Que sabes acerca del Bautismo?

Bautismo

 

 

Etimología

La palabra española bautismo viene del griego koiné báptisma, y ésta, a su vez, del griego clásico bapto, verbo limitado progresivamente al sentido de «teñir», sustituido por baptízo / βαπτιζειν o βαπτειν, que significa: «sumergir», «zambullir», «hundir» (en el agua).

Perspectiva diversa dentro del Cristianismo

En general —en todas las denominaciones cristianas— el bautismo constituye el rito de la iniciación fundamental. Es el signo sacramental por el cual una persona es consagrada en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, participando de la filiación divina de Jesucristo y entrando así a formar parte de su Iglesia. El Bautizado, por el hecho de pertenecer a Cristo, es incorporado a la Iglesia como miembro del Pueblo Santo de Dios. El Bautismo libera a la persona concreta de los efectos del pecado original y lo introduce en la nueva vida de Cristo, participando simbólica y eficazmente de su muerte y resurrección, y lo reviste por el Espíritu Santo en la dignidad de ser hijo de Dios.

Para las comuniones católicas, como la Iglesia Ortodoxa, otras iglesias orientales (Iglesia Armenia, Iglesia Etíope, etc.), la Iglesia Católica Romana y la Comunión Anglicana, así como para el protestantismo clásico (Luteranismo, Presbiterianismo, Metodismo y otros), el bautismo se considera un sacramento.

Las iglesias de la Reforma Radical o anabaptistas (bautistas, menonitas), y el Cristianismo fundamentalista (Véase: fundamentalismo cristiano), lo consideran —no un sacramento—, sino una Ordenanza de Cristo.

Elementos simbólicos: agua bendita, cirio, óleo, etc.

Inicialmente se impartía sólo a adultos pero desde el siglo IV se empezó a impartir a niños, bajo la garantía y compromiso de la fe de sus padres. El ministro ordinario del sacramento es un ministro ordenado (Obispo, Presbítero o Diácono) o un bautizado cuando hay ausencia de ministro ordenado o, en casos muy particulares, cualquier persona (incluso un no bautizado) que lo imparta con la intención y en el modo con que lo administra la Iglesia.

El rito y la ceremonia esenciales del bautismo

El bautismo consiste (en la iglesia católica) en una ceremonia en que una persona que ha de unirse a la comunidad cristiana entra en contacto con el agua de cualquiera de estas tres maneras: inmersión, ablución (derramamiento) o aspersión.

La inmersión era la forma primitiva generalizada, y pervive en la etimología de la propia palabra «bautismo». De ello dan testimonio arqueológico las grandes fuentes bautismales del arte paleocristiano en numerosos templos cristianos en oriente y occidente, tanto los que siguen activos como los que yacen en estado de ruina. La inmersión sigue siendo la forma obligatoria en la Iglesia Ortodoxa y en todas las iglesias orientales (aun las que están unidas a Roma), así como en la Reforma Radical y en el Cristianismo Fundamentalista.

La ablución o derramamiento es la forma generalizada en el Catolicismo Romano; sin embargo, en estas mismas comuniones eclesiales la inmersión ha sido revalorada como un signo más expresivo del significado del bautismo, y se practica ampliamente en numerosas diócesis y parroquias. Es un hecho que tanto el Misal Romano (católico romano) como el Libro de Oración Común (anglicano) recomiendan la inmersión como la forma más apropiada para el bautismo.

La aspersión consiste en salpicar con agua; se trata de una forma autorizada sólo para casos de emergencia extrema (y nunca como forma regular), por las iglesias que reconocen la ablución como administración válida del bautismo.

A partir del Concilio de Nicea (325, d.C.), la ceremonia (acto) de la inmersión o ablución es obligatoriamente triple, y el rito (palabras) del bautismo propiamente dicho, se centra en la invocación de la Trinidad sobre la persona que ha de ser bautizada (candidato o bautizando), con variantes según el rito de cada iglesia:

«Es bautizado el siervo de Dios (nombre…), de Jesucristo, Amén», como ejemplo del rito bizantino de la iglesia ortodoxa y otras orientales.

«(Nombre…), Yo te bautizo en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén.», es el ejemplo básico del cristianismo occidental.

Algunas iglesias fundamentalistas acuden exclusivamente a los datos del Nuevo Testamento, y aplican el bautismo únicamente con la fórmula «En el nombre de Jesús». Este es un punto de discusión teológica que tiene qué ver con el concepto de Dios Padre, de Cristo y del Espíritu Santo, que se tenga en cada denominación.

Y el método de bautizar enseñado y ejemplificado es el de inmersión solamente ya que va ligado estrechamente al significado.

En realidad el concepto del bautismo se hace sobre el efecto de la inmersión, es decir, «sepultando» a la persona en el agua, tal como lo dejó como enseñanza el Señor Jesucristo, y podemos ver el Fundamento Bíblico en Marcos 1:10: «Cuando salió del agua». Aquí podemos ver el contenido de expresión del Evangelista Marcos en expresar en el texto: «Cuando salió del agua» y para salir del agua, necesariamente el Señor Jesucristo tuvo que sumergirse en el Río Jordán, ya que el Apóstol Pablo, en Romanos 6:4, lo confirma, en decir: «Pues, por el bautismo fuimos sepultados junto con Cristo para compartir su muerte y, así como Cristo fue resucitado de entre los muertos por la Gloria del Padre, también nosotros hemos de caminar en una vida nueva», y lo vuelve a repetir en Colosenses 2.12. «Esta circuncisión de Cristo es el bautismo. Al recibirlo, ustedes fueron sepultados con Cristo y también fueron resucitados por haber creído en el poder de Dios, que resucitó a Cristo de entre los muertos».

Teología del sacramento (católico)

Institución

El bautismo parece estar relacionado al ambiente judío tras la deportación de Babilonia. La inmersión se practicaba para la purificación legal. Los esenios practicaban este tipo de ablución purificadora que, para ellos, era también moral, como han podido demostrar sus piscinas rituales en Qumram.

Entre los fariseos del siglo I se extendió la costumbre de sumergir en agua a los prosélitos tras la circuncisión, rito que implicaba la capacidad del neófito para acceder a los sacrificios y participar en el culto del Templo.

Juan el Bautista asumió este rito dándole el sentido de medio para la conversión (cf. Mc 1 4) y purificación del pecado. Esto implicaba que el templo ya no era el único lugar para la obtención de la expiación.

Tanto los escritores del Nuevo Testamento como algunos Padres de la Iglesia descubren en el Antiguo Testamento algunas figuras o prototipos del bautismo:

Las aguas sobre las que aleteaba el Espíritu Santo (cf. Gn 1 2)

El agua del arca de Noé (cf. 1 P 3 20-21)

La circuncisión (cf. Col 2 11-12)

El paso del Mar Rojo (cf. 1 Co 10 2)

La curación del leproso Naamán por bañarse en el embalse Jordán

La Iglesia católica considera el bautismo que administraba Juan el Bautista como prefiguración inmediata de lo que considera un sacramento. Según el evangelio, el Bautista tenía conciencia de que el rito que realizaba era un anuncio del que vendría (cf. Mc 1 8). Jesús no sólo se sometió al bautismo de Juan, sino que también llamó «bautismo» a su pasión y muerte (Mc 10 38 y paralelos).

El Concilio de Trento declaró que el bautismo de Cristo era diverso del de Juan. Y en el decreto Lamentabili, el Santo Oficio aclaró que el sacramento del bautismo no se puede considerar como un rito evolucionado de los usados por las religiones antiguas o por el judaísmo.

Dado que la Iglesia católica sostiene que no existe una institución jurídica y determinada a un solo momento de los sacramentos por parte de Cristo, los teólogos suelen afirmar que en tres momentos se da esta institución:

En primer lugar en el anuncio de Juan el Bautista: Jesús bautizaría con Espíritu Santo y con fuego (cf. Lc 3 16).

El diálogo de Cristo con Nicodemo (cf. Jn 3 5) donde el primero indica que el bautismo es necesario para la salvación.

Antes de ascender a los cielos, Jesucristo mandó a sus discípulos que bautizaran en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo (cf. Mt 28 19 y paralelos).y seguirá por siempre.

Desarrollo del rito

 Bautismo católico.

En el Nuevo Testamento se habla de una inmersión en el agua, acompañada de unas palabras y que requiere la fe del bautizando (cf. Hch 8 36-37). Sin embargo, hubo teólogos en los primeros siglos que negaron la necesidad del agua. Contra ellos escribió Ireneo (en Adversus Haereses I 21 4) y Tertuliano (De Baptismo I). Pero la expresión más clara está en Agustín: «¿Qué es el bautismo? Es una ablución de agua con la palabra. Quita el agua y ya no hay bautismo» (Comentario al evangelio de Juan 15 4).

En la Didaké (capítulo VII) se habla de una celebración con inmersión en agua, pero también de un rito por el que se derramaba tres veces agua sobre la cabeza del neófito. Hipólito habla de una celebración que seguía al catecumenado y que tras oraciones, preguntas y exorcismos, sometía al candidato a una inmersión en el agua. Sin embargo, es difícil que incluso en la Iglesia primitiva sólo se hayan dado casos de bautismo por inmersión. Si según los Hechos de los apóstoles, tras la predicación de Pedro fueron tres mil las personas que se bautizaron resulta muy difícil pensar que todos se hayan arrojado al agua.

También consta –por el testimonio de Cipriano (Carta 69 12)– que algunos enfermos eran bautizados seguramente por aspersión o infusión.

Así con el paso del tiempo el bautismo por inmersión fue abandonado paulatinamente (debido a la costumbre de bautizar a los niños lo más pronto posible) y el de aspersión se usó muy poco dadas las dudas sobre la efectiva ablución. El Código de derecho canónico de 1983 indica que el bautismo se ha de administrar por inmersión o por infusión, de acuerdo con las normas establecidas por cada Conferencia episcopal (cf. núm. 854).

Elementos teológicos

Aunque la terminología, distinguiendo la materia y la forma del sacramento, ha sido abandonada por el Catecismo de Juan Pablo II, todavía resulta útil para describir los diversos elementos que concurren para la validez del sacramento:

Materia

La materia remota del sacramento del bautismo es el agua verdadera y natural. Simboliza la regeneración a la vida espiritual porque es el principio de la vida natural. Indica purificación y vida nueva. El agua usada en la celebración del sacramento ha de estar bendita o bendecirse durante el rito. La materia próxima con tres modalidades que son consideradas válidas: la inmersión, el derramamiento y la aspersión.

Forma

En Occidente la forma es «Yo te bautizo en el nombre…». En Oriente en cambio y queriendo subrayar la eficacia del sacramento independiente del ministro se usa: «El siervo de Dios, es bautizado…». También se discutió si era necesaria la mención a la Trinidad o bastaba bautizar en nombre del Señor Jesús. El Concilio de Florencia de 1439 declaró la necesidad de la fórmula trinitaria, teniendo en cuenta las palabras de Jesús: «… Y bautícenlos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo». Es de notar que en épocas recientes se han visto dentro de la Iglesia Católica clérigos que innovaron con otras formas bautismales y que han llegado a poner en duda la validez con la que el sacramento fue administrado. Un caso reciente se observó con la Declaración de la Congregación para la doctrina de la fe del 1 de febrero del año 2008 en el que se declaró que los bautismos administrados bajo la fórmula «I baptize you in the name of the Creator, and of the Redeemer, and of the Sanctifier» y «I baptize you in the name of the Creator, and of the Liberator, and of the Sustainer» son absolutamente inválidas y que en esos casos debe administrarse el sacramento con la fórmula trinitaria tradicional.

Es responsabilidad de los padres, de los padrinos y del ministro que se imponga al bautizando un nombre propio del sentir cristiano

Ministro

En cuanto al ministro del sacramento, se considera ministro ordinario el obispo, el sacerdote y el diácono. Si el ministro ordinario estuviera impedido por algún motivo, el catequista u otro destinado para esta función puede administrarlo. Ahora bien, en caso de necesidad, cualquier persona puede hacerlo, siempre que con este rito quiera cumplir lo que desea la Iglesia a través de él. El código de derecho canónico recomienda que el párroco ofrezca al obispo la posibilidad de bautizar a los adultos mayores de catorce años (cf. canon 863).

Sujeto

Todo ser humano que no haya recibido el bautismo puede acceder a él. En caso de que sea un adulto, éste ha de manifestar su deseo de recibir el bautismo y haber recibido la necesaria instrucción acerca de la fe y de las obligaciones que contrae, mediante un período de catecumenado.

El bautismo de niños es una práctica muy antigua en la Iglesia católica y está confirmada textualmente en escritos del siglo II. Quienes lo cuestionan también suelen cuestionar la teología del pecado original. Ahora bien, no se suele permitir el bautismo de niños que son hijos de no cristianos a menos que estos lo soliciten o que el niño se encuentre en peligro de muerte. El código de derecho canónico de 1983 (canon 868) indica además las siguientes condiciones para el bautizo de niños:

El consentimiento de los padres o al menos de uno de ellos (o de quienes hacen las veces de padres)

La esperanza fundada de que el bautizando será educado en la religión católica. Si esto no se da, ha de diferirse explicando la dificultad a los padres.

Padrinos

Normalmente se da un padrino al bautizando quien de alguna manera presenta al candidato y se compromete a la educación cristiana del mismo. Pueden ser un padrino o una madrina, o bien dos padrinos y dos madrinas. La edad mínima para ser padrino es de 16 años. Ha de ser católico y haber recibido la primera comunión.

Efectos

Los efectos del sacramento según la teología católica son: el perdón de los pecados (se perdona el pecado original, todos los pecados personales y las penas temporales que merezca por ellos), la unión con Cristo dada por el carácter sacramental, el don del Espíritu Santo, el ser hijo adoptivo de Dios Padre, el integrarlo como miembro de la Iglesia.

A efectos prácticos, el bautismo y más concretamente, la partida de bautismo, adscribe al bautizado a la iglesia católica, una vez hecho esto, es necesario apostatar por la ley canónica para desvincularse de la misma.

Teología del rito de iniciación (en la Reforma)

La Reforma involucró una idea distinta de sacramento (dado que para Lutero y sus seguidores estos no producen eficazmente la gracia). De ahí que las denominaciones dependientes de ella se fueran alejando progresivamente de la práctica del bautismo de niños y fueran dando progresiva importancia a la celebración como rito de iniciación. Se dan las siguientes reflexiones dentro de la Reforma:

Martín Lutero (Wittenberg, Alemania, 1520): mantiene el bautismo infantil tanto por seguir la tradición (porque fue monje agustino), como por su oposición a los anabautistas quienes enseñaban que el bautismo infantil era ilícito. La salvación estaría en el “agua divina”, donde Dios se hace presente para el perdón.

Ulrico Zuinglio (Zúrich, Suiza, 1523): rechaza el bautismo para alcanzar la salvación. La salvación se da ANTES del bautismo, el cual es sólo un símbolo.

Juan Calvino (Ginebra, Suiza, 1564): rechaza el bautismo de Zuinglio y el de Martín Lutero. El bautismo es medio normal de la salvación, pero no es necesario. La fe es más importante que el bautismo.

Anabautistas (Zúrich, Suiza, 1525): con ideas de Zuinglio. Rebautizaban a la gente por derramamiento de agua como símbolo externo de una salvación previamente recibida por la fe y se oponían al bautismo infantil, aplicándolo solamente a los adultos.

Desde 1608, surgen denominaciones cristianas provenientes de la Reforma que subrayan de manera especial el bautismo. Estas son las Iglesias llamadas bautistas. Las únicas denominaciones protestantes que mantienen el bautismo infantil son la luterana, la presbiteriana, la anglicana y la morava, las demás hacen el bautismo de adultos.

Bautismo en el nombre de Jesús

Desde antiguo, se destaca la controversia entre la Iglesia Católica Romana, y los creyentes de la Unicidad de Dios, con relación a la invocación del nombre de Jesús en el bautismo.

Con el desarrollo de la teología trinitaria, los creyentes en la Unicidad de Dios, confesaron que la iglesia primitiva, siempre administró el bautismo a los creyentes en el nombre de Jesucristo, pero este modelo inicial fue cambiado gradualmente a “en el nombre del Dios Trino: Padre, Hijo, y Espíritu Santo”. Por su parte, la Iglesia Católica Romana, etiquetó el bautismo en el nombre de Jesús, como el bautismo realizado por los “herejes”. Finalmente, en el Concilio de Florencia de 1439, la Iglesia Católica Romana declaró la necesidad de la fórmula trinitaria.

En los tiempos actuales, los creyentes en la Unicidad de Dios, son conocidos como los pentecostales del nombre de Jesucristo. Los pentecostales apostólicos afirman que la Biblia enseña la necesidad del bautismo como es mostrado en Mateo 28:19, Marcos 16:16, Lucas 24:47, Hechos 2:38, 1. Pedro 3:21, etc. Ellos enseñan que el modo de bautismo es por inmersión completa en el agua, invocando el nombre de Jesucristo. La salvación no se puede recibir sin el bautismo, específicamente sin la invocación del nombre de Jesús, pues esto fue lo que hizo la iglesia primitiva (Hechos 2:38, Hechos 8:16, Hechos 10:48, Hechos 19:5, Hechos 22. 16, Santiago 2.7). El bautismo es parte del plan de Salvación que incluye también el arrepentimiento, la recepción del Espíritu Santo y la dedicación de una vida plena para Dios (Hechos 2:38)

La doctrina del nombre de Jesús, afirma que evidentemente no se realizó ningún bautismo con la formulación Padre, Hijo y Espíritu Santo, no encontrándose un tan solo registro de una persona bautizada de esta manera; ya que el libro de los Hechos redacta únicamente bautismos con la invocación del Nombre de Jesús. Un apoyo fuerte para sostener esta posición son los versículos: Colosenses 3:17, Efesios 4:5 entre otros.

Su base es la explicación de la Unicidad de Dios, puesto que para el pueblo israelita siempre ha existido un solo Dios (Deuteronomio 6:4) y que Jesús no es más que el mismo Jehová del Antiguo Testamento manifestado en carne en el Nuevo Testamento (1 Timoteo 3:16, Colosenses 2:9, Juan 1:1) conforme a las profecías dadas al pueblo de Israel (Ezequiel 34:11, Isaías 35:4. Dios se manifestó en carne, siendo verdadero hombre y verdadero Dios. En cuanto a su Deidad, Jesús es el Padre Eterno; pero en cuanto a su humanidad, Jesús es el Hijo de Dios (Isaías 9:6).

Padre, Hijo y Espíritu Santo, son nombres impropios o títulos de Dios, y Jesús es el nombre propio de Dios, que Él reveló para el tiempo de la gracia. El nombre singular al que se refiere Mateo 28:19, es el nombre de Jesús. El Cumplimiento a ese mandato directo de Jesús a sus discípulos fue cumplido a partir de Hechos 2:38 en adelante. En síntesis, Mateo 28:19 menciona de manera implícita el nombre de Jesús, mientras que el libro de los Hechos y las Cartas apostólicas mencionan de manera explícita el bautismo en el nombre de Jesús.

El bautismo para los cristianos evangélicos

El bautismo es un acto que se efectúa en plena conciencia de arrepentimiento, después de que el Espíritu Santo hubo efectuado la obra redentora en el creyente, y simboliza la muerte al pecado y la resurrección a una nueva vida en Cristo. Algunos protestantes dice que la biblia marca claramente que el bautismo no salva si no que solamente es un acto de fe, el único que salva es Cristo. Sin embargo, los Pentecostales del Nombre de Jesucristo, confesando que Cristo es quien salva, enseñan que para que la salvación por fe se haga real en una persona, esta debe obedecer el plan de salvación bíblico, que consiste en arrepentirse, en ser bautizado en el nombre de Jesús, y en recibir el Espíritu Santo, según Hechos 2:38.

 

 

Otros “bautismos” según la teología católica

Bautismo de deseo

También llamado bautismo de caridad. Según algunos teólogos y, dada la necesidad del bautismo para la salvación, los catecúmenos o aquellas personas que querían recibir el bautismo y que han muerto, alcanzarían la salvación en virtud de este bautismo de deseo.

Un ejemplo son aquellos mártires que fueron ejecutados antes de ser bautizados. Esos mártires están bautizados “por el deseo”.

Bautismo de sangre

Igualmente, el bautismo de sangre implica la aceptación de la muerte por amor a la Iglesia o para defender una virtud cristiana por parte de un no bautizado. Esta se da cuando una persona no bautizada soporta pacientemente la muerte violenta por haber confesado la fe cristiana o practica las virtudes cristianas. “A todo aquel que me confiese delante de los hombres, yo también le confesare delante e mi Padre que está en los cielos” (Mt. 10,36); EL que perdiere su vida por mi y por el evangelio la encontrará” (Mt. 10,39.

Bautismo “in voto”

Ya San Agustín, reflexionando sobre el caso del buen ladrón, reconoce que se dan circunstancias en las que se puede recibir el efecto del bautismo sin la recepción del sacramento. Inocencio III, apelando a la autoridad de San Agustín, que en La ciudad de Dios habla del “bautismo invisible”, admitió como posibilidad que se reciba el efecto del bautismo sin que haya precedido la administración del sacramento. Y propuso como norma canónica, y por lo tanto como práctica para la Iglesia, el principio establecido por San Agustín: “Dios computa por hecho aquello que queriendo hacerlo no ha sido posible hacerlo”. Con esta determinación quedó establecido a nivel teórico el principio para que llegara a ser doctrina común en la Iglesia la posibilidad del sacramento in voto.

Pero quien introdujo este tema en la literatura teológica fue Pedro Lombardo, y lo incorporó al formular una serie de preguntas sobre cuándo se reciben conjuntamente el sacramento y el efecto del sacramento (sacramentum et res sacramenti), cuándo se recibe solamente el signo sacramental pero sin el efecto (sacramentum et non res sacramenti) y, por último, cuándo se recibe el efecto del sacramento sin que se haya recibido el signo sacramental (res et non sacramenti). En las respuestas admite la posibilidad de recibir el efecto sin la recepción previa del signo, lo cual equivale a recibir el sacramento en voto. Y lo aplica a dos circunstancias. La primera es la de quien confiesa la fe derramando la sangre en el martirio, confesión que se le computa como un acto de justificación plena de todos sus pecados. La segunda es la de quien confiesa su fe sin el martirio porque no lo ha podido recibir.

Dando un paso adelante, Santo Tomás desarrolla la cuestión diciendo que hay tres tipos de bautismo: de agua, de sangre y de penitencia. Al argumentar sobre el bautismo de sangre, recuerda que el bautismo recibe su eficacia de la Pasión de Cristo, con la que se configura quien recibe el efecto del sacramento; y como quien sufre el martirio queda también configurado con dicha Pasión, ha recibido el mismo efecto como si se hubiera bautizado. Otro caso similar es el efecto otorgado por el acto de penitencia y de amor a Dios hecho bajo la moción del Espíritu Santo por quien no puede recibir de hecho el bautismo. A esto le llama Santo Tomás bautismo de penitencia, y le reconoce el mismo efecto santificante que el bautismo sacramental. Y el Santo vuelve sobre el tema cuando se pregunta directamente si alguien puede salvarse sin recibir el bautismo, por haberle sorprendido la muerte inopinadamente. Y contesta: “Éste puede conseguir la salvación sin el bautismo de hecho, por el deseo del bautismo, un deseo que procede de la fe que actúa por la caridad, por la que el hombre es santificado interiormente por Dios, cuyo poder no está limitado a los sacramentos”.

El Concilio Vaticano II ha replanteado esta cuestión ofreciendo una respuesta que, aunque engarza con la doctrina tradicional, tiene características propias. En la Lumen gentium afirma que todos los que todavía no han recibido el Evangelio están ordenados al Pueblo de Dios. Hace mención explícita de los judíos, de los musulmanes y de los que buscan al Dios desconocido. Y al referirse a estos últimos afirma: “Los que sin culpa suya no conocen el Evangelio de Cristo y su Iglesia, pero buscan a Dios con sincero corazón e intentan en su vida, con la ayuda de la gracia, hacer la voluntad de Dios, conocida a través de lo que les dice su conciencia, pueden conseguir la salvación.”

 

Catequesis Bautismal

El Bautismo es el sacramento por el que somos incorporados a la Iglesia, comunidad de fe y de vida, “integrándonos en su construcción para ser morada de Dios, por el Espíritu” (Ef 2,22). Esta incorporación se celebra en la Iglesia católica mediante el rito del Bautismo, que es el sacramento primero de la iniciación cristiana, el baño ritual en las aguas salvadoras de la gracia divina manifestada en Jesucristo, Palabra de Dios encarnada.

Por el bautismo de los niños la Iglesia manifiesta la fe en el Dios que guía providentemente nuestra vida con su gracia, haciéndonos partícipes de su vida divina en Jesucristo. La Iglesia recibió la misión de evangelizar y bautizar, es decir, de mostrar a los hombres el camino de la salvación, de la vida de Dios entre nosotros, para que la vida humana se planifique en el bien y en el amor.

Que sea el bautismo de quienes no han llegado a la edad de poder decidir por sí mismos no es ningún impedimento para que la gracia de Dios actúe. Por eso, igual que vuestro/a hijo/a recibirá de vosotros el amor, el cuidado y la educación debidos, junto con todo lo necesario para su bien, y que no pueden hacer por sí mismos, así creemos que podemos hacerles partícipes de los motivos fundamentales por los que vivimos: de nuestra fe, de la gracia de Dios en nuestras vidas, del divino amor entre nosotros, de la dimensión divina del amor humano.

Padres y padrinos, pues, os comprometéis a educar a vuestro/a hijo/a en la fe de la comunidad cristiana, de tal modo que al pedir públicamente el bautismo para él/ella, manifestáis que estáis dispuestos a que sea así.

El rito del bautismo consta de cuatro partes, ordenadas entre sí y realizadas en la liturgia de modo progresivo. Son las siguientes.

1. Rito de acogida

Es el saludo del sacerdote, dirigido principalmente a padres y padrinos, con el gozo de recibir al neonato en la comunidad eclesial, al igual que lo recibieron gozosamente en la familia. Acto seguido, se interroga a los padres y padrinos:

* ¿Qué nombre habéis elegido para este/a/os niño/s? (si son varios niños alternativamente, según indicación del sacerdote, dicen el nombre del niño o de la niña).

* ¿Qué pedís a la Iglesia para vuestro/s hijo/s? (Responden todos juntos) El Bautismo.

* (Continúa el sacerdote) Al pedir el Bautismo para vuestro/a/s hijo/s, ¿sabéis que os obligáis a educarlos en la fe, para que estos niños, guardando los mandamientos, amen al Señor y al prójimo, como Cristo nos enseña en el Evangelio? (Responden los padres) Sí, lo sabemos.

* Y vosotros, padrinos, ¿estáis dispuestos a ayudar a sus padres en esta tarea? (Responden los padrinos) Sí, estamos dispuestos.

Prosigue el sacerdote:

N., N., la comunidad cristiana os recibe con alegría.

Yo, en su nombre, os signo con la señal de Cristo Salvador.

Y vosotros, padres y padrinos, haced también sobre ellos la señal de la cruz.

2. Liturgia de la Palabra: lecturas, homilía, preces e invocaciones

La vida del cristiano está necesitada de la luz de Dios y de la ayuda de su gracia. Por eso, escuchamos atentamente su Palabra y le pedimos su auxilio. El sacerdote comenta brevemente las lecturas.

Unción prebautismal con el óleo de los catecúmenos

Acabadas las invocaciones, el sacerdote unge en el pecho a los niños con el óleo de la salvación, para que el Señor les fortalezca con la fe durante toda su vida.

 

 

3. Celebración del sacramento

Bendición del agua

(Sacerdote) Oremos, hermanos, al Señor Dios todopoderoso, para que conceda a estos niños la vida nueva por el agua y por el Espíritu Santo.

La oración de bendición del agua recuerda la obra de la salvación, concluyendo con la siguiente petición:

Te pedimos, Señor, que el poder del Espíritu Santo, por tu Hijo, descienda sobre el agua de esta fuente, para que los sepultados con Cristo en su muerte, por el Bautismo, resuciten con él a la vida. Por Jesuscristo nuestro Señor. Amén.

Renuncias y profesión de fe

Recordando el propio bautismo, y con la firme voluntad de obrar el bien y de confesar con nuestra vida la fe que profesamos en el seno de la Iglesia, el sacerdote pregunta y los padres y los padrinos responden a las siguientes preguntas.

* ¿Renunciáis a Satanás? Sí, renuncio.

* ¿Y a todas sus obras? Sí, renuncio.

* ¿Y a todas sus seducciones? Sí, renuncio.

* ¿Creéis en Dios, Padre todopoderoso, Creador del cielo y de la tierra? Sí, creo.

* ¿Creéis en Jesucristo, su único Hijo, nuestro Señor, que nació de Santa María Virgen, murió, fue sepultado, resucitó de entre los muertos y está sentado a la derecha del Padre? Sí, creo.

* ¿Creéis en el Espíritu Santo, en la Santa Iglesia Católica, en la comunión de los santos, en el perdón de los pecados, en la resurrección de los muertos y en la vida eterna? Sí, creo.

Esta es nuestra fe. Esta es la fe de la Iglesia, que nos gloriamos de profesar en Cristo Jesús, Señor nuestro. Amén.

Bautismo

El celebrante invita a las familias para que, sucesivamente, se acerquen a la fuente. Padres y padrinos responden a las siguientes preguntas:

* ¿Queréis, por tanto, que vuestro hijo/a sea bautizado/a en la fe de la Iglesia que juntos acabamos de profesar? Sí, queremos.

N., yo te bautizo en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Unción con el Santo Crisma

Dios todopoderoso, Padre de nuestro Señor Jesucristo, que os ha liberado del pecado y dado nueva vida por el agua y por el Espíritu Santo, os consagre con el crisma de la salvación para que entréis a formar parte de su pueblo y seáis para siempre miembros de Cristo, sacerdote, profeta y rey. Amén.

Imposición de la vestidura blanca

N. y N., sois ya nueva creatura y habéis sido revestidos de Cristo. Esta vestidura blanca sea signo de vuestra dignidad de cristianos. Ayudados por la palabra y el ejemplo de los vuestros, conservadla sin mancha hasta la vida eterna. Amén.

Entrega del cirio

Recibid la luz de Cristo.

A vosotros, padres y padrinos, se os confía acrecentar esta luz. Que vuestros hijos, iluminados por Cristo, caminen siempre como hijos de la luz. Y perseverando en la fe, puedan salir con todos los Santos al encuentro del Señor.

4. Rito de conclusión

Padrenuestro

Bendición final

El Bautismo constituye el fundamento de la vida cristiana. Por eso lo celebramos con el gozo de la fe en la vida de los recién nacidos. Que el Señor bendiga a vosotros y a vuestros hijos, sostenga el amor de vuestras familias y os conceda la alegría de la esperanza cristiana, nacida hoy en la vida de estos niños.

Nuestros padres nos dieron la vida natural del cuerpo, pero Dios nos da el alma y nos destina, además, a una vida sobrenatural; nacemos privados de ella por el pecado original, heredado de Adán.

El bautismo borra el pecado original, nos da la fe y la vida divina, y nos hace hijos de Dios. La Santísima Trinidad toma posesión del alma y comienza a santificarnos.

Según el plan de amor del Señor, el bautismo es necesario para la salvación.

 

 

¿Qué es el bautismo?

Es el sacramento por el que renacemos a la vida divina y somos hechos hijos de Dios.

¿Por qué el bautismo es el primero de los sacramentos?

Es el primero de los sacramentos porque es la puerta que abre el acceso a los demás sacramentos, y sin el no se puede recibir ningún otro.

¿Qué efectos produce el bautismo?

Los efectos que produce el bautismo son: perdona el pecado original, y cualquier otro pecado, con las penas debidas por ellas. Se nos dan las tres divinas personas junto con la gracia santificante. Infunde la gracia santificante, las virtudes sobrenaturales y los dones del Espíritu Santo. Imprime en el alma el carácter sacramental que nos hace cristianos para siempre. Nos incorpora a la Iglesia.

¿El bautismo es necesario para la salvación?

Según el plan del Señor, el bautismo es necesario para la salvación, como lo es la Iglesia misma, a la que introduce el bautismo.

¿Quién puede bautizar?

Ordinariamente puede bautizar el obispo, el sacerdote y el Diácono, pero en caso de necesidad puede hacerlo cualquier persona que tenga intención de hacer lo que hace la Iglesia.

¿Cómo se bautiza?

Se bautiza derramando agua sobre la cabeza y diciendo: “Yo te Bautizo en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo”.

¿Qué es el Catecumenado?

Es la preparación que deben recibir aquellos que van a bautizarse habiendo alcanzado el uso de la razón.

EL BAUTISMO

“Id y bautizad a todas las naciones, enseñándoles a cumplir todo lo que Yo os he mandado” (Mt.28, 19-20).

Con estas solemnes palabras, Nuestro Señor Jesucristo se despide de los Apóstoles momentos antes de su Ascensión a los Cielos. Les deja encomendada nada menos que la salvación de la humanidad entera. Y la Iglesia naciente, espera en Jerusalén con la Virgen María, la venida del Espíritu Santo que les daría las luces y la fortaleza para emprender tan grande obra.

¿Qué es el Bautismo?, ¿en qué radica su urgencia y su grandeza? es el objeto de este folleto ayudar al cristiano a conocer y valorar el hecho de haber sido bautizado cuando pequeño o del adulto no bautizado que se prepara para recibirlo al terminar su catecumenado.

Un rito muy antiguo

Dado que el agua naturalmente lava o purifica, en muchas culturas o religiones antiguas ya desaparecidas o aún vigentes, se ha acostumbrado realizar con agua un rito de “purificación”, simbolizando arrepentimiento por las faltas cometidas. Actualmente, en la India por ejemplo, cientos de miles de hindúes entran al Río Ganges en Benarés en ceremonias impresionantes tanto por el número de los devotos y la intensidad de su devoción como del entorno mismo en que se verifican los ritos.

En Palestina, en tiempos de Jesucristo, apareció Juan, el pariente del Señor, bautizando en el río Jordán, instando a los judíos a arrepentirse de sus pecados: “Convertíos porque ha llegado el Reino de los Cielos… Yo os bautizo en agua para la conversión” (Mt.3, 2;1 l).

Pero aparte de las disposiciones personales de los que entran al río Ganges o aquellos bautizados en el río Jordán por San Juan, solamente en el agua, dichos ritos bautismales no tenían ni tienen en realidad eficacia alguna para perdonar los pecados: eran y son a lo más una figura, una preparación para el verdadero Bautismo Sacramental instituido por Jesucristo.

El Bautismo Sacramental

San Juan Bautista declaró: “Aquél que viene detrás de mí es más fuerte que yo, y no soy digno de desatarle las sandalias. El os bautizará en Espíritu Santo y fuego”. (Mt.3,11)

Un día, entre la multitud que acudía a ser bautizada en el Jordán, apareció Jesús y ante el asombro del Bautista, pidió a también ser bautizado “no porque hubiera tenido él necesidad de ser purificado – nos dice San Agustín- sino para purificar las aguas bautismales con el contacto de su carne divina y comunicarles la virtud de purificar a los que después fueren Bautizados”.

