¿Sabes quién es Antonio Motesino y Pedro de Córdoba?

Antonio de Montesinos

Fray Antón o Antonio Montesino, O.P. (c. 1475 – Venezuela, 27 de junio de 1540), fue un misionero y fraile dominico español, junto a la primera comunidad de dominicos de América a la cabeza de su vicario fray Pedro de Córdoba, se distinguió en la denuncia y la lucha contra el abuso, explotación y el trato inhumano al que se sometía a los indígenas por parte de los colonizadores españoles en la Isla La Española, y que causó la conversión posterior de Fray Bartolomé de las Casas a la defensa de los indios.

Antonio Montesino ingresó en la Orden de Predicadores en el Convento de San Esteban de la ciudad de Salamanca, donde realizó todos sus estudios. Al concluir su año de noviciado hizo su profesión como religioso dominico el 1 de julio de 1502. Posteriormente, al terminar sus estudios de teología y ya ordenado sacerdote fue asignado al Real Convento de Santo Tomás de Ávila en 1509, de reciente construcción, en compañía de fray Pedro de Córdoba, fray Bernardo de Santo Domingo, fray Tomás de Fuentes y fray Domingo Velázquez.[1]

En 1510 formó parte del primer grupo de misioneros dominicos que se embarcaron con destino al Nuevo Mundo, luego de obtener la Real Cédula con fecha de 11 de febrero de 1509, que les concedía el pase a Indias de 15 religiosos y 3 personas laicas. El primer grupo de dominicos conformado por fray Antonio Montesino, fray Pedro de Córdoba, fray Bernardo de Santo Domingo y fray Domingo de Villamayor, arribó al puerto de Ozama, Santo Domingo, Isla La Española, en los postreros días del mes de septiembre de 1510. En sucesivas expediciones llegaron los demás religiosos hasta completar el número de 15 frailes.

Riguroso religioso observante de gran virtud y de sólida y sobresaliente energía, se preocupó en defender con gran valor a los indios. Predicó por encargo de su comunidad religiosa los famosos sermones del 21 y 28 de diciembre de 1511. Regresó a España en 1512 para informar al rey sobre la doctrina que defendían los dominicos en la Isla La Española. Trabajó como misionero en la Isla La Española y en la Isla de San Juan (Puerto Rico), donde se quedó gravemente enfermo en la primera expedición de los dominicos a Tierra Firme (Venezuela) en 1514, para regresar después a la ciudad de Santo Domingo, luego de haber fundado un convento en 1515. Viajó de nuevo a España por septiembre de 1515, en negocios de su comunidad. En 1521 fundó un convento en la ciudad de San Juan Bautista de la Isleta, junto a otros cuatro religiosos de su Orden, base de la primera universidad en Puerto Rico fundada en 1532. Fue el predicador en el entierro de su compañero de lucha, fray Pedro de Córdoba, el domingo 5 de mayo de 1521, fiesta de Santa Catalina de Siena, para su predicación escogió el Salmo 133 (132): «Qué bueno y agradable, cuando viven juntos los hermanos».

Finalmente, le encontró la muerte en Venezuela el 27 de junio de 1540. No se sabe con exactitud cómo murió, en el Libro Antiguo de Profesiones, al margen de la nota de su profesión, está escrita: «Obiit martyr in Indii»; y en el mismo convento de San Esteban de Salamanca, a la entrada del refectorio, se halla rotulado por mártir.

Para perpetuar su memoria y su lucha por la justicia en favor de los indígenas del Nuevo Mundo, fue colocado una gran estatua suya en actitud de grito, en el paseo marítimo (Malecón) de la ciudad de Santo Domingo (República Dominicana), frente al mar Caribe. La estatua de piedra y bronce, de 15 metros de altura, diseñada por el escultor mexicano Antonio Castellanos Basich, fue donado al pueblo dominicano por el gobierno mexicano e inaugurado en 1982 por los presidentes de México y la República Dominicana.

