará.

No permitió que nadie le siguiera más que Pedro, Santiago y Juan, el hermano de Santiago. Alguien podría preguntar, diciendo: ¿por qué son siempre elegidos estos tres, y los demás son dejados aparte? Pues también cuando se transfiguró en el monte, tomó consigo a estos tres. Así, pues, son tres los elegidos: Pedro, Santiago y Juan. En primer lugar, en este número se esconde el misterio de la Trinidad, por lo que este número es santo de por sí. Pues también Jacob, según el Antiguo Testamento, puso tres varas en los abrevaderos. Y está escrito en otro lugar: «El esparto triple no se rompe». Por tanto, es elegido Pedro, sobre el que ha sido fundada la Iglesia, Santiago, el primero entre los apóstoles que fue coronado con el martirio, y Juan, que es el comienzo de la virginidad. Y llegó a la casa del jefe de la sinagoga y vio un alboroto y unas lloronas plañideras. Incluso hoy sigue habiendo alboroto en la sinagoga. Aunque afirmen que cantan los salmos de David, su canto, sin embargo, es llanto.

Y entrando les dice: ¿Por qué estáis turbados y lloráis? La niña no ha muerto, sino que duerme. Es decir, la niña, que ha muerto para vosotros, vive para mi: para vosotros está muerta, para mi duerme. Y el que duerme puede ser despertado.

Y se burlaban de él. Pues no creían que la hija del jefe de la sinagoga pudiera ser resucitada por Jesús.

Pero él, echando a todos fuera, tomó consigo al padre y a la madre de la niña. Dirijámonos a los santos varones, que realizan signos, a quienes el Señor les concedió ciertos poderes. He aquí que Cristo, cuando iba a resucitar a la hija del jefe de la sinagoga, echa fuera a todos, para que no pareciera que lo hacía por jactancia. Así, pues, habiendo echado a todos, él tomó consigo al padre y a la madre de la niña. E incluso a ellos les hubiera echado probablemente, si no hubiera sido por consideración a su amor de padres, para que vieran a su hija resucitada

Y entra donde estaba la niña, y tomándola de la mano. etc. En primer lugar tomó su mano, sanó sus obras y de este modo la resucitó. Entonces se cumplió verdaderamente esto: «Cuando haya entrado la plenitud de las naciones, entonces todo Israel será salvo». Dice, pues, Jesús: Talitha kum que significa: Niña, levántate para mí. Si hubiera dicho: «Talitha kum», significarla: «Niña, levántate», pero como dijo «Talitha kumi», esto significa, tanto en lengua siria como en lengua hebrea: «Niña, levántate para mí». «Kumi» significa: «Levántate para mi». Observad, pues, el misterio de la misma lengua hebrea y siria. Es como si dijese: niña, que debías ser madre, por tu infidelidad continúas siendo niña. Lo que podemos expresar de este otro modo: porque vas a renacer, serás llamada niña. «Niña, levántate para mi», o sea, no por tu propio mérito, sino por mi gracia. Levántate, por tanto, para mí, porque serás curada por tus virtudes.

Y al instante se levantó la niña y echó a andar. Que nos toque también a nosotros Jesús y echaremos a andar. Aunque seamos paralíticos, aunque poseamos malas obras y no podamos andar, aunque estemos acostados en el lecho de nuestros pecados y de nuestro cuerpo, si nos toca Jesús, al instante quedaremos curados. La suegra de Pedro estaba dominada por las fiebres: la tocó Jesús y se levantó, e inmediatamente se puso a servirle. Ved qué diferencia. Aquella es tocada, se levanta, y se pone a servir, a ésta le basta sólo andar.

Y quedaron fuera de sí, presos de gran estupor, y les mandó insistentemente que callaran y que no lo dijeran a nadie. ¿Veis el motivo, por el que había echado a la turba para realizar los signos? Les mandó—y no sólo les mandó, sino que además les mandó insistentemente—que nadie lo supiera. Mandó a los tres apóstoles, y mandó también a los padres que nadie lo supiera. Lo mandó el Señor a todos, mas la niña, que resucitó, no puede callar.

 

Y dijo que le dieran de comer: para que la resucitada no se tomara por un fantasma. Él mismo también, por este motivo, después de su resurrección comió del pescado y de la miel, «Y dijo que le dieran de comer». Te pido, Señor, que también a nosotros, que estamos tendidos, nos tomes de la mano, nos levantes del lecho de nuestros pecados y nos hagas caminar. Y cuando caminemos, manda que nos den de comer; estando yacentes, no podemos hacerlo. Si no nos levantamos, no somos capaces de recibir el cuerpo de Cristo. A Él la gloria, juntamente con el Padre y el Espíritu Santo, por los siglos de los siglos. Amén.

1 Como ya se ha observado en el prólogo, San Jerónimo comenta sólo algunos pasajes del Evangelio de Marcos.

2 Mc 5, 30., 3 Mc 5, 33., 4 Ibid., 5 Mc 5 34., 6 Jn 16, 33., 7 Mc 5 35., 8 Mc 5 36., 9 Mc 5, 37., 10 Cf. Jerón., In Matth. 17, 1., 11 Gén 30, 37. Cf Jerón, Quaest. In Cen. 12 Eclo 4, 12., 13 Mc 5, 38., 14 Mc 5, 39., 15 Mc 5, 40., 16 Ibid., 17 Mc 5, 41.

18 Rom 11, 25 ss., 19 Mc 5, 41., 20 Cf. Jerón., de Nom. Hebr.: ML 23, 888., 21 Mc 5, 42., 22 Mc 5, 43., 23 Ibid., 24 Lc 24. 42.

SAN JERÓNIMO

COMENTARIO AL EVANGELIO DE SAN MARCOS

IV. Mc 8, 1-9

Por aquellos días, como hubiese una gran muchedumbre y no tuviesen qué comer, habiendo llamado a los discípulos, les dijo: Tengo compasión de la muchedumbre, porque hace ya tres días que permanecen conmigo y no tienen qué comer. Leímos en un pasaje anterior  que el Señor, con cinco panes, dio de comer a cinco mil hombres, y que de las sobras se recogieron doce cestos. Y oportunamente explicamos entonces lo que en aquella parábola habíamos descubierto. Ahora bien, esta historia, que ahora hemos leído, es distinta, pero al mismo tiempo la misma: en parte es semejante y en parte es diferente. En aquel relato leímos que los que comieron, comieron en el desierto, en éste, sin embargo, hemos leído que los que comieron, comieron en el monte.

Quiero hablar en primer lugar sobre lo que es distinto en uno y en otro pasaje. Pues debemos conocer las mismas venas y la carne misma de las Escrituras, de modo que una vez hayamos entendido lo que hay escrito, podamos después ver su sentido. Allí leímos que fueron cinco mil hombres los que comieron; aquí, sin embargo, hemos leído que fueron cuatro mil. Allí que fueron cinco los panes; aquí leemos que fueron siete. Allí según el Evangelio de Juan, que fueron cinco panes de cebada; aquí, sin embargo, que los siete panes son de trigo.

Véis la diferencia. Véis que es lo mismo y que no es lo mismo. Por tanto, no debemos leer las Escrituras con negligencia.

¿Es esto todo lo que es distinto? ¿No hay ninguna otra cosa más? Veamos qué dice la Escritura. Allí leímos que el pueblo, que come del pan, sólo estuvo un día con Jesús, y comen no al mediodía, sino por la tarde, a la caída del sol. De éstos, sin embargo, es decir de los cuatro mil, que comen los siete panes de trigo, ¿qué dice de ellos el mismo Jesús, no ya los apóstoles como en el caso anterior? Allí dicen los apóstoles: «He aquí que te esperan todo el día»; aquí es el Salvador mismo el que habla: «Hace ya tres días que permanecen conmigo». Fijaos en la diferencia entre uno y tres días. Allí son los apóstoles los que suplican al Señor que dé de comer; aquí es el Señor quien les invita a ellos a que den de comer. ¿Qué indica aquí el Señor? Si les mando a su casa en ayunas, desfallecerán. Se habían hecho dignos de la solicitud del Señor, por haberle esperado durante tres días. Veamos a continuación lo restante. Cinco mil hombres comen cinco panes y de las sobras de los cinco panes todavía se llenan doce cestos. Aquí son cuatro mil hombres —el número es inferior: allí son cinco mil, aquí cuatro mil—. Pues bien, estos cuatro mil hombres comen siete panes. Es decir, un número menor de hombres come mayor cantidad de panes: «Pues muchos son los llamados, mas pocos los elegidos». Fijaos en lo que dice. Cuatro mil hombres comen siete panes. Con las sobras de cinco panes se llenan doce cestos; con las de los siete panes se llenan siete cestos. De un número menor de hombres sobra menos, de un número mayor sobra más. Pues estos cuatro mil son, en efecto, inferiores en número, más superiores en fe. El que es superior en fe, come más y, porque come más, le sobra menos. ¡Ojalá podamos también nosotros comer más de los panes de trigo de las Escrituras, a fin de que nos falte menos en su conocimiento!

Muchas cosas más deberíamos decir, mas como ya fueron explicadas en el comentario de la parábola anterior, hemos querido solamente señalar la diferencia entre las dos parábolas. El sentido ha sido expuesto ya en la anterior.

Sigamos, por lo demás, los pasos del santo presbítero, y ya que él ha disertado bastante ampliamente sobre el comienzo del salmo nosotros nos ocuparemos del resto.

1 Mc 8, 1-2., 2 Mc 6, 35 ss., 3 Se ha perdido la homilía de San Jerónimo relativa a este pasaje de Marcos., 4 Mc 8, 3., 5 Mt 20, 16.

SAN JERÓNIMO

COMENTARIO AL EVANGELIO DE SAN MARCOS

V. Mc 8, 22-26

Ya que el santo presbítero ha cantado las cosas divinas a propósito del salmo, nosotros nos ocuparemos del Evangelio, y lo que teníamos que decir con respecto al salmo, lo diremos en la parte del Evangelio.

Y vienen a Betsaida: y le llevan un ciego y le piden que lo toque. Llegan a Betsaida los apóstoles, a quienes el Señor había dicho: « ¿Aún no comprendéis?» Pues la historia anterior contiene ya esto. Llegan a Betsaida, la aldea de Andrés y de Pedro, de Santiago y de Juan. Betsaida significa la casa de los cazadores, pues de esta casa fueron enviados a todo el mundo cazadores y pescadores.

Atended bien a lo que dice. La historia es manifiesta, la letra es patente: hemos de buscar el espíritu. Que viniera a Betsaida, que allí en algún lugar hubiera un ciego, que luego se marchara, ¿qué hay de grande en todo esto? Grande es ciertamente lo que hizo el Señor, mas si no se hace todos los días, lo que se hizo en otro tiempo, deja de ser grande para nosotros.

«Y vienen a Betsaida» Vienen los apóstoles a su propia casa, donde habían nacido. «Y le llevan un ciego».