Ese fue, según los Padres de la Iglesia, el momento en que el bautismo invitando a la conversión, fue elevado al rango de Bautismo Sacramental, con toda la eficacia que le confiere el poder del Espíritu Santo.

LOS SACRAMENTOS DE INICIACIÓN

El Bautismo forma parte de lo que la Iglesia llama Sacramentos de Iniciación. Siguiendo la analogía de la vida natural, que tiene un origen, un crecimiento y necesita un sustento, el cristiano nace a la vida de la Gracia por el Bautismo, crece por la Confirmación y se nutre y fortalece por la Eucaristía. Todavía faltan los demás Sacramentos llamados de Curación y de Servicio a la Comunidad, que conforman en plenitud la vida Cristiana.

¿QUÉ ES EL BAUTISMO?

El Catecismo de la Iglesia Católica en su número 1213 define así al Bautismo: “es el fundamento de toda la vida cristiana, el pórtico de la vida en el Espíritu y la puerta de acceso a los otros Sacramentos. Por el Bautismo somos liberados del pecado y regenerados como hijos de Dios, llegamos a ser miembros de Cristo y hechos partícipes de su misión”.

Un nuevo nacimiento

La palabra clave de la definición es “regenerados” o sea, que somos generados nuevamente, nacidos de nuevo. En efecto, cuando el fariseo Nicodemo, de noche, visita a Jesucristo, recibe del Señor la siguiente noticia: “En verdad te digo, nadie puede ver el Reino de Dios si no nace de nuevo, de lo alto” (Jn.3,3). Así como nacemos a la vida natural por medio de los padres, nacemos a otra vida superior en el Bautismo. Cuando Jesús dijo: “He venido para que tengan Vida y la tengan en abundancia” (Jn.10,10), nos estaba prometiendo no la vida natural que se adquiere por la unión conyugal, sino la Vida Divina que él tiene desde la eternidad, como Hijo de Dios. Es designio eterno de Dios el que los hombres lleguemos a participar de su Divinidad. Es lo que llamamos Gracia Santificante.

Por encima de todo lo que nos proporciona el Bautismo, está el prodigio de llegar a ser divinizados por el agua y el Espíritu Santo en el sencillo rito del Bautismo. Es el momento más importante de nuestras vidas. Si debemos agradecer a nuestros padres naturales el habernos comunicado la vida humana, ¡cómo podremos agradecer a Dios el comunicarnos su Vida Divina! La Gracia es evidentemente el don más extraordinario y preciado del Cristiano.

Nos libera del pecado

La Gracia, Vida Divina en nosotros, no puede coexistir con ninguna clase de pecado. Al ser bautizados, somos liberados automáticamente del pecado original o cualquier otro pecado, si el bautizado es adulto. Normalmente se menciona mucho el perdón del pecado original (aunque no se entienda bien que es) y se pasa por alto lo más importante que es la divinización de nuestras almas.

Nos hace Hijos de Dios

Naturalmente no somos hijos de Dios: somos sus criaturas y entre Dios y el hombre, existe una distancia Infinita. Aunque seamos la cúspide de la Creación, no tendríamos el derecho de llamar a Dios “Padre”, como un ser inferior, por ejemplo un animal, no tendría derecho de llamar padre a una persona humana. Pero en- el Bautismo, al ser infundidos de la Vida Divina, nacemos realmente de Dios, somos elevados por sobre la naturaleza humana y por eso también llamamos a la Gracia “Vida Sobrenatural”. Por eso San Juan emocionado nos dice: “¡Vean qué amor singular nos ha dado el Padre, que no solamente nos llamamos hijos de Dios, sino que lo somos!” (1 Jn.3, 1)

Esa es nada menos que la dignidad del cristiano: ser hijo de Dios. Si la estirpe humana importa y puede ser motivo de legítimo orgullo, el tener como Padre a Dios mismo, es el clímax de nobleza, impensable para un ser humano y a la que accedemos gratuitamente al ser bautizados.

Somos hermanos de Cristo

 

Las maravillas de la obra de Dios en nosotros vienen como en cascada: al adoptarnos Dios como hijos suyos, también nos hace automáticamente hermanos de Jesucristo. ¡Ser hermanos de Jesús! Es el colmo del amor que Dios nos tiene.

LIamar a Cristo “hermano mío” suena a un atrevimiento tan solo comparable al de llamar al Padre Eterno “papá”. Pero no es así, sino todo lo contrario. Dios quiere que así nos relacionemos con Él.

Somos templos del Espíritu Santo

La divinización del hombre es obra del Espíritu Santo. No hemos sido bautizados tan solo en agua, sino en agua y Espíritu Santo. El viene a nosotros calladamente, sin luces celestes ni música angelical, porque normalmente así actúa Dios, en el silencio de la Fe.

Por eso nuestros cuerpos son sagrados. San Pablo tiene que increpar duramente a los Corintios que caían en toda clase de depravaciones. “¿No saben ustedes que son Templo de Dios y que el Espíritu Santo habita en ustedes? Al que destruya el Templo de Dios, Dios lo destruirá. El Templo de Dios es santo y ese templo son ustedes” (1 Cor.3,16-17).

 

 

Somos hijos de la Santísima Virgen María

Con mucha naturalidad y espontáneamente admitimos que María Santísima es nuestra Madre del Cielo, así como tenemos una mamá en la tierra. Pero no es una ilusión o un mero título “de cariño” sino que al ser hermanos adoptivos de Jesús por la Gracia, venimos a ser realmente hijos adoptivos de su Madre. No de otra manera se presentó la Virgen María al Beato Juan Diego: “¿No estoy yo aquí, que soy tu Madre? ¿No estás acaso en mi regazo?”

Nos hace miembros de la Iglesia

Por el Bautismo, somos agregados al Pueblo de Dios, a la Asamblea de los Santos, Cuerpo Místico de Cristo, con todos los derechos de un cristiano, como el acceso a los demás Sacramentos y a la participación en los tesoros espirituales de la Iglesia que consisten en los méritos infinitos de Jesucristo y de todos los Santos del Cielo y de la tierra.

Al mismo tiempo de tan grandes beneficios, quedamos obligados al cumplimiento de sus leyes, que siempre son, como la misma Ley de Dios, para beneficio de los cristianos.

Imprime en el alma un carácter

El Bautismo solo puede conferirse una sola vez, como una sola vez podemos nacer de nuestra madre. El alma queda marcada para siempre con el carácter de hijo de Dios, aunque posteriormente renegáramos de la Fe Cristiana o viviéramos en pecado mortal. El Bautismo es el “sello del Señor con que el Espíritu Santo nos ha marcado para el día de la redención” (San Agustín). Es en efecto, según San Ireneo, el “sello de la vida eterna”. El fiel que guarde el sello hasta el fin, es decir, que permanezca fiel a las exigencias de su Bautismo, podrá morir marcado con el “sello de la Fe” en la espera de la visión bienaventurada de Dios y de la resurrección al final de los tiempos.

Resumiendo:

El Bautismo, al comunicarnos la Vida de la Gracia, que no es otra cosa que la Vida Divina, nos hace hijos de Dios Padre, hermanos de Jesucristo, templos del Espíritu Santo e hijos de María Santísima, miembros de la Iglesia y partícipes de sus méritos infinitos, imprimiendo en nuestras almas un carácter indeleble. Pero aún hay más: el Bautismo nos hace SANTOS pues la santidad consiste precisamente en vivir en Gracia de Dios, en llevar en nosotros la misma Vida Divina. “Sean santos como vuestro Padre Celestial es Santo” es el deseo de Jesucristo.

Excelencia del Bautismo

Después de estas consideraciones es fácil comprender la excelencia de nuestro Bautismo. A partir del Don preciosísimo de la Gracia, que no solamente limpia nuestra alma de todo pecado sino que nos comunica la misma Vida Divina haciéndonos Santos, y nos da la posibilidad de gozar después de la muerte, de la felicidad de Dios mismo, comprendemos que el día más importante de nuestras vidas no fue el de nuestro nacimiento natural que festejamos en los cumpleaños, sino nuestro nacimiento por el Bautismo a una vida superior. Es por eso que muchos cristianos festejamos el aniversario de nuestro Bautismo.

El conocimiento de la grandeza del Bautismo fue lo que llevó a decir a una camarera del Rey de Francia, cuando éste le reclamó diciendo: “¡Mira que soy el Rey de Francia!” “¿Y no sabéis Vos -dijo la mujer- que yo soy hija de Dios por mi Bautismo?”

Si ciertamente la Sagrada Eucaristía es la cumbre de los Sacramentos ya que nos da no solamente la Gracia sino al Autor mismo de la Gracia, sin embargo es el Bautismo aún más necesario que ella, pues siendo la Eucaristía el alimento supremo del alma, no podemos alimentarla si antes no nace a la Vida Divina.

El Bautismo cambia por completo el valor de nuestras buenas obras, pues cuando no estamos en Gracia de Dios, merecerían tan solo una recompensa meramente humana, en cambio hechas en Gracia y con la intención de agradar a Dios, recibirán, como lo dijo Nuestro Señor Jesucristo, un premio eterno. Este bendito Sacramento es el único necesario para la salvación, pues podemos salvarnos sin haber recibido ningún otro de los demás Sacramentos pero no sin haber sido bautizados ya que Jesucristo dijo: “Quien no renaciera del agua y del Espíritu Santo no puede entrar al Reino de los Cielos” (Jn.3,5)

El Bautismo de Adultos

Los adultos, lo mismo que todo aquel que ha llegado al uso de la razón, para recibir el Bautismo válidamente, deben tener las disposiciones siguientes: En primer lugar, la voluntad, el deseo de recibirlo, pues Dios que a nadie impone su Gracia, la concede generosamente a todo aquel que la quiera y no ponga obstáculo a ella. Dice el gran San Agustín: “Dios, que te creó sin ti, no te salvará sin ti”. Es necesaria la cooperación del sujeto adulto. .

No se tiene pues, derecho de bautizar a nadie contra su voluntad, ni a un adulto privado de sentido a no ser que hubiera anteriormente manifestado la voluntad de ser bautizado; pero sí existe el derecho de bautizar a un demente de nacimiento, privado sin remedio del uso de la razón.

Pero además es necesario que el bautizando con uso de razón (niño o adulto) tenga conocimiento suficiente de la Doctrina Cristiana, tanto de las verdades contenidas en el Credo como de los Mandamientos de Dios y de los medios de Santificación, principalmente los Sacramentos.

Es lo que la Iglesia llama el Catecumenado, que en tiempos antiguos revestía suma seriedad y se podía prolongar por años. El Catecumenado o formación de los catecúmenos, tiene por finalidad permitirles en respuesta a la iniciativa divina y en unión con la comunidad eclesial, llevar a madurez su conversión y su fe. Se trata de una formación y noviciado debidamente prolongado de la vida cristiana, en la que los discípulos se unen con Cristo, su Maestro.

Por lo tanto, hay que iniciar adecuadamente a los catecúmenos en el misterio de la salvación, en la práctica de las costumbres evangélicas y en los ritos sagrados introduciéndolos en la vida de fe, la liturgia y la caridad del Pueblo de Dios (Documento “Ad Gentes” del Concilio Vaticano II). La Iglesia los abraza ya con amor, tomándolos a su cargo.

El drama del Catolicismo en nuestra Patria consiste en que todos fuimos bautizados de niños y no fuimos catequizados adecuadamente ni en la familia ni en la Parroquia y menos aún en la escuela laica oficial. De ahí la urgencia de la instrucción religiosa que siente las bases de una vida auténticamente cristiana ya que nadie ama lo que no conoce.

Además, cuando hablamos de adultos, es necesario el arrepentimiento, aunque fuera imperfecto, de sus pecados. El adulto que habiendo cometido pecados mortales se hiciera bautizar sin el debido arrepentimiento, recibiría válidamente el Sacramento, pero quedarían en suspenso sus frutos (Gracia Santificante, perdón de todos los pecados) hasta tanto se arrepintiera.

El adulto no necesita ni puede acudir al Sacramento de la Reconciliación, pues por un lado el Bautismo le borrara sus pecados y por otro lado los no bautizados no pueden válidamente recibir ningún otro Sacramento.

Las tres clases de Bautismo

Enseña la Iglesia que existen tres clases de Bautismo: por el agua, por deseo y por la sangre.

¿Cómo sería posible que Dios en su infinito amor negara la salvación a un hombre bueno que no pidió el Bautismo simplemente porque nunca supo de él?

Aquel aforismo de que “fuera de la Iglesia no hay salvación” debe ser interpretado incluyendo a los que han amado a Dios tal como lo conocieron y han cumplido la Ley Natural inscrita en sus corazones; aquellos que no obraron en contra de su conciencia y que de haber sido Evangelizados, hubieran deseado ser bautizados. Ese es considerado el Bautismo de deseo.

De igual modo, si alguien no bautizado sufriera el martirio por causa de Cristo o simplemente fuera muerto por no actuar en contra de su conciencia, de lo cual la iglesia tiene muchísimos casos, recibiría el Bautismo de Sangre y ciertamente se salvaría.

Los niños muertos sin Bautismo

En cuanto a los niños muertos sin Bautismo, la Iglesia sólo puede confiarlos a la misericordia divina, como expresa el rito de sus exequias: “Dios nuestro, conocedor de los corazones y consuelo del espíritu, tú conoces la fe de estos padres; dales el consuelo de creer que el hijo(a), cuya muerte lloran, está en manos de tu misericordia”. En efecto, la gran misericordia de Dios, que quiere que todos los hombres se salven (1 Tim.2,4) y la ternura de Jesús por los niños, que le hizo decir “Dejad que los niños vengan a Mí, no se los impidáis” (Mc.10,14), nos permiten confiar en que hay un camino de salvación para ellos. Por eso es más apremiante aún la llamada de la Iglesia a no impedir que los niños pequeños vengan a Cristo por el don del Santo Bautismo.

Los bautizados no Católicos

Los que creen en Cristo y han recibido ritualmente el Bautismo, están en cierta comunión, aunque no perfecta, con la Iglesia Católica. Habiendo sido justificados por la fe en el Bautismo, se han incorporado a Cristo y por tanto con todo derecho se honran con el nombre de cristianos y son reconocidos por la Iglesia como hermanos en el Señor, aunque separados.

LA CELEBRACIÓN DEL BAUTISMO

Todos los ritos sacramentales que celebra la Iglesia están llenos de profunda enseñanza y la persona que participa atentamente en ellos, descubre con facilidad el sentido y la gracia significada y producida por el mismo rito sagrado. En el Bautismo, cada paso de la celebración nos revela la riqueza del Sacramento y lo que realiza en el nuevo bautizado:

– La Señal de la Cruz, al principio de la celebración, señala ya desde el comienzo, el sello de Cristo sobre el que le va a pertenecer y la gracia de la redención que Cristo nos ha adquirido por su Cruz. Todo lo que el cristiano hace, puede y debe hacerse en honor de la Santísima Trinidad, amparados por la Cruz de nuestro Salvador.

– Las Lecturas Bíblicas iluminan con la verdad revelada, a los candidatos y a la asamblea y suscitan la respuesta de Fe, inseparable del Bautismo. En efecto, es por la Fe que entramos a la vida Sacramental, a la vida de Gracia.

-Exorcismo y Unción Prebautismal. El Bautismo significa la liberación del pecado y de su instigador, el demonio y por eso incluye un exorcismo pidiendo a Dios que el catecúmeno sea liberado del dominio de Satanás y pueda ser habitado por el Espíritu Santo.

-Es ungido a continuación con el Oleo de los catecúmenos, consagrado por el Obispo el Jueves Santo anterior. Corno esta unción se hace en el pecho, es conveniente, si el bautizado es un bebé, que tenga la ropa suficientemente floja.

– Bendición del agua. La materia propia del Bautismo es el agua simple, signo de vida y fecundidad. El sacerdote bendice y toca el agua invocando al Espíritu Santo para que descienda sobre ella de modo que los bautizados “nazcan del agua y del Espíritu” (Jn.3,5)

-Profesión de Fe. El Bautismo no solo significa renunciar al pecado y a Satanás, sino que es opción por la Fe Católica. Es por ello que con diferentes fórmulas, el catecúmeno (o los padres y padrinos en caso de un infante) son invitados a declarar su adhesión decidida a las verdades de nuestra Fe. Decir “Renuncio a Satanás y creo en Cristo el Señor” es todo un compromiso que tal vez exija un cambio en nuestras vidas. ¡No debemos decir palabras tan importantes frívolamente!

– Rito del Bautismo. Llegado el momento, en la Iglesia de rito latino, el sacerdote derrama agua bautismal en la cabeza del catecúmeno, pronunciando al unísono la fórmula sacramental: “N., yo te bautizo en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”.

En las Iglesias de rito oriental, se acostumbra sumergir por tres veces al bebé en la pila bautismal.

-La Unción con el Santo Crisma, óleo perfumado y consagrado por el obispo, significa el don del Espíritu Santo. Ha llegado a ser un cristiano, es decir “ungido” por el Espíritu Santo, incorporado a Cristo y por lo tanto, como El, constituido sacerdote, profeta y rey. ¡Esa es la excelsa dignidad del cristiano!

-La vestidura blanca que se impone al recién bautizado simboliza que “se ha revestido de Cristo” (Gál. 3,27) y que ha resucitado con El. Es figura de la Gracia Santificante, de la pureza del alma, libre ahora de todo pecado.

-La luz de Cristo. Del cirio Pascual, el bautizado o sus padres o padrinos, reciben la Luz del Mundo, simbolizando que Cristo ha iluminado al nuevo cristiano. Al mismo tiempo simboliza que los cristianos debemos ser la Luz del mundo, como Cristo nos dijo: Grave responsabilidad de padres y padrinos es proteger y alimentar la Fe del bautizado de modo que su luz nunca se apague.

-Padre Nuestro: Ahora el bautizado es ya cristiano, es hermano de Cristo en la Gracia e hijo del Padre Eterno. Puede ya decir la oración de los hijos de Dios.

¿Quién puede recibir el Bautismo?

El Derecho Canónico, en una frase escueta reglamenta: “Es capaz de recibir el bautismo todo ser humano, aún no bautizado, y sólo él”. (CIC 864)

En los orígenes de la Iglesia, cuando la predicación del Evangelio era escuchada por adultos principalmente, el bautismo por lo general se concedía a los que habiendo sido debidamente instruidos e iniciados, lo pedían. Pero ya desde los tiempos apostólicos, muchos niños fueron bautizados cuando “casas enteras” recibieron la Fe. (Hech. 1 6,15; 18,8; 1 Cor. 1, 1 6)

Puesto que los niños nacen con una naturaleza humana caída, carentes de la Vida divina y manchados con el pecado original, necesitan también el nuevo nacimiento del Bautismo para gozar de la libertad de los hijos de Dios. Por lo tanto la Iglesia y los padres privarían al niño de la gracia inestimable de ser hijo de Dios si no le administran el Bautismo poco después de su nacimiento.

Hay quien dice que bautizar a un niño es imponerle una religión que él no ha pedido y que hay que esperar a que sea adulto y que él decida a qué iglesia quiere pertenecer. Es un error nacido de la ignorancia. Al hijo tampoco se le pidió su opinión para darle la vida natural: se le concedió por amor. Así es con la Vida Divina. Dejar a un niño sin bautizar es un signo de que los padres no tienen la fe cristiana ni saben lo que es la Gracia de Dios.

La Fe cristiana adquirida en el Bautismo, debe crecer y desarrollarse. Por eso se renuevan las Promesas del Bautismo cada año en la noche de la Pascua.

Los Padrinos del Bautismo

Es tan importante garantizar el crecimiento en la Fe del bautizado, que la Iglesia pide que los padres tengan él auxilio de los Padrinos, cuyo papel puede llegar a ser de suma importancia. Estos deben ser personas auténticamente católicas, capaces de dar un verdadero testimonio cristiano ante sus ahijados. Por lo tanto quedan excluidas aquellas que viven en amasiato o adulterio o las que de alguna manera serían un mal ejemplo o motivo de escándalo.

El lenguaje mismo nos indica el bellísimo papel de los padrinos ya que son “padres-con” y el bautizado viene a ser “ahijado” o sea “como-hijo”. No conviene por lo tanto aceptar el padrinazgo de muchos ahijados, siendo una responsabilidad tan grande.

Deben pues los padres y padrinos, cuidar la formación cristiana de los niños proporcionándoles un ambiente sólidamente cristiano, siendo capaces de ayudarlo en las diversas etapas de su vida, en el esclarecimiento de sus dudas, en el acompañamiento de la vida sacramental, en la vida de oración, etc…

Quién puede Bautizar

Son ministros ordinarios del Bautismo el obispo y el presbítero así como los diáconos. Pero en caso de necesidad, cualquier persona, incluso no bautizada, puede bautizar.

Basta con tener a mano agua simple y derramarla sobre la cabeza o sobre cualquier parte del cuerpo del niño diciéndole: “Yo te bautizo en nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo”. Hay que tener en cuenta esto sobre todo en los hospitales de ginecología, en donde se dan frecuentemente los casos de peligro de muerte del recién nacido. Médicos, enfermeras, padres, deben proporcionar al bebé la Gracia divina. En caso de sobrevivencia, el niño debe ser presentado en la parroquia, advirtiendo que está bautizado y completarse la ceremonia.

La Fe de Bautismo

Cuando un niño es bautizado, recibe un documento firmado por el sacerdote que lo bautizó, dando fe del hecho. Es un documento sumamente importante que corresponde al acta levantada en los Libros Parroquiales. Debe estar totalmente de acuerdo en todos los datos, principalmente en el nombre del bautizado, con el acta de nacimiento levantada en el registro civil. Muchos problemas surgen cuando por descuido o negligencia no concuerdan los dos documentos, se pierden o destruyen. El cristiano debe apreciar su Fé de Bautismo y celebrar el día en que fue hecho hijo de Dios.

El nombre del Cristiano

En el Bautismo, el Nombre del Señor santifica al hombre y el cristiano recibe su nombre en la Iglesia. Puede ser el nombre de un Santo, es decir de un discípulo que vivió una vida ejemplar de fidelidad a Dios. Al ser puesto bajo el patrocinio de un Santo, se ofrece al cristiano un modelo de vida y se garantiza su intercesión.

“Procuren pues los padres, padrinos y el párroco que no se imponga un nombre ajeno al sentir cristiano” (CIC 855).

Se da en algunos ambientes la costumbre de escoger para los hijos nombres inspirados en telenovelas, artistas, deportistas, o bien nombres extranjeros imitando a otras culturas, renegando de nuestra identidad y de nuestra historia.

Conocer a nuestro Santo Patrono y festejar su día es parte de nuestra vida cristiana.

CONCLUSIONES PRÁCTICAS:

Comprendiendo con el estudio de este folleto la grandeza e importancia del Bautismo, sería bueno considerar atentamente varias cosas:

1. Bautizar al hijo lo más pronto posible para que nazca a la Vida Divina y sea hijo de Dios.

2. Programar con anticipación el Bautismo en la Parroquia correspondiente, teniendo en cuenta los horarios y las fechas.

3. Elegir de antemano nombres cristianos evitando aquellos extranjerizantes o televisivos dando al niño un Santo Patrono que no tan solo lo proteja sino que sea un ejemplo en su vida.

4. Elegir también buenos padrinos, personas ejemplares en su cristianismo, capaces de ayudar a los padres en la educación cristiana del niño. Evitar, por lo tanto a los que vivan en amasiato o adulterio, a los herejes o gente de mala vida, etc… No buscar quedar bien con nadie o allegarse compadres pudientes con miras a sacar provechos materiales.

5. No poner más interés en detalles secundarios como pueden ser el ropón, los bolos, recordatorios, etc., que en el estudio y comprensión del Sacramento.

6. Aunque el Bautismo es por lo general de un infante, la ceremonia en sí no es apta para niños que todavía no pueden comprender la ceremonia. Convertir el templo en un jardín de niños menores de 5 o 6 años estropea la solemnidad de tan gran momento.

7. No insistir en realizar el Bautismo en casas particulares, lo que está definitivamente prohibido y con mucha razón, ya que no solamente distrae al sacerdote de sus obligaciones en la parroquia, sino que propicia la dispersión del Pueblo de Dios, desconociendo la Parroquia como el centro de nuestro culto.

8. No rehuir a los Bautismos comunitarios. No es posible dada la escasez de sacerdotes, que cada familia tenga su celebración privada.

9. No está por demás recordar a los padres de la criatura que lean cuidadosamente tanto el Acta de Nacimiento en la Delegación como después la Fe de Bautismo para que los nombres, fechas y demás datos estén correctos y en correlación en ambos documentos.

 

Con frecuencia errores burocráticos causan problemas muy fuertes en trámites legales posteriores (pasaportes, cartillas, credencial de elector, etc.)

“En el día de nuestro bautismo recibimos el mayor don que Dios puede otorgar al hombre y a la mujer. Ningún otro honor, ninguna otra distinción alcanzarán a igualar su valor. Porque fuimos liberados del pecado e incorporados a Cristo y a su cuerpo que es la Iglesia”.

Juan Pablo II

Los sacramentos: EL BAUTISMO

Jesus nos invita a participar en acontecimientos por medio de los cuales realizamos eficazmente un encuentro de con Él en nuestros corazones, transmitiéndonos su gracia por medio del Espíritu Santo. Estos acontecimientos se llaman sacramentos. Para iniciarnos como cristianos existen tres sacramentos o fiestas en las que Jesus comparte con nosotros la alegría de estar cada vez más unidos a Él, estos son: El Bautismo, La confirmación y la Eucaristía.

Antes de que Jesus nos enseñara a ser felices, Dios lo bautizó y lo mandó a que nos enseñara esa forma de estar mas cerca de Él y distinguirnos de aquellos o aquello que no sigue la voluntad de Dios: A distinguirnos como cristianos.

¿Qué es el Bautismo?

Es un sacramento instituido por la iglesia, el cual se ofrece a las personas para hacerlas miembros de ella, hermanos de Jesus, hijos de Dios y herederos del cielo.

Es la puerta que abre el acceso a los otros sacramentos ya que por este somos liberados del pecado y así mismo preparados para recibir a Cristo, a la iglesia y a su misión, haciéndonos parte de ella.

La Iglesia Católica empieza a bautizar desde el día de Pentecostés.

¿Por qué celebramos la fiesta del Bautismo?

Dios quiere que formemos parte de un gran equipo, LA IGLESIA; que seamos diferentes al otro equipo, el mal; que seamos buenos, cariñosos, bondadosos y llenos de amor y paz para compartir con los demás. Así como para entrar al colegio necesitamos que nuestros padres nos inscriban y debemos usar un uniforme que nos distinga como estudiantes de este colegio, para ser miembros de este equipo necesitamos un pase y un distintivo también, y esto lo conseguimos mediante El Bautismo.

¿Por qué es importante el Bautismo?

La iglesia necesita de muchas personas para poder crear aquí en la tierra el Reino de Dios, un lugar lleno de amor, paz, perdón y todo lo lindo que pueda existir en la Tierra.

De no Bautizarnos se acrecentaría el mal en el mundo, el odio, la envidia y todo lo opuesto al Reino de Dios, empezando a formar parte de nuestras vidas y así haciéndonos partícipes de ellos. Entonces, si esto pasara, Dios no tendría a nadie que formara parte de su gran grupo, la Iglesia, quedándose el mundo vacío y sin disfrutar de todo lo lindo que posee el Reino de Dios.

Al nacer heredamos las virtudes del bien y del mal; para eliminar el mal (pecado original) de nuestro cuerpo acudimos a la gran fiesta del Bautismo, a través de la cual nos convertimos en personas de bien, para lo que fuimos creados. Haciendo el bien y sumándonos a la Iglesia del Señor formamos parte de aquella profesía que dijo Dios a Abraham:

“Te daré un pueblo numeroso como las estrellas del cielo”.

El Bautismo como sacramento

El Bautismo es un sacramento ya que nos proporciona un encuentro con espiritual con Dios, osea que no lo vemos ni lo tocamos pero si lo sentimos en nuestro corazón, aunque no estemos consientes de ello. En la aplicación del Bautismo se utilizan los diferentes signos.

El agua: como elemento purificador. Así como el agua nos quita el sucio de las manos tambien nos quita el sucio del alma.

El aceite o crisma: nos suaviza la piel y el alma para hacernos defensores de la fe en Dios y su gracia.

El cirio: la luz simboliza la claridad que Cristo nos proporciona para que veamos por donde caminamos y no andemos perdidos entre tinieblas, oscuridad y frío. Además de que nos indica que nuestro corazón debe tener una llama de amor y paz siempre prendida, buscando iluminar a quienes nos rodean.

 

Vestimenta blanca: Cuando vamos a una fiesta queremos estar limpios y arreglados, pues que mejor fiesta que el Bautismo para vestir de blanco, no solo por fuera sino por dentro también, ya que la blancura es un símbolo de pureza y paz.

¿Cuál es la intención del Bautismo y que hacen los padrinos?

La intención de Bautizar es querer hacer lo que la Iglesia hace al Bautizar y emplear la fórmula bautismal trinitaria. En la mayoría de las veces nos Bautizamos desde muy pequeños para comenzar a vivir revestidos en Cristo, pero en algunos casos también se bautizan personas adultas, porque la invitación que nos hace Dios a esta fiesta no pide edad, solo deseo de estar lleno de la gracia de Dios y de pertenecer a la gran familia de la Iglesia.

Al recibir el Bautismo necesitamos de personas que atestiguen sobre ese grandioso acontecimiento. Para eso están los padrinos, los que además de eso deben participar de nuestro desarrollo tanto físico como emocional y responsabilizarse de guardar en nosotros la gracia recibida en el Bautismo. Por eso, los padrinos deben ser capaces, sólidos, creyentes en la Iglesia y su ideal y dispuestos a ayudar y a cumplir con los deberes que se le otorgan como padrino del bautizado.

¿Y que nos queda del Bautismo?

Cuando cumplimos años, nos felicitan, nos regalan y tratamos de pasar un día feliz. Así mismo Dios nos hace regalos mediante el Bautismo:

El perdón del pecado original y de todos los pecados personales: Dios nos regala un alma nueva y limpia, sin pecados. Nos regala su perdón.

El nacimiento a la vida nueva: Dios nos regala el don de ser hijos de Él, de ser miembros de su gran familia. Nos regala una nueva vida, renovada, limpia y pura, preparada para comenzar o continuar sus mandamientos y obra de amor y paz.

Incorporados a la Iglesia: Dios nos regala un pase para hacernos miembros de su gran grupo o familia, permitiendo que nos involucremos en su vida, haciéndonos partícipes de su sacerdocio.

Vínculo sacramental de los cristianos: Nos regala la unión entre todos los Bautizados y su gracia. A partir del Bautismo formamos parte de un grupo de personas que se deben querer y apoyar hasta el final.

Sello espiritual indeleble: En el Bautismo Dios nos otorga un sello espiritual que nos identifica como sus seguidores y nos hace pertenecer a Él por siempre sin nada que lo pueda evitar. Nos regala el estar unido a nosotros para guiarnos y nunca abandonarnos.

 

I.                   ESTABLECIMIENTO AUTORITATIVO DE LA DOCTRINA

En principio creemos recomendable presentar dos documentos que expresan claramente el pensamiento de la Iglesia en cuanto al tema del bautismo. Asimismo son valiosos pues contienen un resumen de los puntos principales a ser considerados en el tratamiento de este importante tema. El bautismo se define positivamente en uno y negativamente en el otro.

(1) El Documento Positivo: “El Decreto para los Armenios”

 

“El Decreto para los Armenios”, en la Bula “Exúltate Deo” del Papa Eugenio IV, es referido con frecuencia como un decreto del Concilio de Florencia. Aunque no es necesario considerar este decreto como una definición dogmática de la materia y forma y ministerio de los sacramentos, es sin duda una instrucción práctica, que emana del Magisterio Pontificio, y como tal, tiene total autenticidad en un sentido canónico. Esto es, es autoritativo. El decreto habla así del Bautismo:

El Santo Bautismo tiene el primer lugar entre los sacramentos, debido a que es la puerta de la vida espiritual; por él se nos hace miembros de Cristo y nos incorporamos con la Iglesia. Y ya que la muerte entró a todos por medio del primer hombre, a menos que nazcamos de nuevo del agua y el Espíritu Santo, no podremos entrar al reino de los Cielos, como nos lo ha dicho la Verdad Misma. La materia de este sacramento es agua verdadera y natural, y es indiferente si es fría o caliente. La forma es: Yo os bautizo en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Sin embargo, no negamos que las palabras: Dejad que este siervo de Cristo sea bautizado en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; o: Esta persona es bautizada por mis manos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, constituyen bautismo verdadero; porque la causa principal por la cual el bautismo tiene su eficacia es la Santísima Trinidad, y la causa instrumental es el ministro que confiere exteriormente el sacramento, entonces si el acto ejercido por el ministro es expresado junto con la invocación de la Santísima Trinidad, el sacramento es perfeccionado. El ministro de este sacramento es el sacerdote, a quien le corresponda bautizar, por razón de su oficio. Sin embargo, en caso de necesidad, no sólo puede bautizar un sacerdote o diácono, sino aún un laico o mujer, y aún un pagano o hereje, siempre y cuando observe la forma utilizada por la Iglesia, y tenga la intención de llevar a cabo lo que La Iglesia lleva a cabo. El efecto de este sacramento es la remisión de todo pecado, original y actual; al igual que todo castigo que corresponda por el pecado. Por consecuencia, los bautizados no están obligados a la satisfacción de pecados pasados; y si mueren antes de cometer pecado alguno, obtienen inmediatamente el reino de los cielos y la visión de Dios.

(2) El Documento Negativo: “De Baptismo”

Llamamos documentos negativos los cánones sobre bautismo decretados por el Concilio de Trento (Ses. VII, De Baptismo), en los cuales las siguientes doctrinas son anatematizadas (declaradas heréticas):

El bautismo de Juan (el Precursor) tuvo la misma eficacia que el bautismo de Cristo,

No se requiere agua verdadera y natural para el bautismo, y por lo tanto las palabras de Nuestro Señor Jesucristo “A menos que el hombre nazca de nuevo a través del agua y del Espíritu Santo” son metafóri

La verdadera doctrina del sacramento del bautismo no es enseñada por la Iglesia Romana

El bautismo dado por los heréticos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo con la intención de llevar a cabo lo que la Iglesia lleva a cabo, no es verdadero bautismo,

El bautismo es libre, esto es, no es necesario para la salvación.

Una persona bautizada, aún si lo desea, no puede perder la gracia, sin importar cuánto peque, a menos que se niegue a creer.

Aquellos que han sido bautizados están obligados solamente a tener fe, pero no a observar toda la ley de Cristo.

Las personas bautizadas no están obligadas a observar todos los preceptos de la Iglesia, escritos y tradicionales, a menos que acepten someterse a ellos.