Defensa del indio

Al poco tiempo que arribaron al Nuevo Mundo, los frailes dominicos pronto tomaron conciencia de la situación de los indios taínos, por el trato inhumano que recibían de parte de los colonizadores y encomenderos, después de deliberar en comunidad tomaron conjuntamente la decisión de denunciar públicamente. Nombraron como su portavoz a fray Antonio Montesino para pronunciar el sermón del 21 de diciembre de 1511, en contra de la encomienda y la esclavitud de los nativos. Montesino proclamó a los conquistadores «que todos estáis en pecado mortal y en él vivís y morís, por la crueldad y tiranía que usáis con estas inocentes gentes».

El sermón causó el desasosiego de los conquistadores y autoridades que estaban presentes, entre ellos el gobernador Almirante Diego Colón, y la reacción en contra de los frailes, a quienes quisieron reprenderlos y exigirles a desdecirse públicamente de sus afirmaciones. Sin embargo, en el sermón del siguiente domingo fray Antonio Montesino ahondo aún más su prédica anterior, como habían acordado en comunidad.

Las protestas de las autoridades de la Isla La Española llegaron a la Corte a través de una delegación acompañado por el vicario de los franciscanos. El rey Fernando el Católico al enterarse de lo sucedido se quejó al provincial de los dominicos en España y pidió sanciones para los dominicos de la Isla; y además mandó amenazar con regresarlos. Mientras tanto en la Isla los españoles les negaron el sustento y les amenazaron con embarcarlos a España.

El provincial fray Alonso de Loaysa también les amonestó, a través de tres cartas, les conmina a modificar su forma de predicación y les amenaza con no dejar pasar más frailes a la Isla. Los frailes dominicos, a pesar de las presiones y amenazas, no se amedrentan ni cambian de parecer, ya que su doctrina es fruto del estudio de la verdad, unieron el Evangelio al derecho de gentes. Luego de deliberar toman la decisión de enviar al mismo fray Antón Montesino, con este propósito pidieron limosna para los gastos de viaje, algunos les negaron, pero, no faltaron personas caritativas que conociendo sus virtudes les ayudaron.

Llegado a España se presentó a su provincial para informarle de la situación real en la Isla, para luego intentar entrevistarse con el monarca, tarea nada fácil, porque los intereses creados en la misma Corte no se lo querían permitir, ya que habían tomado la decisión de retornar a todos los frailes dominicos, decisión al que se opuso el rey. Al final, aprovechando un descuido del portero, pudo lograr entrar a la cámara del rey para explicarle la situación real de los indígenas y los fundamentos por los cuales los dominicos habían predicado de esa manera.

Como fruto de la información de fray Antonio Montesino, el rey «ordena a su Consejo examinar detenidamente las cosas de Indias» y convoca a una junta de teólogos y juristas. Producto del estudio de esta junta se promulgó las llamadas Leyes de Burgos en 1512, el primer código de las ordenanzas para intentar proteger a los pueblos indígenas, regular su tratamiento y conversión, y limitar las demandas de los colonizadores españoles sobre ellos; sin embargo, en la práctica no fueron acatadas por los encomenderos y las autoridades. Fueron modificadas en las Leyes de Valladolid en 1513, en éstas se reiteraban las órdenes reales emitidas previamente requiriendo el buen trato de los taínos y se disponían, además, nuevas maneras de proteger a los naturales de las Indias Occidentales.

Sermones

Primer Sermón

El domingo 21 de diciembre de 1511, cuarto domingo de Adviento, cuando se lee el pasaje del Evangelio de San Juan, donde dice: «Yo soy una voz que clama en el desierto» (Jn 1, 23), fray Antonio Montesino subió al púlpito, como portavoz de la primera comunidad de dominicos en el Nuevo Mundo, en Santo Domingo, para pronunciar el sermón preparado previamente y firmado por todos los frailes. Sermón conocido como el «Sermón de Adviento»:

Ego vox clamantis in deserto

«Para os los dar a cognoscer me he sobido aquí, yo que soy voz de Cristo en el desierto desta isla; y, por tanto, conviene que con atención, no cualquiera sino con todo vuestro corazón y con todos vuestros sentidos, la oigáis; la cual será la más nueva que nunca oísteis, la más áspera y dura y más espantable y peligrosa que jamás no pensasteis oír». «Esta voz [os dice] que todos estáis en pecado mortal y en él vivís y morís, por la crueldad y tiranía que usáis con estas inocentes gentes. Decid ¿con qué derecho y con qué justicia tenéis en tan cruel y horrible servidumbre aquestos indios? ¿Con qué auctoridad habéis hecho tan detestables guerras a estas gentes que estaban en sus tierras mansas y pacíficas, donde tan infinitas dellas, con muerte y estragos nunca oídos habéis consumido? ¿Cómo los tenéis tan opresos y fatigados, sin dalles de comer ni curallos en sus enfermedades [en] que, de los excesivos trabajos que les dais, incurren y se os mueren y, por mejor decir, los matáis por sacar y adquirir oro cada día? ¿Y qué cuidado tenéis de quien los doctrine y cognozcan a su Dios y criador, sean baptizados, oigan misa, guarden las fiestas y domingos? Estos, ¿no son hombres? ¿No tienen ánimas racionales? ¿No sois obligados a amallos como a vosotros mismos? ¿Esto no entendéis? ¿Esto no sentís? ¿Cómo estáis en tanta profundidad de sueño tan letárgico dormidos? Tened por cierto, que en el estado [en] que estáis no os podéis más salvar que los moros o turcos que carecen y no quieren la fe de Jesucristo».

Primera Comunidad de Dominicos en América

El «Sermón de Adviento» fue el primer grito de justicia que se escuchó en el Nuevo Mundo, por boca de un fraile dominico. Fray Antón Montesino lanzó la primera denuncia y protesta contra los explotadores de los indígenas, sin tener en cuenta que, como recién llegados, necesitaban del apoyo y la amistad de los conquistadores y las autoridades de la Isla La Española, les enrostró su conducta anticristiana, les puso de presente la dignidad humana de los nativos y les reclamó su responsabilidad de cristianos.

 Segundo Sermón

El domingo siguiente, 28 de diciembre de 1511, con la iglesia abarrotada de gente, fray Antonio Montesino de nuevo subió al púlpito para pronunciar el sermón, mientras los presentes esperaban la retractación pública exigida por las autoridades de La Española, comenzó diciendo: «Tornaré a referir desde el principio mi sciencia y verdad, que el domingo pasado os prediqué y aquellas mismas palabras, que así os amargaron, mostraré ser verdaderas». Bartolomé de Las Casas, uno de los enfurecidos encomenderos presentes, nos relata sus palabras:

«Oído este tema, ya vieron luego los más avisados adónde iba a parar, y fue arto sufrimiento dejadle de allí pasar. Comenzó a fundar su sermón y a referir todo lo que en el sermón pasado había predicado y a corroborar con razones y autoridades lo que afirmó de tener injusta y tiránicamente aquellas gentes opresas y fatigadas, tornando a repetir sus ciencia; que tuviesen por cierto no poderse salvar en aquel estado; por eso, que con tiempo se remediasen, haciéndoles saber que a hombre de ellos no confesarían, más que a los que andaban salteando, y aquello publicasen y escribiesen a quien quisiesen a Castilla».

 

 

Primera Comunidad de Dominicos en América

Como consecuencia de estos sermones pronunciados por fray Antonio Montesino, a los dominicos de La Española se les prohibió continuar predicando sobre estos temas.

Los sermones de Montesino también tuvieron un gran impacto en la conciencia de Bartolomé de Las Casas, que lo escuchó de primera mano y lo llevó a la posterior conversión. Las Casas llegó a ser un acérrimo defensor de los derechos de los pueblo

LOS SERMONES DE FRAY ANTONIO DE MONTESINOS

Santo Domingo, adviento de 1511

La característica fundamental de los sermones de fray Antonio de Montesinos cuya transcripción damos a continuación, es el haber sido el primer hito en la polémica sobre la justicia o injusticia de la conquista de América. Los mismos fueron pronunciados en un ambiente muy especial, la ciudad de Santo Domingo, capital de la isla entonces llamada La Española. “La despoblación de la española es, sin duda, una de las páginas más bochornosas de la conquista de América. Sería insensato tratar de negarlo u ocultarlo” (2), aunque sería injusto querer juzgar aquel proceso dramático con los criterios y categorías actuales.