Prestad mucha atención a esto, fijaos en lo que se nos dice. En la casa de los apóstoles hay un ciego, es decir, donde nacieron los apóstoles, allí está la ceguera. ¿Comprendéis lo que os digo? Este ciego es el pueblo judío, que estaba en casa de los apóstoles. «Y le llevan un ciego». Este es el ciego que en Jericó se sentaba junto al camino: no en el camino, sino junto al camino, esto es, no en la ley verdadera, sino en la ley de las letras. «Y le piden que lo toque». Aquel que estaba en Jericó, cuando oyó que pasaba Jesús, empezó a gritar, diciendo: «Hijo de David, ten piedad de mi», y los que pasaban le increpaban. Jesús, sin embargo, no lo increpa, pues no ha venido sino para las ovejas perdidas de la casa de Israel. Mandó que fuera llevado ante él. Aquél, oyendo que Jesús le llamaba, «se puso en pie—dice el Evangelio—, dejó sus vestidos y corrió hacia él». No pudo ir con sus viejos vestidos, desnudo corrió hacia el Señor. Era ciego, sucios tenía sus vestidos, rotos y destrozados. Corrió, por tanto, como ciego, y fue curado. Porque de este modo estaba en Jericó junto al camino aquel ciego, que fue curado. Este de ahora, sin embargo, es curado en Betsaida.

«Y le piden que lo toque». Los discípulos piden al Señor y Salvador que lo toque. Pues él, a causa de su ceguera, no conocía el camino y no podía caminar, para tocar a Cristo. Se lo piden, diciendo: tócalo y quedará sano. Y tomó la mano del ciego y lo sacó fuera de la aldea. Tomando su mano: porque aquella mano estaba llena de sangre, la tomó el señor y la purificó. Tomó su mano, mano de ciego, él que es camino y guía, y lo sacó fuera de la aldea.

¿Creéis que forzamos la Sagrada Escritura? Tal vez alguien diga para sus adentros: éste siempre busca alegorías y fuerza la Sagrada Escritura. Quien esto piense que me diga cuál es la razón de que Jesús entre en Betsaida y de que le sea presentado un ciego. No lo cura en la aldea, sino fuera de la aldea, lo que significa que no puede ser curado y ver en la ley, sino en el Evangelio. También hoy entra Jesús en Betsaida, esto es, en la sinagoga de los judíos: Jesús, es decir la palabra divina, entra en la sinagoga de los judíos, o sea, en las asambleas de los judíos. Pues bien, aquel ciego, mientras permanece en la sinagoga y en la letra (de la ley), no puede ser sanado, a no ser que sea sacado fuera. Lo sacó fuera de la aldea y poniéndole saliva en los ojos y habiéndole impuesto las manos… 8 La saliva de Cristo es medicina. Poniéndole saliva en los ojos y habiéndole impuesto las manos, le preguntó si veía algo. En la ciencia siempre hay progresos. No puede uno en una hora alcanzar la perfecta sabiduría, por capaz que sea. Nadie puede llegar a la perfecta ciencia, sino después de mucho tiempo y de un largo periodo de instrucción. Primero se quitan las manchas, se quita también la ceguera, y de este modo llega la luz. La saliva del Señor es la perfecta doctrina, la que, para enseñar perfectamente, procede de la boca del Señor. La saliva del Señor, por así decir, es ciencia que procede de la sustancia del Señor. Así como la palabra, que procede de la boca, es medicina, del mismo modo la saliva parece que sale como de algo de Dios, es decir, de su misma sustancia. Aquí, por tanto, lo que dice el Evangelio es esto: que el Señor, con una doctrina más secreta, lava el error de los ojos del ciego.

«Y poniéndole saliva en sus ojos, y habiéndole impuesto las manos». La saliva cura los ojos, al tiempo que las manos son puestas sobre la cabeza: la saliva aleja la ceguera, las manos confieren la bendición.

Y le preguntó si veía algo. Sabía el Señor qué veía y qué no veía el ciego, sin embargo, preguntó si veía algo.

Cuando le pregunta esto, sabe qué es lo que aún no veía perfectamente. Y levantando los ojos, dice…  Hermosamente escribió el evangelista: levantando los ojos: el que, mientras era ciego, miraba hacia abajo, miró hacia arriba y fue sanado.

Levantando los ojos, dice: veo los hombres como árboles que caminan. Ni está ciego, ni tiene los ojos en perfecto estado. «Veo los hombres como árboles, que caminan». Lo que equivale a decir: hasta ahora veo sólo la sombra, no veo aún la realidad. Al decir «Veo los hombres como árboles, que caminan», quiere decir esto: veo algo más en la ley, mas aun no veo la luz clara del Evangelio. También hoy los judíos ven los hombres como árboles, que caminan: ven a Moisés y no lo ven, leen a Isaías y no lo entienden. Ven los hombres. Un hombre es, en efecto, Isaías. Jeremías y todos los profetas son también hombres en comparación con los jumentos. «El hombre no ha comprendido su dignidad: se ha asemejado a los animales irracionales y se ha hecho semejante a ellos». Por ello, a los profetas racionales no los ven como hombres, sino como árboles, es decir, como irracionales y sin inteligencia.

 

Luego le impuso de nuevo las manos sobre sus ojos. Tú que crees que fuerzo la Escritura, tú que dices: violentas el texto, ¿tiene esto tan sólo un sentido literal?, ¿no hay acaso nada intrínseco? Tiene las manos puestas sobre los ojos del ciego y le pregunta si ve algo. Y paso de nuevo las manos sobre los ojos del ciego y comenzó a ver. Ved lo que dice. «Puso las manos sobre sus ojos y comenzó a ver». Con las fuerzas naturales, aun cuando tuviera vista, no hubiera podido ver con las manos puestas sobre sus ojos. Pero la mano del Señor es más clara que todos los ojos. «Y le puso las manos sobre sus ojos y comenzó a ver».

Y fue curado, de modo que veía con claridad todas las cosas . Es decir, veía todas las cosas que vemos nosotros: veía los misterios de la Trinidad, veía todos los misterios que hay en el Evangelio. «De modo que veía con claridad». Nunca hubiera dicho esto el evangelista, si no hubiera habido quienes veían, pero no con claridad. De este modo, como dice el evangelista, con claridad, es también como vemos nosotros ahora, pues creemos en Cristo, que es la verdadera luz. Ahora bien, entre unos videntes y otros hay una gran diferencia. Según la fe de cada creyente es Jesús grande o pequeño. Si soy pecador y hago penitencia, toco sus pies; si soy santo, lavo su cabeza.

Y lo mandó a su casa, diciendo: «Vete a tu casa, no entres en la aldea y no se lo digas a nadie». Fijaos atentamente. Este ciego estaba en Betsaida y fue sacado fuera. Allí fue curado no en Betsaida, sino fuera de Betsaida. Y, porque fue curado, se le dice: vuelve a tu casa, pero no vayas a la aldea. De Betsaida es sacado: allí es encontrado. Y ¿cómo es que no está en Betsaida su casa? Fijaos en lo que dice el Evangelio. Si lo interpretamos en sentido literal, no puede en absoluto sostenerse. Pues si este ciego es encontrado en Betsaida y sacado fuera de Betsaida, donde es curado, y se le dice: «Vuelve a tu casa», ciertamente se le dice: «Vuelve a Betsaida». Más si vuelve a Betsaida, ¿cómo se le dice: no entres en la aldea? Veréis, por tanto, que la interpretación del texto debe ser espiritual.

 

El ciego es sacado de la casa de los judíos, de la aldea de los judíos, de la ley de los judíos, de la letra de los judíos, de las tradiciones de los judíos. El que no había podido ser sanado en la ley, es sanado en la gracia del Evangelio, y se le dice: vuelve a tu casa, no a esta casa, que piensas, de donde saliste, sino a la casa de donde fue también Abraham. Ya que Abraham es el padre de los creyentes. «Abraham vio mi día y se alegró». Vuelve a tu casa, esto es, a la Iglesia. «Mientras vengo—dice San Pablo—para que sepas cómo debes gobernar la Iglesia, que es la casa de Dios».

Verás, por tanto, que la casa de Dios es la Iglesia. Por ello se le dice al ciego: ve a tu casa, es decir, a la casa de la fe, es decir, a la Iglesia, y no vuelvas a la aldea de los judíos.

1 Mc 8, 22., 2 Mc 8, 21., 3 Cf. Jerón., In Ez. 28, 20., 4 Mc 10, 47., 5 Mt 15, 34., 6 Mc 10, 50., 7 Mc 8. 23.

8 Ibid. Jesús efectúa la curación, realizando un verdadero milagro, pero siguiendo el uso de los hebreos: los antiguos, particularmente, consideraban la saliva como un remedio para las enfermedades de los ojos.

9 Mc 8 24., 10 Ibid., 11 Sal 48, 13., 12 Mc 8, 25., 13 Ibid., 14 Ibid., 15 Mc 8, 26., 16 Jn 8. 56., 17 1 Tim 3, 15.

SAN JERÓNIMO

COMENTARIO AL EVANGELIO DE SAN MARCOS

VI. Mc. 8, 39-9, 8

En verdad os digo que algunos de los aquí presentes no gustarán la muerte. «En verdad os digo». Esto es un juramento de Cristo y debemos creer a Cristo que jura. Como en el Antiguo Testamento se dice: «Vivo yo, dice el Señor», así en el Nuevo Testamento se dice: «En verdad, en verdad os digo». Amén, amén significa en verdad, en verdad. La Verdad dice la verdad para vencer la mentira.

«En verdad os digo que algunos de los aquí presentes…» Me dirijo a vosotros, mis discípulos —viene a decir el Señor—, no hablo a los judíos, que tienen los oídos cerrados y mi palabra no puede penetrar en ellos… Que algunos de los aquí presentes no gustarán la muerte, hasta que vean el Reino de Dios. Hermosamente dice el Señor de los que están en pie, que no gustarán la muerte, pues quien está en pie, por el hecho de mantenerse en pie, no gusta de la muerte. También Moisés dice en el Deuteronomio: «Durante cuarenta días y cuarenta noches estuve de pie en el monte con Dios». Durante cuarenta días estuvo en pie Moisés solo y, por ello, mereció recibir la ley. Esta se da a los que están en pie, no a los que yacen. Analicemos cada una de las palabras, para poder penetrar en los misterios del texto sagrado. Si los vestíbulos son tan hermosos, ¡cuánto más lo será la misma casa! «No gustarán la muerte» Hay distintos géneros de muerte: unos gustan la muerte, otros la ven, otros la comen, algunos quedan saturados, otros reconfortados. Pero los apóstoles, porque estaban en pie, y porque eran apóstoles, por ello mismo, no gustaron la muerte. De momento hemos dicho esto en sentido alegórico, de acuerdo con aquellas palabras: «¿Quién es el hombre que viva y no vea la muerte?». Al preguntar ¿quién?, quiere decir —el salmista— que es imposible o que es difícil. El Señor dice: «No gustarán la muerte». Por tanto, hay algunos que no gustarán la muerte; mas que no vean la muerte, esto es difícil. Aquí, de todos modos, debemos entender que se trata de la muerte por el pecado: «Pues el alma, que pecare, morirá». Difícil es, por tanto, que alguien viva y no vea la muerte. Ahora bien, entre ver y gustar hay diferencia: el que ve, ve ciertamente, pero no gusta, mientras que el que gusta, necesariamente ve.

eamos qué cosa es gustar y qué cosa es ver la muerte. Por ejemplo, he visto una mujer hermosa y mi alma quiso desearla, pero el temor de Dios arroja este deseo. He aquí un ejemplo de que he visto la muerte, pero no la he gustado. Mas en caso de que la haya visto y la haya deseado, ya he adulterado en mi corazón, en cuyo caso he gustado la muerte. Esto es gustar la muerte: no comerla, no quedar reconfortado, sino algo así como degustarla un poco con el alma. Los apóstoles, en cuanto apóstoles, no gustaron ciertamente la muerte. Pero si yo pecara una y otra vez y fornicara con frecuencia, ya no sólo habría gustado la muerte, sino que incluso habría quedado saturado de ella. Fijaos bien en lo que dice el profeta. No dice: «¿Quién es el hombre que viva y no guste la muerte?», sino: «¿Quién es el hombre que viva y no vea la muerte?» Pues es difícil que haya alguien, a quien no tiente la concupiscencia, a quien no agiten las tentaciones.