Todos los votos después del bautismo son nulos por razón de las promesas hechas en el bautismo mismo; porque por estos votos se daña la fe que ha sido profesada en el bautismo y el sacramento mismo

Todos los pecados cometidos después del bautismo son ya sea perdonados o considerados veniales son la sola memoria y fe del bautismo que ha sido recibid

El bautismo, aun cuando haya sido administrado verdadera y adecuadamente, debe repetirse en el caso de una persona que haya negado la fe de Cristo ante infieles y haya sido traída al arrepentimiento.

Nadie debe ser bautizado salvo a la edad en que Cristo fue bautizado o al momento de morir.

Los infantes, no siendo capaces de hacer un acto de fe, no deben considerarse entre los fieles después de su bautismo, y por lo tanto cuando lleguen a edad de razón deben ser rebautizados; o es mejor omitir del todo su bautismo que bautizarles como creyentes con la sola fe de la Iglesia, cuando ellos mismos no pueden hacer un acto apropiado de fe.

Aquellos bautizados como infantes deberán ser cuestionados cuando hayan crecido, si desean ratificar lo que sus padrinos prometieron por ellos en su bautismo, y si contestan que no desean hacerlo, debe dejárseles por su cuenta en el asunto y no ser obligados por sanciones a llevar una vida Cristiana, excepto privarle de recibir la Eucaristía y los demás sacramentos, hasta que se reformen.

Las doctrinas aquí condenadas por el Concilio de Trento, son aquellas de varios líderes entre los primeros reformadores. Lo contradictorio de todas estas declaraciones debe sostenerse como la enseñanza dogmática de la Iglesia.

 II.            ETIMOLOGÍA

La palabra Bautismo se deriva de la palabra griega bapto o baptizo, lavar o sumergir. Por lo tanto, significa que lavar es la idea esencial del sacramento. La escritura utiliza el término bautizar tanto literal como figurativamente. Se emplea en sentido metafórico en Hechos, i, 5, donde significa la abundancia de la gracia del Espíritu Santo, y también en Lucas, xii, 50, donde el término se refiere a los sufrimientos de Cristo en Su Pasión. En forma distinta en el Nuevo Testamento, la palabra raíz de la cual se deriva bautismo se utiliza para designar el lavado con agua, y se emplea cuando se habla de purificaciones judías, y del bautismo de Juan, así como del Sacramento Cristiano del Bautismo (cf. Heb., vi, 2; Marcos, vii, 4). Sin embargo, en el uso eclesiástico, cuando se emplean los términos Bautizar o Bautizo, sin palabra calificadora, la intención es significar el lavado sacramental por el cual el alma es limpiada del pecado al mismo tiempo que se vacía agua sobre el cuerpo. Se han utilizado muchos otros términos como sinónimos descriptivos del bautismo tanto en la Biblia como en la antigüedad cristiana, tales como el lavado de regeneración, la iluminación, el sello de Dios, el agua de vida eterna, el sacramento de la Trinidad, y otros. En inglés, el término cristianizar se usa ordinariamente para significar bautizar. Sin embargo, ya que la palabra anterior significa sólo el efecto del bautismo, esto es, hacer cristiano, pero no la forma y el acto, los moralistas sostienen que “Yo cristianizo” probablemente no sustituye válidamente “Yo bautizo” al conferir el sacramento.

III.            DEFINICIÓN

El Catecismo Romano (Ad parochos, De bapt., 2, 2, 5) define el bautismo así : El bautismo es el sacramento de regeneración por medio de agua en la palabra (per aquam in verbo). Santo Tomás de Aquino (III: 66: 1) da esta definición: “El bautismo es la ablución externa del cuerpo, llevado a cabo con la forma prescrita de palabras.” Teólogos posteriores generalmente distinguen formalmente entre la definición física y la metafísica de este sacramento. Por la primera entienden la fórmula expresando la acción de ablución y pronunciación de la invocación de la Trinidad; por la última, la definición: “Sacramento de regeneración” o aquella institución de Cristo por la cual renacemos a la vida espiritual. El término “regeneración” distingue al bautismo de cualquier otro sacramento, pues aunque la penitencia revive a los hombres espiritualmente, ésta es más bien una resucitación, un traer de entre los muertos, no un renacimiento. La penitencia no nos hace cristianos; por el contrario, presupone que ya hemos nacido del agua y del Espíritu Santo a la vida de la gracia, mientras que por el otro lado, fue instituido para conferir a los hombres los comienzos mismos de la Vida espiritual, para transferirles del estado de enemigos de Dios al estado de adopción, como hijos de Dios. La definición del Catecismo Romano suma las definiciones física y metafísica del bautismo. “El sacramento de regeneración” es la esencia metafísica del sacramento, mientras que la esencia física se expresa en la segunda parte de la definición, esto es, el lavado con agua (materia), acompañado por la invocación de la Santísima Trinidad (forma). El bautismo es, por lo tanto, el sacramento por el cual nacemos de nuevo del agua y del Espíritu Santo, esto es, por el cual recibimos una vida nueva y espiritual, la dignidad de adopción como hijos de Dios y herederos del reino de Dios.

IV.            TIPOS

Habiendo considerado el significado cristiano del término “bautismo”, ahora volvemos nuestra atención a los varios tipos que fueron anteriores a la Nueva Dispensa. Se encuentran diferentes tipos para este Sacramento entre los judíos y los gentiles. Su lugar fue tomado por la circuncisión en el sistema sacramental de la Antigua Ley, la cual es llamada por algunos Padres el “lavado de sangre” para diferenciarlo de “el lavado de agua”. Por el rito de la circuncisión, el recipiente era incorporado en el pueblo de Dios y hecho partícipe de las promesas mesiánicas; se le confería un nombre y se le consideraba entre los hijos de Abraham, padre de todos los creyentes. Otros precursores del bautismo fueron las numerosas purificaciones prescritas en la dispensa Mosaica para las impurezas legales. El simbolismo de un lavado externo para limpiar una mancha invisible era muy familiar a los judíos en sus ceremonias sagradas. Pero además a estos tipos más directos, tanto los escritores del Nuevo Testamento como los Padres de la Iglesia encuentran muchos símbolos misteriosos del bautismo. Por ello San Pablo (I Cor., x) aduce el paso de Israel por el Mar Rojo, y San Pedro (1 Pedro 3) el Diluvio, como tipos de purificación a encontrarse en el bautismo cristiano. Otros símbolos del sacramento son encontrados por los Padres en el baño de Naaman en el Jordán, en la generación del Espíritu de Dios sobre las aguas, en los ríos del Paraíso, en la sangre del Cordero Pascual, durante tiempos del Antiguo Testamento, y en las aguas de Betsaida, y en la curación del mudo y del ciego en el Nuevo Testamento.

El reconocimiento tan natural y expresivo del simbolismo del lavado exterior para indicar la purificación interior también es parte de los sistemas paganos de religión. El uso de agua lustral se encuentra entre los babilonios, asirios, egipcios, griegos, romanos, hindúes y otros. Un parecido mayor al bautismo cristiano se encuentra en la forma del bautismo judío, a ser conferido en los prosélitos, dado en el Talmud babilonio (Dollinger, Era Primera de la Iglesia). Pero sobre todo debe ser considerado el bautismo de San Juan el Precursor. Juan bautizaba con agua (Marcos, i) y era un bautismo de penitencia para la remisión de los pecados (Lucas, iii). Aunque entonces el simbolismo del sacramento instituido por Cristo no era nuevo, la eficacia que Él agregó al rito es que lo que lo distingue de todos los de su tipo. El bautismo de Juan no producía gracia, como él mismo testifica (Mateo, iii) cuando declara que él no es el Mesías cuyo bautismo es conferir el Espíritu Santo. Lo que es más, no era el bautismo de Juan lo que perdonaba los pecados, sino la penitencia que le acompañaba; y por lo tanto, San Agustín le llama (De Bapt. Contra Donat., V) “un perdón de pecados en la esperanza”. En cuanto a la naturaleza del bautismo del Precursor, Santo Tomás (III: 38: 1) declara: El bautismo de Juan no era un sacramento en sí mismo, pero era un cierto sacramento pues preparaba el camino (disponens) para el bautismo de Cristo”. Durandus lo llama sin duda un sacramento, pero de la Antigua Ley, y San Buenaventura lo considera como un medio entre las Dispensas Nuevas y Antiguas. Es de fe Católica que el bautismo del Precursor era esencialmente diferente del bautismo de Cristo en sus efectos. También debe notarse que aquellos que previamente recibieron el bautismo de Juan tenían que recibir después el bautismo Cristiano (Hechos, xix).

V.            INSTITUCIÓN DEL SACRAMENTO

Que Cristo instituyó el Sacramento del Bautismo es incuestionable. Los racionalistas, tales como Harnack (Dogmengeschichte, I, 68), lo disputan, con sólo descartar arbitrariamente los textos que lo prueban. Cristo no sólo ordena a Sus Discípulos (Mateo 28:19) bautizar y les da la forma a ser empleada, sino que también declara explícitamente la absoluta necesidad del bautismo (Juan 3): “Salvo que el hombre nazca de nuevo del agua y del Espíritu Santo, no podrá entrar en el Reino de Dios”. Lo que es más, de la doctrina general de la Iglesia sobre los sacramentos, sabemos que la eficacia unida a ellos se deriva sólo de la institución del Redentor. Sin embargo, cuando llegamos a la cuestión de cuándo instituyó precisamente Cristo el bautismo, encontramos que los escritores eclesiásticos no coinciden. Las Escrituras mismas callan este asunto. Varias ocasiones han sido señaladas como el momento probable de la institución, tales como cuando Cristo se bautizó en el Jordán, cuando declaró a Nicodemo la necesidad de renacer, cuando envió a Sus Apóstoles y Discípulos a predicar y bautizar. La primera opinión fue un favorito con muchos Padres y estudiosos, y gustan de referirse a la santificación del agua bautismal por el contacto con la carne del Dios-hombre. Otros, tales como San Jeremías y San Máximo, parecen asumir que Cristo bautizó a Juan en esta ocasión y con ello instituyó el sacramento. Sin embargo, no hay nada en los Evangelios que indique que Cristo bautizó al Precursor en el momento de Su propio bautismo. En cuanto a la opinión de que fue en el coloquio con Nicodemo cuando fue instituido este sacramento, no es de sorprender que ha encontrado pocos partidarios. Las palabras de Cristo sin duda declaran la necesidad de una institución tal, pero nada más. También parece poco probable que Cristo hubiera instituido el sacramento en una conferencia secreta con alguien que no sería heraldo de su institución.

La opinión más probable parece ser que el bautismo, como sacramento, tiene su origen cuando Cristo comisionó a Sus Apóstoles a bautizar, como se narra en Juan, iii y iv. No hay nada directamente en el texto en cuanto a la institución, pero como los Discípulos evidentemente actuaban bajo la instrucción de Cristo, Él debe haberles enseñado desde el principio mismo la materia y forma del sacramento que habrían de dispensar. Es cierto que San Juan Crisóstomo (Hom., xxviii en Joan.), Teofilacto (en cap. Iii, Joan.) y Tertuliano (De Bapt., c. Ii) declaran que el bautismo otorgado por los Discípulos de Cristo como se narra en estos capítulos de San Juan era un bautismo de sólo agua y no del Espíritu Santo; pero su razón es que el Espíritu Santo no era otorgado sino hasta después de la Resurrección. Como lo han señalado los teólogos, ésta es una confusión entre la manifestación visible e invisible del Espíritu Santo. La autoridad de San León (Ep. Xvi ad Episc. Sicil.) También es invocada para la misma opinión, pues aunque parece sostener que Cristo instituyó el sacramento cuando, después de Su levantamiento de entre los muertos, dio el mandato (Mateo 28) : “Id y enseñad…bautizando”; pero las palabras de San León pueden explicarse fácilmente de otra manera, y en otra parte de la misma epístola se refiere a la sanción de la regeneración otorgada por Cristo cuando el agua del bautismo fluyó de Su costado en la Cruz; en consecuencia, antes de la Resurrección. Todas las autoridades están de acuerdo en que Mateo, xxviii, contiene la solemne promulgación de este sacramento, y San León parece no tener otra intención que ésta. No necesitamos pasar más tiempo argumentando con aquellos que declaran que el bautismo ha sido establecido necesariamente después de la muerte de Cristo, debido a que la eficacia de los sacramentos se deriva de Su Pasión. Esto probaría también que la Santa Eucaristía no se instituyó antes de Su muerte, lo cual no se puede sostener. En cuanto a la frecuente afirmación de los Padres de que los sacramentos fluyen del costado de Cristo en la Cruz, basta decir que más allá del simbolismo que se encuentra allí, sus palabras pueden explicarse como referentes a la muerte de Cristo como la causa meritoria o la perfección de los sacramentos, pero no necesariamente como el momento de su institución.

Por lo tanto, habiendo considerado todas las cosas, podemos establecer con seguridad que lo más probable es que Cristo instituyó el bautismo antes de Su Pasión. Pues en primer lugar, como es evidente de Juan, iii y iv, Cristo ciertamente confirió el bautismo, al menos de las manos de Sus Discípulos, antes de su pasión. Que éste era un rito esencialmente diferente al del bautismo de Juan el Precursor es muy claro, porque el bautismo de Cristo es siempre preferido al de Juan, y éste último establece por sí mismo la razón: “Yo bautizo con agua…[Cristo] bautiza con el Espíritu Santo” (Juan, i). En el bautismo otorgado por los Discípulos como se narra en estos capítulos, parece que tenemos todos los requisitos de un sacramento de la Nueva Ley: el rito externo, la institución de Cristo, pues ellos bautizaban por Su mandato y misión, y el otorgamiento de la gracia, pues ellos conferían el Espíritu Santo (Juan 1).

En segundo lugar, los Apóstoles recibieron otros sacramentos de Cristo, antes de Su Pasión, como la Santa Eucaristía en la Última Cena, y las Santas órdenes (Conc. Trid., Ses. XXVI, c. i). Ahora, como el bautismo siempre ha sido considerado como la puerta de la Iglesia y la condición necesaria para recibir cualquier otro sacramento, resulta que los Apóstoles deben haber recibido el bautismo cristiano antes de la Última Cena. Este argumento es utilizado por San Agustín (Ep. Clxiii, al. Xliv) y ciertamente parece válido. El suponer que los primeros pastores de la Iglesia recibieron los demás sacramentos por ley divina, antes de haber recibido el bautismo, es una opinión sin fundamento en las Escrituras o Tradición y carece de veracidad. En ninguna parte establecen las Escrituras que Cristo mismo confería el bautismo, pero una antigua tradición (Nicéf., Hist. Ecl, II, iii; Clem. Alex. Strom., III) declara que Él sólo bautizó al Apóstol Pedro, y que éste bautizó a Andrés, Santiago, y Juan, y éstos a los demás Apóstoles.

VI.            MATERIA Y FORMA DEL SACRAMENTO

(1) Materia

En todos los sacramentos tratamos la materia y la forma. También es usual distinguir la materia remota y la materia  próxima. En el caso del bautismo, la materia remota es el agua natural y verdadera. Debemos considerar primero este aspecto de la cuestión.

Materia remota

Es de fe (de fide) que el agua natural y verdadera es la materia remota del bautismo. Además de las autoridades ya citadas, podemos también mencionar el Cuarto Concilio de Letrán (c. i). Algunos de los primeros Padres, como Tertuliano (De Bapt.,) y San Agustín (Adv. Hær., xlvi y lix) enumeran heréticos que rechazaron totalmente el agua como constituyente del bautismo. Tales fueron los gaenos, manichoeos, seleucianos y hermianos. En la Edad Media, se dice que los Waldesianos sostuvieron el mismo dogma (Ewald, Contra Walden., vi). Algunos de los reformadores del siglo dieciséis aunque se acepta el agua como la materia ordinaria de este sacramento, declaran que cuando no se tiene agua, se puede utilizar cualquier líquido en su lugar. Asimismo Lutero (tischr., xvii) y Beza (Ep., ii, ad Till.). Fue a consecuencia de esta enseñanza que se enmarcaron ciertos cánones Tridentinos. Calvino sostenía que el agua utilizada en el bautismo era simplemente símbolo de la Sangre de Cristo (Instit., IV, xv). Como regla, sin embargo, aquellas sectas que creen actualmente en el bautismo, reconocen el agua como la materia necesaria del sacramento. Las escrituras son tan positivas en sus afirmaciones sobre el uso de agua natural y verdadera para el bautismo, que es difícil ver por qué debe siquiera estar en duda. No sólo tenemos las palabras explícitas de Cristo (Juan iii v) “Salvo que el hombre nazca de nuevo del agua”, etc., sino también en los Hechos de los Apóstoles y las Epístolas de San Pablo existen pasajes que impiden cualquier interpretación metafórica. Por ello dice San Pedro (Hechos, x, 47) “Acaso puede alguno negar el agua del bautismo a éstos que han recibido el Espíritu Santo como nosotros?” En el capítulo octavo de Hechos se narra el episodio de Felipe y el eunuco de Etiopía, y en el verso 36 leemos: “Siguiendo el camino llegaron a un sitio donde había agua. El eunuco dijo: Aquí hay agua; ¿qué impide que yo sea bautizado?” Igualmente positivo es el testimonio de la tradición cristiana. Tertuliano (op. Cit.) Inicia su discurso: “El feliz sacramento de nuestra agua”. Justo Mártir (Apol., I) describe la ceremonia del bautismo y declara: Entonces son guiados por nosotros a donde hay agua…y entonces son lavados en el agua”. San Agustín declara positivamente que no hay bautismo sin agua (Tr. Xv en Joan.).

La materia remota del bautismo es, entonces, agua, y tomada en su significado usual. En consecuencia, los teólogos nos dicen que lo que los hombres ordinariamente llaman agua, es materia bautismal válida, ya sea agua de mar, de fuente, o pozo, o estanque; ya sea clara o turbia; dulce o salada; caliente o fría; con color o transparente. El agua derivada de hielo derretido, nieve o granizo también es válida. Sin embargo, si el hielo, nieve o granizo no está derretido, no caen en la designación de agua. El rocío, agua sulfurosa o mineral, y aquella que se deriva del vapor, también son materia válida para este sacramento. En cuanto a la mezcla del agua y algún otro material, se considera materia adecuada, siempre y cuando el agua ciertamente predomine y la mezcla siga llamándose agua. Materia inválida es todo líquido que no sea llamado usualmente agua verdadera. Tales son aceite, saliva, vino, lágrimas, leche, sudor, cerveza, caldo, el jugo de frutas, y cualquier mezcla que contenga agua que los hombres no llamen agua. Cuando sea dudoso si un líquido puede realmente llamarse agua, no se permite su uso para bautismo excepto en el caso de absoluta necesidad cuando no se pueda obtener materia válida. Por otro lado, nunca se permite bautizar con un líquido inválido. Existe una respuesta del Papa Gregorio IX al Arzobispo de Trondhjem en Noruega, donde se había empleado cerveza (o aguamiel) para el bautismo. El pontífice dice: “Ya que de acuerdo a la enseñanza del Evangelio, el hombre debe nacer de nuevo del agua y del Espíritu Santo, no deben considerarse válidamente bautizados aquellos que han sido bautizados con cerveza” (cervisia). Es cierto que una afirmación que declara que el vino es materia válida de bautismo se atribuye al Papa Esteban II, pero el documento carece de toda autoridad (Labbe, Conc., VI). Aquellos que sostienen que el “agua” en el texto del Evangelio debe tomarse metafóricamente, apelan a las palabras del Precursor (Mateo, iii), “Él les bautizará en el Espíritu Santo y en el fuego”. Así como “fuego” debe ser ciertamente sólo una figura del habla, así también el “agua” en los demás textos. A esta objeción, puede replicarse que la Iglesia Cristiana, o al menos los Apóstoles mismos, deben haber entendido qué era lo que había que tomarse literalmente y qué figurativamente. El Nuevo Testamento y la historia de la iglesia prueban que nunca han visto al fuego como material para bautismo, aunque ciertamente sí requirieron agua. Fuera de las sectas insignificantes de seleucianos y hermianos, ni siquiera los heréticos tomaron la palabra “fuego” en este texto en su sentido literal. Sin embargo, podemos observar que algunos de los Padres, como Juan Damasceno (Orth. Fid., IV, ix), concede que esta declaración del Bautista tiene culminación literal en las lenguas de fuego de Pentecostés. Sin embargo, no se refieren a él literalmente como bautismo. El que sólo el agua sea la materia necesaria de este sacramento depende por supuesto de la voluntad de Aquel que lo instituyó, aunque los teólogos descubren muchas razones por las cuales se hubiera preferido sobre otros líquidos. La más obvia de éstas es que el agua limpia y purifica en forma más perfecta que los otros, y por ello el simbolismo es más natural.

Materia próxima

La materia próxima del bautismo es la ablución llevada a cabo con agua. La palabra misma “bautizar”, como hemos visto, significa un lavado. Han prevalecido tres formas de ablución entre los cristianos, y la Iglesia las sostiene todas como válidas porque cumplen el requisito necesario del lavado bautismal. Estas formas son inmersión, infusión, y aspersión. La forma más antigua usualmente empleada fue sin duda la inmersión. Esta no sólo es evidente a partir de las escrituras de los Padres y los primeros ritos tanto de las Iglesias Latinas y Orientales, sino que también puede observarse en las Epístolas de San Pablo, quien habla del bautismo como un baño (Efesios, v, 26; Rom., vi, 4; Tit., iii,5). En la Iglesia Latina, la inmersión parece haber prevalecido hasta el siglo doce. Después de ese tiempo se encuentra en algunos lugares tan tarde como el siglo dieciséis. Sin embargo, la infusión y la aspersión fueron cada vez más comunes en el siglo trece y gradualmente prevalecieron en la Iglesia Occidental. Las Iglesias Orientales han conservado la inmersión, aunque no siempre en el sentido de sumergir todo el cuerpo del candidato bajo el agua. Billuart (De Bapt., I, iii) dice que el catecúmeno es usualmente colocado en la fuente, y después se derrama agua sobre la cabeza. Cita la autoridad de Goar para esta afirmación. Aunque, como hemos dicho, la inmersión era la forma de bautismo generalmente prevaleciente en las primeras eras, no debe por ello inferirse que las demás formas de infusión y aspersión no eran empleadas y consideradas válidas. En el caso de los enfermos y moribundos, la inmersión era imposible y el sacramento era entonces conferido por una de las otras formas. Esto era tan reconocido que la infusión o aspersión recibían el nombre de bautismo de los enfermos (baptimus clinicorum). San Cipriano (Ep. Ixxvi) declara que esta forma es válida. De los cánones de varios concilios anteriores sabemos que los candidatos a órdenes Sagradas que habían sido bautizados por este método parecían considerarse irregulares, pero era debido a la negligencia culpable que se suponía se manifestaba en postergar el bautismo hasta estar enfermo o moribundo. Sin embargo, que dichas personas no debían ser rebautizadas es una evidencia de que la Iglesia consideraba válido su bautismo. También se señala que las circunstancias bajo las cuales San Pablo (Hechos, xvi) bautizó a su carcelero y a toda su casa parece impedir el uso de la inmersión. Lo que es más, los hechos de los primeros mártires frecuentemente se refieren al bautismo en las prisiones en las cuales ciertamente se empleaba la infusión o la aspersión.

Por el ritual autorizado actualmente por la Iglesia Latina, el bautismo debe ser llevado a cabo por el lavado de la cabeza del candidato. Sin embargo, los moralistas establecen que en caso de necesidad, el bautismo probablemente sería válido si el agua fuera aplicado en cualquier otra parte principal del cuerpo, como el pecho o el hombro. Sin embargo, en este caso, se administraría el bautismo condicional si la persona sobreviviera (San Alf., no. 107). De la misma forma se consideraría probablemente válido el bautismo de un infante en el vientre de su madre, siempre y cuando el agua, por medio de un instrumento, realmente fluyera sobre el niño. Dicho bautismo debe, sin embargo, repetirse después condicionalmente, si el niño sobrevive a su nacimiento (Lehmkuhl, n. 61). Debe notarse que no es suficiente que el agua meramente toque al candidato; debe también fluir, de otro modo no parecería haber una ablución verdadera. Cuando mucho, dicho bautismo se consideraría dudoso. Si sólo las ropas de la persona reciben la aspersión, el bautismo es sin duda inválido. El agua a ser empleada en el bautismo solemne también debe haber sido consagrada para dicho propósito, pero de esto hablaremos en otra sección de este artículo. En el bautizo es necesario hacer uso de una triple ablución al conferir este sacramento, por razón de la prescripción del ritual Romano. Sin embargo, esto se refiere necesariamente a la legalidad, no a la validez de la ceremonia, como Santo Tomás (III:66:8) y otros teólogos establecen expresamente. La inmersión triple es incuestionablemente muy antigua en la Iglesia y aparentemente de origen Apostólico. Es mencionado por Tertuliano (De cor. Milit., iii), San Basilio (De Sp. S., xxvii), San Jeremías (Dial. Contra Luc., viii) y muchos otros primeros escritores. Su objetivo es, por supuesto, honrar a las tres Personas de la Santísima Trinidad en cuyo nombre se confiere. Que esta triple ablución no fue considerada necesaria para la validez del sacramento, es obvio. En el siglo séptimo el Cuarto Concilio de Toledo (633) aprobó el uso de una sola ablución en el bautismo, como una protesta en contra de las falsas teorías trinitarias de los arios, quienes parecían haber dado a la inmersión triple un significado que implicaba tres naturalezas en la Santísima Trinidad. Para insistir en la unidad y misma substancia de las tres Personas Divinas, los Católicos Españoles adoptaron la ablución sencilla y este método tuvo la aprobación del Papa Gregorio el Grande (I, Ef. xliii). Los heréticos eunomianos utilizaron sólo una inmersión y su bautismo se consideró inválido por el Primer Concilio de Constantinopla (can. Vii); pero esto no fue debido a la ablución sencilla, sino aparentemente porque se bautizaban en su muerte. La autoridad de este canon es además dudosa en el mejor de los casos.

(2) Forma

La única forma requerida y válida del bautismo es: “Yo os bautizo (o Esta persona es bautizada) en el nombre del  Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”. Esta fue la forma dada por Cristo a Sus Discípulos en el capítulo veintiocho del Evangelio de San Mateo, al menos hasta donde se trata de la cuestión de la invocación de las Personas separadas de la Trinidad y la expresión de la naturaleza de la acción llevada a cabo. Para uso Latino: “Yo os bautizo”, etc., tenemos la autoridad del Concilio de Trento (Ses. VII, can. iv) y del Concilio de Florencia en el Decreto de la Unión. Además tenemos la práctica constante de toda la Iglesia Occidental. Los Latinos también reconocen como válida la forma utilizada por los griegos: “Este siervo de Cristo es bautizado”, etc. El decreto florentino reconoce la validez de esta forma y es además reconocida por la Bula de León X, “Accepimus nuper”, y de Clemente VII, “Provisioni nostrae”. En substancia, las formas latina y griega son la misma, y la Iglesia Latina jamás ha rebautizado a los Orientales en su regreso a la unidad. En algún tiempo algunos teólogos occidentales disputaron la forma griega, debido a que dudaban de la validez de la fórmula imperativa o suplicante: “Permite que esta persona sea bautizada” (baptizetur). De hecho, sin embargo, los griegos utilizan la fórmula indicativa o enunciativa: “Esta persona es bautizada” (baptizetai, baptizetur). Esto es incuestionable a partir de sus Eucologios, y del testimonio de Arcudius (apud Cat., tit. ii, cap. i), de Goar (Rit. Græc. Illust.) de Martene (de ant. Eccl Rit., I) y del compendio teológico de los rusos cismáticos (San Petersburgo, 1799). Y es cierto que en el decreto de los armenios, el Papa Eugenio IV utiliza baptizetur, según la versión ordinaria de este decreto, pero Labbe, en su edición del Concilio de Florencia parece considerarlo una lectura corrupta, pues al margen imprimió baptizatur. Ha sido sugerido por Goar que el parecido entre baptizetai y baptizetur es el culpable del error. La traducción correcta es, por supuesto, baptizatur.

Al administrar este sacramento es absolutamente necesario utilizar la palabra “bautizo” o su equivalente (Alex. VIII, Prop. Damn., xxvii), o de otro modo la ceremonia es inválida. Esto ya ha sido decretado por Alejandro III (Cap. Si quis, I, x, De Bapt.), y es confirmado por el decreto florentino. Ha sido práctica constante tanto de la Iglesia latina como de la griega el utilizar palabras que expresan el acto que se lleva a cabo. Santo Tomás (III:66:5) dice que ya que una ablución puede ser empleada para muchos usos, es necesario que en el bautismo el significado de la ablución sea determinado por las palabras de la forma. Sin embargo, las palabras: “En el nombre del Padre”, etc., no serían suficientes por sí mismas para determinar la naturaleza sacramental de la ablución. San Pablo (Colosenses, iii) nos exhorta hacer todas las cosas en el nombre de Dios, y consecuentemente una ablución puede llevarse a cabo en el nombre de la Trinidad para obtener la restauración de la salud. Por lo tanto es que en la forma de este sacramento, que debe expresarse el acto del bautismo, y deben unirse la forma y la materia para que no quede duda del significado de la ceremonia. Además de la palabra necesaria “bautizar”, o su equivalente, también es obligatorio mencionar las personas separadas de la Santísima Trinidad. Este es el mandato de Cristo a Sus Discípulos, y como el sacramento tiene su eficacia de Aquel que lo instituyó, no podemos omitir nada que Él haya prescrito. Nada es más cierto que éste es el entendimiento y práctica general de la Iglesia. Tertuliano nos dice (De Bapt., xiii): “La ley del bautismo (tingendi) ha sido impuesta y la forma prescrita: Vayan, prediquen a las naciones, bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.” San Justino Mártir (Apol., I) testifica la práctica en su tiempo. San Ambrosio (De Myst., IV) declara: “Salvo que una persona haya sido bautizada en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, no podrá obtener el perdón de sus pecados,” San Cipriano (Ad Jubaian.), rechazando la validez del bautismo dado sólo en el nombre de Cristo, afirma que el nombramiento de todas las personas de la Trinidad fue ordenado por el Señor (in plena et adunata Trinitate). Lo mismo es declarado por muchos otros escritores primitivos, tales como San Jeremías (IV, en Mateo), Origen (De Princ., i, ii), San Atanasio (Or. Iv, Contr. Ar.), San Agustín (De Bapt., vi, 25). No es, por supuesto, absolutamente necesario que los nombre comunes Padre, Hijo y Espíritu Santo, sean utilizados, siempre y cuando las personas sean expresadas por palabras que sean equivalentes o sinónimas. Pero se requiere un nombramiento distintivo de las personas Divinas y en la forma: “Yo os bautizo en el nombre de la Santísima Trinidad”, sería de validez más que dudosa. La forma singular “En el nombre”, no “nombres”, también debe ser empleada, pues expresa la unidad de la naturaleza Divina. Cuando, por ignorancia, un cambio accidental, no substancial ha sido hecho en la forma (como In nomine patriâ en lugar de Patris), el bautismo se considerará válido.

El pensamiento de la Iglesia en cuanto a la necesidad de observar la fórmula trinitaria en este sacramento ha sido claramente mostrado por su tratamiento en cuanto al bautismo conferido por los heréticos. Cualquier ceremonia que no observe esta forma ha sido declarada inválida. Los montanistas bautizaban en el nombre del Padre y del Hijo y Montanus y Priscila (San Basilio, Ep. i, Ad Amphil.). Como consecuencia, el Concilio de Laodicea ordenó su rebautismo. Los arios en el tiempo del Concilio de Nicea no parecen haber adulterado la fórmula bautismal, pues ese Concilio no ordena su rebautismo. Cuando, entonces, San Atanasio (Or. ii, Contr. Ar.) y San Jeremías (Contra Lucif.) declaran que los arios han bautizado en el nombre del Creador y criaturas, deben referirse ya sea a su doctrina o a un cambio posterior de la forma sacramental. Es bien sabido que esto último fue el caso con los arios españoles y que consecuentemente los convertidos de la secta fueron rebautizados. Los anomæanos, una rama de los arios, bautizaban con la fórmula: “En el nombre del Dios no creado y en el nombre del Hijo creado, y en el nombre del Espíritu Santificador, procreado por el Hijo creado” (Epiphanius, Hær., Ixxvii). Otras sectas arias, tales como los eunomianos y aetianos, bautizaban “en la muerte de Cristo”. El Concilio Primero de Constantinopla (can. vii) ordenó que los convertidos del Sabelianismo fueran rebautizados debido a que la doctrina de Sabelio respecto a que sólo había una persona en la Trinidad había infectado su forma bautismal. Las dos sectas se originaron de Paul de Samosata, quien rechazaba la Divinidad de Cristo, confiriendo de la misma forma un bautismo inválido. Éstos eran los paulinistas y photinianos. El Papa Inocencio I (Ad. Episc. Maced., vi) declara que estos sectarios no distinguían las Personas de la Trinidad al bautizar. El Concilio de Nicea (can. xix) ordenaron el rebautizo de los paulinistas, y el Concilio de Aries (can. xvi y xvii) decretaron lo mismo tanto para los paulinistas como los photinianos.

Ha existido una controversia teológica sobre la cuestión de si el bautismo dado en el nombre de Cristo fue considerado válido alguna vez. Ciertos textos en el Nuevo Testamento han dado pie a esta dificultad. Pues San Pablo (Hechos, xix) ordena a ciertos discípulos en Efesios a ser bautizados en el nombre de Cristo: “Fueron bautizados en el nombre del Señor Jesús”. En Hechos, x, hemos leído que San Pedro ordenaron a otros a ser bautizados “en el nombre en el nombre de Jesucristo”, y sobre todo tenemos el mandato explícito del Príncipe de los Apóstoles: “Ser bautizados cada uno de ustedes en el nombre de Jesucristo, para el perdón de sus pecados (Hechos, ii). Debido a estos textos algunos teólogos han sostenido que los Apóstoles bautizaban sólo en el nombre de Cristo. Santo Tomás, San Buenaventura, y Alberto Magno son invocados como autoridades para esta opinión, y declararon que los Apóstoles actuaban de tal modo por dispensa especial. Otros escritores, tales como Pedro Lombardo y Hugo de San Víctor, sostienen también que dicho bautismo sería válido, pero no hablan acerca de una dispensa para los Apóstoles. La opinión más probable, sin embargo, parece ser que los términos “en el nombre de Jesús”, “en el nombre de Cristo”, se refieren ya sea al bautismo en la fe enseñado por Cristo, o son empleados para distinguir el bautismo cristiano de aquel de Juan el Precursor. Parece del todo improbable que inmediatamente después que Cristo ha promulgado solemnemente la fórmula trinitaria del bautismo, los Apóstoles mismos la hubieran sustituido por otra. De hecho, las palabras de San Pablo (Hechos, xix) implican claramente que no lo hicieron. Pues, cuando algunos cristianos en Efesios declararon que nunca habían oído hablar el Espíritu Santo, el Apóstol pregunta: “¿En quién han sido bautizados?” Este texto ciertamente parece declarar que San Pablo dio por hecho que los Efesios debían haber escuchado el nombre del Espíritu Santo cuando la fórmula sacramental del bautismo fue pronunciada sobre ellos.