Las represiones militares, el descenso de la natalidad, el sistema abusivo de explotación del indígena en el trabajo, sumado a la flaqueza y debilidad natural del mismo indígena fueron la causa del descenso demográfico vertiginoso que afectó a la población aborigen de Santo Domingo. Si bien la Corona en muchas ocasiones había dictado ya ordenanzas que miraban por el bien de los indios, las más de las veces estas ordenanzas eran tergiversadas o descaradamente desobedecidas. Será con la gran disputa y la agitación de las conciencias que ocasionaron los misioneros como se abrirá un verdadero proceso en búsqueda de una reconversión colonial, tendiente a humanizar y a regular según criterios de justicia las relaciones entre españoles y aborígenes en América. Los sermones que el dominico fray Antonio de Montesinos pronunció en aquel lejano adviento de 1511, y que el ardiente fray Bartolomé de las Casas nos reporta en su Historia de las Indias, son el preludio de ese proceso.

Llegado el domingo y la hora de predicar, subió al púlpito el susodicho padre fray Antón Montesino, y tomó por tema y fundamento de su sermón, que ya llevaba escrito y firmado por los demás: Ego vox clamantis in deserto. Hecha su introducción y dicho algo de lo que tocaba a la materia del tiempo del Adviento, comenzó a encarecer la esterilidad del desierto de las conciencias de los españoles de esta isla y la ceguera en que vivían; con cuánto peligro andaban de su condenación, no advirtiendo los pecados gravísimos en que con tanta insensibilidad estaban continuamente zambullidos y en ellos morían. Luego torna sobre su tema, diciendo así: “Para dároslos a conocer me he subido aquí, yo que soy voz de Cristo en el desierto de esta isla, y por tanto, conviene que con atención, no cualquiera, sino con todo vuestro corazón y con todos vuestros sentidos, la oigáis; la cual voz os será la más nueva que nunca oísteis, la más áspera y dura y más espantable y peligrosa que jamás pensasteis oír”.

Esta voz encareció por buen rato con palabras muy punitivas y terribles, que les hacía estremecer las carnes y que les parecía que ya estaban en el divino juicio. La voz, pues, en gran manera, en universal encarecida, les declaró cuál era o qué contenía en sí aquella voz:

“Esta voz, dijo él, que todos estáis en pecado mortal y en él vivís y morís, por la crueldad y tiranía que usáis con estas inocentes gentes. Decid, ¿con qué derecho y con qué justicia tenéis en tan cruel y horrible servidumbre a estos indios? ¿Con qué autoridad habéis hecho tan detestables guerras a estas gentes que estaban en sus tierras mansas y pacíficas, donde tan infinitas de ellas, con muertes y estragos nunca oídos, habéis consumido? ¿Cómo los tenéis tan opresos y fatigados, sin darles de comer ni curarlos en sus enfermedades, que de los excesivos trabajos que les dais incurren y se os mueren, y por mejor decir, los matáis, por sacar y adquirir oro cada día? ¿Y qué cuidado tenéis de quien los doctrine, y conozcan a su Dios y creador, sean bautizados, oigan misa, guarden las fiestas y domingos? ¿Estos, no son hombres? ¿No tienen almas racionales? ¿No estáis obligados a amarlos como a vosotros mismos? ¿Esto no entendéis? ¿Esto no sentís? ¿Cómo estáis en tanta profundidad de sueño tan letárgico dormidos? Tened por cierto, que en el estado en que estáis no os podéis más salvar que los moros o turcos que carecen y no quieren la fe de Jesucristo”.

Finalmente de tal manera se explicó la voz que antes tanto había encarecido, que los dejó atónitos, a muchos como fuera de sentido, a otros más empedernidos y algunos algo compungidos, pero a ninguno, por lo que yo después entendí, convertido. Concluido su sermón, bájase del púlpito con la cabeza no muy baja, porque no era hombre que quisiese mostrar temor, así como no lo tenía, si se daba mucho por desagradar los oyentes, haciendo y diciendo lo que, según Dios, le parecía convenir; con su compañero se va a su casa pajiza, donde, por ventura, no tenían qué comer, sino caldo de berzas sin aceite, como algunas veces les acaecía. Salido él, queda la iglesia llena de murmullo, que, según yo creo, apenas dejó acabar la misa.