Cuánto hemos dicho hasta el momento ha sido en consonancia con una interpretación más sublime. Hablemos ahora del relato histórico. El Señor dijo a los discípulos que son muchos los aquí presentes que no gustarán la muerte, hasta que vean venir el reino de Dios en todo su poder. Lo que dice exactamente es esto: no morirán antes de que me hayan visto a mí reinar. Éste es el sentido histórico de lo que dice Jesús.

Y sigue el evangelista: Seis días después, toma Jesús consigo a Pedro, Santiago y Juan, y los lleva, a ellos solos, aparte, a un monte alto, y se transfiguró delante de ellos. Lo que equivale a decir que los apóstoles vieron a Cristo tal como tenía que reinar. Viéndole transfigurado en el monte, lo vieron transfigurado en su propia gloria, tal como tenía que reinar.

Así pues, a esto se refieren las palabras «no gustarán la muerte, hasta que vean el reino de Dios»: a lo que ocurrió seis días después.

En el Evangelio según San Mateo se dice «Y sucedió el día octavo». Parece, por tanto, que hay una diferencia desde el punto de vista literal: Mateo dice ocho días y Marcos seis. Pero hemos de tener en cuenta que Mateo incluye el primero y el último de los ocho días, mientras que Marcos cuenta sólo los seis que median entre uno y otro.

Esto es lo que dice literalmente el Evangelio: que subió al monte, que se transfiguró, que aparecieron Moisés y Elías cloqueando con él, que Pedro, encantado por aquella visión tan hermosa, le dijo: Señor, ¿quieres que hagamos tres tiendas, una para ti, otra para Moisés, y otra para Elías? 9 y dice en seguida el evangelista: pues no sabían qué decir, ya que estaban atemorizados. Y a continuación dice que se formó una nube, y que esta misma nube, que era blanca, les cubría con su sombra, y que vino una voz del cielo, que decía: «Este es mi hijo amado, escuchadle». Y de pronto, mirando en derredor, no vieron a nadie más que a Jesús. Éste es el contenido histórico del relato. En él se fijan los que aman la historia, los que aceptan solamente la opinión judaica, los que siguen la letra que mata, y no el espíritu que vivifica.

Nosotros no negamos la historia, sino que preferimos el sentido espiritual del texto. Por lo demás, esta interpretación no es propiamente nuestra: seguimos la interpretación de los apóstoles, sobre todo la del «vaso de elección», que a aquellas palabras, a las que los judíos daban un sentido que conduce a la muerte, supo él dar otro sentido que conduce a la vida, es decir, el apóstol que enseña que Sara y Agar simbolizan las dos alianzas, la del monte Sinaí y la del monte Sión. En efecto, como referencia a las dos alianzas interpreta esto el apóstol: «Estas mujeres son las dos alianzas». ¿Acaso no existió Agar? ¿Acaso no existió Sara? ¿Acaso no existe el monte Sinaí? ¿Acaso no existe el monte Sión? El apóstol no niega la historia, sino que descubre los misterios, y no dice simplemente que «las dos mujeres representan las dos alianzas», sino que «ellas son las dos alianzas».

«Y seis días después toma Jesús consigo a Pedro, Santiago y Juan». «Seis días después». Pedid al Señor que estas cosas sean explicadas según el mismo Espíritu, por quien han sido dictadas. «Y sucedió seis días después». ¿Por qué no nueve, o diez, o veinte, o cuatro, o cinco días después? ¿Por qué no se toma ningún número anterior o posterior, sino que se elige precisamente el seis? «Y sucedió, dice el Evangelio, seis días después». Éstos que están con Jesús —al menos se dice de algunos de los que están allí—: éstos no verán el reino de Dios, hasta después de seis días. Es decir, que hasta que no haya pasado este mundo representado en los seis días, no aparecerá el reino verdadero. Cuando hayan pasado los seis días, quien fuere Pedro, es decir, quien, como Pedro de la piedra, haya recibido de Cristo el nombre, merecerá ver el reino. Pues así como de Cristo nos llamamos cristianos, de la piedra es llamado Pedro, o sea, petrinos. Y si alguien de entre nosotros fuera un petrinos tal, esto es, tuviera una fe tan grande que sobre él se edificase la Iglesia de Cristo; si alguien fuera como Santiago y Juan, hermanos no tanto por la sangre cuanto por el espíritu; si alguien fuera Santiago, esto es, el que derriba, y Juan, esto es, gracia del Señor (pues cuando hayamos derribado a nuestros enemigos, entonces mereceremos la gracia de Cristo); si alguien estuviera en posesión de las verdades más sublimes y del conocimiento más excelente, y mereciera ser llamado hijo del trueno, aún entonces es necesario que sea llevado por Jesús al monte.

Observad al mismo tiempo que Jesús no se transfigura mientras está abajo: sube y entonces se transfigura. Y los lleva a ellos solos, aparte a un monte alto, y se transfiguró delante de ellos, y sus vestidos se volvieron resplandecientes y blanquísimos. Incluso hoy en día Jesús está abajo para algunos, y arriba para otros. Los que están abajo tienen también abajo a Jesús y son las turbas que no pueden subir al monte —al monte suben tan sólo los discípulos, las turbas se quedan abajo—; si alguien, por tanto, está abajo y es de la turba, no puede ver a Jesús en vestidos blancos, sino en vestidos sucios. Si alguien sigue la letra y está totalmente abajo y mira la tierra a la manera de los brutos animales, éste no puede ver a Jesús en su vestidura blanca. Sin embargo, quien sigue la palabra de Dios y sube al monte, es decir, a lo excelso, para éste Jesús se transfigura al instante y sus vestidos se hacen blanquísimos.

Si esto, que hemos leído, lo interpretamos literalmente, ¿Qué tiene en sí de radiante, de espléndido, de sublime? Mas, si lo interpretamos espiritualmente, las Sagradas Escrituras, esto es, los vestidos de la Palabra, se transfiguran al instante y se hacen blancos como la nieve, tanto que ningún batanero en la tierra seria capaz de hacer. Toma cualquier texto de los profetas, o cualquier parábola evangélica: si lo interpretas literalmente, no tiene en sí nada de espléndido, nada de radiante. Más, si sigues a los apóstoles y lo interpretas espiritualmente, al instante se transforman los vestidos de la parábola y se hacen blancos: y Jesús se transfigura totalmente en el monte y sus vestidos se hacen muy blancos, como la nieve, tanto que ningún batanero en la tierra sería capaz de blanquearlos de ese modo. Quien está en la tierra, quien está abajo, no puede blanquear los vestidos, pero quien sube al monte con Jesús y, por así decir, deja la tierra abajo y se dispone a ascender a regiones altas y celestes, éste puede blanquear los vestidos como ningún batanero en la tierra sería capaz de hacerlo.

Alguien podría decirme o, aunque no lo diga, podría pensar para sus adentros: has explicado qué es el monte y has dicho qué es la palabra de Dios. Has dicho también que los vestidos son las Sagradas Escrituras, dime quiénes son esos bataneros que no son capaces de dejar unos vestidos tan blancos como los de Jesús. El trabajo de los bataneros consiste en blanquear lo que está sucio, cosa que no pueden llevar a cabo sin esfuerzo, pues es necesario estrujar la ropa, lavarla, y tenderla al sol. Si no es con mucho trabajo no llegan a adquirir el color blanco los vestidos sucios. Platón, Aristóteles, Zenón, el principal de los estoicos, y Epicuro, defensor del placer, quisieron blanquear sus sórdidas teorías, por así decir, con blancas palabras, pero no pudieron conseguir unos vestidos tan blancos como los que posee Jesús en el monte. Porque estaban en la tierra y discutían solamente de cosas terrenas. Por ello, pues, ningún batanero, esto es, ningún maestro de la literatura mundana pudo blanquear tanto los vestidos como los tenía Jesús en el monte.

Y se les aparecieron Elías y Moisés, y conversaban con Jesús. Si no hubiesen visto a Jesús transfigurado, si no hubiesen visto sus vestidos blancos, no hubieran podido ver a Elías y Moisés, que conversaban con Jesús. Mientras pensemos como los judíos y sigamos con la letra que mata, Moisés y Elías no hablan con Jesús y desconocen el Evangelio. Ahora bien, si ellos hubieran seguido a Jesús, hubieran merecido ver al Señor transfigurado y ver sus vestidos blancos, y entender espiritualmente todas las Escrituras, y entonces hubieran venido inmediatamente Moisés y Elías, esto es, la ley y los profetas, y hubieran conversado con el Evangelio.

«Y se les aparecieron Elías y Moisés y conversaban con Jesús.» En el Evangelio según San Lucas se añade esto: «Y le anunciaban de qué modo iba a padecer en Jerusalén.» Esto es lo que dicen Moisés y Elías, y se lo dicen a Jesús, es decir, al Evangelio. «Y le anunciaban de qué modo iba a padecer en Jerusalén.» Por tanto, la ley y los profetas anuncian la pasión de Cristo ¿Véis cómo es provechoso para nuestro alma la interpretación espiritual? Los mismos Moisés y Elías son vistos con vestiduras blancas, vestiduras blancas, que no poseen, mientras no están con Jesús. Si lees la ley, esto es, a Moisés, y si lees a los profetas, esto es, a Elías, y no los entiendes en Cristo, tampoco entenderás cómo Moisés habla con Jesús y cómo Elías habla con Jesús. Mas, si interpretas a Moisés sin Jesús y a Elías sin Jesús, tampoco le anuncian ellos consiguientemente la pasión, ni suben al monte con él, ni tienen sus vestiduras blancas, sino totalmente sucias. Ahora bien, si sigues la letra, como hacen los judíos, ¿de qué te aprovecha leer que Judá se acostó con su nuera Tamar, que Noé se emborrachó y se desnudó o que Onán, hijo de Judá, hizo una cosa tan torpe que me avergüenzo de decir? ¿De qué, repito, te aprovecha esto? Más si, por el contrario, lo interpretas espiritualmente, verás cómo los vestidos de Moisés se hacen blancos.