La autoridad del Papa Esteban I ha sido alegada para la validez del bautismo dado sólo en el nombre de Cristo. San Cipriano dice (Ep. ad Jubaian) que este pontífice declaró todo bautismo otorgado como válido siempre y cuando hubiera sido dado en el nombre de Jesucristo. Debe notarse que la misma explicación se aplica a las palabras de Esteban y a los textos de las Escrituras dadas anteriormente. Lo que es más, Firmiliano, en su carta a San Cipriano, implica que el Papa Esteban requirió una mención explícita de la Trinidad en el bautismo, pues cita al pontífice declarando que la gracia sacramental es conferida por que una persona ha sido bautizada “con la invocación en los nombres de la Trinidad, Padre e Hijo y Espíritu Santo”. Un pasaje que es muy difícil de explicar se encuentra en los trabajos de San Ambrosio (Lib. I, De Sp. S., iii), donde declara que si una persona nombra a una persona de la Trinidad, las nombra a todas: “Si se dice Cristo, se designa a Dios Padre, por quien el Hijo fue ungido, y al Espíritu Santo en quien Él fue ungido”. Este pasaje ha sido interpretado generalmente como refiriéndose a la fe del catecúmeno, pero no a la forma bautismal. Más difícil es la explicación de la respuesta del Papa Nicolás I a los búlgaros (cap. civ; Labbe, VIII), en la cual establece que una persona no debe ser rebautizada si ya ha sido bautizada “en el nombre de la Santísima Trinidad o sólo en el nombre de Cristo, como se lee en los Hechos de los Apóstoles (pues es una misma cosa, como ha explicado San Ambrosio)”. Como en el pasaje al cual alude el papa, San Ambrosio hablaba de la fe del recipiente del bautismo, como ya hemos establecido, se ha sostenido que este es también el significado que el Papa Nicolás intentaba comunicar con sus palabras (vea otra explicación en Pesch, Prælect. Dogm., VI, no. 389). Lo que parece confirmar esto es la respuesta del mismo pontífice a los búlgaros (Resp. 15) en otra ocasión cuando le consultaron sobre un caso práctico. Preguntaron si ciertas personas que fueron bautizadas por un hombre que pretendía ser sacerdote griego debían ser rebautizadas. El Papa Nicolás replica que el bautismo debe considerarse válido “si fueron bautizados, en el nombre de la suprema e indivisa Trinidad”. Aquí el papa no da el bautismo en el nombre de Cristo sólo como una alternativa. Los moralistas hablan de la cuestión de validez de un bautismo en cuya administración otra cosa había sido adicionada a la forma prescrita como “y en el nombre de la Bendita Virgen María”. Ellos argumentan que dicho bautismo sería inválido, si el ministro tenía en ese momento la intención de atribuir la misma eficacia al nombre agregado como a los nombres de las Tres

Personas Divinas. Sin embargo, si fue hecho sólo por error piadoso, no interferiría con la validez (S. Alf., n. 111).

VII.            BAUTISMO CONDICIONAL

De lo siguiente es evidente que no todo el bautismo administrado por heréticos o cismáticos es inválido. Por el contrario, si se utilizan la materia y la forma adecuada y aquel que confiere el sacramento realmente “tiene la intención de llevar a cabo lo que la Iglesia lleva a cabo” el bautismo es sin duda válido. Esto se establece autoritativamente en el decreto para los armenios y los cánones del Concilio de Trento ya dados. La cuestión viene a ser de práctica cuando se trata de convertidos a la Fe. Si hubiera entre las sectas una forma autorizada para bautizar, y si la necesidad y la importancia verdaderas del sacramento fuera enseñada uniformemente y puesta en práctica entre ellos, habría poca dificultad en cuanto al estatus de los convertidos de las sectas. Pero no hay tal unidad de enseñanza y práctica entre ellos, y consecuentemente el caso particular de cada converso debe examinarse cuando se trata de la cuestión de su aceptación en la Iglesia. Pues no sólo hay denominaciones religiosas en las cuales el bautismo con toda probabilidad no es válidamente administrada, sino que también existen aquellos que tienen sin duda ritual suficiente para validez, pero que en la práctica la probabilidad de que sus miembros hayan recibido bautismo válidamente es más que dudosa. Como consecuencia debe tratarse a los conversos en forma diferente. Si hay la certeza de que un converso fue válidamente bautizado en la herejía, no se repite el sacramento, pero deben llevarse a cabo las ceremonias que han sido omitidas en dicho bautismo, a menos que el obispo, por razones suficientes, juzgue que pueden ser dispensadas. (Para los Estados Unidos, vea Conc. Prov. Balt., I). Si es incierto que el bautismo del converso fue válido o no, entonces deberá ser bautizado condicionalmente. En dichos casos el ritual es: “Si no estáis aún bautizado, entonces yo os bautizo en el nombre”, etc. El Primer Sínodo de Westminster, Inglaterra, concluye que los conversos adultos deben ser bautizados no pública sino privadamente con agua bendita (es decir, no el agua bautismal consagrada) y sin las ceremonias usuales (Decr. xvi). En la práctica, los conversos en los Estados Unidos son casi siempre invariablemente bautizados ya sea absolutamente o condicionalmente, no sólo porque el bautismo administrado por los heréticos se considere inválido sino porque es generalmente imposible descubrir si han sido adecuadamente bautizados. Aún en los casos en los que una ceremonia ha sido ciertamente llevada a cabo, generalmente continúa la duda razonable acerca de la validez sobre ya sea la intención del administrador o el modo de la administración. Aún cada caso debe ser examinado (S. C. Inquis., 20 Nov., 1878) a fin de que el sacramento no sea repetido sacrílegamente.

 

En cuanto a bautismo de varias sectas, Sabetti (no. 662) establece que las Iglesias Orientales y los “Antiguos Católicos” generalmente administran adecuadamente el bautismo; los socinianos y los cuáqueros no bautizan en absoluto; los bautistas emplean el rito sólo para los adultos, y la eficacia de su bautismo ha sido cuestionada debido a la separación de la materia y de la forma, pues ésta última es pronunciada antes de que ocurra la inmersión; los congrecionalistas, unitarianos y universalistas rechazan la necesidad del bautismo, y con ello se presume que no lo administran adecuadamente; los metodistas y presbiterianos bautizan por aspersión o rociado, y puede dudarse razonablemente si el agua ha tocado el cuerpo y fluido sobre él; entre los episcopales, se puede considerar que el bautismo no tiene verdadera eficacia y es meramente una ceremonia vacía, y consecuentemente hay un temor bien fundado de que no son lo suficientemente cuidadosos en su administración. A esto puede agregarse que los episcopales con frecuencia bautizan por aspersión, y aunque dicho método es sin duda válido si es adecuadamente empleado, en la práctica es muy posible que el agua rociada no toque la piel. Sabetti también observa que los ministros de la misma secta no siguen en todas partes un método uniforme de bautismo. El método práctico de reconciliar los herejes con la Iglesia es como sigue: -Si el bautismo es conferido en forma absoluta, el converso no debe hacer abjuración o profesión de fe, ni debe hacer confesión de sus pecados y recibir absolución, debido a que el sacramento de regeneración lava sus ofensas pasadas. Si su bautismo ha de ser condicional, debe primero hacer una abjuración de sus errores, o una profesión de fe, y luego recibir el bautismo condicional, y por último hacer una confesión sacramental seguida de una absolución condicional. Si se juzga que el bautismo previo del converso es ciertamente válido, sólo debe hacer la abjuración o la profesión de fe y recibir la absolución de las censuras en las que hubiera podido incurrir (Excerpta Rit. Rom., 1878). La abjuración o profesión de fe aquí prescrita es el Credo de Pío IV, traducido al vernacular. En el caso de la absolución condicional, la confesión puede preceder a la administración del rito y puede impartirse la absolución condicional después del bautismo. De hecho esto hace frecuentemente, pues la confesión es una excelente preparación para la recepción del sacramento (De Herdt, VI, viii; Sabetti, no. 725).

VIII.            REBAUTISMO

Para terminar con la consideración de la validez del bautismo conferido por los herejes, debemos dar cuenta de la célebre controversia que surgió en cuanto a este punto en la Iglesia Antigua. En África y en Asia Menor se introdujo a principios del tercer siglo la costumbre de rebautizar a todos los conversos de la herejía. Hasta lo que puede corroborarse, la práctica del rebautismo surgió en África debido a los decretos de un Sínodo de Cartago celebrado probablemente entre 218 y 222; mientras que en Asia menor parece haber tenido su origen en el Sínodo de Iconio, celebrado entre 230 y 235. La controversia sobre el rebautismo está especialmente relacionada con los nombres del Papa San Esteban y San Cipriano de Cartago. Éste último fue el principal campeón de la práctica del rebautismo. El papa, sin embargo, condenaba absolutamente la práctica, y ordenaba que los herejes que entraran a la Iglesia debían recibir solamente la imposición de manos in paenitentiam. En esta célebre controversia también se observa que el Papa Esteban declara que él apoya la costumbre primitiva cuando declara la validez del bautismo conferido por los herejes.

Cipriano, por el contrario, admite implícitamente que la antigüedad está en contra de su propia práctica, pero sostiene firmemente que está más de acuerdo con un estudio iluminado del asunto. Declara que la tradición que está en su contra es una “tradición humana y fuera de la ley”. Sin embargo, ni Cipriano ni su celoso partidario, Firmiliano, pudieron demostrar que el rebautismo era más antiguo que el siglo en el cual vivían. El autor contemporáneo pero anónimo del libro “De Rebaptismate” dice que las disposiciones del Papa Esteban, que prohibían el rebautismo de los conversos, concuerdan con la antigüedad y la tradición eclesiástica, y se consagran como antiguas, memorables y observancia solemne de todos los santos y fieles. San Agustín cree que la costumbre de no rebautizar es una tradición Apostólica, y San Vicente de Lérins declara que el Sínodo de Cartago introdujo el rebautismo en contra de la Ley Divina (canonem), en contra de la regla de la Iglesia universal y contra las costumbres e instituciones de los ancianos. Y continúa diciendo que por decisión del Papa Esteban, la antigüedad fue conservada y lo nuevo fue destruido (retenta est antiquitas, explosa novitas). Es cierto que los llamados Cánones Apostólicos (xlv y xlvi) hablan de la falta de validez del bautismo conferido por los herejes, pero Döllinger dice que estos cánones son comparativamente recientes, y De Marca señala que San Cipriano las hubiera apelado si hubiesen existido antes de la controversia. El Papa San Esteban, por lo tanto, sostuvo una doctrina ya antigua en el tercer siglo cuando declaró contra el rebautismo de los herejes, y decidió que el sacramento no debía ser repetido debido a que su primera administración fue válida. Desde entonces, esta ha sido la ley de la Iglesia.

IX.            NECESIDAD DEL BAUTISMO

Los teólogos distinguen una necesidad doble, la cual llaman una necesidad de medios (medii) y una necesidad de precepto (præcepti). La primera (medii) indica una cosa a ser tan necesaria que, si falta (por culpabilidad), no puede obtenerse la salvación. La segunda (præcepti) se tiene cuando una cosa es sin duda tan necesaria que no puede omitirse voluntariamente sin pecar; sin embargo, la ignorancia del precepto o la incapacidad para cumplirlo, excusa la observancia. El bautismo se considera necesario tanto en medii y præcepti. Esta doctrina se redondea en las palabras de Cristo, que en Juan, iii, declara que “A menos que el hombre nazca de nuevo del agua y del Espíritu Santo, no podrá entrar en el reino de Dios”. Cristo no hace excepciones a esta ley y es por lo tanto de aplicación general, incluyendo tanto a adultos como a infantes. Por consecuencia, no es meramente una necesidad de precepto sino también una necesidad de medio. Este es el sentido en el cual siempre ha sido entendido por la Iglesia, y el Concilio de Trento (Ses, IV, cap, vi) enseña que la justificación no puede obtenerse, desde la promulgación del Evangelio, sin el lavado o regeneración o el deseo del mismo (in voto). En la séptima sesión, declara (can. v) la excomunión a todos aquellos que digan que el bautismo no es necesario para la salvación. En busca de una mejor palabra, hemos cambiado la palabra votum por “deseo”. El concilio no quiere decir que votum es un simple deseo de recibir el bautismo o aún una resolución de hacerlo. Por votum quiere decir un acto de perfecta caridad o contrición, incluyendo, al menos implícitamente, la voluntad de hacer todas las cosas necesarias para la salvación y por ello en especial recibir el bautismo. Los Padres de la Iglesia insisten frecuentemente en la necesidad absoluta de este sacramento, especialmente cuando hablan del bautismo de los infantes. Por ello San Ireneo (II, xxii): “Cristo vino a salvar a todos los que renacieron a través de Él en Dios, infantes, niños y jóvenes” (infantes et parvulos et pueros). San Agustín (III De Anima) dice “Si deseas ser Católico, no creas, ni digas, ni enseñes, que los infantes que mueren antes del bautismo pueden obtener el perdón del pecado original”. Un pasaje aún más fuerte del mismo doctor (Ep, xxviii, Ad Hieron) dice: “Quienquiera que diga que aún los infantes son vivificados en Cristo cuando partan de esta vida sin participar en Su Sacramento (Bautismo), se opone tanto a la predicación Apostólica y condena a toda la Iglesia que urge a que se bautice a los infantes, debido a que cree sin dudar que de otro modo no pueden ser vivificados en Cristo”. San Ambrosio (II De Abraham., c. xi) al hablar de la necesidad del bautismo, dice: “Nadie está exceptuado, ni el infante, ni el impedido por cualquier necesidad”. En la controversia Pelagiana encontramos pronunciamientos similarmente fuertes de parte de los Concilios de Cartago y Milevis, y del Papa Inocencio I. A la creencia de la Iglesia en esta necesidad del bautismo como medio de salvación, que ya fue observada por San Agustín, es que se debe que la Iglesia haya delegado el poder de bautizar en el caso de ciertas contingencias aún a laicos y mujeres. Cuando se dice que el bautismo es también necesario, por necesidad de precepto (præcepti), se entiende por supuesto que esto se aplica sólo a aquellos capaces de recibir un precepto, es decir, adultos.

La necesidad en este caso es demostrada por el mandato de Cristo a Sus Apóstoles (Mat., xxviii): “Vayan y prediquen a todas las naciones, bautizándolas”, etc. Así como a los Apóstoles les ha sido ordenado bautizar, a las naciones les ha sido ordenado recibir el bautismo. La necesidad del bautismo viene a ser cuestionado por algunos de los Reformadores o a sus precursores. Fue rechazado por Wyclif, Bucer y Zwingli. Según Calvino es necesario para los adultos como precepto pero no como medio. Por ello contiende que los infantes de padres creyentes son santificados en el vientre y con ello liberados del pecado original sin el bautismo. Los socinianos enseñan que el bautismo es meramente una profesión externa de la fe cristiana y un rito que cada uno es libre de recibir o no. Un argumento en contra de la necesidad absoluta del bautismo ha sido buscado en el texto de las Escrituras: “Si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros” (Juan 6). Aquí, dicen ellos, existe un paralelo al texto: “El que no nazca de agua”. Sin embargo todos admiten que la Eucaristía no es necesaria como medio sino sólo como precepto. La respuesta a esto es obvia. En el primer caso, Cristo dirige Sus palabras en segunda persona hacia los adultos; en el segundo, habla en tercera persona y sin ninguna distinción. Otro texto favorito es aquel de San Pablo (I Cor., vii): “Pues el marido no creyente queda santificado por su mujer, y la mujer no creyente queda santificada por el marido creyente; De otro modo, vuestros hijos serían impuros, mas ahora son santos”.

Desafortunadamente para la fortaleza de este argumento, el contexto muestra que el Apóstol en este pasaje no está  hablando en absoluto de la gracia regenerativa o santificante, sino contestando ciertas cuestiones que le son propuestas por los corintios en cuanto a la validez de los matrimonios entre ateos y creyentes. La validez de dichos matrimonios es probada por el hecho de que los hijos nacidos de ellos son legítimos, no bastardos. Hasta donde se trata del término “santificado”, puede, cuando mucho, significar que el marido o mujer creyente puede convertir a la parte no creyente y con ello ser ocasión de su santificación. Una cierta declaración en la oración fúnebre de San Ambrosio sobre el Emperador Valentiniano II ha sido traída a colación como prueba de que la Iglesia ofrecía sacrificios y oraciones por los catecúmenos que morían antes de su bautismo. No se encuentran vestigios de dicha costumbre en ninguna parte. San Ambrosio puede haberlo hecho por las almas del catecúmeno Valentiniano, pero esta habría sido un incidente aislado, y aparentemente se llevó a cabo porque él creía que el emperador había deseado el bautismo. La práctica de la Iglesia se demuestra en forma más correcta en el canon (xvii) del Concilio Segundo de Braga: “Ni la conmemoración del Sacrificio [oblationis] ni el servicio del cántico [psallendi] debe ser empleado para los catecúmenos que murieron sin la redención del bautismo”. Los argumentos para un uso en contrario que se buscó en el Concilio Segundo de Aries (c. xii) y el Concilio Cuarto de Cartago (c. Ixxix) no van al punto, pues estos concilios hablan, no de los catecúmenos, sino de los penitentes que murieron repentinamente antes de haber completado su expiación. Es cierto que algunos escritores católicos (como Cayetano, Durandus, Biel, Gerson, Toletus, Klee) han sostenido que los infantes deben ser salvados por un acto de deseo de parte de sus padres, que se aplica a ellos por algún signo externo, tal como la oración o la invocación de la Santísima Trinidad; pero Pío V, al retractarse de esta opinión, como lo expresó Cayetano, por el comentario del autor sobre Santo Tomás, manifestó su opinión de que dicha teoría no estaba de acuerdo con la creencia de la Iglesia.

X.            SUBSTITUTOS PARA EL SACRAMENTO

Los Padres y teólogos frecuentemente dividen el bautismo en tres tipos: el bautismo de agua (aquæ o fluminis), el bautismo por deseo (flaminis), y el bautismo de sangre (sanguinis). Sin embargo, sólo el primero es un sacramento verdadero. Los últimos dos se denominan bautismo sólo por analogía, pues suplen el efecto principal del bautismo, particularmente, la gracia que persona los pecados. Es enseñanza de la Iglesia Católica que cuando el bautismo de agua llega a ser una imposibilidad física o moral, la vida eterna puede ser obtenida por el bautismo por deseo o el bautismo de la sangre.

(1) Bautismo por Deseo

El Bautismo por Deseo (baptismus flaminis) es una perfecta contrición de corazón, y cada acto de perfecta caridad o amor puro de Dios que contiene, al menos implícitamente, un deseo (votum) del bautismo. La palabra latina flamen se utiliza debido a que Flamen es un nombre para el Espíritu Santo, cuyo oficio especial es mover el corazón hacia el amor a Dios y concebir la penitencia por los pecados. El “bautismo del Espíritu Santo” es un término empleado en el tercer siglo por el autor anónimo del libro “De Rebaptismate”. La eficacia de este bautismo por deseo para suplir el lugar del bautismo por agua, en cuanto a su efecto principal, es probada por las palabras de Cristo. Después que Él declaró la necesidad del bautismo (Juan, xiv), Él prometió gracia justificante por actos de caridad o perfecta contrición (Juan, xiv): “Si alguno me ama, guardará mi Palabra, y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada en él”. Ya que estos textos declaran que la gracia justificante se concede por cuenta de los actos de perfecta caridad o contrición, es evidente que estos actos suplen la gracia del bautismo en cuanto a su efecto principal, el perdón de los pecados. Esta doctrina se establece claramente en el Concilio de Trento. En la sesión catorce (cap. iv) el concilio enseña que la contrición es perfeccionada en ocasiones por la caridad, y reconcilia al hombre con Dios, antes de recibir el Sacramento de la Penitencia. En el capítulo cuarto de la sexta sesión, al hablar de la necesidad del bautismo, dice que los hombres no pueden obtener justicia original “salvo por el lavado de regeneración o su deseo” (voto). La misma doctrina es enseñada por el Papa Inocencio III (cap. Debitum, iv, De Bapt.), y las propuestas en contrario son condenadas por los Papas Pío V y Gregorio XII, al prescribir las propuestas 31 y 33 de Baius.

Ya hemos hecho alusión a la oración fúnebre pronunciada por San Ambrosio sobre el Emperador Valentiniano II, un catecúmeno. La doctrina del bautismo por deseo se establece aquí con claridad. San Ambrosio pregunta: “¿No obtuvo la gracia que deseaba? ¿No obtuvo lo que pidió? Ciertamente lo obtuvo porque lo pidió”. San Agustín (IV, De Bapt., xxii) y San Bernardo (Ep. Ixxvii, ad H. de S. Victore) discurre en forma similar en el mismo sentido en cuanto al bautismo por deseo. Si se dice que esta doctrina contradice la ley universal de bautismo hecha por Cristo (Juan, iii), la respuesta es que el dador de la ley ha hecho una excepción (Juan, xiv) a favor de aquellos que tienen el bautismo por deseo. Tampoco sería consecuencia de esta doctrina que una persona justificada por el bautismo por deseo sería por tanto dispensada de buscar después el bautismo de agua cuando esto fuera una posibilidad. Pues, como ya ha sido explicado, el baptismus flaminis contiene el votum de recibir el baptismus aquæ. Es cierto que algunos de los Padres de la Iglesia acusan severamente a aquellos que se contentan con el deseo de recibir el sacramento de regeneración, pero hablan de catecúmenos que por voluntad propia demoran la recepción del bautismo por motivos de poco valor. Por último, debe notarse que sólo los adultos son capaces de recibir el bautismo por deseo.

(2) Bautismo de Sangre

El bautismo de sangre (baptismus sanquinis) es la obtención de la gracia de justificación al sufrir el martirio por la fe de Cristo. El término “lavado de sangre” (lavacrum sanguinis) es empleado por Tertuliano (De Bapt., xvi) para distinguir esta especie de regeneración del “lavado con agua” (lavacrum aquæ). “Tenemos un segundo lavado”, dice “que el uno y el mismo [que el primero], en particular el lavado de sangre”. San Cipriano (Ep. Ixxiii) habla del “más glorioso y gran bautismo de sangre” (sanguinis baptismus). San Agustín (De Civ. Dei, XIII, vii) dice: “Cuando cualquiera muere por confesar a Cristo sin haber recibido el lavado de regeneración, vale tanto para el perdón de los pecados como si hubiesen sido lavados en la fuente sagrada del bautismo”. La Iglesia fundamenta su creencia en la eficacia del bautismo de sangre en el hecho de que Cristo declara sobre el poder salvador del martirio en el décimo capítulo de San Mateo: “Por todo aquel que se declare por mí ante los hombres, yo también me declararé por él ante mi Padre que está en los cielos” (v. 32); y: “El que encuentre su vida, la perderá; y el que pierda su vida por mí, la encontrará” (v. 39). Se señala que estos textos son tan amplios que incluyen aún a los infantes, especialmente el último texto. Que el texto anterior también se aplica a ellos, ha sido constantemente sostenido por los Padres, quienes declaran que si los infantes no pueden confesar a Cristo con su boca, pueden hacerlo de hecho. Tertuliano (Adv. Valent., ii) habla de la matanza de infantes por Herodes como mártires, y ésta ha sido la enseñanza constante de la Iglesia. Otra evidencia del pensamiento de la Iglesia en cuanto a la eficacia del bautismo de sangre se encuentra en el hecho de que nunca ora por los mártires. Su opinión es bien expresada por San Agustín (Tr. Icciv en Joan.): “Lastima a un mártir que pide por él”. Esto demuestra que se cree que el martirio perdona todos los pecados y todo castigo debido al pecado. Los teólogos posteriores comúnmente sostienen que el bautismo de sangre justifica a los mártires adultos, independientemente de un acto de caridad o perfecta contrición, y, como si fuera, ex opere operato, aunque por supuesto, deben tener arrepentimiento por pecados anteriores. La razón es que si se requiriera en el martirio la perfecta caridad o contrición, la distinción entre el bautismo de sangre y el bautismo por deseo sería inútil. Lo que es más, como debe concederse que los mártires infantes son justificados sin un acto de caridad, del cual son incapaces, no hay razón sólida para negarles el mismo privilegio a los adultos. (Cf. Suárez, De Bapt., disp. xxxix.)

XI.            INFANTES NO BAUTIZADOS

Debe considerarse brevemente aquí el destino de los infantes que mueren sin bautismo. La enseñanza católica es inflexible en este punto, en cuanto a que todos los que parten de esta vida sin bautismo, ya sea de agua, sangre o por deseo, son perpetuamente excluidos de la visión de Dios. Esta enseñanza se basa, como hemos visto, en las Escrituras y la tradición, y los decretos de la Iglesia. Lo que es más, que aquellos que mueren en pecado original, sin haber contraído pecado real alguno, son privados de la felicidad celestial, está explícitamente establecido en la Confesión de Fe del Emperador Oriental Michael Palæologus, lo cual había sido propuesto a él por el Papa Clemente IV en 1267, y aceptó en la presencia de Gregorio X en el Concilio Segundo de Lyon en 1274. La misma doctrina también se encuentra en el Decreto de la Unión de los Griegos, en la Bula “Lætentur Caeli” del Papa Eugenio IV, en la Profesión de Fe prescrita para los griegos por el Papa Gregorio XIII, y en lo autorizado para los orientales por Urbano VIII y Benedicto XIV. Muchos teólogos católicos han declarado que los infantes que mueren sin bautismo son excluidos de la visión beatífica; pero en cuanto al estado exacto de estas almas en el siguiente mundo, no están de acuerdo.

Al hablar de las almas que no han logrado la salvación, estos teólogos distinguen el dolor de la pérdida (paena damni), o privación de la visión beatífica, y el dolor de sentido (paena sensus). Aunque estos teólogos han creído cierto que los infantes no bautizados deben soportar el dolor de la pérdida, no están igualmente ciertos de que están sujetos al dolor de sentido. San Agustín (De Pecc. et Mer, I, xvi) sostienen que no estarían exentos del dolor de sentido, pero al mismo tiempo pensó que sería en la forma más benigna. Por otro lado, San Gregorio Nacíanceno (Or. in S. Bapt.) expresa la creencia de que dichos infantes sufrirían sólo el dolor de la pérdida. Sfrondati (Nod. Prædest., I, i) declara que mientras están ciertamente excluidos del cielo, aún no han sido privados de la felicidad natural. Esta opinión parecía tan objetable a algunos obispos franceses que solicitaron el juicio del Magisterio Pontificio sobre la materia. El Papa Inocencio XI replicó que tendría una opinión examinada por una comisión de teólogos, pero parece que nunca se pasó una conclusión al respecto. Desde el siglo doceavo, la opinión de la mayoría de los teólogos ha sido que los infantes no bautizados son inmunes de todo dolor de sentido. Esto fue enseñado por Santo Tomás de Aquino, Scotus, San Buenaventura, Pedro Lombardo, y otros, y es ahora la enseñanza común en las escuelas. Está de acuerdo con las palabras de un decreto del Papa Inocencio III (III Decr., xlii, 3): “El castigo del pecado original es la privación de la visión de Dios; del pecado actual, los eternos dolores del infierno.” Los infantes, por supuesto, no pueden ser culpables de pecado presente.

Otros teólogos han argumentado que, bajo la ley de la naturaleza y la dispensa Mosaica, los niños pueden ser salvados por el acto de sus padres y que consecuentemente lo mismo debe ser más fácil de lograr bajo la ley de la gracia, porque el poder de la fe no ha sido disminuido sino aumentado. Las objeciones comunes a esta teoría incluyen el hecho de que se dice que los infantes no son privados de justificación bajo la Nueva ley por cualquier disminución en el poder de la fe, sino debido a la promulgación por Cristo del precepto del bautismo, el cual no existía antes de la Nueva Dispensa. Esto tampoco empeoraría el caso de los infantes antes de que fuera instituida la Iglesia Cristiana. Aunque es una dificultad para algunos, sin duda ha mejorado la condición de la mayoría. La fe sobrenatural es ahora más difundida que ante de la venida de Cristo, y más infantes son salvados por el bautismo que justificados anteriormente por la fe activa de sus padres. Lo que es más, el bautismo puede ser más prontamente aplicado a los infantes que el rito de la circuncisión, y por la ley antigua esta ceremonia tuvo que ser diferida hasta el octavo día después del nacimiento, mientras que el bautismo puede ser conferido a los infantes inmediatamente después de su nacimiento, y en caso de necesidad aún en el vientre de la madre. Por último, debe tenerse en cuenta que los infantes no bautizados, si son privados del cielo, no serían privados injustamente. La visión de Dios no es algo a lo cual los humanos tengan reclamo natural. Es un regalo gratuito del Creador que puede imponer las condiciones que desee para impartirlo o retenerlo. No se involucra injusticia alguna cuando no se confiere un privilegio indebido a alguna persona. El pecado original privó a la raza humana de un derecho no ganado al cielo. A través de la misericordia Divina este obstáculo al gozo de Dios es removido por el bautismo; pero si el bautismo no es conferido, el pecado original permanece, y el alma no regenerada, no teniendo reclamo por el cielo, no es excluida injustamente de él.

En cuanto a la cuestión, de si además de la liberación del dolor de sentido, los infantes no bautizados disfrutan cualquier felicidad positiva en el mundo siguiente, los teólogos no están de acuerdo, y tampoco hay pronunciamiento de parte de la Iglesia en cuanto a la materia. Muchos, después de Santo Tomás (De Malo, Q. V, a. 3), declara que estos infantes no son entristecidos por la pérdida de la visión beatífica: ya sea porque no tienen conocimiento de ella, y por lo tanto no están sensibles a su privación; o debido a que, sabiéndolo su voluntad es enteramente conformada a la voluntad de Dios y están conscientes de que han perdido un privilegio indebido por falta que no les corresponde. Además de esta liberación del pesar por la pérdida del cielo, estos infantes pueden también disfrutar alguna felicidad positiva. Santo Tom ás (In II Sent., dist. XXXIII, Q. ii, a. 5) dice: “Aunque los infantes no bautizados están separados de Dios en cuanto a la gloria, no son enteramente separados de Él. Más bien están unidos a Él por una participación en los bienes naturales; y así pueden regocijarse en Él por consideración y amor natural”. También dice (a. 2): “Se regocijarán en esto, que compartirán en grande la divina bondad y perfección natural”. Aunque la opinión entonces, de que los infantes no bautizados pueden disfrutar de una conocimiento natural y amor de Dios y regocijarse en él, es perfectamente sostenible, no se tiene la certeza que surge del acuerdo unánime de los Padres de la Iglesia, o de un pronunciamiento favorable de la autoridad eclesiástica.

[Nota: Sobre esta materia, el Catecismo de la Iglesia Católica de 1992 establece: “En cuanto a los niños que han muerto sin el Bautismo, la Iglesia sólo puede confiarlos a la misericordia de Dios, como lo hace en sus ritos funerales para ellos. Sin duda, la gran misericordia de Dios que desea que todos los hombres sean salvados, y la ternura de Jesús hacia los niños que le causaron decir: “Dejad que los niños vengan a mí, no se los impidáis”, nos permite tener la esperanza de que hay una forma de salvación para los niños que han muerto sin el Bautismo. De lo más urgente es el llamado de la Iglesia a no evitar que los niños lleguen a Cristo a través del regalo del santo Bautismo”.

Podemos agregar aquí algunas breves observaciones sobre la disciplina de la Iglesia en cuanto a las personas no bautizadas. Como el bautismo es la puerta de la Iglesia, los no bautizados no están bajo la protección de la Iglesia. Como consecuencia:

Dichas personas, por la ley ordinaria de la Iglesia, no pueden recibir ritos funerarios Católicos. La razón de esta regulación es dada por el Papa Inocencio II (Decr., III, XXVIII, xii): Ha sido decretado por los cánones sagrados que no debemos tener comunión con aquellos que están muertos, si no tuvimos comunicación con ellos mientras vivían”. De acuerdo a la Ley Canónica (CIC 1183), sin embargo, los catecúmenos “deben ser considerados miembros de los fieles cristianos” en lo que se refiere a los ritos funerarios. El Concilio Plenario de Baltimore también decreta (No. 389) que la costumbre de enterrar a los parientes no bautizados de católicos en sepulcros familiares puede ser tolerada. [Nota: El Código de Ley Canónica de 1983 exceptúa a los hijos no bautizados de padres católicos, si los padres tenían la intención de bautizarles].

Un católico no puede casarse con una persona no bautizada sin dispensa, so pena de nulidad. Este impedimento, en cuanto a legitimidad, se deriva de la ley natural, debido a que en dichas uniones la parte católica y los hijos del matrimonio estarían expuestos, en la mayoría de los casos, a la pérdida de la fe. Sin embargo, la invalidez de dicho matrimonio es una consecuencia sólo de la ley positiva. Pues, en los inicios de la cristiandad, las uniones entre los bautizados y los no bautizados eran frecuentes, y ciertamente se consideraban válidas. Cuando surgen circunstancias en las que el peligro de perversión para la parte católica es eliminado, la Iglesia dispensa en su ley de prohibición, pero siempre requiere garantía de la parte católica de que no habrá interferencia con los derechos espirituales de la otra parte. (Ver IMPEDIMENTOS DE MATRIMONIO).

En general, podemos decir que la Iglesia no reclama autoridad sobre las personas no bautizadas, pues se encuentran totalmente fuera de su protección. Hizo leyes que les concierne sólo en cuanto a las relaciones que sostienen con aquellos sujetos a la Iglesia.

XII.            EFECTOS DEL BAUTISMO

 

Este sacramento es la puerta de la Iglesia de Cristo y la entrada a una nueva vida. Renacemos del estado de esclavos del pecado hacia la libertad de los Hijos de Dios. El bautismo nos incorpora con el cuerpo místico de Cristo y nos hace partícipes de todos los privilegios que fluyen del acto de redención del Divino Fundador de la Iglesia. Subrayaremos ahora los principales efectos del bautismo.