Puédase bien juzgar que no se leyó lección de Menosprecio del mundo a las mesas de todos aquel día. En acabando de comer, que no debiera ser muy gustosa la comida, júntase toda la ciudad en casa del Almirante, segundo de esta dignidad y real oficio, D. Digo Colón, hijo del primero que descubrió estas indias, en especial los oficiales del rey…, y acuerdan de ir a reprender y asombrar al predicador y a los demás, si no lo castigaban como a hombre escandaloso, sembrador de doctrina nueva, nunca oída, condenando a todos, y que había hablado contra el rey y su señorío que tenía en estas Indias, afirmando que no podían tener los indios habiéndoselos dado el rey, y éstas eran cosas gravísimas e irremisibles.

Llaman a la portería, abre el portero, le dicen que llame al vicario, y aquel fraile que había predicado tan grandes desvaríos; sale solo el vicario, venerable padre, fray Pedro de Córdoba; le dicen con más imperio que humildad que haga llamar al que había predicado. Responde, como hombre prudentísimo, que no había necesidad; que si su señoría y mercedes mandan algo, él era prelado de aquellos religiosos y él respondería…

Finalmente… comenzaron a blandear humillándose, y ruéganle que lo mande llamar, porque, él presente, les quieren hablar y preguntarles cómo y en qué se fundaban para determinarse a predicar una cosa tan nueva y tan perjudicial, en deservicio del rey y daño de todos los vecinos de aquella ciudad y de toda esta isla.

Viendo el santo varón que llevaban otro camino e iban templando el brío con que habían venido, mandó llamar al dicho padre fray Antón Montesino, el cual maldito el miedo con que vino; sentados todos, propone primero el Almirante por sí y por todos su querella, diciendo que cómo aquel padre había osado predicar cosas en tan gran deservicio del rey y daño de toda aquella tierra…

El padre vicario respondió que lo que había predicado aquel padre había sido de parecer, voluntad y consentimiento suyo y de todos, después de muy bien mirado y conferido entre ellos… Poco aprovechó el habla y razones de ella, que el santo varón dio en justificación del sermón, para satisfacerlos y aplacarlos de la alteración que habían recibido al oír que o podían tener los indios tiranizados, como los tenían…

Convenían todos en que aquel padre se desdijese el domingo siguiente de lo que había predicado, y llegaron a tanta ceguera, que les dijeron, que si no lo hacían, que aparejasen sus pajuelas para embarcarse e irse a España… Finalmente…, concedieron los padres, por despedirse ya de ellos y dar fin a sus frívolas importunidades, que fuese así en buena hora, que el mismo padre fray Antón Montesino tornaría el domingo siguiente a predicar y tornaría a la materia y diría sobre lo que había predicado lo que mejor le pareciese y, en cuanto pudiese, trabajaría por satisfacerlos… esto así concertado, se fueron alegres con esta esperanza.

Publicaron ellos luego, o algunos de ellos, que dejaban concertado con el vicario y con los demás, que el domingo siguiente de todo lo dicho se había de desdecir aquel fraile; y para oír este segundo sermón no fue menester convidarlos, porque no quedó persona en toda la ciudad que no se hallase en la iglesia…

Llegada la hora del sermón, subido en el púlpito, el tema que para fundamento de su retractación y desde cimiento se halló, fue una sentencia del santo Job, en el cap. 36, que comienza: Repetam scientiam meam a principio et sermones meos sine mendatio esse probabo: “Tornaré a referir desde su principio mi ciencia y verdad, que el domingo pasado os prediqué y aquellas mis palabras, que así os amargaron, mostraré ser verdaderas”. Oído este su tema, ya vieron luego los más avisados a dónde iba a parar, y fue harto sufrimiento dejarlo pasar de allí.

Comenzó a fundar su sermón y a referir todo lo que en el sermón pasado había predicado y a corroborar con más razones y autoridades lo que afirmó de tener injusta y tiránicamente opresas y fatigadas a aquellas gentes, tornando a repetir su ciencia, que tuviesen por cierto no poder salvarse en aquel estado; por eso, que con tiempo se remediasen, haciéndoles saber que a hombres de ellos no los confesarían, más que a los que andaban asaltando, y que publicasen esto y escribiesen a quien quisiesen en Castilla; en todo lo cual tenían por cierto que servían a Dios y no chico servicio hacían al rey.