Así, pues, Pedro, Santiago y Juan, que habían visto a Moisés y Elías sin Jesús, precisamente porque vieron que conversaban con Jesús y que tenían los vestidos blancos, se dan cuenta de que están en el monte. Realmente estamos en el monte, cuando entendemos las Escrituras espiritualmente. Si leo el Génesis, o el Éxodo, o el Levítico, o los Números, o el Deuteronomio, mientras leo carnalmente, me veo abajo, mas, si entiendo espiritualmente, subo al monte. Te darás cuenta cómo Pedro, Santiago y Juan, viendo que estaban en el monte, esto es, en la comprensión espiritual, desprecian las cosas bajas y humanas y desean las cosas excelsas y divinas: no quieren descender a la tierra, sino detenerse enteramente en las cosas espirituales.

Y tomando la palabra, dice Pedro a Jesús: «Rabbí, bueno es estarnos aquí.» También yo mismo, cuando leo las Escrituras y entiendo espiritualmente algo más excelso, no quiero descender de allí, no quiero descender a cosa más bajas: quiero hacer en mi pecho una tienda para Cristo, para la ley y para los profetas. Por lo demás, Jesús, que ha venido a salvar lo que estaba perdido, que no ha venido a salvar a los que son santos sino a los que se encuentran mal, él sabe que si el género humano estuviera en el monte, no se salvaría, a no ser que descendiera a tierra.

 

Rabbí, bueno es estarnos aquí. Hagamos tres tiendas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías. ¿Había acaso árboles en aquel monte? Y aún en el caso de que hubiese habido árboles y telas, ¿podemos pensar que es esto lo que Pedro quería hacer, es decir, hacerles unas tiendas, para que habitasen allí, y que es esto todo lo que Pedro pretendía? Quiere hacer tres tiendas, una para Jesús, otra para Moisés, y otra para Elías, es decir, quiere separar la ley, los profetas, y el Evangelio, cosas que no pueden separarse. De todos modos, esto es lo que dice: «Hagamos tres tiendas, una para ti, otra para Moisés, y otra para Elías.» ¡Oh Pedro, aunque hayas subido al monte, aunque estés viendo a Jesús transfigurado, aunque veas sus vestidos blancos, sin embargo, porque Cristo aún no ha muerto por ti, todavía no puedes conocer la verdad! Que alguien diga: «Hagamos tres tiendas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías», esto es como decirle al Señor: «Voy a hacer una tienda para ti, y otras semejantes para tus siervos. » Cuando se tributa el mismo honor a personas de distinto rango, se hace injuria a la de rango superior. «Hagamos tres tiendas.» Tres eran los apóstoles que había en el monte. Estaba Pedro, estaba Santiago y estaba Juan, y lo que Pedro pretende es que cada uno de los tres personajes (Jesús, Moisés y Elías) tome consigo a uno de los tres apóstoles. No sabía, pues, lo que decía, al tributar el mismo honor al Señor y a los siervos. En realidad hay una sola tienda para el Evangelio, para la ley, y para los profetas. Si no habitan juntamente, no puede haber concordia entre ellos.

Y se formó una nube, que les cubrí con su sombra. La nube, según Mateo, era luminosa. A mí me parece que esta nube era la gracia del Espíritu Santo. Una tienda ciertamente cubre y protege con su sombra a los que están dentro de ella. Pues bien, esto, que ordinariamente hacen las tiendas, lo hizo la nube. ¡Oh Pedro, que quieres hacer tres tiendas, mira la tienda del Espíritu Santo, que a todos nosotros igualmente nos protege! Si tú hubieses hecho estas tiendas, las hubieras hecho ciertamente humanas, esto es, las hubieses hecho de modo que dejaran fuera la luz y acogieran dentro la sombra. Esta nube, sin embargo, es lúcida y cubre al mismo tiempo; esta es la única tienda, que no excluye, sino que incluye el sol de justicia. Y además el Padre te dirá: « ¿Por qué haces tres tiendas? Aquí tienes la verdadera tienda.» Mira también el misterio de la Trinidad, al menos según mi manera de entenderlo, pues yo todo lo que soy capaz de entender, no lo quiero entender sin Cristo, el Espíritu Santo, y el Padre. Nada de ello puede serme agradable, si no lo entiendo en la Trinidad, que me ha de salvar.

Se formó una nube lúcida, y vino una voz desde la nube, que decía: «Éste es mi Hijo amadísimo, escuchadle.» Lo que viene a decir el Evangelio es esto: ¡oh Pedro, qué dices: «Os haré tres tiendas, una para ti, otra para Moisés, y otra para Elías», no quiero que hagas tres tiendas! He aquí que yo os he dado la tienda, que os protege. No hagas tiendas igualmente para el Señor y para los siervos. «Éste es mi Hijo amadísimo, escuchadle.» Éste es mi Hijo: no Moisés, no Elías. Ellos son siervos, éste es Hijo. Éste es mi Hijo, es decir, de mi naturaleza, de mi sustancia, Hijo, que permanece en mí y es totalmente lo que yo soy. «Éste es mi Hijo amadísimo». También aquellos son ciertamente amados, pero éste es amadísimo: a éste, por tanto, escuchadle. Aquellos lo anuncian, mas vosotros a éste tenéis que escuchar: Él es el Señor, aquéllos son siervos como vosotros. Moisés y Elías hablan de Cristo, son siervos como vosotros. El es el Señor, escuchadle. No honréis a los siervos del mismo modo que al Señor: escuchad sólo al Hijo de Dios.

Mientras habla el Padre de este modo y dice: «Éste es mi Hijo amadísimo, escuchadle», no aparece el que habla. Habla una nube y se oía la voz, que decía: «Éste es mi Hijo amadísimo, escuchadle.» Hubiera podido suceder que Pedro dijese: está hablando de Moisés o de Elías. Pues bien, para que no les cupiera ninguna duda, mientras habla el Padre, a aquellos dos (Moisés y Elías) se les hace desaparecer, y permanece Cristo solo. «Éste es mi Hijo amadísimo, escuchadle.» Se pregunta Pedro en su corazón: ¿quién es su Hijo? Yo veo a tres, ¿de quién está hablando? Y mientras trata de averiguar quién es, ve a uno solo. Y de pronto, mirando en derredor, buscando a los tres, encuentra solamente a uno. Es más, perdiendo a los tres, encuentra a uno. O mejor aún: en uno descubren a los tres. Pues mejor se descubre a Moisés y Elías, si se les inserta en Cristo.

Y de pronto, mirando en derredor, ya no vieron a nadie. Yo, cuando leo el Evangelio y descubro allí el testimonio de la ley y los profetas, pongo mi atención solamente en Cristo: veo a Moisés y veo a los profetas, de manera que los comprendo, en tanto en cuanto hablan de Cristo. Al final, cuando llegue al esplendor de Cristo y lo vea como luz brillantísima de claro sol, entonces no podré ver la luz de una lámpara. ¿Acaso una lámpara puede iluminar, si se enciende de día? Si luce el sol, la luz de la lámpara no se percibe: de este mismo modo, estando Cristo presente, no se perciben a su lado en absoluto la ley y los profetas. No pretendo minusvalorar la ley y los profetas, al contrario, hago de ellos una alabanza, porque anuncian a Cristo, pero yo leo la ley y los profetas, no para quedarme en ellos, sino para, a través de ellos, llegar a Cristo.

1 Mc 8, 39., 2 Dt 10, 10., 3 Sal 88, 49., 4 Ez 18, 4., 5 Mc 9, 2.

6 Habiendo hablado anteriormente el evangelista de la venida gloriosa del «hijo del hombre» en el juicio final, profetizada por Jesús, por asociación parece aquí referirse a otro dicho de Jesús relativo a la venida del reino de Dios sobre las ruinas del judaísmo, es decir, sobre el final de Jerusalén. Algunos de los presentes en el discurso de Jesús no habrían muerto antes de aquel acontecimiento. Las aplicaciones de San Jerónimo aquí son llevadas a un plano de exégesis oratoria, que se prestaba más fácilmente a consideraciones morales.

7 Mt 17, 1. Aquí San Jerónimo, tal vez en el ardor de la oratoria, cita a Mateo, que en realidad, concuerda con Marcos en lo de seis días, en vez de Lucas, que habla de ocho días de intervalo entre un acontecimiento y otro, y no de seis (Lc 9, 28).

8 Cf. Jerón., In Matth. 17, 1., 9 Mc 9, 5., 10 Mc 9, 6., 11 Mc 9, 7-8., 12 «Vas electionis» es San Pablo., 13 Gal 4, 24., 14 Mc 9, 2-3., 15 Ibid., 16 Cf Jerón., Epist. 133, 1., 17 Mc 9, 4., 18 Lc 9. 31., 19 Mc 9, 5., 20 Ibid., 21 Cf Jerón., In Matth. 17, 4., 22 Mc 9, 7., 23 M7 17, 5., 24 Mc 9, 7., 25 Mc 9, 8.

SAN JERÓNIMO

COMENTARIO AL EVANGELIO DE SAN MARCOS

VII. Mc 11, 1-10

Este pollino, que estaba atado, ¿cómo es que, según el Evangelio de Lucas, tenía muchos dueños?  ¿Por qué se les quita a muchos dueños y es llevado a un solo señor? ¿Por qué estaba delante de la puerta y por qué en la calle?

Delante de la puerta significa que estaba preparado para la fe, mas no podía entrar sin los apóstoles; y en la calle significa que estaba entre la gentilidad y el judaísmo, no sabiendo a quién seguir. ¿Por qué en el Evangelio de Marcos se dice que era un pollino, al que nadie había montado nunca? Realmente nadie lo había montado nunca. Todos lo habían querido domar y montar, pero nadie había podido. No habían podido montarlo, evidentemente, porque no había sido domado. ¡Cosa sorprendente: había sido atado, sin haber podido ser domado! De muy diverso modo actúa Jesús: lo desata y así precisamente, lo doma.

Este mismo pollino es llevado desde Betania a Betfagé. Jesús estaba en Betania, si bien los evangelistas hablan de modo diverso. Unos dicen que estaba en Betania y otros que estaban en Betfagé. Betania es el lugar, la aldea, donde hoy está Lázaro, la aldea de Marta y María, la aldea de Lázaro. Tened en cuenta también todo esto. Aquel pollino indómito es llevado al lugar donde Lázaro había sido resucitado, a Betania, que significa «casa de obediencia». Era indomable y es llevado a la obediencia, a fin de que en él pueda montar Jesús.