(1) La Remisión de Todo Pecado, Original y Actual

Esto está claramente contenido en la Biblia. Por ello leemos (Hechos 2:38): “Convertíos y que cada uno de vosotros se haga bautizar en el nombre de Jesucristo, para remisión de vuestros pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo; pues la Promesa es para vosotros y para vuestros hijos, y para todos los que están lejos, para cuantos llame el Señor Dios Nuestro”. Leemos también en el vigésimo segundo capítulo de los Hechos de los Apóstoles (v. 16): “Levántate, recibe el bautismo y lava tus pecados”. San Pablo en el quinto capítulo de su Epístola a los Efesios representa bellamente a la Iglesia entera siendo bautizada y purificada (v. 25 sig.): “Cristo amó a la Iglesia y se entregó a sí mismo por ella, para santificarla, purificándola mediante el baño del agua, en virtud de la palabra, y presentársela resplandeciente a sí mismo; sin que tenga mancha ni arruga ni cosa parecida, sino que sea santa e inmaculada”. La profecía de Ezequiel (xxxvi.25) también ha sido entendida como bautismo: “Os rociaré con agua pura y quedaréis purificados; de todas vuestras impurezas” (inquinamentis), donde el profeta incuestionablemente habla de desviaciones morales. Esta es también enseñanza solemne de la Iglesia. En la profesión de fe descrita por el Papa Inocencio III para los waldesianos en 1210, leemos: Creemos que todos los pecados son perdonados en el bautismo, tanto el pecado original como aquellos pecados cometidos voluntariamente”. El Concilio de Trento (Ses. V., can. v) anatematiza a todo aquel que niegue que la gracia de Cristo conferida en el bautismo no perdona la culpa del pecado original; o afirma que todo lo que verdadera y adecuadamente puede ser llamado pecado no es quitado por ese medio. Lo mismo es enseñado por los Padres. San Justino Mártir (Apol., I, Ixvi) declara que en bautismo todos somos creados de nuevo, esto es, consecuentemente, libres de toda mancha de pecado. San Ambrosio (De Myst., iii) dice acerca del bautismo: “Esta es el agua en la cual la carne es sumergida y todo pecado carnal puede ser lavado. Toda transgresión queda sepultada ahí”. Tertuliano (De Bapt., vii) escribe: “El bautismo es un acto carnal en tanto que somos sumergidos en el agua; pero el efecto es espiritual, pues somos liberados de nuestros pecados”. Las palabras de Origen (En Gen., xiii) son clásicas: “Si transgredes, escribes tu nombre [chirographum] en el pecado. Pero, he aquí que una vez que te hayas acercado a la cruz de Cristo y a la gracia del bautismo, tu nombre está fija a la cruz y tiene el sello del bautismo”. Está de más multiplicar los testimonios de las primeras eras de la Iglesia. Es un punto sobre el cual los Padres están unánimemente de acuerdo, y se puede citar a San Cipriano, Clemente de Alejandría, San Hilario, San Cirilo de Jerusalén, San Gregorio Nacíanceno y otros.

(2) Remisión del Castigo Temporal

El bautismo no sólo lava el pecado, sino que también remite el castigo por el pecado. Esta fue la enseñanza misma de la Iglesia primitiva. Leemos en Clemente de Alejandría (Pædagog. i) acerca del bautismo: “Es llamado lavado porque somos lavados de nuestros pecados: es llamada gracia porque por él los castigos debidos al pecado son remitidos”. San Jeremías (Ep. Ixix) escribe: “Después del perdón (Indulgentiam) del bautismo, la severidad del juez no debe ser temida”. Y San Agustín (De Pecc. et Mer. II.xxviii) dice llanamente: “Si inmediatamente después [del bautismo] sigue la partida de esta vida, el hombre no tendrá cuenta alguna qué rendir [quod obnoxium hominem teneat], pues habrá sido liberado de todo lo que le ataba”. En perfecto acuerdo con la doctrina inicial, el decreto florentino establece: “No se le pedirá satisfacción a los bautizados por sus pecados pasados; y si mueren antes de cometer cualquier pecado, obtendrán inmediatamente el reino de los cielos y la visión de Dios”. De la misma forma el Concilio de Trento (Ses. V) enseña: “No existe causa de condenación en aquellos que han sido verdaderamente sepultados con Cristo por el bautismo…Nada que demore su entrada al cielo”.

(3) Infusión de la Gracia, Dones y Virtudes Sobrenaturales

Otro efecto del bautismo es la infusión de gracia santificante y dones y virtudes sobrenaturales. Es esta gracia santificante que considera a los hombres como hijos adoptivos de Dios y les confiere el derecho a la gloria celestial. La doctrina sobre esta material se encuentra en el capítulo séptimo acerca de la justificación en la sexta sesión del Concilio de Trento. Muchos de los Padres de la Iglesia también se extienden sobre esta materia (tales como San Cipriano, San Jeronimo, Clemente de Alejandría, y otros), aunque no en el lenguaje técnico de los decretos eclesiásticos posteriores.

(4) Conferir el Derecho a Gracias Especiales

Asimismo los teólogos enseñan que el bautismo le da al hombre el derecho a aquellas gracias especiales que son necesarias para obtener el fin para el cual fue instituido el sacramento y para permitirle cumplir con las promesas bautismales. Esta doctrina de las escuelas, que reclama para cada sacramento las gracias que son peculiares y diversas según el fin y objeto del sacramento, fue ya enunciado por Tertuliano (De Resurrect., viii). Es tratado y desarrollado por Santo Tomás de Aquino (III:62:2). El Papa Eugenio IV repite esta doctrina en el decreto para los armenios. Al tratar la gracia conferida por el bautismo, suponemos que el que recibe el sacramento no pone obstáculo (obex) en el camino de la gracia sacramental. En un infante, esto sería imposible por supuesto, y como consecuencia, el infante recibe inmediatamente toda la gracia bautismal. Es diferente en el caso de un adulto, pues en tal es necesario que las disposiciones requisito del alma estén presentes. El Concilio de Trento (Ses. VI, c. vii) establece que cada uno recibe la gracia según su disposición y cooperación. No debemos confundir un obstáculo (obex) al sacramento mismo con un obstáculo a la gracia sacramental. En el primer caso, está implícito un defecto en la materia o en la forma, o una falta de la intención requisito de parte del ministro o del que recibe, y entonces el sacramento es simplemente nulo. Pero aún si están presentes todos estos requisitos esenciales para constituir el sacramento, puede aún haber un obstáculo en el camino de la gracia sacramental, pues un adulto puede recibir el bautismo por los motivos inadecuados o sin un aborrecimiento real por el pecado. En ese caso la persona sin duda está válidamente bautizada, pero no participa de la gracia sacramental. Sin embargo, si más tarde repara su pasado, el obstáculo será removido y podrá obtener la gracia que no pudo recibir cuando el sacramento le fue conferido. En dicho caso se dice que se revive el sacramento y el rebautismo no entra en cuestión.

(5) Impresión del Carácter sobre el Alma

Por último, el bautismo, una vez conferido válidamente, nunca puede repetirse. Los Padres (San Ambrosio, Crisóstomo y otros) entienden así las palabras del San Pablo (Heb., vi.4) y esta ha sido la constante enseñanza de la Iglesia, tanto oriental como occidental desde los primeros tiempos. En cuanto a esto, se dice que el bautismo imprime un carácter imborrable sobre el alma, el cual es llamado por los Padres Tridentinos como una marca espiritual e indeleble. Que el bautismo (así como la Confirmación y las Santas órdenes) imprimen realmente tal carácter, se define explícitamente en el Concilio de Trento (Ses. VII, can. ix), San Cirilo (Præp. in Cat.) llama al bautismo “el sello del Señor”. San Agustín compara este carácter o marca impresa sobre el alma cristiana con el carácter militar que se impone a soldados en el servicio imperial. Santo Tomás trata la naturaleza de este sello indeleble, o carácter, en el Summa (III:63:2).

Los primeros líderes de la tal llamada Reformación sostenían doctrinas muy diferentes de aquellas de la antigüedad cristiana en cuanto a los efectos del bautismo. Lutero (De Captiv. Bab.) y Calvino (Antid. C. Trid.) Sostienen que este sacramento hace que el bautizado tenga la certeza de la gracia perpetua de la adopción. Otros declaran que el llamado a preocuparse por el bautismo propio nos liberaría de los pecados cometidos después de él; de nuevo, otros dicen que las transgresiones a la Ley Divina, aunque son en sí pecados, no serán imputados como pecados a la persona bautizada siempre y cuando tenga fe. Los decretos del Concilio de Trento, que se opusieron a los errores que prevalecían entonces, son testigos de las muchas teorías extrañas y novedosas sostenidas por varios exponentes de la naciente teología Protestante.

XIII.            MINISTRO DEL SACRAMENTO

La Iglesia distingue entre el ministro ordinario y el extraordinario del bautismo. También se hace una distinción en cuanto al modo de administrar. El bautismo solemne es aquel que es conferido con todos los ritos y ceremonias prescritos por la Iglesia, y el bautismo privado es aquel que puede ser administrado en cualquier momento o lugar según lo exija la necesidad. En un tiempo el bautismo solemne y público era conferido en la Iglesia Latina sólo durante la temporada pascual y de Pentecostés. Los orientales lo administraban de la misma forma en la Epifanía.

(1) Ministro Ordinario

El ministro ordinario del bautismo solemne es primero el obispo y después el sacerdote. Por delegación, un diácono puede conferir el sacramento solemnemente como ministro extraordinario. Se dice que los obispos son los ministros ordinarios porque son los sucesores de los Apóstoles, quienes recibieron directamente el mandato divino: “Vayan y enseñen a todas las naciones, bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”. Los sacerdotes también son ministros ordinarios debido a que por su oficio y órdenes sagradas son pastores de almas y administradores de los sacramentos, y por lo tanto el decreto florentino declara: “El ministro de este Sacramento es el sacerdote, a quien pertenece administrar el bautismo por razón de su oficio”. Sin embargo, como los obispos son superiores a los sacerdotes por ley Divina, la administración solemne de este sacramento fue en un tiempo reservada a los obispos, y un sacerdote nunca administraba este sacramento en presencia de un obispo a menos que se le ordenara hacerlo. Lo antiguo de esta disciplina puede verse en Tertuliano (De Bapt. Xvii): “El derecho a conferir el bautismo le pertenece al sacerdote en jefe, que es el obispo, luego a los sacerdotes y diáconos, pero no sin la autorización del obispo”. Ignacio (Ep. ad Smyr., viii): “No es legal bautizar o celebrar el ágape sin el obispo”. San Jeremías (Contra Lucif. Ix) testifica la misma usanza en sus días: “Sin crisma y la orden del obispo, ni el sacerdote ni el diácono tienen el derecho de conferir el bautismo”. Los diáconos son sólo ministros extraordinarios de bautismo solemne, pues por su oficio son asistentes de la orden sacerdotal. San Isidoro de Sevilla (De Eccl. Off. ii. 25) dice: “Es claro que el bautismo debe ser conferido sólo por sacerdotes, y no es legal ni para los diáconos administrarlo sin permiso del obispo o del sacerdote”. No obstante, el que los diáconos fuesen ministros de este sacramento por delegación es evidente por lo citado. In el servicio de ordenación de un diácono, el obispo dice al candidato: “Le concierne al diácono ser ministro en el altar, bautizar y predicar”. Felipe el diácono es mencionado en la Biblia (Hechos, viii) confiriendo el bautismo, presumiblemente por delegación de los Apóstoles. Debe notarse que aunque todo sacerdote, en virtud de su ordenación, son ministros ordinarios del bautismo, aunque por decretos eclesiásticos no puede emplear este poder lícitamente a menos que tenga jurisdicción. Por esto el Ritual Romano declara: El ministro legítimo del bautismo es el sacerdote de la parroquia, u otro sacerdote delegado por el sacerdote de la parroquia o el obispo del lugar”. El Segundo Concilio Plenario de Baltimore agrega: “Los sacerdotes son merecedores de reprensión grave si imprudentemente bautizan infantes de otra parroquia o de otra diócesis”. San Alfonso (n. 114) dice que los padres que traigan a sus hijos para ser bautizados sin necesidad a un sacerdote diferente a su propio pastor, son culpables de pecar porque violan los derechos del sacerdote parroquial. Sin embargo, agrega que otros sacerdotes pueden bautizar a dichos niños, si tienen el permiso, ya sea expreso o tácito o aún razonablemente supuesto, del pastor mismo. Aquellos que no se han establecido en algún lugar pueden ser bautizados por el pastor de cualquier iglesia que elijan.

(2) Ministro Extraordinario

En caso de necesidad, el bautismo puede ser administrado lícita y válidamente por cualquier persona que observe las condiciones esenciales, ya sea que esta persona sea un laico Católico o cualquier otro hombre o mujer, hereje o cismático, infiel o judío. Las condiciones esenciales son que la persona vacíe agua sobre la persona a ser bautizada, pronunciando al mismo tiempo las palabras: “Yo os bautizo en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”. Lo que es más, debe realmente tener la intención de bautizar a la persona, o técnicamente, debe tener la intención de llevar a cabo lo que la Iglesia lleva a cabo cuando administra este sacramento. El Ritual Romano agrega que, aún al conferir el bautismo en casos de necesidad, existe un orden de preferencia en cuanto a ministro. El orden es: si hay un sacerdote presente, se le prefiere sobre un diácono, un diácono a un subdiácono, un clérigo a un laico, y un hombre a una mujer, a menos que la modestia requiera (como en casos de parto) que nadie más excepto una mujer sea el ministro, o de nuevo, a menos que la mujer entienda mejor el método de bautizar. El Ritual también dice que el padre o la madre no deben bautizar a su propio hijo, excepto en peligro de muerte cuando no haya nadie más que pueda administrar el sacramento. Los pastores también son instruidos por el Ritual a enseñar a los fieles, y en especial a las comadronas, el método adecuado de bautizar. Cuando se administra un bautismo privado tal, las demás ceremonias son complementadas posteriormente por un sacerdote, si sobrevive el recipiente del sacramento.

Este derecho de que cualquier persona bautice en caso de necesidad está de acuerdo con la tradición y práctica constante de la Iglesia. Tertuliano (De Bapt. Vii) dice, al hablar de los laicos que tienen la oportunidad de administrar el bautismo: “Será culpable por la pérdida de un alma, si se niega a conferir lo que puede hacer libremente”, San Jeremías (Adv. Lucif., ix): “En caso de necesidad, sabemos que también es permitido a un laico [bautizar]: pues como una persona recibe, así puede dar”. El Concilio Cuarto de Letrán (cap. Firmiter) decreta: “El Sacramento del Bautismo….sin importar por quién es conferido es provechoso para la salvación”, San Isidoro de Sevilla (can. Romanus de cons., iv) declara: “El Espíritu de Dios administra la gracia del bautismo, aunque sea un pagano quien lleve a cabo el bautismo”, el Papa Nicolás I enseña a los búlgaros (Resp, 104) que el bautismo por un judío o un pagano es válido. Debido al hecho de que se les impide a las mujeres cualquier tipo de jurisdicción eclesiástica, surgió necesariamente la cuestión respecto a su capacidad para conferir bautismo válido, Tertuliano (De Bapt., xvii) se opone fuertemente a que las mujeres administren este sacramento, pero no declara que sea inválido. De la misma forma, San Epifanio (Hær., Ixxix) dice acerca de las mujeres: “Ni aún el poder de bautizar les ha sido otorgado”, pero él habla de bautismo solemne, el cual es una función del sacerdocio. Pueden encontrarse expresiones similares en los escritos de otros Padres, pero sólo cuando se oponen a la doctrina grotesca de algunos herejes, como los marcionitas, pepucianos y catafrigianos, quienes deseaban que las mujeres fuesen sacerdotisas cristianas. La decisión autoritativa de la Iglesia, no obstante, es clara. El Papa Urbano II (c. Super quibus, xxx, 4) escribe “Es bautismo verdadero si una mujer en caso de necesidad bautiza a un niño en el nombre de la Trinidad”. El decreto Florentino para los armenios dice explícitamente: “En caso de necesidad, no sólo un sacerdote o un diácono, sino aún un laico o una mujer, aún un pagano o herético, pueden conferir el bautismo”. La razón principal para esta extensión de poder en cuanto a la administración del bautismo es por supuesto que la Iglesia ha comprendido desde el principio que éste era el deseo de Cristo. Santo Tomás (III:62:3) dice que debido a la absoluta necesidad del bautismo para la salvación de las almas, está de acuerdo con la misericordia de Dios, quien desea que todos sean salvados, que los medios para obtener este sacramento deben ser puestos, en la medida de lo posible, al alcance de todos; y es por esa razón que la materia del sacramento fue agua común, el cual puede obtenerse fácilmente, asimismo era adecuado que todo hombre fuera su ministro. Por último, debe notarse que, por ley de la Iglesia, la persona que administra el bautismo, aún en casos de necesidad, contrae una relación espiritual con el niño y con sus padres. Esta relación constituye un impedimento que haría que el matrimonio subsecuente con cualquiera de ellos fuera nulo e inválido a menos que se hubiese obtenido antes una dispensa. Ver AFINIDAD.

XIV.            RECIPIENTE DEL BAUTISMO

Todo ser humano que no ha sido bautizado es sujeto de este sacramento.

(1) Bautismo de Adultos

En cuanto a adultos no hay dificultad o controversia. El mandato de Cristo no exceptúa a nadie cuando ordena a los Apóstoles a enseñar a todas las naciones y bautizarles.

(2) Bautismo de Infantes

Sin embargo, el bautismo de infantes ha sido sujeto de muchas disputas. Los waldenses y cataris, y posteriormente los anabaptistas, rechazaron la doctrina de que los infantes eran capaces de recibir bautismo válido y algunos sectarios hoy en día sostienen la misma opinión. Sin embargo, la Iglesia Católica mantiene absolutamente que la ley de Cristo se aplica igualmente a infantes y a adultos. Cuando el Redentor declara (Juan 3) que es necesario nacer de nuevo del agua y del Espíritu Santo con el fin de entrar al Reino de Dios, Sus palabras deben ser justamente entendidas como que incluye a todos los que son capaces de tener un derecho a este reino. Ahora, ha determinado tal derecho aún para aquellos que no son adultos, cuando dice: (Mat., xix, 14): “Mas Jesús les dijo: <Dejad que los niños vengan a mí, y no se lo impidáis porque de los que son como éstos es el Reino de los Cielos>”. Ha sido objetado que este último texto no se refiere a los infantes, pues Cristo dice “vengan a mí”. En el pasaje paralelo en San Lucas (xviii, 15) sin embargo, el texto dice: “Le presentaban también los niños pequeños para que los tocara”, y luego siguen las palabras citadas por San Mateo. En el texto griego, las palabras brephe y prosepheron se refieren a infantes de brazos. Lo que es más, San Pablo (Col., ii) dice que el bautismo en la Nueva Ley ha tomado el lugar de la circuncisión de la Antigua Ley. Era especialmente a los infantes que se aplicaba el rito de la circuncisión por precepto Divino. Si debe decirse que no hay ejemplo en la Biblia sobre el bautismo de infantes, podemos contestar que los infantes se incluyen en frases tales como: “Ella fue bautizada así como toda su casa” (Hechos, xvi, 15); “Él mismo fue bautizado, e inmediatamente toda su casa” (Hechos, xvi, 33); “Yo bautizo la casa de Estéfanas” (I Cor., i, 16).

La tradición de la antigua cristiandad en cuanto a la necesidad del bautismo de infantes es clara desde el principio. Hemos proporcionado ya muchas citas evidentes sobre este asunto, al tratar la necesidad del bautismo. Por lo tanto, unas pocas aquí serán suficientes. El Origen (en cap. vi, Ep. ad Rom.) declara: “La Iglesia recibió de los Apóstoles la tradición de dar el bautismo también a los infantes”. San Agustín (Serm. Xi, De Verb Apost.) dice sobre el bautismo de infantes: “Esto la Iglesia siempre tuvo, siempre sostuvo; esto recibe ella de la fe de nuestros ancestros; esto guarda ella perseverantemente aún hasta el fin”. San Cipriano (Ep. ad Fidum) escribe: “Del bautismo y de la gracia..no debe guardarse al infante quien, por haber nacido recientemente, no ha cometido pecado, excepto, que nació carnalmente de Adán, y por ello ha contraído el contagio de la muerte antigua en su primera natividad; y viene a recibir la remisión de pecados con mayor facilidad por esto que no le es propio, sino que el pecado de otro es perdonado”. La carta de San Cipriano a Fidus declara que el Concilio de Cartago en 253 reprobó la opinión de que el bautismo de los infantes debe ser demorado hasta el octavo día después del nacimiento. El Concilio de Milevis en 416 anatematiza a todo aquel que diga que los infantes nacidos últimamente no deben ser bautizados. El Concilio de Trento solemnemente define la doctrina del bautismo de infantes (Ses. VII, can. xiii). También condena (can. xiv) la opinión de Erasmo de que aquellos que han sido bautizados en la infancia, deben ser dejados libres para ratificar o rechazar las promesas bautismales al llegar a adultos. Los teólogos también llaman la atención al hecho de que Dios desea sinceramente que todos los hombres sean salvados, no excluye a los infantes, para quienes el único medio posible es el bautismo ya sea de agua o de sangre. Las doctrinas de universalidad del pecado original y de la expiación de Cristo que incluye a todos, se establecen tan clara y absolutamente en las Escrituras de tal modo que no dejan razón sólida para negar que los infantes se incluyen al igual que los adultos.

En cuanto a la objeción de que el bautismo requiere fe, los teólogos responden que los adultos deben tener fe, pero los infantes reciben la fe habitual, la cual es infundida en ellos en el sacramento de regeneración. En cuanto a la fe verdadera, ellos creen en la fe del otro; como San Agustín (De Verb. Apost., xiv, xviii) dice bellamente: “Él cree por otro, quien ha pecado por otro”. En cuanto a la obligación impuesta por el bautismo, el infante está obligado a cumplir en proporción a su edad y capacidad, como en el caso de todas las leyes. Es verdad que Cristo prescribió la instrucción y la fe verdadera para los adultos como necesarios para el bautismo (Juan, iii). No pone restricción alguna en cuanto al sujeto de bautismo; y como consecuencia aunque los infantes son incluidos en la ley, no se les puede requerir que cumplan condiciones que son imposibles a su edad. Aunque no se niega la validez del bautismo de infantes, Tertuliano (De Bapt., xviii) deseaba que el sacramento no les fuera conferido hasta que hubiesen obtenido uso de razón, debido al peligro de profanar su bautismo como jóvenes entre las tentaciones de los vicios paganos. De la misma forma, San Gregorio Nacíanceno (Or. xl, De Bapt) pensaba que el bautismo, a menos que hubiese peligro de muerte, debía diferirse hasta que el niño tuviera tres años de edad, pues entonces podía escuchar y responder en las ceremonias. Sin embargo, dichas opiniones, eran compartidas por pocos, y no contenían negación de validez del bautismo de infantes. Es cierto que el Concilio de Neocæsarea (can. vi) declara que un infante no puede ser bautizado en el vientre de su madre, pero sólo enseñaba que ni el bautismo de la madre ni su fe es común a ella y al infante en su vientre, sino que son actos peculiares sólo de la madre.

 

 

(3) El Bautismo de Infantes No Nacidos

Esto lleva al bautismo de infantes en caso de parto difícil. Cuando el Ritual Romano declara que un niño no debe ser bautizado mientras está aún (clausus) en el vientre de su madre, supone que el agua bautismal no puede llegar al cuerpo del niño. Cuando, no obstante, esto parece posible, aún con ayuda de algún instrumento, Benedicto XIV (Syn. Diaec., vii, 5) declara que las comadronas deben ser instruidas para conferir bautismo condicional. El Ritual continúa diciendo que cuando el agua puede fluir sobre la cabeza del infante el sacramento debe administrarse absolutamente; pero si sólo puede ser vaciado en alguna parte del cuerpo, el bautismo es indudablemente conferido, pero debe repetirse condicionalmente en caso de que el niño sobreviva a su nacimiento. Debe notarse que en estos dos últimos casos, la rúbrica del Ritual supone que el infante ha emergido parcialmente del vientre. Pues si el feto estaba totalmente guardado, el bautismo debe ser condicionalmente repetido en todos los casos (Lehmkuhl, n, 61). En caso de muerte de la madre, el feto debe ser inmediatamente extraído y bautizado, si tuviera alguna vida en él. Los infantes han sido sacados vivos del vientre después de morir la madre. Después de haberse llevado a cabo la incisión Cesárea, el feto puede ser condicionalmente bautizado antes de la extracción si es posible, si el sacramento es administrado después de removido del vientre el bautismo debe ser absoluto, siempre y cuando exista la certeza de vida alguna. Si después de la extracción sea dudoso si vive, debe bautizarse bajo la condición: “Si estás vivo”. Debe recordarse a médicos, madres y comadronas sobre la grave obligación de administrar el bautismo bajo estas circunstancias. Debe tenerse en mente que según la opinión prevaleciente entre los instruidos, el feto es animado por un alma humana desde el principio mismo de su concepción. En los casos de parto en los que el producto sea una masa ciertamente no animada por vida humana, debe bautizarse condicionalmente: “Si sois un hombre”.

(4) Bautismo de Personas con Locura

Los perpetuamente locos, que nunca han tenido uso de razón, están en la misma categoría que los infantes en lo que se refiere a conferir el bautismo, y consecuentemente este sacramento es válido si es administrado.

Si en algún tiempo hubiesen estado sanos, el bautismo otorgado a ellos durante su locura sería probablemente inválido a menos que hubiesen mostrado un deseo por él antes de perder la razón. Los moralistas enseñan que, en la práctica, esta última clase puede siempre ser bautizada condicionalmente, cuando sea incierto si pidieron alguna vez ser bautizados (Sabetti, no. 661). En cuanto a esto, debe notarse que, según muchos escritores, cualquiera que tenga un deseo de recibir todas las cosas necesarias para la salvación, tiene al mismo tiempo un deseo implícito de bautismo, y que un desea más específico no es absolutamente necesario.

(5) Expósitos

Los expósitos deben bautizarse condicionalmente, si no hay modo de averiguar que han sido bautizados válidamente o no. Si se ha dejado una nota con el expósito estableciendo que ya ha recibido el bautismo, la opinión más común es que de todos modos debe recibir el bautismo condicional, a menos que las circunstancias sean claras en cuanto que el bautismo ha sido sin duda conferido. O’Kane (no. 214) dice que debe seguirse la misma regla cuando las comadrona u otras personas laicas han bautizado infantes en caso de necesidad.

(6) Bautismo de los Hijos de Judíos y de Padres Infieles

También se discute la cuestión de si los hijos infantes de judíos o infieles pueden ser bautizados en contra de la voluntad de sus padres. Para la duda general, la respuesta es un decidido no, porque dicho bautismo violaría los derechos naturales de los padres, y el infante estaría expuesto posteriormente al peligro de perversión. Decimos esto, por supuesto, sólo en cuanto a la licitud de un bautismo tal, pues si en realidad fuera administrado, sin duda sería válido. Santo Tomás (III:68:10) es muy claro al negar la legalidad de impartir dicho bautismo, y esto ha sido juzgado constantemente por el Magisterio Pontificio, lo que es evidente por los varios decretos de las Congregaciones Sagradas y del Papa Benedicto XIV (II Bullarii). Decimos que la respuesta es negativa a la cuestión general, porque las circunstancias particulares pueden requerir una respuesta diferente. Pues indudablemente sería lícito impartir dicho bautismo si los niños estuvieran en peligro de muerte; o si hubiesen sido removidos del cuidado paternal y no hubiese posibilidad de regresar a él; o si estuvieran perpetuamente locos; o si uno de los padres consintiera al bautismo; o por último, si, después de la muerte del padre, el abuelo paternal estuviera dispuesto, aún con la oposición de la madre. Sin embargo, si los niños no fuesen infantes, sino que tuviesen uso de razón y tuvieran la instrucción suficiente, deben ser bautizados cuando la prudencia dicte tal curso.

En el célebre caso del niño judío, Edgar Mortara, Pío IX sin duda ordenó que fuese criado como católico, aún en contra de la voluntad de sus padres, pero el bautismo ya le había sido administrado unos años antes cuando estuvo en peligro de muerte.

 

 

(7) Bautismo de los Hijos de Padres Protestantes

No es lícito bautizar a los hijos en contra de la voluntad de sus padres Protestantes; pues su bautismo violaría el derecho paternal, exponiéndolos al peligro de perversión, y sería contrario a la práctica de la Iglesia. Kenrick también condena fuertemente a las enfermeras que bautizan a los hijos de Protestantes, salvo si están en peligro de muerte.

(8) Bautismo Con Consentimiento de Padres No Católicos

¿Debe un sacerdote bautizar al hijo de padres no católicos si ellos mismos lo desean? Ciertamente puede hacerlo si hay razón para tener la esperanza de que el niño será criado como católico (Conc. Prov, Balt., I, decr, x). Una aún mayor seguridad para la educación católica de dicho niño sería la promesa de uno o ambos padres de que ellos mismos abrazarán la Fe.

(9) Bautismo de los Muertos

En cuanto al bautismo para los muertos, un pasaje curioso y difícil en la Epístola de San Pablo ha dado pie a alguna controversia. El Apóstol dice: “De no ser así ¿a qué viene el bautizarse por los muertos? Si los muertos no resucitan en manera alguna ¿por qué bautizarse por ellos?” (I Cor., xv, 29). Parece no haber duda aquí de que exista la absurda costumbre de conferir el bautismo sobre cadáveres, como se practicó más tarde en algunas sectas herejes. Ha sido conjeturado si esta usanza desconocida de los Corintios consistía en alguna persona viva recibiendo un bautismo simbólico representando a otra que hubiese muerto teniendo el deseo de ser cristiano, pero que no pudo realizar su deseo de ser bautizado por una muerte no prevista. Aquellos que dan esta explicación dicen que San Pablo meramente se refiere a esta costumbre de los Corintios como un argumentum ad hominen, cuando se discute la resurrección de los muertos, sin aprobar la usanza mencionada.

El arzobispo MacEvilly en su exposición de las Epístolas de San Pablo, sostiene una opinión diferente. Parafrasea el texto de San Pablo como sigue: “Otro argumento a favor de la resurrección. Si los muertos no han de surgir, ¿qué significa la profesión de fe en la resurrección de los muertos, que se hace en el bautismo? ¿Por qué somos todos bautizados con una profesión de fe en su resurrección?” El arzobispo comenta lo siguiente: “Es casi imposible recapitular algo parecido a la certidumbre en cuanto al significado de estas palabras de significado tan oculto, de la gama de interpretaciones que han sido aventuradas en cuanto a ellas (vea la Disertación de Calmet sobre la materia). En primer lugar, toda interpretación que refiere las palabras ‘bautizado’, o ‘muerto’ con prácticas ya sea erróneas o maléficas, que los hombres podrían haber empleado para expresar sus creencias en la doctrina de la resurrección, debe ser rechazada; pues no parece de ningún modo posible que el Apóstol fundamentara un argumento, aún si fuera lo que los lógicos llaman un argumentum ad hominen, sobre una práctica viciada o errónea. Además, un sistema de razonamiento tal sería bastante inconcluso. Por esto, las palabras no deben ser referidas ya sea con los Clinics, bautizados a la hora de la muerte, o a los bautismos vicarious en uso entre los judíos, para sus amigos que partieron sin el bautismo. La interpretación adoptada en el parafraseo hacen que las palabras se refieran al Sacramento del Bautismo, al cual todos estaban obligados, como condición necesaria, a acercarse con fe en la resurrección de los muertos. ‘Credo in resurrectionem mortuorum’. Esta interpretación -aquella adoptada por San Crisóstomo- tiene la ventaja de dar a las palabras ‘bautizado’ y ‘muerto’ su significado literal. El único inconveniente es que se introduce la palabra resurrección. Pero es entendido en todo el contexto y se respalda por una referencia a otros pasajes de la Escritura. Pues, a partir de la Epístola a los Hebreos (vi, 2) parece que un conocimiento de la fe en la resurrección fue uno de los puntos elementales de instrucción requerida para el bautismo de adultos; y por esto las Escrituras mismas proporcionan el fundamento para la introducción de la palabra. Existe otra posible interpretación, la cual entiende las palabras ‘bautismo’ y ‘muerte’ en un sentido metafórico, y se refiere a ellas en los sufrimientos de los Apóstoles y heraldos de la salvación en su predicación de la Palabra a los infieles, muertos a la gracia y la vida espiritual, con la esperanza de hacerles partícipes en la gloria de una feliz resurrección. La palabra ‘bautismo’ es empleada en la Escritura en este sentido, aún por nuestro Divino Redentor mismo – ‘Tengo un bautismo con el cual ser bautizado’, etc. Y la palabra ‘muerte’ es empleada en varias partes del Nuevo Testamento para designar a aquellos espiritualmente muertos a la gracia y a la justicia. En griego, las palabras ‘para los muertos’, uper ton nekron esto es, por cuenta de o a nombre de los muertos, serviría para confirmar, el algún grado, esta última interpretación. Estas parecen ser las interpretaciones más probables de este pasaje; cada uno, sin duda, tiene sus dificultades. El significado de las palabras les fue conocido a los corintios en los tiempos del Apóstol. Todo lo que puede ser conocido en cuanto a su significado en este período remoto, no puede ir más allá de las fronteras de la probable conjetura” (loc. cit., cap. xv; cf. también Cornely en Ep. 1 Cor.).

XV.            ASOCIADO AL BAUTISMO

(1) Baptisterio

Según los cánones de la Iglesia, excepto en caso de necesidad, el bautismo debe ser administrado en iglesias (Conc. Prov. Balt., I, Decreto 16). El Ritual Romano dice: “Las iglesias en las cuales exista una pila bautismal, o donde exista un baptisterio cercano a la iglesia”. El término “baptisterio” es comúnmente aplicado al espacio destinado para conferir el bautismo. De la misma forma los griegos emplearon photisterion con el mismo fin -una palabra derivada de la designación de San Pablo del bautismo como “iluminación”. Las palabras del Ritual ya citadas, sin embargo, significan que “baptisterio” es una construcción separada hecha con el fin de administrar el bautismo. Dichas edificaciones han sido construidas en oriente y occidente, así como en Tiro, Padua, Pisa, Florencia y otros lugares. En dichos baptisterios, además de la pila, también se construyeron altares; y aquí se confería el bautismo. Sin embargo, como regla, la iglesia misma contiene un espacio delimitado con barandas que contiene la pila bautismal. En la antigüedad las pilas eran anexadas sólo en las iglesias catedrales, pero en el presente casi toda iglesia parroquial tiene una pila. Este es el sentido del decreto de Baltimore citado anteriormente. El Concilio Plenario Segundo de Baltimore declaró, no obstante, que si los misioneros juzgan que la gran dificultad de traer un infante a la iglesia es razón suficiente para bautizar en una casa particular, entonces deben administrar el sacramento con todos los ritos prescritos. La ley ordinaria de la Iglesia es que cuando se confiera el bautismo privado, el resto de las ceremonias deben complementarse no en la casa, sino en la iglesia misma. El Ritual también instruye que la pila debe ser de material sólido, para que el agua bautismal sea conservada con seguridad. Una baranda debe rodear la pila, y debe adornarla una representación de San Juan bautizando a Cristo. La cubierta de la pila usualmente contiene los santos óleos empleados en el bautismo, y esta cubierta debe estar bajo cerrojo y llave, según el Ritual.

(2) Agua Bautismal

Al hablar de la material del bautismo, establecimos que todo lo que se requiere para su validez es agua verdadera y natural. Al administrar el bautismo solemne, sin embargo, la Iglesia prescribe que el agua utilizada debe haber sido consagrada el Sábado de Gloria o en la víspera de Pentecostés. Por lo tanto, para la licitud (no validez) del sacramento, el sacerdote está obligado a utilizar agua consagrada. Esta costumbre es tan antigua que no podemos descubrir su origen. Se encuentra en la mayoría de las liturgias antiguas de las Iglesias Latina y Griegas y se menciona en las Constituciones Apostólicas (VII, 43). La ceremonia de su consagración es clara y simbólica. Después de signar el agua con la cruz, el sacerdote la divide con su mano y la lanza a las cuatro esquinas de la tierra. Esto significa el bautizo de todas las naciones. Después respira sobre el agua y sumerge el cirio pascual en él.

Entonces vacía en el agua, primero el óleo de los catecúmenos y luego el crisma sagrado, y por último ambos óleos santos juntos, pronunciando rezos adecuados. Pero ¿qué sucede si durante el año la provisión de agua consagrada es insuficiente? En ese caso, el Ritual declara que el sacerdote puede agregar agua común a lo que resta, pero sólo en menor cantidad. Si el agua consagrada parece pútrida, el sacerdote debe examinar si realmente es así, pues la apariencia puede ser causada sólo por la añadidura de los santos óleos. Si realmente se ha tornado pútrida, la pila debe ser renovada y debe bendecirse agua fresca por medio de una forma señalada en el Ritual. En los Estados Unidos, el Magisterio Pontificio ha autorizado una fórmula breve para la consagración de agua bautismal (Conc. Plen. Balt., II).

(3) Santos Óleos

En el bautismo, el sacerdote emplea el óleo de los catecúmenos, el cual consta de aceite de oliva y crisma, éste último siendo una mezcla de bálsamo y aceite. Los óleos son consagrados por el obispo el Jueves Santo. La unción en el bautismo es recordada por San Justino, San Juan Crisóstomo y otros ancianos Padres. El Papa Inocencio I declara que es crisma debe aplicarse en la corona de la cabeza, no en la frente, pues esto último se reserva a los obispos. Lo mismo puede encontrarse en los Sacramentarios de San Gregorio y San Gelasio (Martene, I, i). En el rito griego el óleo de los catecúmenos es bendecido por el sacerdote durante la ceremonia bautismal.

(4) Padrinos

Cuando los infantes son solemnemente bautizados, las personas asisten a la ceremonia a hacer la profesión de fe a nombre del niño. Esta práctica viene de la antigüedad y es atestiguada por Tertuliano, San Basilio, San Agustín y otros. Dichas personas son designadas sponsores, offerentes, susceptores, fidejussores, y patrini. El término en español es padrino y madrina. Éstos, a falta de los padres, están obligados a instruir en lo referente a la fe y la moralidad. Es suficiente un padrino y no se permite más de dos. En el caso de que sean dos, uno debe ser hombre y el otro mujer. El fin de estas restricciones es el hecho de que el padrino contrae una relación espiritual con el niño y sus padres, lo que sería un impedimento de matrimonio. Los padrinos mismos deben ser personas bautizadas que tengan uso de razón y deben haber sido designados como padrinos por el sacerdote o los padres. Durante el bautismo deben tocar físicamente al niño ya sea personalmente o por algún otro medio. Lo que es más, se requiere que tengan realmente la intención de asumir las obligaciones como padrinos. Es deseable que hayan sido confirmados, pero esto no es absolutamente necesario. A ciertas personas se les prohíbe actuar como padrinos. Ellos son: miembros de órdenes religiosas, personas de matrimonios distintos, o los padres de los que van a ser bautizados, y en general aquellos objetables por razón de infidelidad, herejía, excomunión o que son miembros de sociedades secretas condenadas, o pecadores públicos (Sabetti, no. 663). Los padrinos también son empleados en el bautismo solemne de adultos. Nunca son necesarios en el bautismo privado.

(5) Nombre Bautismal

Desde los primeros tiempos se daban nombres en el bautismo. Al sacerdote se le indica que nombres obscenos, fabulosos y ridículos, o aquellos de dioses paganos o de hombres infieles no sean impuestos. Al contrario, el sacerdote ha de recomendar nombres de santos. Esta rúbrica no es precepto riguroso, pero es indicado que el sacerdote haga lo que pueda en cuanto a este asunto. Si los padres son razonablemente obstinados, el sacerdote puede agregar el nombre de un santo a aquel en el cual se insiste.

(6) Túnica Bautismal

En la Iglesia primitiva, el recientemente bautizado vestía una túnica blanca por un cierto tiempo después de la ceremonia (San Ambrosio, De Myst., c. vii). Como los bautismos solemnes se llevaban a cabo en vísperas de Pascua o Pentecostés, las vestiduras blancas se asociaron con aquellas festividades. Por ello, el Sabbatum in Albis y Dominica in Albis recibieron sus nombres de la costumbre de dejar de usar en ese tiempo la túnica bautismal que había sido vestida desde la vigilia anterior de Pascua. Se cree que el nombre en inglés para Pentecostés -‘Whitsunday’ o ‘Whitsuntide’, también se derivó de las vestiduras blancas de los recientemente bautizados*. En nuestro ritual hoy en día, se coloca un velo blanco por un momento en la cabeza del catecúmeno como un substituto de la túnica bautismal.

XVI.            CEREMONIAS DE BAUTISMO

Los ritos que acompañan la ablución bautismal son tan antiguos como hermosos. Los escritos de los primeros Padres y las liturgias antiguas muestran que la mayoría de los ritos se derivan de tiempos Apostólicos. El infante es traído a la puerta de la Iglesia por los padrinos, donde es recibido por el sacerdote. Después que los padrinos han solicitado la fe de la Iglesia de Dios en nombre del niño, el sacerdote respira sobre su rostro y exorciza el espíritu maligno. San Agustín (Ep. cxciv, Ad Sixtum) hace uso de esta práctica Apostólica de exorcizar para demostrar la existencia del pecado original. Entonces la frente y el pecho del infante son signados con la cruz, el símbolo de redención. A continuación sigue la imposición de manos, una costumbre ciertamente tan antigua como los Apóstoles. Luego se coloca un poco de sal en la boca del niño. “Cuando se coloca sal en la boca de la persona a ser bautizada”, dice el Catecismo del Concilio de Trento, “significa que, por la doctrina de la fe y el don de la gracia, debe ser liberado de la corrupción del pecado, experimentando un gusto por las obras buenas, y gozar con el alimento de la sabiduría divina”. Colocando su estola sobre el niño, el sacerdote lo introduce a la iglesia, y en el camino a la pila los padrinos hacen una profesión de fe por el infante. El sacerdote toca ahora las orejas y fosas nasales del niño con esputo. El significado simbólico se explica a continuación (Cat. C. Trid.): “Sus fosas nasales y orejas son después tocadas con esputo e inmediatamente es enviado a la fuente bautismal, que, al igual que la vista fue restaurada en el hombre ciego mencionado en la Palabra, a quien el Señor, después de haber esparcido barro sobre sus ojos, le mandó a lavarse en las aguas del Siloé; así también puede entender que la eficacia de la sagrada ablución es tal como traer luz a la mente para discernir la verdad celestial”. El catecúmeno ahora hace la triple renunciación a Satanás, sus obras y sus pompas, y es ungido con el óleo de los catecúmenos sobre el pecho y entre los hombros: “Sobre el pecho, que por don del Espíritu Santo, pueda arrojar de sí el error y la ignorancia y recibir la fe verdadera, ‘pues el justo vivirá por la fe’ (Gálatas 3:11); sobre los hombros, que por la gracia del espíritu santo, pueda sacudir de sí la negligencia y la apatía y participar en buenas obras; ‘la fe sin obras está muerta’ (Santiago 2:26)”, dice el Catecismo.

El infante ahora, a través de sus padrinos, hace una declaración de fe y pide el bautismo. El sacerdote, habiendo mientras tanto cambiado su estola violeta por una blanca, administra entonces la ablución en tres partes, haciendo el signo de la cruz tres veces con la corriente de agua que vacía sobre la cabeza del niño, diciendo al mismo tiempo: “N , yo te bautizo en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”. Durante la ablución, los padrinos del niño ya sea lo sostienen o al menos lo tocan. Si el bautismo es por inmersión, el sacerdote sumerge la parte posterior de la cabeza tres veces en el agua en la forma de una cruz, pronunciando las palabras sacramentales. La corona de la cabeza del niño es ahora ungida con crisma, “para conferirle el entendimiento de que de ese día en adelante está unido como miembro a Cristo, su cabeza, e injertado en Su cuerpo; y por lo tanto es llamado cristiano por Cristo, pero Cristo por crisma” (Catec.). Ahora se coloca un velo blanco sobre la cabeza del infante con las palabras: “Recibe esta vestidura blanca, y que puedas llevar sin mancha antes del juicio de Nuestro Señor Jesucristo, y que tengas vida eterna. Amén”. Entonces se coloca en el catecúmeno una vela encendida, mientras el sacerdote dice: “Recibe esta llama encendida, y que conserves tu bautismo sin culpa. Observa los mandamientos de Dios; que, cuando Nuestro Señor haya de venir a Sus nupcias, puedas salir a Su encuentro con todos los Santos y puedas tener vida por siempre, y vivir por siempre. Amén”. Entonces se le invita al nuevo cristiano a ir en paz.

En el bautismo de adultos, todas las ceremonias esenciales son las mismas que las de los infantes. Sin embargo, existen algunas adiciones que le distinguen. El sacerdote viste la capa sobre sus otras dos vestiduras, y debe ser asistido por un número de clérigos o al menos por dos. Mientras que el catecúmeno aguarda fuera de la puerta de la iglesia, el sacerdote recita algunos rezos en el altar. Luego procede al lugar donde está el candidato, y le hace las preguntas y lleva a cabo los exorcismos casi como se prescribe en el ritual para los infantes. Sin embargo, antes de administrar la sal bendita, solicita al catecúmeno hacer una renuncia explícita de la forma de error a la que estaba previamente adherido, y después es signado con la cruz en la ceja, orejas, ojos, fosas nasales, boca, pecho y entre los hombros. Después, el candidato, de rodillas, recita tres veces el Padrenuestro, y se hace una cruz sobre su frente, primero por el padrino y luego por el sacerdote. Después de esto, tomándole de la mano, el sacerdote le guía hacia dentro de la iglesia, donde adora postrado y levantándose recita el Credo de los Apóstoles y el Padrenuestro. Las demás ceremonias son prácticamente las mismas que para los infantes. Debe notarse que debido a la dificultad de llevar a cabo con el esplendor adecuado el ritual para bautizar a los adultos, los obispos de los Estados Unidos obtuvieron permiso del Magisterio Pontificio para en su lugar emplear el ceremonial del bautismo de infantes. Esta dispensa general duró hasta 1857, cuando la ley ordinaria de la Iglesia entró en vigor. (Vea BALTIMORE, CONCILIOS DE). Sin embargo, algunas diócesis de Estados Unidos, obtuvieron permisos individuales para continuar con el uso el ritual para infantes en la administración de bautismo para adultos.

XVII.            BAUTISMO METAFÓRICO

El nombre “bautismo” en ocasiones se aplica inadecuadamente a otras ceremonias.

(1) Bautismo de Campanas

Este nombre ha sido dado a la bendición de campanas, al menos en Francia, desde el siglo once. Se deriva del lavado de la campana con agua bendita que lleva a cabo el obispo, antes de ungirla con el óleo de enfermos sin incluir crisma e incluyéndolo. Se coloca un incensario humeante bajo ella. El obispo ora para que estos sacramentales de la Iglesia puedan, al sonar de la campana, lanzar a los demonios al vuelo, proteger de las tormentas y llamar a los fieles a la oración.

(2) Bautismo de Naves

Al menos desde los tiempos de las Cruzadas, los rituales han contenido una bendición para naves. El sacerdote ruega a Dios bendecir al buque y proteger a aquellos que navegan en él, como lo hizo con el arca de Noé, y Pedro, cuando el Apóstol se hundía en el mar. La nave es entonces rociada con agua bendita.

El hecho del Bautismo

El término Bautismo procede del verbo griego baptizein, que significa sumergir, lavar. El simbolismo de los efectos del agua como signo de purificación es muy común en la historia de las religiones. Sabemos que Juan Bautista daba el bautismo a todos aquellos que aceptaban su predicación como cambio de vida.

Jesucristo enseñó a los apóstoles un bautismo diferente del conocido por los judíos. No era sólo un símbolo, sino una verdadera purificación y un llenarse del Espíritu Santo. Juan Bautista lo había anunciado: “Yo bautizo con agua, pero pronto va a venir el que es más poderoso que yo, al que yo no soy digno de soltarle los cordones de sus zapatos; él los bautizará en el Espíritu Santo y en el fuego”.

(Lc 3,16)

El hecho más importante para interpretar el Bautismo cristiano es el Bautismo de Jesús, en el que culminan las prefiguraciones del Antiguo Testamento sobre este sacramento.

Los cuatro evangelios cuentan el Bautismo que recibió Jesús (Mc 1, 9-11; Mt 3, 13-17; Lc 3, 21-22; Jn 1, 32-34) y los cuatro conceden excepcional importancia a este hecho porque representa el punto de partida y el comienzo del ministerio público de Jesús (Hch 1,22; 10,37; 1 Jn 5.6). Todos los evangelistas coinciden en narrar dos cosas:

El descenso del Espíritu

La proclamación divina asociada a la venida del Espíritu Santo

Según el judaísmo antiguo, la comunicación del Espíritu significa la inspiración profética. La persona que recibe el Espíritu es llamada por Dios para ser su mensajero (Eclo 48,24; Dn 13,45). Por lo tanto, en el momento del bautismo, Jesús recibió del Padre la vocación y el destino que marcó y orientó su vida.

La proclamación divina “Tú eres mi hijo amado, en ti me complazco” (Mc 1,11; Mt 3,17; Lc 3,22), acompañó la venida del Espíritu. Estas palabras evocan el texto de Isaías que da inicio a los cantos del Siervo de Yahvé (Is 42,1); este Siervo es el hombre solidario con el pueblo pecador, al que libera y salva a través de su sufrimiento y muerte. (Is 53, 1-12).

Con ocasión de su Bautismo, Jesús experimentó su vocación, aceptando la misión y el destino que le llevarían a su muerte violenta. Así se explica que las dos únicas veces que Jesús utiliza el verbo bautizar (Mc 10,38; Lc 12,50) sea para referirse a su propia muerte.

El bautismo par Jesús tiene un sentido concreto: es el acto y el momento en que el hombre asume conscientemente una vocación y un destino en la vida, la vocación y el destino de la solidaridad incondicional con los hombres, especialmente los más pobres, hasta llegar a la misma muerte.

Juan bautizaba en vistas al juicio último de Dios; el Bautismo cristiano es la participación en la muerte y resurrección de Jesucristo; es decir, el bautizado ha muerto a una forma de existencia, para nacer a otra nueva que no acabará jamás.

La Iglesia bautiza porque así realiza el mandato de Jesús resucitado y porque está llena del Espíritu Santo para comunicar la salvación a través de este sacramento.

El Bautismo es el sacramento de la fe (Mc 16,16). Pero la fe tiene necesidad de la comunidad de creyentes. Solo en la fe de la Iglesia puede creer cada uno de los cristianos. La fe que se requiere para el Bautismo no es una fe perfecta y madura, sino un comienzo que está llamado a desarrollarse. En todos los bautizados, niños o adultos, la fe debe crecer después del Bautismo. Cuando se trata del Bautismo de niños, para su crecimiento en la fe es necesaria la ayuda de los padres y padrinos (CIC 1253-1255)

El significado del Bautismo

El Bautismo, por ser un sacramento de iniciación, tiene unos efectos de regeneración e incorporación muy especiales:

“Al bautizado le son perdonados los pecados y recibe una vida nueva, se une a la muerte y resurrección de Jesucristo, participa de su misión sacerdotal, profética y real y es incorporado a la Iglesia”

Perdona los pecados y da una vida nueva

El paso del mar Rojo fue para los israelitas el paso de la esclavitud a la libertad. Por eso el Bautismo, que vinculó a aquellos hombres al destino de Moisés ( 1 Cor 10,2), fue el bautismo de la liberación.

Así mismo, el Bautismo cristiano comporta una experiencia de liberación: de la misma forma que el paso del mar Rojo fue para los israelitas la experiencia fundamental de su liberación, así el paso por el agua bautismal comporta para los cristianos la experiencia de su propia libertad.

Por el bautismo, el cristiano se separa del destino colectivo de una humanidad fatalmente sometida a la esclavitud del pecado, liberándose del pecado original que corrompe y desgarra al hombre y al mundo. La persona que ha vivido la experiencia del Bautismo, ha vivido la experiencia de la liberación del pecado. El pecado ya no tiene dominio sobre los cristianos ( 1 Jn 3, 5-6)

Para el bautizado no existe más ley que la del amor, a eso re refiere Pablo en Rm 13, 8-10 y en Gal 5, 14. Luego la experiencia fundamental del creyente en el Bautismo es la experiencia del amor, no sólo del amor a Dios, sino también del amor al prójimo.

Une al bautizado a la Muerte y Resurrección de Jesucristo.

De la misma manera que Jesús pasó por la muerte, para llegar a una vida sin límites, igualmente el cristiano tiene que pasar por una muerte (el Bautismo), para empezar una nueva vida, la vida de la fe, la vida propia del cristiano. Esto es lo que dice san Pablo en su carta a los Romanos:

“¿Ignoráis acaso que todos a quienes el bautismo ha vinculado a Cristo hemos sido vinculados a su muerte?. En efecto, por el bautismo hemos sido sepultados con Cristo quedando vinculados a su muerte, para que así como Cristo ha resucitado de entre los muertos por el poder del Padre, así también nosotros llevemos una vida nueva. Porque si hemos sido injertados en Cristo a través de una muerte semejante a la suya, también compartiremos su resurrección” (Rm 6, 3-5)

“Morir con Cristo” significa morir al mundo, al orden establecido, como fundamento de la vida del hombre (Gal 6,14) o a los poderes del mundo que esclavizan (Col 2,20), a la esclavitud de la ley (Rom 7,6), a la vida en pecado (Rom 6,6) o a la vida para sí mismo ( 2 Cor 5, 14-15).

Hace participar al bautizado de la misión sacerdotal, profética y real de Jesucristo

Quien recibe el Bautismo queda revestido de Jesús el Mesías, lo que significa que la misma vida de Cristo está presente y actúa en el que ha recibido el Bautismo.

El bautizado, unido a Cristo en la Iglesia, es como Cristo Sacerdote, Profeta y Rey, y está llamado a dar testimonio del Señor en este mundo. El Concilio Vaticano II ha enseñado que “los bautizados son consagrados como casa espiritual y sacerdocio santo por la regeneración y la unción del Espíritu Santo”

( LG 10; cfr. 1 Pe 2, 9-10).

El Bautismo imprime en el cristiano, un sello espiritual indeleble de su pertenencia a Cristo. Este sello no es borrado por ningún pecado, aunque el pecado impida al Bautismo dar frutos de salvación. Dado una vez por todas, el Bautismo no puede ser reiterado.

Incorpora al bautizado a la Iglesia

La Iglesia es la comunidad de los bautizados, pues el efecto fundamental del Bautismo es incorporar al hombre a la comunidad de la Iglesia. La Iglesia es la comunidad de los que libre y conscientemente han asumido como destino en la vida sufrir y morir por los demás, es decir, la Iglesia es la comunidad de los que viven para los demás; es así mismo, la comunidad de los que se han revestido de Cristo, reproduciendo en su vida lo que fue la vida de Jesús el Mesías.

La costumbre de bautizar a los niños desde pequeños data desde los primeros siglos de la Iglesia, pues no es posible privarlos de los efectos que el sacramento produce. El hombre nace con una naturaleza humana caída y manchada por el pecado original, por lo que necesita el nuevo nacimiento en el Bautismo para recibir la Gracia Divina.

La celebración del Bautismo

¿Quién puede recibir el Bautismo y quién lo puede administrar?

Todo ser humano, aún no bautizado, y sólo el, es capaz de recibir el Bautismo.

El ministro ordinario del Bautismo es el obispo y el presbítero y, en la Iglesia latina, también el diácono.

En caso de necesidad, cualquier persona, incluso no bautizada, si tiene la intención de hacer lo que hace la Iglesia al bautizar y emplea la fórmula bautismal trinitaria.

Celebración:

El Bautismo cristiano se celebra bañando en agua al que lo recibe (bautismo por inmersión) o derramando agua por la cabeza (bautismo por infusión), mientras el ministro invoca a la Santísima Trinidad.

El rito completo consta de tres momentos:

Preparación: Consiste en la bendición del agua, en la renuncia de los padres y padrinos al pecado, en la profesión de fe y en una pregunta a los padres y padrinos sobre si desean que el niño sea bautizado.

Ablución o bautismo:

Mientras el ministro baña con agua a quien se bautiza, dice: “Yo te bautizo en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”

Ritos complementarios:

Son la crismación, la vestidura blanca y la entrega de la luz.

La crismación por la que el ministro unge la cabeza a cada bautizado con el santo crisma, como señal de incorporación al pueblo creyente;

La vestidura blanca, signo de la nueva vida y dignidad del cristiano.

La entrega de la luz de Cristo expresada por una velita cuya llama ha sido tomada del cirio pascual.

 

EL BAUTISMO CATOLICO (Ken Guindon)

INTRODUCCION

En mi última plática dije que los evangélicos no van a aceptar el bautismo católico si un católico quería hacerse miembro de su iglesia. Hemos profundizado las raíces del bautismo católico en el AT y visto que nuestro bautismo significa [es] un lavamiento del pecado y además fue realmente prefigurado en el AT. Los evangélicos nos afirman que el bautismo no lava nada porque es solamente un símbolo. Nos dicen que la  regeneración viene del Espíritu Santo cuando uno ha creído en Cristo.

Yo diría que este punto de vista no tiene fundamentos bíblicos. Los argumentos de los evangélicos no me convencen porque no caben ni con la Biblia, ni con los escritos de los Santos Padres. Por fin, los Padres son intérpretes importantes de la fe recibida de los apóstoles. En mi plática de hoy, quiero demostrar toda la importancia del bautismo para nosotros católicos. Quiero enseñarles porque yo, antiguo pastor bautista, regresé a la Iglesia católica después de haber estudiado el bautismo en el NT.

I. TODO COMIENZA CON CRISTO, PRIMERO EN TODO.

Cuando ves a Cristo, ¿qué ves? Yo veo al jefe de un gran ejército de creyentes. Veo al capitán de mi fe. Veo al autor de mi fe. Veo al gran pontífice, el sacerdote según el orden de Melquisedec. Veo al más grande que Moisés. Veo al más grande que Josué, capitán de Israel. Veo al más grande que David, que Salomón, que Isaías, que todos los patriarcas y profetas y reyes de Israel. Veo a él que concluyó un nuevo pacto con su pueblo. Por medio de Cristo, Dios creó un nuevo Israel basado en el sacrifico del Cordero, Cristo. Finalmente, veo que Dios está creando un pueblo por su nombre. El primero en está nueva creación o pueblo es Cristo, mi amor, mi salvador.

Cristo tiene siempre el primer lugar en el plan de Dios. Miren. En Efesios está llamado: Cabeza suprema de la Iglesia (1:22) y piedra angular (2:20), Señor nuestro (3:11). En Colosenses San Pablo dice que Jesús es Primogénito, el Principio, y que estamos enraizados y edificados en él (2:7). ¿De qué importancia es en cuanto al bautismo?

Cabeza suprema y piedra angular nos dicen la misma cosa: Para nosotros católicos, todo empieza con Jesús. El es el primero, la cabeza. Si uno empieza la construcción de un muro, tiene que alinear todas la piedras o bloques sobre la primera piedra. En la Iglesia, que es el edificio de Dios, El Padre a puesto primero a Jesús, como piedra angular. La piedra angular, el jefe de nuestra iglesia fue bautizado en las aguas del Jordán. Pero si el bautismo cristiano limpia la impureza del alma, los evangélicos nos preguntan ¿Por qué fue bautizado Jesús?

San Juan el Bautistero no quiso bautizar a Jesús. Supo que el es “el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo.” Que Jesús no tuvo ningún pecado. Que su corazón fue enteramente vuelto a su Padre. Por esta razón, dijo a Jesús, “Soy yo el que necesita ser bautizado por tí, ¿y tú vienes a mí?”

Buscamos aquí la razón del bautismo de Jesús. Se encuentra en tres cosas, primero en la respuesta de Cristo a San Juan: “Déjame ahora, pues conviene que así cumplamos toda justicia.”

A. PRIMERA RAZON Si Jesús iba a construir su Iglesia de piedras vivientes, era conveniente que él diera el ejemplo en todo. Como fue la primera piedra, la piedra angular y el principio de la iglesia, quiso ser bautizado para abrir el camino, para dar el ejemplo. Si Jesús tuvo que ser bautizado para cumplir la justicia, cuanto más sería para sus discípulos. Recordemos que Jesús vivía bajo la Ley y cumplía toda la Ley. Aceptó todo lo requerido de parte de un Judío. Como Moisés y todo el pueblo israelita, Jesús pasó por las aguas del Jordán. Dio el ejemplo a sus discípulos.

B. SEGUNDA RAZON POR EL BAUTISMO DE JESUS “Y todos iban a San Juan para hacerse bautizado por él.” Y San Juan supo que Jesús sería más grande que él, Juan, el más grande de todos los profetas de Dios, ¡el quiso ser bautizado por Jesús! Pero Jesús tuvo una idea diferente. Sabía lo que hacía. Estaba preparando un pueblo nuevo por su padre. Estaba construyendo las fundaciones de su Iglesia. Iba a mandar a sus discípulos a bautizar a las naciones. Pero luego, desde Pentecostés, todos los que recibirían el bautismo, recibirían al Espíritu Santo para ser regenerados, transformados para ser hijos de Dios por medio de este bautismo.

C. TERCERA RAZON POR EL BAUTISMO DE JESUS No solo Jesús fue bautizado, pero fue ungido por Dios porque empezaba un ministerio. En San Juan leemos: “Y yo no le conocía, pero he venido a bautizar en agua para que él sea manifestado a Israel.” Y Juan dio testimonio diciendo: “He visto al Espíritu que bajaba como una paloma del cielo y se quedaba sobre él. Y yo no les conocía pero el que me envió a bautizar con agua, me dijo: Aquel sobre quien veas que baja al Espíritu y se queda sobre él, ése es el que bautiza con Espíritu Santo. Y yo le he visto y doy testimonio de que éste es el Elegido de Dios.” (Jn 1). Una ILUSTRACION. Tenemos dos elementos, diremos una espada y el fuego. Si ponemos la espada en el agua, no vamos a ver nada. Pero si pusiera la espada en el fuego, la espada se pone rojo con el calor, el fuego se ha unido a la espada. No ha quitado nada del fuego. Lo vemos como antes. Pero la espada tiene algo del fuego. Si entonces, ponemos la espada en el agua, vemos una reacción. La espada ahora hace una reacción sobre el agua, el agua hace ruidos y salta.

Cuando, Jesús, Dios, entró en el agua del Jordán y hubo lugar una transformación de las aguas, una purificación. Jesús, lleno del Espíritu Santo purificó y santificó las aguas para nosotros que lo seguiremos más tarde. Las aguas no han purificado a Jesús, pero fueron purificadas por Jesús. Y las aguas son purificados por el Espíritu Santo. Ahora las aguas nos purifican porque estamos unidos por el bautismo a Jesús. Lo más fuerte transforme lo menos fuerte. Véanse a las notas de la Biblia de Jerusalén. Sin la presencia del Espíritu con el agua no se pasará nada. El agua será siempre y solamente agua.

Jesús entró el primero. Es primero en todo. Nos mandó de entrar en el Reino de Dios por el agua y por el Espíritu Santo. Dijo: “En verdad, en verdad te digo: el que no nazca de lo alto no puede ver el Reino de Dios. El que no nazca de agua y de Espíritu no puede entrar en el Reino de Dios.” (Jn 3:3,5).

Tenemos un testimonio muy bello de un Padre de la Iglesia, S. Gregorio Nacianceno, que dijo lo siguiente sobre el bautismo: “El bautismo es el más bello y magnífico de los dones de Dios… lo llamamos don, gracia unción, iluminación, vestidura de incorruptibilidad, baño de regeneración, sello y todo lo más precioso que hay. Don, porque es conferido a los que no aportan nada; gracia, porque es dado incluso a culpables; bautismo, porque el pecado es sepultado en el agua; unción, porque es sagrado y real (tales son los que son ungidos); iluminación, porque es luz resplandeciente; vestidura, porque cubre nuestra vergüenza; baño, porque lava; sello, porque nos guarda y es el signo de la soberanía de Dios.”

Pero el evangélico no quiere saber nada de un sacramento. Quiere quedarse con símbolos. Me parece un poco como el Judío que no aceptó al Cordero de Dios, Jesús. Quería quedarse con las imágenes y figuras, los bueyes y las ovejas y pájaros como sacrificios. Nosotros debemos pasar adelante, dejando las ombras y figuras.

Hemos visto la importancia del agua en el plan de Dios y queremos obedecer como Naamán para ser limpiado de la lepra que es el pecado. ¿Qué es más difícil a Dios curar o perdonar? Esta fue la pregunta de Jesús a los fariseos. No seamos fariseos, escuchemos a Jesús. Nos dice: “En verdad: El que no nazca de agua y de Espíritu no puede entrar en el Reino de Dios.” (Jn 3:3,5).

Como en el Génesis, el Espíritu está presente con el agua. El bautismo nos une a Cristo y nos da una vida nueva. El bautismo es la puerta de entrada en la familia de Jesús. Es la puerta de la Iglesia y nos hace miembros del Cuerpo de Jesús. Escucha al apóstol Pablo: “En un solo Espíritu hemos sido todos bautizados, para no formar más que un cuerpo, judíos y griegos, esclavos y libres. Y todos hemos bebido de un solo Espíritu.” (1 Cor 12:13).

II. FRENTE AL EJEMPLO DE CRISTO, DEBEMOS DECIR CON LOS QUE ESCUCHARON A PEDRO “¿QUE HEMOS DE HACER, HERMANOS?”

Todos los primeros cristianos fueron bautizados y supieron que el bautismo los purificó de sus pecados. Unos ejemplos claros:… Hech 2:38 “Convertíos y que cada uno de vosotros se haga bautizar en el nombre de Jesucristo, para remisión de vuestros pecados: y recibiréis el don del Espíritu Santo.”

41 “Los que acogieron su Palabra fueron bautizados … tres mil almas.”

22:16 Ananías, dijo a Pablo, “¿qué esperas? Levántate, recibe el bautismo y lava tus pecados invocando su nombre.”

Efesios 5:25-26 “Cristo amó a la Iglesia y se entregó a si mismo por ella, para santificarla, purificándola mediante el baño del agua, en virtud de la palabra.”

Tito 3:5-6 “El nos salvó, no por obras de justicia que hubiésemos hecho nosotros, sino según su misericordia, por medio del baño de regeneración y de renovación del Espíritu Santo que derramó sobre nosotros con largueza por medio de Jesucristo nuestro Señor.”

No permiten, amigos, que les digan que nosotros no enseñamos la Palabra de Dios. Udes han escuchado muchos pasajes bíblicos en estas dos pláticas sobre el bautismo. El baño del agua, es el baño de regeneración. Claro, el agua es un signo del Espíritu Santo, pero recibimos al Espíritu Santo y somos regenerados como hijos de Dios en las aguas del bautismo cristiano.

San Pedro se sirvió de Noé y su familia para enseñarnos la necesidad del bautismo: “ocho personas, fueron salvados a través del agua; a ésta corresponde ahora el bautismo que os salva y que no consiste en quitar la suciedad del cuerpo, sino en pedir a Dios una buena conciencia.” (1 P 3:20-21).

Nosotros Católicos hemos bebido al Manantial y hemos pasado por el diluvio. Gracia al Espíritu Santo, somos hijos y hijas de Dios. Por la gracia de Dios, esperamos continuar unidos a Jesús. Que Dios ayude a cada uno de ustedes de “FIJAR LOS OJOS EN JESUS, EL QUE INICIA Y CONSUMA LA FE.” Heb. 12.

Con ocasión de tu Bautismo

En este viaje que ahora me lleva a las puertas de la Iglesia Católica, mi mayor interés (aparte de las Escrituras, claro está) se llegó a centrar en los primeros quinientos años de la historia del Cristianismo. Mi intención era sencilla; simplemente hallar qué clase de vida llevaba un cristiano en esos tiempos y qué clase de congregación era la Iglesia niña. Si la actual Iglesia Católica es la invención de Constantino, como afirman algunos, un sincretismo forjado por la política imperial, entonces el estudio de los escritos que sobreviven desde aquellos tiempos haría claro el desvío que la Iglesia sufriera supuestamente luego de la muerte de los Apóstoles. Me zambullí de cabeza en los libros seminales del Cristianismo, especialmente en los escritos que los discípulos directos de los Apóstoles nos han dejado.

En ocasión de tu bautismo, José Luis, me gustaría que consideraras algunas de las cosas que hacen a ese momento crucial en la vida de un cristiano y descubras conmigo los elementos que forman este precioso sacramento. Algunas de estas cosas te sorprenderán tanto como me sorprendieron a mí, pero no dudo que la experiencia te dejará enriquecido y con una visión más profunda de la importancia del paso que vas a tomar. Por lo tanto aquí va.

El Bautismo en la Historia

El bautismo fue una vez un rito religioso pagano practicado entre los pueblos de la antigüedad y también entre los judíos. La palabra bautismo es de origen griego: “baptizo” significa sumergir como cuando uno sumerge una pieza de tela en la batea de tintura para teñirla, por ejemplo. Los baños sagrados son comunes a muchas religiones antiguas, como los ritos eléusicos o el hinduismo y el budismo.

El teólogo presbiteriano Francis Schaeffer escribe: “Hay dos señales designadas para marcar la promesa de los pactos [divinos]; la circuncisión en el caso de Abraham y el bautismo en el caso de los cristianos. Sin embargo ninguna de ellas es original. Han sido usadas por muchos pueblos anteriormente y en el caso del Judaísmo y el Cristianismo les han sido dados nuevos significados, que son definitivos por haber sido asignados por Dios mismo.” (“Génesis in Space and Time”, Intervarsity Press 1972)

Los romanos del tiempo de Cristo se interesaron en las religiones místicas de Egipto y Babilonia en algunas de las cuales se practicaba el bautismo como ritual. Por ejemplo en los ritos de iniciación del culto de Isis, el iniciado confesaba sus pecados delante de otros devotos y era luego bautizado en la creencia que el baño ritual lo purificaba de sus faltas y lo enrolaba en las filas de la diosa salvadora.

Los judíos también practicaban el bautismo ritual para purificación, como sabemos por citas varias del Apóstol Pablo y por los documentos sobrevivientes que muestran el uso que el bautismo era común entre los Levitas y las comunidades religiosas no levíticas de diferentes épocas, como por ejemplo entre los Esenios del primer siglo.

El bautismo cristiano deriva del bautismo establecido por Juan el Bautista. La genealogía de Juan en Lucas 1:5,6 indica que el hombre designado por Dios para bautizar a Jesús era descendiente de Levitas por la línea paterna y también materna. Juan es por lo tanto el hombre adecuado para bautizar y ordenar el ministerio de Nuestro Señor. No sabemos precisamente cuál es el origen del bautismo de Juan. Si la idea vino de fuentes judías o paganas, no lo sabemos, pero podemos afirmar que la práctica es adoptada y santificada por su adopción en la Iglesia Cristiana y por el ejemplo de Nuestro Señor Jesucristo.