Hemos hablado de Betania, hablemos ahora de Betfagé. Betfagé significa «casa de la quijada». Fijaos en el proceso de la fe. Primero creemos y llegamos a Betania, es decir, a la casa de la obediencia; y después, a la casa de las quijadas, casa de la confesión, o casa sacerdotal. Pues los sacerdotes, en efecto, solían recibir la quijada. Tal vez alguien pregunte: ¿por qué los sacerdotes reciben precisamente la siagona, esto es, la quijada? El sacerdote no recibe otra cosa más que la siagona, el pecho y el hombro. Daos cuenta de lo que reciben  los sacerdotes: la quijada, el pecho, y el hombro. Fijaos bien en ello. Lo propio del oficio sacerdotal es poder enseñar a los pueblos. De ahí que diga el profeta: «Pregunta a los sacerdotes sobre la ley de Dios.» Es propio de los sacerdotes, por tanto, responder a las preguntas sobre la ley. Por ello, reciben la palabra, que está en la quijada; reciben también el pecho, esto es, el conocimiento de las Escrituras, pues de nada aprovecha tener las palabras, si no se posee este conocimiento. Y una vez has recibido la siagona y el pecho, entonces recibes también los brazos, es decir, las obras, pues de nada te aprovecha que tengas las palabras y que tengas el conocimiento, si no tienes las obras. ¿Por qué he dicho todo esto? A propósito de este pollino de asna, llevado a la «casa de las quijadas», que es lo que significa Betfagé. No es llevado primero a los brazos, ni es llevado tampoco al pecho, sino a la quijada, a la palabra, para que de ella reciba enseñanza.

Así, pues, sobre este pollino monta el Salvador: monta porque estaba cansado. Desde Samaria de Galilea había venido a Jericó, y desde Jericó hasta Betania; había subido incluso un monte y no se había cansado, y sin embargo, en dos millas se cansa y pide el asno. De Jerusalén iba a Galilea, caminando siempre a pie hasta Samaria, y no pudo caminar dos millas. Mas todo lo que hizo Jesús es un sacramento, todo es nuestra salvación. Si el apóstol nos dice: «Ya comáis, ya bebáis, ya hagáis lo que sea, hacedlo todo en el nombre del Señor», ¿cuánto más será para nosotros un signo que el Salvador camine, o se siente, o coma, o duerma? Tenemos, pues, que monta una asna. Pero otro evangelista dice que monta un pollino, y otro que tanto una asna como un pollino.

Voy a decir una cosa ridícula: ¿podía poner un pie en cada uno de los asnos? En todo esto hablo contra los judíos. Si, pues, vino en una asna, no vino en un pollino. Sin embargo, las dos cosas ocurrieron en realidad, aunque precedidas por un signo. Montó Jesús en un pollino de asna indomable, al que no habían podido poner frenos, ni nadie había montado nunca, en el pueblo gentil, y montó en una asna en aquellos creyentes, que procedían de la sinagoga. Fíjate en lo que dice: Montó en una asna sujeta al yugo, que tenía el cuello y la cerviz molidos por la ley.

Y se le acercó, dice el Evangelio, la multitud. Mientras estaba en el monte, no podía acercársele la multitud: comienza a descender y la turba se le acerca. Y la turba que lo precedía y lo seguía —dice— clamaba: Hosanna al Hijo de David, bendito el que viene en el nombre del Señor, hosanna en las alturas. Tanto los que precedían, como los que le seguían, gritan a una sola voz. ¿Quiénes son los que le preceden? Los patriarcas y profetas. ¿Quiénes los que le siguen? Los apóstoles y el pueblo de los gentiles. Más, tanto en los que le preceden como en los que le siguen Cristo es la única voz: a él alaban, a él aclaman al unísono. ¿Y qué dicen? «Hosanna al Hijo de David, bendito el que viene en el nombre del Señor, hosanna en las alturas». Dicen tres cosas: «Hosanna al Hijo de David», a los incipientes; «bendito el que viene en el nombre del Señor», a los perfectos; «hosanna en las alturas», a los que reinan.

Nadie piense que dividimos a Cristo. Sólo quienes nos calumnian suelen decir que distinguimos en Cristo dos personas: el hombre y Dios. Nosotros creemos en la Trinidad, no en una cuaternidad, como ocurriría en el caso de que en Cristo hubiera dos personas. Pues si en Cristo hay dos personas, el Hijo, es decir Cristo, es doble, y entonces las personas serían cuatro. Nosotros creemos en el Padre, en el Hijo, y en el Espíritu Santo. Respecto al Padre y al Espíritu no hay ninguna duda, pues no tomaron un cuerpo, ni asumieron ninguna debilidad. Mas ahora hablamos de Cristo, nuestro Dios, Hijo de Dios e hijo del hombre, el Hijo único de Dios. El mismo Hijo de Dios es también hijo del hombre. Lo que tiene de grande refiérelo al Hijo de Dios; lo que tiene de humilde al hijo del hombre, pero, de todos modos, es un único Hijo de Dios. ¿Por qué me veo obligado a decir esto? Porque he oído que nos calumnian algunos, que probablemente tienen alma arriana.

Porque no he querido referir a Dios la bajeza de la humanidad, no por ello divido a Cristo. Pues él mismo está simultáneamente en el infierno y en el cielo: en un mismo instante descendió a los infiernos y entró con el ladrón en el paraíso. Todos los elementos los tiene en su puño. Y si están en su puño, ¿dónde no va a estar el que lo sostiene todo? Con la ayuda de vuestras oraciones hemos explicado todas estas cosas, como hemos podido. A Él la gloria por los siglos de los siglos. AMEN.

1 Lc 19, 33; Mt 21, 1 ss; Jn 12, 1 ss. Cf. Jerón., In Matth. 21, 1 ss.

2 Cf. Jerón., De Situ et nom Hebr.; ML 23, 931 A. San Jerónimo dice «donde hoy está Lázaro», es decir, donde surge el monumento erigido en recuerdo de la resurrección de Lázaro.

3 Cf. Jerón., In Matth 21, 17., 4 Cf. Jerón., Epist. 108, 12., 5 Cf. Jerón., In Matth 21, 1., 6 Es decir, reciben, como ofrenda a Dios, estas partes del cuerpo de los animales., 7 Ag 2, 11., 8 Cf. Jerón., Epist. 64, 1, 2. Cf. Mal 2, 3., 9 1 Co 10, 31., 10 Mt 21, 2., 11 Lc 19, 30., 12 Mt 21, 2., 13 Cf. Jerón., In Matth 21, 5., 14 Cf. Jerón., In Matth 21, 5., 15 Mc 11, 9-10., 16 Cf. Jerón., In Matth 21, 9.

 

 

 

 

SAN JERÓNIMO

COMENTARIO AL EVANGELIO DE SAN MARCOS

VIII. Mc 11, 11-14

Y el Señor Jesús entró en Jerusalén, en el templo: y después de haberlo visto todo, como ya fuese tarde, salió para Betania con los doce. Entra en Jerusalén el Señor, en el templo.

Entra, y una vez ha entrado, ¿qué hace? «Después de haberlo visto todo.» Buscaba en el templo de los judíos un lugar, donde pudiera reclinar su cabeza, y no lo encontraba. «Después de haberlo visto todo.» ¿Qué quiere decir «después de haberlo visto todo»?

Miraba a los sacerdotes, quería estar con ellos, mas no podía, los miraba porque siempre estaba a disposición de ellos.

«Después de haberlo visto todo», pues, como quien busca con una linterna. Esto es lo que dice el profeta Sofonías: «Y escudriñaré Jerusalén con una linterna». De este mismo modo también el Señor lo miró todo con una linterna, buscando en el templo, y no encontró nada que pudiera ser elegido.

«Como ya fuese tarde, después de haberlo visto todo…» Fíjate en lo que dice: «después de haberlo visto todo». Aunque nada encontrase, no obstante, mientras hubo luz, no se retiró del templo. Ahora bien, cuando se hizo tarde, cuando las tinieblas de la ignorancia oscurecieron el templo de los judíos, cuando era ya una hora avanzada, se fue a Betania con los doce. Buscó el Salvador, buscaron los apóstoles, y como en el templo nada encontraron, salieron del templo. ¡Alégrate, monje, alégrate tú que habitas en el desierto!: lo que no se encuentra en el templo, se encuentra fuera. «Entró en Betania con los doce». Betania significa «casa de la obediencia». Se retiró, por tanto del templo de los judíos, donde estaba la soberbia, y se vino a la casa de la obediencia. La obediencia está donde está la humildad. Así, pues, dejó la soberbia de los judíos y se vino a la humildad de los gentiles.

Y al día siguiente, saliendo…  Ved lo que dice. «Al día siguiente», es decir, cuando salían de Betania. Si sale al día siguiente, es que se ha quedado allí en Betania. Así, pues, fijaos en el templo, donde no se queda. En Betania, en cambio, viene y se queda. Y al día siguiente, saliendo de Betania, sintió hambre. Se quedó en Betania, mas, al salir de allí, sintió hambre de la salvación de los judíos. «No he venido — dice—, sino para las ovejas perdidas de la casa de Israel», También hoy Cristo siente hambre. Por lo que respecta a los gentiles está saciado, mas siente hambre de los judíos. E incluso entre nosotros hay algunos que creen y otros que no creen. En cuanto a los creyentes está saciado, en cuanto a los no creyentes siente hambre.

Y viendo de lejos una higuera, que tenía hojas… ¡Infeliz judío! «Dios es conocido en Judá, en Israel es grande su nombre». Esto ocurría una vez, en la época de los patriarcas, en la época de los profetas, pero ahora, aquel Dios, que por medio de Jeremías decía: «Yo soy un Dios cercano y no un Dios lejano», ahora ese mismo Dios se ha retirado de los judíos y los ve de lejos, aunque, sin embargo, se les acerca para salvarlos.

«Y viendo de lejos una higuera que tenía hojas…»: hojas, no frutos, esto es, palabras, no significados, Escrituras, no entendimiento de las Escrituras.

Vio, pues, una higuera que tenía hojas. Siempre tiene hojas y nunca tiene frutos esta higuera, que estuvo ya en el paraíso. Adán en aquel tiempo cubrió sus vergüenzas, cuando pecó, porque la higuera tenía hojas. Esta higuera es la sinagoga de los judíos, que solamente tiene palabras y no entendimiento de las Escrituras.