Otra importante función, la más importante, del bautismo de Juan fue la revelación del Cordero de Dios al mundo. El bautismo entonces no es una invención cristiana sino que fue precedido por ritos similares de otras religiones. Al incluirlo Jesús en la doctrina cristiana por orden y práctica, Nuestro Señor le ha dado un sentido sacramental. El bautismo es el primer sacramento de la Iglesia Cristiana, la primera iniciación y el medio para nacer de nuevo a la realidad del Reino de Dios.

El Salmo 89:11 dice “El Cielo y la Tierra y todas las cosas que ambos contienen me pertenecen, dice el Señor”. Todas las cosas son propiedad de Dios porque por su divina voluntad fueron creadas y por su poder, sabiduría, justicia y amor siguen existiendo aun hasta hoy. Es claro a lo largo y a lo ancho de las Escrituras que Dios puede hacer santo lo que no lo es, para bien de Su propósito. Él ha tomado pecadores de entre los hombres para hacer para sí un “pueblo santo”. Si fuera inapropiado el que Dios tomara elementos del mundo para su propio uso en la adoración veraz… estaríamos todos en un verdadero problema y la salvación humana sería imposible.

Hay muchos libros escritos con el propósito (falaz) de “exponer” prácticas paganas en el cristianismo. Libros Como “The Two Babylons” de Alexander Hyslop y “Babylon Mystery Religion” de Ralph Woodrow. Concluir que una iglesia que adopta un rito pagano es, por lo tanto, pagana, entra en conflicto directo con la adopción del bautismo por Nuestro Señor Jesucristo que lo instituyó para que se practicara públicamente en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.

Es bueno meditar sobre esto porque muchos pueden haber incurrido en blasfemia por medio de seguir razonamientos falaces y condenatorios, “llamando inmundas las cosas que Dios ha santificado” (ver Hechos 10:15).

Cuando estudiamos los escritos de los primeros siglos no dejan de sorprendernos la consistencia, sana uniformidad, sencillez y sentido común de las doctrinas del bautismo y la regeneración. Si alguien creyera que las citas que siguen son caprichosas o maliciosamente seleccionadas, lo invito a leer las obras completas. Fácilmente se comprueba que los únicos que han puesto en duda la eficacia de este sacramento han sido los divisores de la fe, los gnósticos y los no creyentes.

Estos son los mismos que niegan la Trinidad, la deidad de Cristo, la unidad orgánica de la Iglesia. Nunca (Hasta después de la Reforma Alemana del siglo XVI) nadie negó la naturaleza, significado, eficacia o importancia del sacramento bautismal.

Por mil quinientos años la entera cristiandad fue de una sola mente en lo que toca a esta cuestión. El bautismo, como tantas otras cosas, no está descrito en detalle en las Escrituras, y  aunque hay suficiente mención de este sacramento, no hay una “guía” digamos, similar al Padrenuestro, que indique exactamente como bautizar a un prosélito. La Escritura en este caso se completa en la práctica con la tradición guardada desde tiempos apostólicos y es un buen ejemplo de como debiéramos examinar lo que creemos a la luz de lo que han creído los cristianos de todas la épocas, “la fe que fue una vez entregada a los santos” (Judas 1:3).

 

 

 

El Bautismo y nuestra salvación 

Nuestra salvación depende de muchas cosas y no solamente de bautizarnos. Muchas sectas van por el mundo invitando a gente a una comida (he visto esto en las Filipinas) con la condición de que antes de comer declaren “creo en Jesucristo” y sean bautizados. El bautismo no es una marca mágica que nos hace invulnerables al pecado o al juicio de Dios. Tal cosa le resulta obvia a cualquiera que haya leído las Escrituras. Una buena lista de los “elementos” que hacen a la salvación sería la respuesta a la pregunta: ¿Cómo recibo la salvación, justificación, nuevo nacimiento y vida eterna en Cristo Jesús?

He aquí una posible lista de “elementos”.

§         Por medio de creer en Cristo (Juan 3:16; Hechos 16:31)

§         Por medio del arrepentimiento (Hechos 2:38; 2 Pedro 3:9)

§         Por medio del bautismo (Juan 3:5; 1Pedro 3:21; Tito 3:5)

§         Por obra del Espíritu Santo (Juan 3:5; 2 Corintios 3:6)

§         Por medio de la declaración de nuestra fe (Lucas 12:8; Romanos 10:9)

§         Por medio de conocer la verdad (1 Timoteo 2:4; Hebreos 10:26)

§         Por obras (Romanos 2:6,7; Santiago 2:24)

§         Por cumplir los mandamientos (1 Corintios 7:19)

§         Por bondad inmerecida o gracia (Hechos 15:11; Efesios 2:8)

§         Por la sangre sacrificial de Cristo (Romanos 5:9; Hebreos 9:22)

§         Por la justicia o santidad de Cristo (Romanos 5:17; 2 Pedro 1:1)

§         Por el sacrificio en la cruz (Efesios 2:16; Colosenses 2:14)

Nota que la Biblia no nos lleva a “esto o aquello” como respuesta a esta pregunta tan importante. Ninguno de estos elementos es sobrepujante hasta el punto de anular a todos los demás, ninguno de ellos puede ser eliminado, bastando los otros para hacer el trabajo de nuestra salvación. Cada vez que nos enfrentamos a las dicotomías “por fe o por obras”, “por esto o por aquello” no estamos pensando bíblicamente. La totalidad de la salvación humana es obra de Dios y no es algo simple, reducible a una ecuación. Así como no podemos reducir la creación del mundo material a una fórmula química, la creación espiritual que enseña el cristianismo no puede ser reducida a una simple definición estatuoria del tipo “cree en Jesucristo y serás salvo”. Es obvio que los demonios creen en Jesucristo y no son salvos por eso, y que una fe sin obras no sirve para la salvación; ni las obras sirven para nada si no tenemos la fe. El creer debe estar en consonancia con el resto de nuestra vida y con el propósito último de Dios y de su Reino.

¿Sólo un símbolo? ¿Una “declaración pública”?

El bautismo entonces es la puerta a esta gran casa que es la Iglesia de Cristo. No hay que temer el atribuir al bautismo los poderes sacramentales con los que ha sido imbuido por Dios. Muchas sectas consideran el bautismo una simple formalidad simbólica, un acto mínimo. ¿De dónde sale este punto de vista minimalista del bautismo? Ciertamente no viene de tiempos apostólicos. Esto es probado por la uniformidad de creencias en las doctrinas de la antiguas iglesias litúrgicas, el Catolicismo y la Ortodoxia. Por quince siglos no hubo jamás ninguna otra posición doctrinal con respecto al bautismo. Es como resultado de la Reforma que se comienza a pensar en el bautismo como una declaración pública y nada más. Esta es una doctrina que comienza como una reacción histórica y no surge de las Escrituras ni de la práctica continua de quince siglos de historia cristiana. Esta doctrina de la “declaración pública” es el resultado de la lectura inductiva de las Escrituras. En ese sentido los Testigos de Jehová siguen en líneas generales las creencias de las sectas anabaptistas inglesas y norteamericanas de los últimos doscientos años pero no la práctica tradicional cristiana de veinte siglos. Habiendo sido declarada necesaria esta posición anabaptista, se han buscado excusas escriturales para sostenerla; pero como comparto ahora contigo, te resultará evidente que el bautismo es un acto regenerador y milagroso en consistencia con toda la evidencia presentada en las Escrituras y contenida en los documentos tradicionales más antiguos del Cristianismo.

Importancia del Bautismo en la Historia Sagrada

“En el principio Dios creó los cielos y la tierra. La tierra estaba sin forma y vacía, oscuridad cubría el abismo y el Espíritu de Dios se movía sobre la superficie de las aguas. Y Dios dijo…” (Génesis 1:1-2)

Ya conoces de dónde vienen estas palabras y te invito a ver en ellas la presciencia divina que puso las aguas y el Espíritu en estos versículos para testimonio de la originalidad divina de nuestro bautismo. Antes del bautismo hay una tensión y hay oscuridad, pero luego del bautismo se hace la luz en el corazón cristiano comienza la creación espiritual, la segunda fase de la creación por Dios que se realiza en el alma del hombre por la mismas fuerzas que generaron el universo material. (Por favor compara con 2 Cor 4:6 y 6:14 Efe 4:18) Las aguas son concentradas en un lugar y fuera del agua “emerge” la tierra seca de cuyo suelo Dios forma al hombre.

Teófilo de Antioquía (184 A.D.) “Aquellas cosas que fueron creadas de las aguas recibieron la bendición de Dios, de tal manera que esto fuera un signo de que los hombres en un tiempo futuro recibieran arrepentimiento y remisión de pecados a través del agua y baño regenerativo” (Jurgens, “The Faith of the Early Fathers”, Lithurgical Press 1970-79)

Sabemos por las Escrituras que Cristo fue el primogénito de la creación de Dios, pues fue engendrado antes que el tiempo existiera “y por medio de él todas las cosas fueron hechas”. Paralelamente en su bautismo, Jesús comienza la creación espiritual siendo el primogénito (en bautismo y resurrección) de muchos hermanos por venir (Rom 8:29) Así es que en el bautismo se inicia la nueva creación, cuando nos bautizamos nacemos “de arriba” y somos integrados al cuerpo de Cristo.

San Ambrosio en su tratado “De los Misterios” dice: “¿Qué has visto [en el baptisterio]? Ciertamente agua, pero no solamente agua, también has visto a los diáconos allí ministrando y al obispo, haciendo preguntas e invocando… Cree entonces que la presencia de Dios está allí. Considera cuán antiguo es el misterio [del bautismo] prefigurado aun en el origen del mundo, cuando Dios hizo los cielos y la tierra, ‘el Espíritu’, se nos dice, ‘se movía sobre la superficie de las aguas’. El, que se movía sobre las aguas ¿no trabajó sobre esas mismas aguas? El agua entonces es aquello en lo que la carne es sumergida para que todo pecado carnal sea lavado en ella” (Phillip Schaff, “The Nicene and Post-Nicene Fathers”, H. De Romestin, Eerdmans 1983).

La historia de Noé es otro tipo del bautismo. A medida que progresamos en la historia descubrimos más prefiguraciones del bautismo y de sus cualidades. Esto presupone dos cosas: que el bautismo es una declaración íntima de la presciencia de Dios y que es una revelación de su método creativo, una ilustración que nos permite ahondar en el misterio del nuevo nacimiento aunque no seamos doctores en la fe. La liturgia y los sacramentos hacen evidente  el amor y el firme propósito de Dios de salvarnos. En este caso el bautismo revela en nosotros mismos que Dios designó nuestra salvación desde el principio del mundo, haciendo evidente que su amor no sólo es infinito sino también eterno.

En el caso de Noé se representa al bautismo (1 Ped 3:20-22). Este paralelo es mencionado en las Escrituras con frecuencia como así también en los escritos de los primeros Padres de la Iglesia Cristiana. Es de notar no solo la salvación por el paso a través de aguas, el arca cerrada por Dios, el hecho de que Noé fuera carpintero como Jesús lo fue, la aceptación en el arca de los animales limpios e inmundos, el número de almas que se salvaron del diluvio (Noé, que representa a Nuestro Señor, con su esposa, sus tres hijos y nueras son siete almas mas una, lo que pareciera indicar una salvación total). Además de estos detalles tan sugestivos encontramos la paloma con la rama de olivo, símbolo del Espíritu Santo que hace la paz entre Dios y los hombres. ¿Es el cuervo un símbolo del pecado que deja el arca luego del diluvio para no regresar jamás?

San Cipriano (martirizado en la persecución de 258 A.D.) nos deja escrito: “Porque así como en el bautismo del mundo, en el cual la iniquidad antigua fue purgada, aquel que no estaba en el arca de Noé no pudo ser salvado de las aguas, de tal manera no puede ser salvado por el bautismo aquel que no ha sido bautizado en la Iglesia que está establecida en unidad con el Señor de acuerdo al sacramento de la única arca.” (“Las Epístolas de Cipriano” citado en “The Nicene and Ante-Nicene Fathers” de A. Cleveland Coxe, Eerdmans 1985).

Otro pacto entre Dios y los hombres se establece en vida de Abraham. Si lees Génesis 7 y Exodo 12, allí se describe el convenio de la circuncisión. Como ya habrás podido notar la circuncisión no se aplicaba a los nuevos miembros que nacían en la comunidad judía cuando éstos llegaban a la edad adulta. Todo lo contrario, en el octavo día, el bebé era circuncidado y con ello recibido en la comunidad de Israel y de Dios. Nuestra unión con Dios no es un acuerdo intelectual entre dos personas maduras. No, sino que somos herederos de una promesa y nuestro nacimiento en la familia de Dios nos hace ineludiblemente su propiedad, como se le dijo a Abraham: “Todo el que sea nacido en tu casa o comprado con dinero”.  La circuncisión tiene en común con el bautismo el símbolo o representación de dejar la carne atrás, de deshacerse de la carne inservible para poder ser fructífero en el servicio del cielo, dentro del marco de la comunidad divinamente escogida. La circuncisión en el viejo testamento equivale al bautismo en el nuevo testamento (Col 2:11-13) En el bautismo tenemos la circuncisión de Cristo.

Es curioso que también Moisés fuera “salvado de las aguas” y que su circuncisión se mencione en el Génesis así también como la salvación de su hijo, amenazado por un espíritu destructor, se obtiene por medio de circuncidarlo y establecer un “pacto de sangre” entre la esposa de Moisés y Dios (¿Será ella un símbolo de la Nación o de la Iglesia en este caso?)

En el Exodo se nos presenta la otra gran ceremonia del antiguo pacto: La cena del pasaje, la pascua, simbólica del sacrificio de Nuestro Señor. Así como el bautismo es representado por la circuncisión, la Eucaristía es representada por la cena pascual. Nadie podía comer de la cena de Pascua sin haber sido antes circuncidado.

El cruce del Mar Rojo por el pueblo de Dios es la otra apta representación del bautismo (1 Cor 10:12). La esclavitud en Egipto es simbólica de nuestra esclavitud al pecado, al mundo y al Diablo; que terminó cuando los israelitas cruzaron el mar a través de las aguas milagrosamente partidas. El mismo paralelo del diluvio se presenta aquí. Las aguas que salvan a los creyentes causan la muerte de los incrédulos. Así como el diluvio fue seguido de un sacrificio en comunión por Noé y su familia, el paso a través del mar es seguido por la comunión del pueblo en el maná, el pan del cielo, y el agua que sale de la roca que los seguía. De nuevo se nos presentan los sacramentos del bautismo y la eucaristía. El pueblo que sale de Egipto sin embargo, debe nacer de nuevo y engendrar una nueva generación para entrar en la Tierra Prometida. Tal como en la circuncisión, la carne antigua, rebelde y pecaminosa es dejada atrás como las carcazas de la generación quejumbrosa que fueron dejadas en el desierto.

Hay sin embargo una característica del bautismo que no hemos tocado todavía. Ya ves como por símbolos parciales Dios revela al hombre las verdades completas del cielo y esto se completa un poco más al considerar el milagro de Naamán en 2 Re 5. ¡Qué historia asombrosa! Aquí tenemos alguien que es “exterior” a la familia de Dios, un sirio, un enemigo de Israel. Una pequeña esclava israelita le revela al gran Naamán de Siria el camino de la curación por el profeta Eliseo. La jovencita es un tipo simbólico de la Iglesia que apunta a los extranjeros gentiles en enemistad con Dios a la salvación por medio del bautismo. Naamán se rebela por lo que parece un asalto a su dignidad pero a instancias de sus propios servidores se despoja de su orgullosa actitud inicial y se baña siete veces en el Jordán hasta que sus carnes rejuvenecen como la carne de un muchachito (¿No es esto un símbolo claro del nacer de nuevo?) Nótese el paralelo y véase por qué la Iglesia temprana consideraba este pasaje como una prefiguración del bautismo y la regeneración que lo sucede. San Ambrosio en “De los Misterios” usa a Naamán como un símbolo claro del sacramento bautismal y la regeneración que permite que nuestros pecados secretos sean perdonados y dejados atrás con la carne rebelde. Otro escritor de la Iglesia primitiva Efraín el Sirio menciona algo similar en sus “Himnos para la Fiesta de la Epifanía”. Luego veremos los comentarios de Ireneo a este mismo respecto.

Ezequiel, que fuera desterrado a Babilonia alrededor del 599 A.C. tuvo la misión profética de anunciar la futura restauración de Israel a la pura adoración y obediencia a Dios y a sus leyes. Ezequiel 36:22-27 nos revela un tipo del bautismo como agente purificador y esto ¡Cerca de 600 años antes de Juan y Jesús! Este pasaje de Ezequiel une en un arco perfecto las antiguas leyes de purificación de la Torah con el sacramento cristiano del bautismo. (Compárese con Num 8:7, purificación de los Levitas y con Núm 19:17 donde las cenizas del sacrificio y el agua son mezcladas y salpicadas sobre el pueblo para hacerlos “limpios”). Este salpicar puede ser paralelo del salpicar expresado en la profecía mesiánica de Isa 52:15, las palabras de Jesús en Juan 3:3-5 y finalmente la orden universal de “ir y hacer discípulos bautizándolos en el nombre del Padre, el Hijo y el Espíritu Santo”, que se parece mucho en estructura y fraseología al primer mandato de “Creced y multiplicaos” que se encuentra en el Génesis, sugestivamente, siguiendo a la primera creación del hombre.

Zacarías 13:1 menciona una fuente que, en mi opinión, señala inequívocamente al bautismo. Es una alusión a la venida de Cristo al que  se presenta abriendo una fuente para lavar los pecados, y que no se puede interpretar de otra manera. El comentarista John E. Walvoor en “The Bible Knowledge Commentary” (Victor Books, 1985) cita: “Ese día se refiere al futuro día del Señor. La frase “en ese día” ocurre 16 veces en los tres últimos capítulos. En el día de la crucifixión de Jesucristo la fuente fue abierta potencialmente para todo Israel y el mundo entero […] la limpieza espiritual de la nación es asociada en otras partes de la Escritura con la regeneración espiritual de Israel y la inauguración del Nuevo Pacto”

Los comentaristas clásicos y el bautismo

El comentarista del siglo XVIII Matthew Henry escribe en su comentario sobre Zacarías 13:1 lo siguiente: “Esta fuente abierta es el costado traspasado de Jesucristo, de quien se habla en el pasaje anterior, porque de allí salen sangre y agua ambos para nuestra limpieza. Aquellos que miran al Cristo traspasado, y amargamente lamentan los pecados que han causado que se lo traspasara, pueden mirar de nuevo al que traspasaron y regocijarse en él esta vez. Porque le ha placido al Señor el golpear esta roca para que pueda ser para nosotros una fuente de aguas de vida.“  (Matthew Henry’s Commentary, Hendrickson, 1991)

En su comentario “Commentary on the Old Testament” C.F. Keil y F Delitzsch explican: “Por esta agua debemos entender no solamente la gracia en general, sino el agua bautismal que es preparada a través de la muerte sacrificial de Jesús, por la sangre derramada por El y que es salpicada sobre nosotros para limpieza de nuestros pecados en el bautismo”.

Martín Lutero escribe: “Esta fuente bien puede ser entendida como refiriéndose al bautismo en el cual el Espíritu es dado y todos los pecados son lavados”  (“Luther’s Works”, Pelikan, Concordia 1973)

Volviendo a los Evangelios, Juan el Bautista dio testimonio de que él bautizaba con agua en símbolo de arrepentimiento pero Aquel que venía detrás de Juan, bautizaría con Espíritu Santo. En otras palabras no sería ya un asunto simbólico sino una acción sagrada, un sacramento.

El Catecismo Católico expresa: “Celebrados apropiadamente y con fe, los sacramentos confieren la gracia que simbolizan. Son eficaces porque en ellos Cristo mismo está obrando: Él es el que bautiza, Él es el que actúa en los sacramentos para comunicar la gracia que el sacramento simboliza.”

El bautismo entonces no es solamente un símbolo sino también una poderosa transformación interior que es producida por Cristo a través de Espíritu Santo.

En el caso del bautismo de nuestro Señor vemos al Espíritu Santo en la forma de una paloma, como paralelo de la paloma del Génesis en el caso de Noé. El Padre se complace en Jesús y está en paz con él. Este beneficio de la paz con Dios por medio de la permanencia de su Espíritu es común ahora a todos los cristianos que heredan la vida de Cristo por el bautismo. En el bautismo de Nuestro Señor el cielo y la tierra han hecho contacto, por decirlo así, y ahora la creación segunda está en operaciones por medio de la Iglesia Cristiana que tiene en Jesús su primer hermano y miembro. En Juan vemos al viejo pacto ordenando al nuevo. Juan es un levita perfecto, heredero de los derechos sacerdotales por medio de padre y madre. Jesús es un judío perfecto heredero del derecho real de David por medio de María, su madre; José, su padre adoptivo y Dios su Padre en el espíritu desde la eternidad y en la carne por medio de la Inmaculada Concepción.

Un efecto importante de este bautismo es la consagración del agua, el elemento más común en nuestro planeta, para el propósito de la dádiva del bautismo y el perdón por bondad inmerecida.

El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo están presentes en este momento en una sola mente, en un solo acuerdo, comenzando la segunda creación por Dios que muestra la justicia de la primera creación y tiene como primogénito al mismo Verbo que fuera engendrado antes del Tiempo y de la Historia para ser el Obrero Maestro del Universo. Lo espiritual, misterioso, inasible, invisible, se revela ahora en la persona de Jesús y en nosotros en el acto del bautismo sacramental que nos hace nacer de nuevo. ¡Quién pudiera haber imaginado un símbolo tan vivo y perfecto! De nuevo tenemos aquí el agua y por sobre el agua, el Espíritu de Dios.

El nuevo nacimiento es mejor explicado en el caso de Nicodemo, al principio del evangelio de Juan. “Verdaderamente te digo” (en griego “amen, amen”) prepara el escenario para una doctrina que hará temblar los cimientos de las creencias de Nicodemo, el maestro de la Ley.

El griego “anotheo” puede ser traducido como “de arriba” o “nuevamente”, “de nuevo”. Parece que Nicodemo no entendió lo que Jesús quiso decir cuando dijo “El que viene de arriba [anotheo] está por sobre todos los otros”.

Es por eso que Jesús se refiere al acontecimiento aún fresco en la memoria de todos, su propio bautismo cuando la gente tuvo testimonio al ver el Espíritu descender sobre Jesús como paloma.

Nótese que Jesús no explica este tema en un marco de “esto o aquello” sino en un marco de “esto y aquello”. No se trata de “agua o espíritu” sino de “agua y espíritu”.

Es importante notar que el Espíritu puede estar presente en el agua así como el Verbo está presente en la carne. La materia del Universo entero le pertenece a Dios y no es imposible para Él hacer de la materia morada de cosas espirituales.

Lo que sigue a la conversación con Nicodemo es sugestivo, Jesús marcha al Jordán y comienza a bautizar. Estas dos cosas, el bautismo y el nuevo nacimiento no fueron puestas en este mismo capítulo por nada. Son dos cosas asociadas y unidas indisolublemente por Dios mismo. El bautismo entonces no es un símbolo exterior de dedicación solamente sino que además  es el comienzo de la regeneración por Dios, el nuevo nacimiento. No está separado de la fe y la práctica de la fe sino que trabaja en conjunto con los demás elementos para producir la salvación del hombre.

Las sectas anabaptistas de las cuales los testigos de Jehová extraen su propia tradición bautismal como puramente simbólica, disminuyen la importancia del bautismo en sus tradiciones. Sin embargo es tradicionalmente indisputable y bíblicamente demostrable que el bautismo es importante y necesario como sacramento y aún más como primer sacramento de la Iglesia naciente: la fuerte expresión paulina “Un Señor, una Fe, un Bautismo” (Efesios 4:5) debiera probar la importancia de este sacramento más allá de toda duda.

En la comisión de hacer discípulos bautizándolos se define la importancia y la necesidad del bautismo para perdón de pecados pero una más importante característica es revelada en Marcos 9:20. Si bien estas frases finales no aparecen en todas las versiones existentes de Marcos los eruditos han concluido, en años recientes, que es posible que en épocas tempranas se perdiera esta parte final del manuscrito y que la Iglesia, en conocimiento del contenido esencial adhiriera lo que hoy se conoce como “conclusión corta” y que no está en conflicto con ninguna otra parte de la Escritura. (Ver “The Expositor’s Bible Commentary, nota de Walter Wessell, Gabelein, 1984 c. 8 p. 793) Es allí que encontramos “El que crea y es bautizado será salvado pero el que no crea será condenado” . Es importante destacar la autoridad conferida a los discípulos del primer siglo para perdonar pecados a través del sacramento inicial del bautismo. El resto de las Escrituras cristianas confirman esta particularidad de la autoridad apostólica que es otorgada por Cristo luego de afirmar que toda autoridad le ha sido otorgada a él mismo. Para aquellos que creen en el cristianismo silvestre y desperdigado baste este argumento que claramente define y aumenta la autoridad apostólica que se extiende como la autoridad de Cristo, no solo a lo ancho y largo del mundo sino a lo largo de la historia por venir, ya que Cristo no fundó su Iglesia para que las puertas de la muerte y el Hades prevalecieran contra ella o para que se disolviera en apostasía en un par de decenios.

Ireneo, discípulo de Policarpo quien fuera él mismo discípulo del apóstol Juan y heredero de su episcopado dice: “Y una vez más, dando a los discípulos el poder de la regeneración en Dios, [Jesús] les dijo: ‘Id y enseñad a las naciones bautizándolos en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo’ “ (“Contra las Herejías”, citado en “Ante-Nicene Fathers”, Roberts and Donaldson)

El Bautismo de Infantes Como Doctrina Apostólica

Martín Lutero  no entendió que este pasaje excluyera a los infantes en la iniciación bautismal. En sus obras escribe: “¿Quién ha de ser bautizado? Todas las naciones, eso es, seres humanos, jóvenes y viejos… los pequeñines  deben ser bautizados cuando son presentados  para el bautismo por aquellos que tienen autoridad sobre ellos porque ellos no están excluidos en la frase ‘todas las naciones’ y porque el santo bautismo es el único medio para que estos pequeños alcancen la regeneración y el nuevo nacimiento.” (“Luther’s Small Cathecism”, Concordia, 1965). Cuando los anabaptistas discordaron con esta apreciación de Lutero, él apeló al argumento de “totius orbis constans confessio” o sea la confesión [y práctica] de toda la Iglesia, que no es nada más que otra forma de referirse a la tradición cristiana. ¡En pocas palabras, la entera cristiandad no puede haber estado equivocada desde el primer día en un dogma tan fundamental!

Juan Calvino, el reformador suizo del siglo XVI también afirmó la necesidad del bautismo de infantes. En sus “Institutos de la Religión Cristiana” Calvino dedica el entero capítulo 16 al “paedobaptismo” y defiende la antigua tradición en una forma de lo más enérgica. Concluye esta defensa de veintitantas páginas diciendo lo siguiente: “Sin duda  el designio de Satanás al asaltar el bautismo de infantes con todas sus fuerzas, es el ocultar el testamento de gracia divina y gradualmente hacer  desaparecer lo que la mismísima promesa presenta delante de nuestros ojos… por lo tanto a menos que maliciosamente queramos oscurecer la bondad inmerecida de Dios, presentemos nuestros hijos delante de Aquel que les ha asignado un lugar entre sus amigos y familia como miembros de la Iglesia” (“Institutes of the Christian Faith”, Eerdmans, 1983) .

En Hechos 2:37-41 se inicia la gran campaña de predicación mundial en obediencia a esa “gran comisión” recibida en los días previos a la Ascensión de Nuestro Señor. El Apóstol Pedro es quien predica que el bautismo es un prerrequisito para el perdón de pecados y es el momento en que se recibe el Espíritu Santo. Notemos los tres elementos de nuevo reunidos: Creencia, aguas y Espíritu. Esta es la conclusión y la realización de las sombras proféticas proyectadas por la creación del Génesis, el Diluvio y el Arca, Abraham, Moisés, el paso del Mar Rojo, Naamán, Ezequiel etc. y que se aclara ahora en contexto con la conversación de Jesús y Nicodemo.

Agua y Espíritu es el martilleo constante de la Escritura en lo que toca a este tema. ¿Concluiremos que la fe no es imprescindible porque no se menciona en estos contextos?

¡Por supuesto que no! Ya ves que Pedro no llama a la multitud a apoyarse en “sola fide” o fe solamente. Nada debe desbalancearse de tal manera. Si la fe no se menciona (aunque a todas luces está obviamente ahí) eso no significa que el bautismo no es importante o que la fe no es importante para el acto bautismal. El creer y el bautismo son indisolubles en ese sentido. Personas adultas que se bautizan lo hacen porque tienen fe en Jesucristo y en el acto sacramental del bautismo, en el caso de los infantes son los padres o los responsables quienes ejercen la fe en lugar del chiquillo quien no es segregado del pueblo de Dios porque aún no puede razonar lo suficiente como para creer en Dios y aceptarlo como salvador personal. Si las lilas del campo y los pajarillos tienen importancia para Dios, ¡Cuánto más lo tendrán los retoños de sus hijos creyentes y fieles! Concluyo de una vez diciendo que estas distorsiones al sacramento bautismal que hoy vemos realizadas en ciertas sectas son el resultado de las creencias anabaptistas del siglo XVI y que ni siquiera formaban parte de la teología de los primeros y principales reformadores de ese tiempo.

(Ver por favor Hechos 8:27 y 10:1, 44-48 prestar atención en el caso de Cornelio a la expresión “y toda su casa” lo que en la antigüedad incluía a los niños. Ver Hechos 11:14, 18:8 y 1 Cor 1:16)

La tradición judía determinaba que los prosélitos de las naciones circuncidaran a todo varón de la casa, incluidos los niños tal como se cita en las Escrituras en el caso de Abraham. El segundo pacto, el nuevo pacto, siendo mejor y superior al primero no puede excluir a los niños que estaban incluidos en el anterior.

El “Oxford Dictionary of the Christian Church” comenta al respecto: “En los tiempos del Nuevo Testamento se pueden apreciar signos positivos de bautismo de infantes en el hecho de que los hijos de padres cristianos son considerados ‘santos’ en oposición a ser ‘inmundos’; y también son exhortados a obedecer a sus padres ‘en el Señor’ (Col 3:20 y Efe 6:1). No hay ninguna sugestión o mandamiento de que los jóvenes busquen el bautismo al llegar a la edad de la razón” (Oxford University Press, 1989).

Seguramente te habrá venido a la mente el episodio de Mateo 19:14. No debiéramos bloquear el camino de los niños a Jesús, sino presentarlos delante del Maestro.

La doctrina y la experiencia del Bautismo de boca de Jesús y los Apóstoles

Verdaderamente te digo: A menos que uno nazca de nuevo del agua y del Espíritu no puede entrar en el Reino de Dios. Lo que es nacido de la carne, carne es; y lo que es nacido del Espíritu, espíritu es. No te maravilles si te he dicho: “Debes nacer de nuevo para entrar en el Reino de los Cielos” (Juan 3)

¿Qué quiere decir Jesús? Creo que es razonable enfocar el bautismo de Jesús para entender lo que estas palabras quieren decir. En el caso de Jesús el agua de su bautismo y el Espíritu Santo actúan en concordancia con la voluntad divina claramente expresada. Dios ha provisto un sacerdote (Juan el Bautista) y la bendición divina es se oye directamente desde los cielos para dar testimonio a los que están presentes de que este hombre, Jesús, está aprobado por Dios, en paz con Dios. La segunda creación comienza y el modelo perfecto del bautismo es establecido para siempre. El sacerdote heredero de la verdadera tradición de Aarón, el agua del Jordán, el Espíritu Santo que permanece en Jesús, la aprobación del Padre y la presencia del Hijo. Todos a una en este momento crucial de la historia tenemos un maravilloso ejemplo de como ejecutar este sacramento. Esto es lo que significa “nacer de arriba”, “nacer de nuevo”.  En el futuro el sacerdocio Aarónico será reemplazado por el sacerdocio apostólico. El segundo, como el primero, hereda la autoridad conferida en principio por Dios mismo (en Moisés y en Jesús, su antitipo).

Las palabras de Pedro en el Pentecostés son importantes porque es en ese momento que la Iglesia es bautizada en Espíritu Santo. Hechos 2:37-41 confirma que los apóstoles han recibido la autoridad de bautizar para perdón de pecados. Pedro afirma que el bautismo es el requisito indispensable para el perdón y la recepción del Espíritu. Por diez años la Iglesia ha recibido a sus miembros judíos bajo esa condición y en ese orden (El bautismo en esos tiempos precede a la unción en Espíritu Santo). Sin embargo, y para probarle a Pedro que la puerta está ahora abierta a los hombres y mujeres de las naciones, luego de la visión premonitoria, el Espíritu precede al bautismo en el caso de Cornelio. Esta excepción es la mano de Dios afirmando la apertura de las puertas de su Iglesia a las naciones del mundo y la extensión de los beneficios de la salvación por la cruz de Jesús aún a aquellos a cuyas manos Jesús murió. Recordemos que Cornelio es un romano de Italia y que es un centurión. No puede haber ejemplo más fuerte y claro que ése. El Espíritu y el Bautismo ahora están disponibles a todo el mundo sin excepción. El perdón de Cristo en la cruz (“perdónalos Señor, porque no saben lo que hacen”) se ha hecho manifiesto.

En Hechos 8:27-38 es evidente que los apóstoles y diáconos (Hechos 6:5) enseñaron que el bautismo es un requisito elemental  para la salvación. ¿Cómo supo el eunuco etíope que era necesario bautizarse si Felipe no se lo explicó previamente? Como punto adicional nótese que el eunuco reconoce la interpretación de la Escritura como una interpretación autorizada, autoridad que es refrendada luego por testimonio del Espíritu Santo. No hay interpretación personal y solitaria en este caso.

En 1 Cor 7:14 la familia es consagrada por la membresía en el Reino de uno de sus miembros. Cuando los discípulos impidieron que los niños se acercaran a Jesús, en el pasaje de Lucas 18:15 se usa la palabra griega brefos que significa un recién nacido. Jesús no quiere mantener a estos más pequeños fuera de su reino y nos demuestra que su bondad inmerecida alcanza aun a los de tan temprana edad. Él mismo fue circuncidado y aceptado en Israel al octavo día de vida. El rito de la circuncisión es la entrada al pacto antiguo de la misma forma que el rito del bautismo es la entrada al pacto nuevo. Juan Calvino y Martín Lutero están de acuerdo en considerar este pasaje como la razón fundamental para bautizar infantes en la Iglesia.

La conversión de Pablo trae a la mente los elementos que antes expusimos en el asunto de la creación. Pablo está en la oscuridad, ciego, su mente en desorden con una confusión de ideas (recordar el Génesis citado antes). Al llegar Ananías a la casa, éste le dice: “Sé bautizado y lava tus pecados por medio de invocar Su nombre”.  Nótese que se hace la luz para Pablo al caer las escamas que cubrían sus ojos. Nótese que la fórmula es distinta a la usada en otras ocasiones (“cree en Jesucristo” etc.).

No hay nada puramente simbólico en este bautismo, es la acción del Espíritu Santo lo que primero mueve a Ananías a visitar a Pablo en la casa de la Calle Recta y es el mismo Espíritu Santo que comienza a actuar en Pablo a partir del sacramento bautismal.

Pablo, al escribir a los corintios en 1 Cor 10:1-4 hace una hermosa comparación que nos confirma dos cosas. La primera es que el bautismo es lo que nos lleva al Moisés antitípico que es Jesús. Y la segunda que la sumisión al arreglo divino por medio del bautismo nos hace participantes en la “comida sobrenatural” o “milagrosa”  de la Cena del Señor. Es doctrina cristiana cierta que nadie que no haya sido bautizado puede participar del pan y del vino pues no ha puesto detrás de sí al mundo y a la carne para aceptar al Reino de Dios en el Espíritu (ver Hebreos 13:10). ¿De qué otra forma se puede entender este discurso de Pablo si no es así? Realmente no debiera sorprendernos la unicidad de la doctrina de boca de uno de sus Apóstoles, uno que el mismo Señor Jesús eligió para que fuera nuestro apóstol, ya que somos su rebaño de las naciones.

Comentando en este pasaje Matthew Henry explica: “[Los hebreos] tuvieron sacramentos como los nuestros. Fueron bautizados en la nube y el mar por Moisés y fueron hechos así herederos de la obligación a la Ley de Moisés y su Pacto. Fue para ellos un bautismo típico [del nuestro]”

Es necesario recordar que el nombre Moisés significa “Salvado de las aguas”. 

En 1 Cor 6:9-11 se nota el uso sinónimo de las palabras “lavados”, “santificados” y “justificados”.

En muchas de las sectas cristianas se trata de reducir el proceso de salvación a una serie de pasos o etapas que el converso debe completar para ser salvo. En esta lectura de Pablo se nota que los elementos parecen estar en el orden incorrecto ya que algunos sostienen que la justificación viene primero, luego la santificación (identificada por algunos como una mejora moral o cambio de conducta).

Pablo trata estos términos como sinónimos en este caso pero yendo un poco más allá estos términos son puestos en el tiempo aoristo del griego lo que implica una acción ya completada en el tiempo. Es por eso que en el idioma castellano se traduce “habéis sido” para recalcar la perfección del tiempo verbal.

Pablo ha usado este término antes. La palabra apolóuo, de la raíz “lavar” precedida por “apo” que le da el sentido de “afuera” o “echar”. El tiempo es aoristo en este caso lo cual denota un solo instante del tiempo, algo ya ocurrido y completo, nunca una continuidad de acciones que puedan extenderse hasta el presente. Aquí volvemos a encontrar los elementos del agua, el Espíritu y la mención del Padre, de Jesús y del Espíritu Santo bien apunta a la fórmula bautismal ordenada por Jesús “en nombre del Padre del Hijo y del Espíritu Santo”.

Pablo en la carta a los efesios: “Hay un cuerpo y un Espíritu, así como vosotros fuisteis llamados a una esperanza que pertenece a vuestra llamada, un Señor, una fe, un bautismo, un Dios y Padre de todos nosotros”  El Bautismo es una incorporación el Iglesia de Cristo, su cuerpo. Es también una declaración de unión con Cristo para cumplir lo que Jesús mismo pidiera al Padre en Juan 17:20-33.

Un comentario dice: “El Bautismo es el complemento sacramental de la fe, el rito por el cual el hombre logra la unión con Cristo y manifiesta públicamente su cometido” (“The Letter to the Galatians” Brown, Fitzmyer, Murphy en “The Jerome Biblical Commentary”, publ. Por Prentice Hall, 1968).

Siguiendo a Pablo, el Credo Niceno declara: “Reconocemos el bautismo para perdón de pecados”. Algunos sin embardo declaran que el “un bautismo” del que habla Pablo no es el bautismo en agua.

El catedrático protestante Andrew T. Lincoln sin embargo declara: “El ‘un bautismo’ es el bautismo en agua, el rito público de la confesión de un Señor. El bautismo es uno porque es la iniciación y entrada en el cuerpo de Cristo que es un solo cuerpo”. (“Ephesians”, vol. 42 del Word Biblical Commentary, Word Books, 1990).

Tertuliano, en el segundo siglo escribe: “Hay para nosotros uno y solamente un bautismo de acuerdo con los Evangelios del Señor y las Cartas de los Apóstoles como suficientemente se nos dice ‘un Dios, un Bautismo y una Iglesia’. Entramos entonces una vez en la fuente: Una vez que los pecados han sido lavados no debieran repetirse jamás. Agua feliz que de una vez lava y que no se burla del pecador con vanas esperanzas”  (“Ante-Nicene Fathers”, Roberts and Donaldson).

Ver y meditar en estas varias porciones de las cartas apostólicas: Col 2:11-12;  Tito 3:4-7; Efe 5:26; Heb 6:1-4, 1 Ped 3:18-22 .

Comentarios sobre el Bautismo en los escritos de la Iglesia primitiva

El Didacta o la Enseñanza de los Apóstoles

Este tratado o resumen se sabe anterior a la escritura de la mayoría de los escritos del Nuevo Testamento y era usado para instruir nuevos discípulos, entre otras cosas. El documento que nos ha llegado fue usado sin duda en vida de los apóstoles y cumplía la función de un catecismo básico como preparación general previa al bautismo.

“Todo esto apunta a una época muy temprana y muchos estudiosos consideran al Didacta en algún punto temprano de la segunda mitad del primer siglo, esto es, una fecha mucho más temprana que muchos de los escritos contenidos en el Nuevo Testamento”  (“Early Christian Writings”, Andrew Louth, Penguin Books, 1968)

Del Didacta: “Bautizad de la siguiente manera: Después de explicar todos estos puntos, en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, en una corriente de agua. Pero si no hay una corriente de agua cercana, en otro cuerpo de agua, si no la hubiera fría que sea agua caliente pero si no tienes ni una ni otra, vuelca agua sobre la cabeza tres veces en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Y que nadie coma o beba de la Eucaristía sino aquellos bautizados en el nombre del Señor. Porque concerniente a esto el Señor ha dicho: ‘No déis a los perros lo que es santo’”

La Epístola de Bernabé (70 A.D. ~ 100 A.D.)

“Observemos aquí como [el Señor] describe ambos el agua y la cruz en la misma figura, siendo el significado que El les da, ‘bendito es el que desciende en el agua con sus esperanzas puestas en la cruz’… El nos dice aquí que luego de haber descendido al agua cargados de pecados, salimos de ella floreciendo en frutos con reverencia en nuestros corazones y la esperanza de Jesús en nuestras almas”

Clemente de Roma (“La Epístola de Clemente” ~ 96 A.D.)

“¿Por qué hay peleas, tumultos y divisiones entre vosotros? ¿No tenéis vosotros todos un Dios y un Cristo? ¿Es que no hay un Espíritu de gracia derramado sobre todos nosotros?

El Martirio de Policarpo (~ 155 A.D.)

“Y al entrar Policarpo en la arena una voz del cielo se escuchó diciendo ‘Sé fuerte Policarpo y pórtate como un hombre’. Finalmente fue llamado a ser examinado y el Gobernador lo presionaba diciendo: ‘Toma el juramento y te dejaré ir’…‘Insulta a Cristo’. La respuesta de Policarpo fue la siguiente: ‘Por ochenta y seis años lo he servido y El no me ha hecho ningún daño. ¿Cómo puedo blasfemar a mi Rey y Salvador?

De Policarpo dice Eusebio en su “Historia de la Iglesia”: “Policarpo fue instruido por los Apóstoles y por aquellos que vieron al Señor, pero fue designado obispo de Esmirna por los apóstoles para servir allí. Yo mismo lo vi porque vivió una larga vida y era de mayor edad cuando dio su vida en un espléndido martirio. En todo tiempo enseñaba las cosas que había aprendido de los apóstoles, las cosas que la Iglesia transmite y sólo aquellas que son verdaderas”

Basta hacer cuentas para deducir que Policarpo fue bautizado en el año 70, cuando era apenas un niño según se menciona en la Primera Apología de San Justino. De Policarpo se dice que los leones rehusaron atacarlo, se hizo entonces un intento de quemarlo pero el fuego no lo dañó y finalmente tuvo que ser traspasado por una daga.

Ignacio de Antioquía (~35 A.D. – 107 A.D.)

“No es apropiado que haya bautismos si el obispo no está presente” (Epístola a los Esmirneos)

Una Antigua Homilía de Autor Desconocido (120 A.D. ~140 A.D.)

“Concerniente a aquellos que no han mantenido el sello [del bautismo],  El dice ‘Su cresa no morirá y su fuego no se apagará y serán un espectáculo a toda carne’… porque luego que hemos partido del mundo no podemos ya hacer confesión allí ni arrepentirnos ya más. Por lo tanto hermanos si hemos hecho la voluntad del Padre y hemos mantenido la carne pura y guardado el mandamiento del Señor, recibiremos vida eterna. Esto es lo que significa el mantener la carne limpia y el sello [del bautismo] sin mácula hasta el mismo fin para que podamos recibir la vida”

Ireneo de Lyon (130 A.D. ~ 200 A.D.)

“Hay tantas versiones de la redención como maestros hay en estas opiniones místicas. Y al refutarlos demostramos que esta clase de hombres ha sido instigada por Satanás a negar el bautismo que es la regeneración por Dios y al efectuar tal negación niegan y renuncian al total de la fe cristiana.

‘Y se sumergió’, dice la Escritura, ‘siete veces en el Jordán’. No fue por nada que el Naamán de antiguo al sufrir de lepra fue purificado al efectuarse su bautismo. Es buena esta indicación para nosotros, pues para nosotros fue escrita. Porque somos como leprosos en el pecado y somos hechos limpios por medio del agua sagrada y la invocación del Señor. Limpios de todas nuestras transgresiones y espiritualmente regenerados como si fuéramos recién nacidos. Es así que el Señor ha declarado: ‘A menos que uno nazca del agua y del Espíritu, no entrará en el Reino de los Cielos’” (Contra las Herejías).

Y finalmente me gustaría citarte de un documento católico que explica la doctrina de la salvación según es revelada en la Iglesia. Es en bien pocas y buenas palabras que revela la esencia de las enseñanzas apostólicas al decir, en referencia a 1 Cor 6:11.

“Los seguidores de Cristo, llamados por Dios no en virtud de obras de ellos pero por designio y gracia de Él, siendo justificados por el Señor Jesucristo han sido hechos hijos de Dios en bautismo, el sacramento de la fe y participantes de la divina naturaleza, por lo tanto han sido verdaderamente santificados. Deben por lo tanto abrazar y perfeccionar la santificación que de Dios han recibido”

 

(“Lumen Gentium”, no. 40)

Luego de estas palabras podrás entender, José Luis, cuánto me alegro por tu próximo bautismo.

ESPIRITU SANTO -> Bautismo católico

Sinopsis: El bautismo infantil ha sido una práctica cristiana desde el principio de la Iglesia. Es el rito que reemplaza la circuncisión infantil del Antiguo Testamento como signo de la Alianza con Dios.

Rev. 7 de agosto de 2010

Este texto se refiere directamente al tema del bautismo infantil que practicamos los católicos, aunque igual es practicado por otras iglesias cristianas, tal como ocurre entre los presbiterianos (como en este estudio o este otro).

Antes de entrar al tema, tengamos presente el texto bíblico en el cual se pide bautizar a grandes y pequeños. Ocurrió justamente en Pentecostés. Una vez descendió el Espíritu Santo, Pedro hace la primera prédica sobre Jesús a judíos y gentiles, y advierte al final de su sermón:

“Sepa entonces con seguridad toda la gente de Israel, que Dios ha hecho Señor y Cristo a este Jesús a quien ustedes crucificaron.” Al oír esto se afligieron profundamente y dijeron a Pedro y a los demás apóstoles: “¿Qué tenemos que hacer, hermanos?”  Pedro les contestó: “Arrepiéntanse, y que cada uno de ustedes se haga bautizar en el Nombre de Jesús, el Mesías, para que sus pecados sean perdonados. Entonces recibirán el don del Espíritu Santo.  Porque el don de Dios es para ustedes y para sus hijos, y también para todos aquellos a los que el Señor, nuestro Dios, quiera llamar, aun que estén lejos.” Pedro siguió insistiendo con más argumentos. Los exhortaba diciendo: “Aléjense de esta generación perversa y sálvense.” Los que acogieron la palabra de Pedro se bautizaron, y aquel día se unieron a ellos unas tres mil personas” (Hechos 2, 36-41, he resaltado)

Así las cosas, el bautismo, sacramento por el cual se recibe el Espíritu Santo, es para grandes y pequeños. Dicho lo anterior, comencemos nuestra reflexión.

Veamos:

1. EL BAUTISMO DE LOS NIÑOS SE HA PRACTICADO DESDE EL PRINCIPIO DE LA IGLESIA

“En las catacumbas antiguas de Roma donde enterraban a los primeros mártires cristianos, leemos las inscripciones sobre las tumbas de los niños fallecidos. Una de ellas dice, “Aquí descansa Arquilla, recién bautizada; tenía un año y cinco meses cuando falleció el día 23 de febrero”.

Entre otros epitafios encontrados encontramos lo siguientes:

“149. Nacido con el nombre de Pascasio Severo el jueves de Pascua, día anterior a las nonas de abril… quien vivió seis años, recibió la gracia el 11 de las calendas de mayo y depuso sus albas bautismales en el sepulcro la octava de Pascua.

“151. Aquí está puesta Veneriosa, recién bautizada, que vivió seis años, finó el 8 de las idus de agosto.

“152. A Domisio inocente, recién bautizado, que vivió tres años, treinta días”.”

Orígenes, en el siglo III, en sus comentarios a la carta de San Pablo a los Romanos escribe que la Iglesia ha recibido “ha recibido de los apóstoles la tradición de bautizar a los niños”. (tomado de “El Bautismo que ahora os salva” del padre Daniel Gagnon)

Por lo tanto, la Iglesia Católica siempre ha bautizado a los niños.

2. EL BAUTISMO DE LOS NIÑOS LOS HACE APTOS PARA LA GRACIA Y NO TIENE NADA QUE VER CON NUESTRA VOLUNTAD, LA CUAL SE MANIFIESTA EN LA CONFIRMACION

Así resume el punto Frank Morera:

“San Juan Crisóstomo decía en el siglo IV “Nosotros bautizamos incluso a los niños pequeños, aunque no tengan pecados, para que les sea dada la justificación, la filiación, la herencia, la gracia de ser hermanos y miembros de CRISTO, así como la morada del Espíritu Santo” Hermosas palabras que expresan bien el porqué la Iglesia Bautiza. Bautizamos a los niños, porque creemos que este acto es más que una sola declaración de Fe, por que creemos que JESÚS, por el poder del ESPÍRITU SANTO obra en la vida del niño con la Gracia y para esto no hay que tener conciencia del hecho.

Le comentaba a un amigo que criticaba a la Iglesia sobre el hecho de bautizar niños y le hacia la siguiente pregunta: si un niño de meses se enferma, ¿se debe orar o no por el? ¿Se sanara?… la respuesta fue rápida “¡Si!, claro que se puede orar a lo que pregunté: ¿Pero si el niño no entiende la oración?!!! El me contesto que no importaba por que la sanación era un acto de la voluntad de DIOS, yo le contesté: Así es el bautismo, el niño no tiene que entender pues lo ocurre en su espíritu es un acto de la soberana voluntad de DIOS, donde no participa nuestro entendimiento, como dice Romanos 6 este niño queda injertado en CRISTO, para tener vida en EL. ”

No bautizar a los niños cuanto antes es una falta de atención a los dones de Dios, pues la gracia del bautismo es un don gratuito.

3. EL BAUTISMO DE NIÑOS REEMPLAZA EL MANDATO DE LA CIRCUNCISION DE LA ANTIGUA ALIANZA

El dr. Scott Hahn, exministro presbiteriano que se convirtió al catolicismo a causa de los descubrimientos que halló en la Sagrada Escritura y en la historia del cristianismo cuando las estudió sin prejuicios afirma en el libro donde cuenta su proceso de conversión. Descubrió que el bautismo infantil era la actualización del signo de entrada en la Alianza que en el Antiguo Testamento era la circuncisión (HAHN, Scott y HAHN, Kimberly. Roma Dulce Hogar, Rialp, Madrid, 2001, p. 31):

“Por aquel entonces, ya había leído la Biblia tres o cuatro veces y estaba convencido de que la clave para comprenderla era el concepto de Alianza. Está en cada página, y Dios establece una en cada época. Estudiar la alianza me dejó clara una cuestión: Durante dos mil años, desde el tiempo de Abraham hasta la venida de Cristo, Dios había mostrado a su pueblo que quería que los niños estuvieran en alianza con El. El modo era sencillo: bastaba darles el signo de la alianza.

En el Antiguo Testamento el signo de entrada a la alianza con Dios era la circuncisión. En el Nuevo Testamento, Cristo había sustituído ese signo por el Bautismo. Pero en ningun sitio leí que los niños debían ser excluidos de la alianza; de hecho, le encontré diciendo prácticamente lo contrario: «Dejad que los niños se acerquen a mí y no se lo impidáis, porque de ellos es el reino de los cielos» (Mt 19, 14).

También hallé a los apóstoles imitándole. Por ejemplo, en Pentecostés, cuando Pedro acabó su primer sermón, llamó a todos a aceptar a Cristo, entrando en la Nueva Alianza: «Arrepentíos y bautizaos en el nombre de Jesucristo, para remisión de vuestros pecados, y recibiréis el don del Espíritu Santo. Porque para vosotros es esta promesa y para vuestros hijos… » (Hch 2, 38-39)” (HAHN, Scott y HAHN, Kimberly. Roma Dulce Hogar, Rialp, Madrid, 2001, p. 31. Reproducido con autorización)

La evidencia bíblica al respecto, se encuentra en Colosenses 2, 11-12:

“En Cristo recibieron una circuncisión no humana, no quirúrgica, que los despojó enteramente del cuerpo carnal. Esta “circuncisión de Cristo”  es el bautismo, en el cual fueron sepultados con Cristo. Y en él fueron luego resucitados por haber creído en el poder de Dios que lo resucitó de entre los muertos. ”

Dice el padre Daniel Cagnon:

“Por dos mil años, desde el tiempo de Abraham hasta la venida de Cristo, Dios mostró a su pueblo que quería que los niños pertenecieran al Antiguo Pacto con Él: Y estableceré mi pacto entre mí y ti, y tu descendencia después de ti en sus generaciones, por pacto perpetuo… guardarás mi pacto, tú y tu descendencia después de ti por sus generaciones (Gn 17, 7,9-10). En el AT, la señal de entrar en el convenio con Dios era la circuncisión: Será circuncidado TODO varón de entre vosotros (Gn 17, 10). Se hacía ocho días después de nacer (Ver Isaac en Gén 21, 4 y Pablo en Flp 3,5).

Con Cristo la señal cambió al bautismo. El Nuevo Pacto es ahora una circuncisión de Cristo; sepultados con él en el bautismo: En él también fuisteis circuncidados con circuncisión no hecha a mano, al echar de vosotros el cuerpo pecaminoso carnal, en la circuncisión de Cristo; sepultados con él en el bautismo, en el cual fuisteis también resucitados con él, mediante la fe en el poder de Dios que le levantó de los muertos (Col 2, 11-12).

Como vimos nos acercamos a Jesús por el bautismo (Gá 3,27) y Cristo ordenó que los niños participaran: Dejad a los niños venir a mí, y no se lo impidáis; porque de los tales es el reino de los cielos (Mt 19, 14).”

“El niño tiene derecho de ser revestido por Cristo (Gá 3, 27) y participar en su muerte (Ro 6, 3-4). Por eso la Iglesia bautizó a los niños desde el principio, siguiendo en eso a los Apóstoles. Pablo dijo: el marido incrédulo es santificado en la mujer, y la mujer incrédula en el marido; pues de otra manera vuestros hijos serían inmundos, mientras que ahora son santos (1 Co 7, 14). Al argumento evangélico de que un bebé no puede ser un cristiano porque no tiene una relación personal con Cristo le falta reflexión. Consideramos la relación paralela entre la criatura y su mamá. Esta es claramente una relación personal que el bebé tiene con ella aunque no puede conceptualizar quiénes son sus parientes. Sus padres le cuidan, le aman, le sostienen aún antes de que el bebé pueda reciprocar. El bebé definitivamente tiene una relación con ellos: ¡Son sus papás!. Pasa lo mismo en su relación con Dios. Es SU hijo.” (“El Bautismo que ahora os salva”: Fe y bautismo según las Escrituras. El Bautismo de los niños. El Bautismo por inmersión, Daniel Gagnon, en APOLOGETICA.ORG)

 

Actualmente, en el bautismo se da nombre a los niños, exactamente como se hacía en la circuncisión bíblica. Basta examinar el evangelio de Lucas para verificar esta práctica (Lc 1, 59ss; Lc 2, 21)

4. CUANDO JUAN BAUTIZA A JESUS ADULTO, NO ESTABA EJERCIENDO EL SACRAMENTO DEL BAUTISMO

El bautismo de Juan a Jesús no es el mismo bautismo actual. Por eso es que los que recibieron “el bautismo de Juan” tuvieron que ser bautizados nuevamente (Hch 19, 1-7):

“Mientras Apolo estaba en Corinto, Pablo llegó a Éfeso atravesando las regiones altas; encontró allí a algunos discípulos  y les preguntó: “¿Recibieron el Espíritu Santo cuando abrazaron la fe?” Le contestaron: “Ni siquiera hemos oído decir que se reciba el Espíritu Santo.” Pablo les replicó: “Entonces, ¿qué bautismo han recibido?” Respondieron: “El bautismo de Juan.” Entonces Pablo les explicó: “Si bien Juan bautizaba con miras a un cambio de vida, pedía al pueblo que creyeran en aquel que vendría después de él, esto es, en Jesús.” Al oír esto se hicieron bautizar en el nombre del Señor Jesús,  y al imponerles Pablo las manos, el Espíritu Santo bajó sobre ellos y empezaron a hablar lenguas y a profetizar. Eran unos doce hombres. ”

¿Cómo se explica esto? Basta leer Juan 7, 39:

“Decía esto Jesús refiriéndose al Espíritu Santo que recibirían los que creyeran en él. Todavía no se comunicaba el Espíritu, porque Jesús aún no había entrado en su gloria.”

“Pero mientras los evangelistas vinculan estrechamente el descenso del Espíritu con el bautismo de Jesús (que se produce inmediatamente después de su bautismo), no equiparan ambas cosas ni las unen bajo el término único de “bautismo”. Además ninguno de los escritores del NT habla del bautismo de Jesús como el modelo del bautismo cristiano.” (Douglas, J.D.: Nuevo Diccionario Biblico : Primera Edición. Miami: Sociedades Bíblicas Unidas, 2000)

5. EL ESPÍRITU NO DEPENDE DE LA ACEPTACIÓN DE LA FE

Finalmente, es claro que el Espíritu no depende precisamente de nosotros, como para decir que si un bebé no es consiente en nada le beneficia el Espíritu Santo.

” Y todo esto es obra del mismo y único Espíritu, que da a cada uno como quiere.” (1 Corintios 12, 11)

 

San Pablo se quejaba de los gálatas porque creían que el Espíritu dependía de una declaración consiente de fe.

“¡Qué tontos son ustedes, gálatas! ¿Cómo se han dejado hipnotizar ustedes, a quienes se les presentó a Cristo Jesús crucificado como si lo vieran? Les preguntaré sólo esto: ¿recibieron el Espíritu por haber practicado la Ley o por haber aceptado la fe?  ¡Qué tontos son! ¡Empezar con el espíritu para terminar con la carne!  ¡Haber probado inútilmente favores tan grandes! Inútilmente… ¿sería esto posible?” (Gálatas 3, 1-4)

“Nacer de nuevo” y el Bautismo

¿Cómo entendían el Bautismo los primeros cristianos?

El salmón asado ardía en su plato mientras Andy y su familia se sentaron para la cena. No antes de que ellos se persignaran para bendecir la comida, el timbre sonó. Andrew se levantó el mismo para contestar a la puerta mientras la familia comenzaba a comer.

Dos caras sonrientes se asomaron en la puerta. “Buenas noches, esperamos no interrumpir su cena”. Volteando sus ojos, Andy respondió, ¿puedo ayudarlos? La primera cara sonriente dijo, “Somos de la Iglesia Bautista local y nos paramos para ver si ustedes han nacido otra vez.”

Andy había sido católico toda su vida y recordaba haber oído la frase en algún lugar en el pasado, pero en eso momento el dudó. “Bueno, humm! Yo soy católico. La segunda cara sonriente mostró una muestra de jovialidad. “¿Pueden venir y compartir el Evangelio con nosotros? Andy exclamó, “En este momento estamos en el medio de la cena quizás en otro momento.” “Está bien”, dijeron deleitados los Bautistas, “¿qué te parece el siguiente Martes en la noche? Andy dio un respiro y dijo “de acuerdo”.

Sentándose ya con el salmón frío, se dio cuenta que tenía mucho trabajo por hacer. Después de la cena se retiró a su morada, tomó su biblia y su catecismo y se puso a trabajar. Tome unos minutos y estudie a lado de Andy mientras el se prepara par la visita del Martes y para el inevitable debate de la frase muy trillada “nacer otra vez”. Andy comenzó leyendo el tercer capítulo del evangelio de San Juan. Abre tu Biblia y lee a lado de Andy.

Andy comenzó su misión con una lluvia de preguntas. ¿Se encuentra la frase “nacer otra vez” en la Biblia (Juan 3:3)? ¿Menciona el Catecismo el “nuevo nacimiento” (CCC 720, 591)? Para entender esto, Andy pensó acerca de Nicodemo. ¿Qué representa Nicodemo y su sistema legalista (Rom. 7:5-6; CCC 1963)? ¿Puede la ley judía traer un nuevo nacimiento y salvación? ¿Haber nacido de la semilla de Abram será suficiente para la salvación (Mat. 3:8-9; Juan 8:33-47)? ¿Qué es lo que Jesús está trayendo a la humanidad (Hebr. 9:15; 12:24, Luc. 22:20; CCC 292)?

Después de pensar acerca de Abram, Andy concluyó que las enseñanzas de Jesús fueron basadas obviamente en las páginas del Antiguo Testamento las cuales Nicodemo debió haber sabido bien. ¿Cómo explicó el Antiguo Testamento la aproximación de la Nueva Alianza (Ez 35:25-27; Jer 31:31-34)? Como podría haber descrito Ez 37:1-10 la Nueva Alianza (CCC 71 5)?

Después, Andy buscó el origen de este nuevo nacimiento y que significaba. ¿Quién efectúa este nacimiento desde las alturas (Juan 1:12-13; CCC 505, 526)? La palabra Griega para “nacer otra vez” es “anothen” la cual puede ser definida como “nacido desde las alturas”. ¿Cómo Nicodemo entendió equivocadamente el uso que Jesús hacia a la palabra “anothen” en el versículo 4? ¿Cuáles dos elementos son necesarios para “entrar al reino de Dios” (Juan 3:5)? ¿Es la fe necesaria (CCC 505)? ¿Proclama Jesús la “sola fe” como el medio de llevar al cabo el nuevo nacimiento? ¿Qué es lo que Jesús quiere decir con “nacido del agua y del Espíritu”? (Tito. 3:5; 1 Ped. 3:20-21; CCC 720, 1215, 1225, 1257; ver también Hech. 2:38; 22:16). ¿Cuál fue el resultado de este nacimiento desde las alturas (2 Cor. 5:17; CCC 1214)?

¿Quién fue el padre de los líderes judíos (Juan 8:44; CCC 2852)? ¿Nuestros primeros padres incurrieron en la muerte por actuar en la palabra de Satanás; nosotros somos engendrados nuevamente por escuchar a cual palabra (1 Ped. 1:23; CCC 1228, 2769)? ¿Cuál es nuestro estado natural (Ef. 2:1-4)? ¿Qué nos provee Dios  (Juan 1:12-13; 3:5; 2 Cor. 5:17; CCC 1214)? ¿Qué diferentes nacimientos contrasta Jesús en el versículo 6? ¿Porqué es la Iglesia llamada nuestra Madre (CCC 507)? ¿Es el bautismo necesario para la salvación (1 Ped. 3:21; CCC 846; 1257)? Andy supo que los Bautistas preguntarían acerca de el ladrón en la cruz – ¿el ladrón no estaba bautizado?” (Luc. 23:39-43; CCC 1258-1260) Los judíos hacían la circuncisión a sus infantes como un signo y una entrada en la Antigua Alianza (Gén. 17:6-14; Luc. 2:21; CCC 1150)? En la Nueva Alianza, que es lo que toma el lugar de la circuncisión (Col. 2:11-13; CCC 527)?

Andy se preguntó si el contexto ayudaría a explicar las palabras de Jesús acerca de “el agua y el Espíritu”. El descubrió que siendo “nacido desde lo alto” claramente se refería al bautismo por el mismo contexto y estructura de el texto. ¿Qué acababa de pasarle a Jesús-algo todavía fresco en las mentes de cada uno (Mat. 3:16; Jn 1:31-32)? ¿Cómo estaban “el agua” y “el Espíritu” involucrados en este reciente evento (Gén. 1:1-2). Andy descubrió algo al final de el diálogo que confirmó su intuición acerca del contexto. ¿Qué es lo que hizo Jesús inmediatamente después de hablar con Nicodemo (Juan 3:22-26; 4:1)? ¿Cómo concluyó Andy que esta estructura confirmó el nuevo nacimiento que vino a través del bautismo?

Andy esperaba que los bautistas se resistieran a la enseñanza histórica y católica de la regeneración bautismal. El se preguntaba como los protestantes re-interpretaban este pasaje. El estudio mostró que algunos reducen el “agua” a semen, o a los fluidos amnióticos que acompañan al nacimiento natural. Andy sonrió entre dientes, cierto que este fue un pensamiento deseoso sin base bíblicas o precedente en el pensamiento judío. Otros claman que “el agua” y  “el Espíritu” son sinónimos, como en “el agua, igual al Espíritu”. Estas interpretaciones novedosas parecían  intentos recientes para rechazar a las conclusiones católicas.

El encontró que el comentador protestante R.V.G. Tasker estuvo de acuerdo, “A luz de la referencia de la práctica de Jesús de el bautismo con agua en el versículo 22, es difícil explicar las palabras “de agua y del Espíritu” conjuntamente, y considerarlas como una descripción de el bautismo cristiano, en el cual la purificación y la obtención de los dones son elementos esenciales” (Tyndale Comentarios del Nuevo Testamento: El Evangelio Según San Juan [Grand Rapids, MI: Eerdmans Publ., 1977], 4:71).

Debido a que Martín Lutero había iniciado el rompimiento protestante con la Iglesia Católica, Andy le echó una vista a Lutero. Lo que encontró lo sorprendió. “Aquí [Juan 3:5] Cristo está hablando de el bautismo, de agua real y natural como la que la vaca toma….Aquí Cristo también habla del Espíritu Santo y nos enseña a ver el bautismo como agua espiritual, sí, agua llena de el Espíritu, en la cual el Espíritu Santo está presente y activo…Y entonces la persona que ha sido bautizada se dice que ha nacido nuevamente…..En este pasaje Cristo declara que cualquiera que no nazca nuevamente del agua y del Espíritu Santo no puede entrar en el reino de Dios. Por esto las palabras de Dios desafían cualquier intento de alteración. Claro, nosotros sabemos bien que el bautismo es agua natural. Pero que el Espíritu Santo es añadido a esta, tenemos más que solamente agua. Esta llegar a ser un baño verdadero de rejuvenecimiento, un baño vivo que lava y purga al hombre del pecado y la muerte, que lo lava de todo pecado”  (“Sermones en el Evangelio de San Juan” Trabajos de Lutero ed. Jarsolav Plikan [St. Louis, MO: Concordia Publ. House, 1957], 22:283).

Andy miró de nuevo sus notas y sintió que estaba listo para compartir su descubrimiento a sus visitantes bautistas. ¿Estaría nervioso? No, con una preparación adecuada el estaba confiado. Por primera vez el comprendió que “el nacer otra vez” fue el resultado del bautismo. Desde ahora en adelante, cuando un bautista amistosamente preguntara a Andy que si el volvió a nacer, él haría una sonrisa y exclamaría confiadamente, “¡Puedes estar seguro de eso!” El entonces les pediría abrir sus biblias en Juan 3:5 y entonces…

* * *

Finalmente, veamos lo que pensaban los primeros cristianos, reconocidos como maestros en toda la Iglesia de la antigüedad:

San Justino Martir (c. 100-c. 165), “Ellos entonces han sido traídos por nosotros donde hay agua, y son regenerados en la misma manera en la cual nosotros mismos nos regeneramos [renacimos]: en el nombre de Dios el Padre…y de nuestro Salvador Jesús Cristo, y de el Espíritu Santo, ellos entonces reciben el lavado de agua. Cristo dijo, ‘A menos que ustedes nazcan de nuevo, ustedes no entrarán en el reino de los cielos’…La razón para hacer esto, la hemos aprendido de los apóstoles” (La Primera Apología 1,61) (Ante-Nicene Fathers, ed. Alexander Roberts y James Donaldson [Grand Rapids, MI: Eerdmans, 1985], 1:183).

San Teófilo de Antioquía (murió c. 185 A.D.), fue quien primero acuño la palabra “Trinidad”, escribe, “Aquellas cosas que fueron creadas de las agua [Gén. 1] fueron bendecidas por Dios, así que esto puede ser un signo que el hombre recibiría en un tiempo futuro arrepentimiento y absolución de sus pecados a través del agua y del baño de la regeneración” (A Autolycus 2, 16) (William Jurgens, La Fe de los Primeros Padres [Collegevillle, MN: Liturgical Press, 1970], 1:175).

Origen (c. 185-c. 254) “La Iglesia recibió de los apóstoles la tradición [costumbre] de dar el bautismo aún a los infantes. Para los apóstoles, a quienes fueron encomendados los secretos de los misterios divinos, supieron que hay en cada uno la mancha innata del pecado, la cual debe ser lavada a través del agua y del Espíritu” (Comentarios sobre Romanos 5,9) (Jurgens, La Fe de los Primeros Padres, 1:209).

San Agustín (AD 354-430) “¿Quién es tan malvado para querer excluir a los infantes de el reino de los cielos prohibiendo que ellos sean bautizados y que nazcan de nuevo en Cristo?” (Pecc. Merit. 3, 6, 12)(Nicene and Post-Nicene Fathers, ed. Philip Schaff [Grand Rapids, MI: Eerdmans Publ., 1971], 5:244). “Esto [bautismo de infantes] la Iglesia lo a tenido, siempre mantenido; esto ella lo recibió por la fe de nuestros ancestros; esto ella perseveradamente lo defiende hasta el fin” (Sermon 11, De Verb Apost) (Enciclopedia Católica, ed. Charles Herbermann, et al, [New York: Robert Appleton, 1907], 2:270).

 

En verdad te recomiendo que no especules sino que seas real, se un verdadero cristiano y no un ignorante.

 

Recopilado y elaborado por: Ervin Ariel Jarquín Urbina.

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