Veamos lo que se ha escrito en otro lugar de esta higuera. En el Evangelio de San Lucas leemos: «había un cierto hombre —dice— que plantó una higuera en su viña. Y cuando vino y buscó fruto en ella, dijo al labrador: es ya el tercer año que vengo aquí en busca de fruto y no lo hallo. Déjame y la cortaré» (/Lc/13/06). «Déjame». Lo mismo que cuando Dios dice a Moisés: «Déjame, y acabaré con este pueblo…». ¿Nadie te retiene y dices déjame? En realidad, cuando tú dices «déjame», estás pidiendo al labrador que te retenga. «Déjame, y la cortaré. Es ya el tercer año que vengo y no hallo fruto.» La primera vez vine con Moisés en la ley; la segunda vine en los profetas; por último, he venido personalmente por mí mismo, y no hallo fruto. Esta higuera no está plantada entre las espinas, no está plantada fuera, sino en la viña de la casa de Israel. Y observo una cosa nueva. Las espinas de los gentiles dan uvas, mientras que la higuera no da higos. «Es ya, dice, el tercer año que vengo, y no hallo fruto. Déjame, y la cortaré.» El labrador, invitado de este modo, comprendió que podía retener al Señor, si se lo pedía. Se lo pide, y ¿qué dice? «Déjala aún por este año que la cave y la abone, a ver si da fruto…». ¿Y entonces qué? Nada dice. Si no da fruto entonces, dice, vendrás y la cortarás. El labrador suplica, y el Señor hace lo que había estado deseando. Estoy diciendo una cosa nueva. El Señor, al que se le ha hecho la súplica, pasa por alto que lo habría hecho, aunque no se lo hubieran pedido. «Déjala, dice, aún por este año.» En efecto, inmediatamente después de la pasión del Salvador, no fue destruida Judea: se le dieron cuarenta y dos años, para hacer penitencia . Aquí se trata de un solo año, es decir, de un tiempo breve, pero significa que se le da lugar para la penitencia. El labrador la cava y la abona. ¿Quiénes son estos labradores? Los apóstoles, que la cavaron y la abonaron, pero la higuera no dio frutos. Mas fijaos en lo que dice el mismo labrador: «A ver si da fruto…» No añade nada más. No dijo: déjala o no la dejes, tenla en tu viña o abandónala. Nada de esto dijo. «A ver si da fruto…» Es como decir: yo no sé lo que ocurrirá en el futuro, lo dejo a tu arbitrio. Porque no dijo: esta higuera ha de permanecer en la viña. Si hubiera dado fruto, Israel no hubiera permanecido en Judea, sino que hubiese sido incorporado a la Iglesia de los gentiles. Mas como no dio fruto, estamos viendo con nuestros propios ojos la higuera cortada: estas ruinas de piedra, que contemplamos, son las raíces de la higuera, que ha sido cortada.

¿Por qué hemos dicho todo esto? Hemos querido mostrar a partir de esta parábola cuál es esta higuera, de la que el Señor espera fruto. Vio, dice, una higuera, que tenía hojas: la vio a lo largo del camino, no en el camino, es decir, la vio en la ley, no en el Evangelio. Por ello, no tenía frutos, porque no estaba en el camino, sino junto al camino. Llega, pues, Jesús y busca fruto. Como la higuera no podía ir a él, va él a la higuera. Y llegándose a ella no encontró sino hojas. Igualmente hoy no encontramos en los judíos sino las solas palabras de la ley. Leen a Moisés, leen a Isaías, a Jeremías, y a los restantes profetas. Leen: «Esto dice el Señor», pero no entienden lo que dice.

Porque no era tiempo de higos. Esto constituye un gran problema. «Porque no era tiempo de higos.» Alguien podrá decir: si no era tiempo de higos, no hubo culpa por parte de la higuera por no tener fruto. Y si no hubo culpa por su parte, no fue tampoco secada justamente, «porque no era tiempo de higos». Esta higuera tenía hojas, pero no tenía frutos. «No era tiempo de higos.» El apóstol interpreta este pasaje en la carta a los Romanos: «No quiero que ignoréis, hermanos, que el endurecimiento vino a una parte de Israel, hasta que entrase la plenitud de las naciones. Cuando haya entrado la plenitud de las naciones, entonces todo Israel será salvo.» Si el Señor hubiera encontrado frutos en esa higuera, no hubiera entrado primero la plenitud de las naciones. Pero como entró esta plenitud de las naciones, todo Israel se salvará al final.

Alguien podrá decir: ¿dónde se lee esto de que todo Israel será salvo? En primer lugar lo dice el mismo apóstol: «Cuando haya entrado la plenitud de los gentiles, entonces todo Israel será salvo.» Después, también Juan en su Apocalipsis dice: de la tribu de Judá habrá doce mil creyentes, de la tribu de Rubén doce mil creyentes, y del mismo modo habla de las restantes tribus; suman en total ciento cuarenta y cuatro mil todos los creyentes. De ahí que también a propósito del salmo ciento cuarenta y cuatro, que es alfabético, se discuta sobre este número. Si Israel hubiese creído, nuestro Señor no hubiese sido crucificado, y si nuestro Señor no hubiese sido crucificado, la multitud de los gentiles no se hubiese salvado. Creerán los judíos, por tanto, pero creerán al fin del mundo. No era tiempo para que creyeran en la cruz. Si hubiesen creído, el Señor no hubiese sido crucificado. No era tiempo para que creyeran. Su infidelidad es nuestra fe, su ruina nuestra elevación. No era el tiempo de ellos, para que fuera nuestro tiempo. Hemos dicho que creerán al fin del mundo, al interpretar este texto: «porque aún no era tiempo (de higos)». Pero esto es lo que viene a continuación: «Le dice el Señor: nunca jamás comerá ya nadie fruto de ti.» Si los judíos han de creer, ¿cómo es que ninguno de ellos comerá frutos? El Señor no habla del tiempo futuro, no se refiere a la eternidad, sino al tiempo presente 21. En definitiva, lo que dice es esto: en el tiempo presente no creerás, pero cuando haya pasado este tiempo, entonces creerás. Creerás, no en el humilde, sino en el que reina, y mirarás al que atravesaste. Por tanto, en el tiempo presente nadie comerá fruto de ti, pero sí en el tiempo futuro.

1 Mc 11, 11., 2 Sof 1, 12., 3 Cf. Jerón., In Matth 21, 17., 4 Mc 11, 12., 5 Ibid., 6 MI 15, 24., 7 Mc 11, 13., 8 Sal 75, 2., 9 Jer 23. 23., 10 Lc 13, 6., 11 Ex 32, 10., 12 Lc 13, 8-9.

13 En efecto, cuarenta y dos años después de la crucifixión, Judea y Jerusalén fueron pasadas a sangre y fuego por los romanos.

14 Cf. Jerón., In Habacuc 3, 17. Las ruinas de piedra son las del templo destruido por los romanos, a pesar de la prohibición del emperador

15 Mc 11, 13., 16 Ibid., 17 Rom 11, 25 ss., 18 Cf. Jerón., In Matth 21, 18., 19 Ap 7.5 ss., 20 Mc 11, 14., 21 Cf. Jerón., In Abacuc 3, 27., 22 Jn 19, 37: Ap 1.7: Zac 12. 10.

SAN JERÓNIMO

COMENTARIO AL EVANGELIO DE SAN MARCOS

IX. Mc 11, 15-17

Y llegan a Jerusalén. Y, entrando en el templo, se puso a expulsar de allá a los que vendían y compraban y derribó las mesas de los cambistas y los asientos de los vendedores de palomas. En el Evangelio según San Juan leemos este mismo episodio, pero allí se dice más claramente en qué tiempo sucedió esto. «Y he aquí —dice— que vino Jesús en los ácimos», es decir, en la Pascua, tiempo en que solían los judíos comer los panes ácimos. «Y se hizo, dice, un azote y empezó a expulsarlos.»

Ves, por tanto, que eran los días de la Pascua, es decir, los días de los ácimos, cuando Jesús los expulsó del templo. En aquellos días de la Pascua, lo mandado por la ley era que todos acudieran al templo, de modo que si alguien no lo hiciera, fuera excomulgado de su pueblo. Imaginaos, por tanto, a todo el pueblo allí congregado, proveniente de toda la provincia de Palestina, de Chipre, de las demás provincias, de todas las regiones de alrededor: imagináoslo y haceos una idea en vuestro interior de cuán grande era la multitud allí reunida entonces.

Haremos una explicación en primer lugar de acuerdo con el sentido literal de este pasaje. Se maravillan algunos de que Lázaro fuese resucitado, se maravillan que fuese resucitado el hijo de la viuda, se maravillan ante otros signos (realizados por Jesús), y en realidad es cosa admirable que a un cuerpo muerto se le devuelva el alma. Pero yo me maravillo más ante el presente signo. Un hombre, al que se le consideraba hijo de un carpintero, un mendigo que no tenía casa, que no tenía dónde reclinar su cabeza, que no tenía ejército: no era un general, no era un juez. Y ¡qué autoridad tuvo, para hacerse un azote de cuerdas y expulsar a tan gran multitud! ¿Un solo hombre, digo, expulsar a tan gran multitud? ¿Y qué multitud era la que él expulsaba? La de los que vendían y obtenían sus ganancias en el templo. Nadie se le opuso, nadie se atrevió a enfrentársele, nadie se atrevió a resistir al hijo, que defendía a su Padre de la injuria.

Me parece a mí que en los mismos ojos y en el mismo rostro del Señor y Salvador había algo divino. Y la razón de por qué me parece esto así, voy a decirla a continuación. «Y sucedió, dice, que caminando Jesús junto al mar de Galilea, vio a los dos hijos de Zebedeo, que remendaban sus redes, y les dijo: dejadlo, venid y seguidme. Y ellos, al instante, dejando la red, la barca, y a su padre Zebedeo, le siguieron.» Si no hubiera habido algo divino en el rostro del Salvador, hubieran actuado de modo irracional al seguir a alguien, de quien nada habían visto. ¿Deja, acaso, alguien a su padre y se va tras uno, en quien no ve nada más de lo que ve en su padre? Más ellos dejan al padre carnal y siguen al padre espiritual. Es más, no dejan al padre, sino que encuentran al padre.

¿Por qué he dicho todo esto? Para hacer ver que en el rostro del Salvador había algo divino, que hacía que, al mirarlo, los hombres le siguieran. Añadamos también otro testimonio. «Y he aquí, dice, que, pasando, vio Jesús a un hombre de nombre Mateo, y le dijo: Sígueme. Y lo dejó todo, y le siguió.» No vio ningún signo Mateo, mas la autoridad con que le habla Jesús fue el signo.

«Se puso a expulsar a los que vendían y compraban en el templo.» Si esto es así entre los judíos, ¡cuánto más lo será entre nosotros! Si es así en la ley, ¡cuánto más lo será en el Evangelio! «Se puso a expulsar a los que vendían y compraban.» El pobre Cristo expulsa a los ricos judíos. Y tanto el que vende como el que compra es igualmente expulsado. Nadie debe decir: yo ofrezco lo que es mío, y traigo presentes a los sacerdotes, como Dios tiene ordenado. Leemos en otro lugar esto, que está escrito: «Gratis lo recibisteis, dadlo gratis.» La gracia de Dios, en efecto, no se vende, sino que se da. Por ello, no sólo tiene culpa el que vende, sino también el que compra. Simón Mago, por ejemplo, fue condenado, no porque vendió, sino porque quiso comprar. Hoy hay también muchos que venden en el templo. Desgraciado el que vende, desgraciado el que compra, porque la gracia de Cristo no se puede comprar con oro y plata.

«Y (derribó) las mesas de los cambistas.» «Las mesas.» Donde deberían estar los panes de la proposición y de las gracias de Dios, allí está lo que se sacrifica a la avaricia. «Las mesas de los cambistas»: por la avaricia de los sacerdotes los altares no son altares, sino mesas de los cambistas.

«Y derribó los asientos (cathedras) de los vendedores de palomas.» A las palomas no se les encierra en asientos o cátedras, sino en jaulas. A nadie, efectivamente, se le ocurre meterlas en asientos, sino en jaulas. ¿Y por qué dice ahora: «derribó los asientos de los vendedores de palomas»? Observad lo que dice: son los que vendían quienes se sentaban en asientos o cátedras. «En la cátedra de Moisés, dice Jesús, se han sentado los escribas y los fariseos.» De estas cátedras habla también el salmo: «Y no se sienta en la cátedra de la pestilencia.» Verdadera cátedra de la pestilencia, que vende palomas, es la que vende la gracia del Espíritu Santo. También hoy existen muchas cátedras de éstas, que venden palomas. El que vende palomas no está de pie, sino sentado: no está plantado, sino encogido. Precisamente porque vende la gracia de Dios, está encogido y humillado. Pero nuestro Señor, que vino para salvar lo que había perecido, derribó no a los que vendían, sino las cátedras de los que vendían, es decir, derribó su autoridad, pero salvará a las personas.

 

Y no permitía, dice el Evangelio, que transportasen fardo alguno por el templo. No permitía entonces transportar fardo alguno en aquel templo carnal, ¿y hoy?, ¿cuántos fardos inmundos se amontonan en el templo de Dios? No estaba permitido entonces transportar fardos, y no dice inmundos, sino simplemente fardos cualesquiera, ¿y ahora?, ¿cuántos fardos se almacenan en el interior?

Está escrito —dice Jesús—: Mi casa será casa de oración para todas las gentes. Esto se lee, efectivamente, en el profeta. Pero vosotros la habéis convertido en cueva de ladrones. ¡Oh infelices de nosotros! ¡Somos dignos de ser llorados con todas las lágrimas del mundo! La casa de Dios es una cueva de ladrones. Esta es la casa, de la que Jeremías dice: « ¿Es posible que mi casa se haya convertido para mí en una cueva de hiena?» A lo que aquí se dice que «vosotros habéis convertido en cueva de ladrones», o sea, a la casa de Dios, en Jeremías se dice cueva de hiena. Debemos conocer la naturaleza de este animal. Por la naturaleza de la bestia, podremos saber por qué llama cueva de hiena a la, en otro tiempo, casa de Dios. A la hiena nunca se la ve de día, sino siempre de noche, nunca a la luz, sino siempre en la oscuridad. Su instinto natural la lleva a desenterrar los cuerpos de los muertos y destrozarlos. De modo que, si alguien entierra a un muerto sin demasiadas precauciones, ella lo desentierra de noche, se lo lleva, y lo come. Por ello, donde quiera haya sepulcros, donde quiera estén los huesos de los muertos, allí tiene la hiena su cubil. También por instinto natural prefiere sobre todo a los perros, de modo que los arrebata y devora. Ved lo que os digo, fijaos cuidadosamente. La hiena es una bestia, a la que gusta la sangre y se deleita en los cadáveres: no busca otra cosa más que los cuerpos de los muertos y los perros. A éstos trata de matarlos, cuando guardan la casa. Se dice también que la hiena tiene este instinto natural, porque tiene la espina dorsal de una sola pieza y no puede doblarla. De modo que, si quiere volverse, se vuelve toda entera: no puede volver la cabeza, como los demás animales. Véis, por tanto, que ésta, que vive siempre en la noche, que está siempre en las tinieblas, no puede volverse. Pues esto precisamente es lo que se dice de los sacerdotes judíos. A un judío fácilmente se le puede inducir a penitencia, pero a uno de los sacerdotes o doctores no, porque únicamente se deleitan en los cadáveres de los muertos, a los que ellos mismos engañaron. Y no les basta con no vivir ellos en la luz, sino que intentan matar a los que apaciblemente viven en ella. Tienen la espina dorsal rígida y no se vuelven, o lo que es lo mismo: no hacen penitencia, porque están ocupados en los cadáveres de los muertos.

Esto que aquí leemos así: «vosotros la habéis convertido en cueva de ladrones», en el Evangelio de Juan es: «vosotros la habéis convertido en casa de contratación». «Casa de contratación.» Donde están los ladrones, allí está la casa de contratación. ¡Ojalá se leyera esto de los judíos, y no también de los cristianos! Lo sentiríamos ciertamente por ello, pero nos alegraríamos por nosotros. Más, también en muchos sitios, la casa de Dios, la casa del Padre, se convierte en casa de contratación. Véis con qué temblor os hablo. La cosa es tan notoria, que no necesita explicación. Ojalá fuese algo oscuro, que no entendiéramos. En muchos sitios la casa del Padre es casa de negociación. Yo mismo, que os estoy hablando, así como cualquiera de vosotros, sea presbítero, diácono, u obispo, que fuera pobre ayer y hoy sea rico, rico en la casa de Dios, ¿no os parece que ha convertido la casa del Padre en casa de negociación? De éstos dice el apóstol: «tienen la piedad por materia de lucro». Así, pues, también el apóstol habla de éstos. Cristo es pobre, ruboricémonos. Cristo es humilde, avergoncémonos, Cristo fue crucificado, no reinó. Es más, fue crucificado, para reinar. Venció al mundo no con la soberbia, sino con la humildad; venció al diablo no riendo, sino llorando; no azotó, sino que fue azotado; recibió bofetadas, mas él no golpeó. Por tanto, imitemos también nosotros a nuestro Señor.

He aquí que los días de ayuno están a las puertas. He aquí los días de ayuno, días de penitencia, días de purificación: alegrémonos y gocémonos ahora. Aquel hombre, que según dice el Evangelio, llevaba un frasco, sale de casa y va al Cenáculo. Vosotros, que vais a recibir el bautismo, preparaos ya del mismo modo para el día de mañana. Los que van a ir a la lucha, se preparan antes diligentemente. Comprueban si tienen el escudo, si tienen la espada, si tienen el asta, si tienen las saetas, si su caballo está a punto: para poder luchar, preparan antes la armadura. Vuestras armas son los ayunos, vuestra lucha es la humildad. Si alguno tiene algo contra otro, que le perdone, para que también él sea perdonado, pues nadie pensará venir al bautismo, para que se le perdonen los pecados, si él antes no perdona a su hermano. Por tanto, si tenéis algo contra un hermano, perdonadle, no digo si él tiene algo contra ti que te perdone, sino si tú tienes algo contra él, perdónale. Que seas perdonado por él o no lo seas, depende de él. Tú, por lo que a ti respecta, perdona, para que también a ti se te perdone.

Vas a acercarte al bautismo. ¡Dichoso tú, que vas a renacer en Cristo, a ser revestido de Cristo, a ser sepultado con Cristo, para resucitar con Él! Por ello, durante los próximos días, siguiendo un orden, escucharás la explicación de todo lo referente a los sacramentos de la iniciación.

De momento os he dicho esto ahora, para que sepáis que desde mañana mismo tenéis que trabajar al máximo. Dios omnipotente fortalezca vuestros corazones, os haga dignos de su lavacro, descienda a vosotros en el bautismo y santifique las aguas, para que seáis santificados vosotros. Nadie se acerque con la duda en su corazón, nadie diga: ¿crees que se me perdonan los pecados? A quien se acerca de este modo, no se le perdonan los pecados. Mejor es no acercarse, que hacerlo así, y sobre todo, vosotros que recibís el bautismo, para servir a Dios, estando en un monasterio.

1 Mc 11, 15., 2 Jn2, 13., 3 Jn2. 15., 4 Cf. Jeron., In Matth 21, 15.

5 Mc 1, 16-20. La cita es ligeramente distinta de la que trae en la homilía segunda.

6 Mt 9, 9., 7 Mt 10, 8., 8 Cf. Jerón., In Matth 21, 12 ss., 9 Mt 23, 2., 10 Sal 1, 1., 11 Mc 11, 16., 12 Mc 11, 17., 13 Is 56, 7., 14 Mc 11, 17., 15 Jer 12, 9., 16 Cf. Jerón., In Isaiam 65, 4., 17 Jn 2. 16., 18 Cf. Jerón., In Matth 21, 12. 20 Mc 14, 13.

19 I Tim 6, 5. Se hace referencia a la denuncia, hecha por San Pablo, de algunos «falsos doctores», que en su enseñanza se desviaban de las sanas palabras predicadas por Cristo y transmitidas por la enseñanza de los apóstoles y cuya conducta se inspiraba de tal modo en la codicia, que hacían de la piedad, es decir, de la religión, una especulación comercial: ya que, predicando como los demás, no habría posibilidad de ganar dinero, se dedicaban a enseñar cosas diferentes.

SAN JERÓNIMO

COMENTARIO AL EVANGELIO DE SAN MARCOS

X. Mc 13, 32-33; 14, 3-6

Esta lectura evangélica exige una amplia explicación. Antes de acercarnos a los sacramentos, debemos remover todo obstáculo, de modo que no quede ninguno en el alma de quienes van a recibirlos.

Los que van a recibir el bautismo deben creer en el Padre, en el Hijo, y en el Espíritu Santo. Y del Hijo, sin embargo, se nos dice ahora: Cuanto a ese día o a esa hora, nadie la conoce, ni los ángeles del cielo, ni el Hijo, sino sólo el Padre. Si igualmente somos bautizados en el Padre, en el Hijo, y en el Espíritu Santo, debemos creer en el único nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, que es Dios. Y siendo un solo Dios, ¿cómo hay diversos grados de conocimiento en una misma divinidad? ¿Qué es más, ser Dios o conocerlo todo? Si el Hijo es Dios, ¿cómo es que ignora algo? Del Señor y Salvador se dice: «Todas las cosas fueron hechas por Él, y sin Él no se hizo nada de cuanto ha sido hecho.»  Si todas las cosas fueron hechas por Él, también, consiguientemente, fue hecho por Él el día del juicio, que ha de venir. ¿Puede, acaso, ignorar lo que hizo? ¿Puede el artífice desconocer su obra? En los escritos del apóstol leemos de Cristo: «En quien se [hallan] escondidos todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia.» Fijáos en lo que dice: «todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia». No es que se [hallen] uno si y otros no, sino que se hallan todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia, aunque escondidos. Por tanto, lo que se halla en Él, no le falta, aun aquello que está escondido para nosotros. Ahora bien, si en Cristo los tesoros de la sabiduría y de la ciencia están escondidos, debemos investigar por qué están escondidos. Si nosotros, los hombres, conociéramos el día del juicio, por ejemplo, que este día llegará dentro de dos mil años, y supiéramos con toda seguridad que ha de ser así, seríamos desde entonces más negligentes, pues diríamos: ¿en qué me afecta a mi el día del juicio, si ha de llegar dentro de dos mil años?

Por tanto, esto que dice el Evangelio de que el Hijo desconoce el día del juicio, lo dice en provecho nuestro, para que así nosotros no sepamos cuándo llegará ese día.

Fijaos, además, en lo que sigue. Estad alerta, vigilad y orad, porque no sabéis cuándo será el tiempo. No dice «no sabemos», sino «no sabéis». Parece que hasta ahora hemos estado forzando la Escritura, sin explicar su sentido. Después de la Resurrección, los apóstoles preguntan al Señor y Salvador: «Señor, ¿cuándo vas a restablecer el reino de Israel?» Oh apóstoles —debería decirles Jesús—, vosotros me oísteis antes de la Resurrección: «Cuanto a ese día y a esa hora no la conozco», y lo que no conozco, ¿me lo preguntáis otra vez? Pero los apóstoles no creen que el Salvador no lo conozca. Fijaos en el misterio. El que antes de la pasión no lo conoce, lo conoce después de la Resurrección. Efectivamente, ¿qué dice a los apóstoles después de la Resurrección, cuando le preguntan sobre los tiempos y los momentos en que va a restablecer el reino de Israel? «No os toca a vosotros, dice, conocer los tiempos ni los momentos, que el Padre ha fijado en virtud de su poder.» No dice aquí «no lo sé», sino «no os toca a vosotros conocer», no [va] en beneficio vuestro conocer el día del juicio. Por tanto, vigilad, porque no sabéis cuándo volverá el dueño de la casa.

Muchas otras cosas podrían decirse. Hemos dicho concretamente esto sobre el Evangelio, para que nadie se escandalice en su interior de que ignorase algo aquel en quien ha de creer.

Por otra parte, en esta misma lectura del Evangelio se dice: Hallándose en Betania, en casa de Simón el leproso, cuando estaba recostado a la mesa, vino una mujer, trayendo un vaso de alabastro lleno de ungüento (de nardo) auténtico de gran valor. Esta mujer os atañe especialmente a vosotros, que vais a recibir el bautismo. Ella ha roto su vaso de alabastro, para que Cristo os haga a vosotros cristos, es decir, ungidos. Esto es lo que se dice en el Cantar de los Cantares: «Es tu nombre ungüento derramado, por eso te aman las doncellas, tras de ti corremos al olor de tus ungüentos»(/Ct/01/03). Mientras el ungüento estaba encerrado, o sea, mientras Dios era conocido tan solo en Judea y sólo en Israel era grande su nombre 9, las doncellas no seguían a Jesús. Más, cuando se difundió el ungüento a toda la tierra, las doncellas, es decir, las almas de los creyentes, siguieron al Salvador.

«Hallándose en Betania, en casa de Simón el leproso.» Betania significa en nuestra lengua casa de la obediencia. ¿Y cómo es que en Betania, esto es, en la casa de la obediencia, está la casa de Simón el leproso? O, ¿qué hace el Señor en casa del leproso? Vino a casa del leproso por este motivo: para limpiar al leproso. Se le dice leproso, no porque lo es, sino porque lo fue. Y lo fue antes de recibir al Señor; mas, después que recibió al Señor y fue roto en su casa el vaso de ungüento, le lepra desapareció. Mantiene, no obstante, su antiguo nombre, para que se manifieste el poder del Salvador. Así también en los apóstoles se mantienen sus antiguos nombres, para que se manifieste el poder de aquel que los llamó y los convirtió de lo que eran en lo que son. De Mateo el publicano, por ejemplo, hizo un apóstol, y después del apostolado se le llama publicano, no porque lo siga siendo, sino porque de publicano fue hecho apóstol. Permanece, pues, el nombre antiguo, para que aparezca el poder del Salvador. Y así es como este Simón el leproso es llamado con su antiguo nombre, para mostrar que fue curado por el Señor.

 

«Vino una mujer trayendo un vaso de alabastro de ungüento.» Los fariseos, escribas y sacerdotes están en el templo y no tienen ungüento, mientras que esta mujer está fuera del templo y trae ungüento de nardo, además auténtico, porque del más auténtico nardo había sido confeccionado. Por ello, vosotros los fieles sois llamados nardos auténticos, porque la Iglesia, congregada de todas las gentes, ofrece sus dones al Salvador, esto es la fe de los creyentes. Rompió el vaso de alabastro, para que todos reciban el ungüento. Rompió el vaso de alabastro, que antes era mantenido cerrado en Judea. Rompió el alabastro. Del mismo modo como el grano de trigo, si no muere en la tierra, no produce fruto abundante, así también el alabastro, si no se rompe, no podemos ungir.

Y lo derramó sobre su cabeza. Esta mujer, que rompe el vaso de alabastro y derrama el ungüento sobre su cabeza, no es la misma de quien se dice en otro Evangelio que lavó los pies del Señor. Aquélla, como meretriz y pecadora, sólo tiene entre sus manos los pies del Señor, ésta, como santa, tiene su cabeza. Aquélla, como meretriz, riega con sus lágrimas los pies del Salvador y los seca con sus cabellos. Parece, ciertamente, que con sus lágrimas lava los pies del Salvador, pero más bien lava sus pecados. Los sacerdotes y fariseos no dan un beso al Salvador, ésta, sin embargo, besa sus pies. Así también haced vosotros, que vais a recibir el bautismo, porque todos somos pecadores y «nadie está sin pecado, aunque su vida dure un solo día», y «algo perverso pensó contra sus ángeles». Tomad primero los pies del Salvador, lavadlos con vuestras lágrimas, secadlos con vuestros cabellos. Una vez hayáis hecho esto, pasaréis después a su cabeza. Cuando descendáis a la fuente de la vida con el Salvador, entonces aprenderéis cómo llega el ungüento a su cabeza. Pues si la cabeza del varón es Cristo, vuestra cabeza (Cristo) será ungida, cuando seáis ungidos vosotros después del bautismo.

Había algunos, que estaban indignados. No dice todos, sino algunos, también hoy se indignan los judíos, cuando nosotros ungimos la cabeza de Jesús. Y en otro lugar se dice que Judas el traidor se indignó. El nombre de Judas representa al vocablo «judíos». También hoy, por tanto, Judas se indigna, porque la Iglesia unge la cabeza de Jesús. ¿Qué es lo que dice? ¿Para qué este derroche? A él le parece que el ungüento se pierde, al romperse el vaso, y, sin embargo, nos aprovecha a nosotros, porque así llega a todo el mundo. ¿Por qué te indignas, Judas, de que haya sido roto el [alabastro]? Dios, que te hizo a ti y a todas las gentes, se difunde por medio de este valiosísimo ungüento. Tú querías tener el ungüento encerrado, para que no llegara a los demás. Es cierto lo que en otro lugar se dice de vosotros: «Los que tienen la llave de la ciencia y ellos mismos no entran; y a los que quieren entrar, no les dejan.» Vosotros tenéis el alabastro, ¿qué digo?, lo teníais en el templo y lo teníais cerrado. Mas, vino una mujer, lo llevó a Betania y en casa del leproso unge la cabeza de Jesús.

¿Y qué dicen los que se indignan? Pudo venderse, dice, en trescientos denarios. Porque éste, que fue ungido con aquel ungüento, fue crucificado. En el Génesis leemos que el arca, hecha por Noé, tenía trescientos treinta codos de largo, cincuenta de ancho y treinta de alto. Fijaos en el simbolismo de los números. El número cincuenta indica la penitencia, ya que en el salmo cincuenta hizo penitencia el Rey David. El número trescientos, por otra parte, representa el misterio de la cruz. La letra T es el signo del número trescientos. De ahí que se diga en el libro de Ezequiel: «Y escribirás una TAU en la frente de los que gimen; y quien la llevare escrita no será pasado a cuchillo.»  Pues el que lleva en su frente la señal de la cruz no puede ser herido por el diablo. Y nada puede borrar esta señal fuera del pecado.

Hemos hablado del arca y de los números cincuenta y trescientos. Hablemos ahora del treinta, ya que el arca tenía treinta codos de altura y acababa en uno. Fijaos en esto. Primero hacemos penitencia en el cincuenta, después por medio de la penitencia llegamos al misterio de la cruz: llegamos al misterio de la cruz por medio de la palabra perfecta que es Cristo. Y, según Lucas, cuando Jesús recibió el bautismo «tenía treinta años». Los treinta codos referidos venían a acabar en uno. Y también los cincuenta y los trescientos, amén de los treinta, en uno venían a acabar, es decir, en una sola fe en Dios.

¿Por qué hemos dicho todo esto? Por lo que ahora se dice aquí: «Pudo venderse en trescientos denarios.»  y el Señor y Salvador fue vendido después por treinta monedas de plata. Causa admiración que no pudiera ser vendido por trescientos denarios pues lo fue por treinta. Está escrito en el Levítico, y está escrito en el Éxodo que los sacerdotes comiencen a serlo a los treinta años. Antes de los treinta años no se les permite entrar en el templo de Dios y, de modo semejante, en las bestias de carga y animales el tercer año constituye la edad perfecta. En el Génesis se dice, finalmente, que cuando Abrahán hizo los sacrificios, eligió un ternero, un cabrito, y un cordero de tres años, para mostrar la edad perfecta de los animales; así también, la edad perfecta de los hombres son los treinta años. ¿No pudo, acaso, nuestro Señor recibir el bautismo a los veinticinco años? ¿No pudo, acaso, hacerlo a los veintiséis, o a los veintiocho? Si, mas esperaba la edad perfecta del hombre, para darnos a nosotros ejemplo. Por ello, también está escrito al principio del libro de Ezequiel: «Y sucedió el año trigésimo, hallándome en cautividad.»

Hemos dicho todo esto, para explicar el simbolismo del número treinta.

Se indignan los judíos, se indignan los contrarios a la fe, de que el frasco de ungüento fuese roto. Pero nuestro Señor dice: «Dejadla, ¿por qué la molestáis? Una buena obra es la que ha hecho conmigo.»

Precisamente porque aquella mujer hizo una obra buena, hemos dicho estas pocas cosas sobre el Evangelio. Oportunamente se ha leído también el salmo catorce y conviene que hablemos del salmo.

1 Mc 13, 32., 2 Jn 1, 3., 3 Col 2, 3., 4 Mc 13, 33., 5 Hch 1, 6., 6 Hch 1, 7., 7 Me 14, 3., 8 Cant 1, 3., 9 Sal 75, 2., 10 Cf. Jerón., In Matth 26, 6., 11 Cf. Jerón., In Matth 26, 7., 12 Jn 12, 24., 13 Mc 14, 3., 14 Lc 7, 37., 15 Cf. Jerón., In Matth 26, 7., 16 Job 14, 4 ss., 17 Job 4, 18., 18 Es decir, cuando recibáis el bautismo., 19 1 Cor 11, 3., 20 Mc 14, 4., 21 Jn 12, 4., 22 Mc 14, 4., 23 lc 11, 52., 24 Mc 14, 5., 25 Jen 6, 15., 26 Cf. Jerón., In Islam 3, 3., 27 Ez 9, 4-6.

28 Es decir, la anchura del arca se iba estrechando hacia el fondo donde la quilla tenía sólo un codo de grosor.

29 Lc 3. 23., 30 Num 3, 4.

31 Gen 15, 9-10. Se trata de sacrificios de animales cortados por la mitad.

32 Ez 1, 1., 33 Me 14, 6.

34 Con estas mismas palabras comienza la homilía de San Jerónimo sobre el salmo 14. Es, por tanto, más que verosímil pensar que, después de haber pronunciado esta última homilía, que se conserva, sobre el evangelio de Marcos, Jerónimo haya iniciado el comentario al salmo.

 

Recópilado y Elaborado por: Ervin Ariel Jarquín Urbina

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