Acabado su sermón, se fue a su casa, y todo el pueblo en la iglesia quedó alborotado, gruñendo y mucho más indignado con los frailes que antes… Peligrosa cosa es y digna de llorar mucho [la condición] de los hombres que están en pecados, mayormente los que con robos y daños de sus prójimos han subido a mayor estado del que nunca tuvieron, porque más duro les parece, y aun lo es, decaer de él, que echarse de grandes barrancos abajo… de aquí es tener por muy áspero y abominable oírse reprender en los púlpitos, porque mientras no lo oyen, les parece que Dios está descuidado y que la ley divina es revocada, porque los predicadores callan. De esta insensibilidad, peligro y obstinación y malicia, más que en otra parte del mundo, ni género de gente consumada tenemos ejemplos sin número y experiencia ocular en estas nuestras Indias padecer la gente de nuestra España.

 

Cómo ya bien sabéis Antonio de Montesinos (1480 – 1540) fue un dominico que destacó en la lucha contra el abuso al que se sometía a los indígenas en el continente americano y que causó la conversión posterior de Fray Bartolomé de las Casas a su defensa de los indios.

Fue en 1511, en Santo Domingo, cuándo Montesinos pronunció el famoso “Ego Vox Clamantis in deserto”, también conocido Sermón de Adviento (llamado así porque se produjo durante la celebración del Cuarto Domingo de Adviento, 30 de noviembre) contra la encomienda y la esclavitud de los nativos de las Indias:

 

Estatua en honor a Fray Antonio de Montesinos en Santo Domingo, República Dominicana

“Para os los dar a conocer (los pecados contra los indios) me he subido aquí, yo soy voz de Cristo en el desierto de esta isla y, por tanto, conviene que con atención no cualquiera, sino con todo vuestro corazón y con todos vuestros sentidos la oigáis; la cual será la más nueva que nunca oísteis, la más áspera y dura y más espantable y peligrosa que jamás pensasteis oír…”

“Esta voz dice que todos estáis en pecado mortal y en él vivís y morís, por la crueldad y tiranía que usáis con estas inocentes gentes. Decid ¿con qué derecho y con qué justicia tenéis en tan cruel y horrible servidumbre aquestos indios? ¿Con qué autoridad habés hecho tan detestables guerras a estas gentes que estaban en sus tierras mansas y pacíficas, donde tan infinitas de ellas, con muertos y estragos nunca oídos, habéis consumido? ¿Cómo los tenéis tan opresos y fatigados, sin darles de comer ni curarlos de sus enfermedades, que de los excesivos trabajos que les dais incurren y se os mueren, y por mejor decir los matáis por sacar y adquirir oro cada día? ¿Y qué cuidado tenéis de quien los doctrine, y conozcan a su Dios y Criador, sean bautizados, oigan misa, guarden las fiestas y los domingos? Estos, ¿no son hombres? ¿No tienen ánimas racionales? ¿No sois obligados amallos como a vosotros mismos? ¿Esto no entendéis, esto no sentís? ¿Cómo estáis en tan profundidad, de sueño tan letárgico, dormidos? Tened por cierto, que en el estado en que estáis, no os podéis más salvar, que los moros o turcos que carecen y no quieren la fe de Jesucristo”.

Este sermón no tuvo mucho efecto práctico, pero sirvió para que el padre Las Casas, testigo de excepción de ese momento, reaccionara contra esa situación.

A modo de consecuencia directa de los esfuerzos  de Montesinos surgen las leyes de Burgos de 1512 en las que se emitían órdenes de la corona requiriendo el buen trato de los taínos y su protección.

 

 

Pedro de Córdoba

Nacido en Córdoba, Andalucía, España, en el año 1460; murió en la Isla de Santo Domingo, en 1525. Estudió teología en la Universidad de Salamanca y allí fue donde ingresó a la Orden Dominica. En el año 1510 viajó a Santo Domingo, fundando la provincia de Santa Cruz de la Orden. Fue un celoso protector de los indios y amigo de Las Casas. Su libro, “Doctrina cristiana para instrucción e información de los Indios por manera de historia”, se imprimió en 1544 en México bajo la dirección del Obispo Zumárraga. Estuvo destinado a la educación de los indios, principalmente a los de las islas, y es uno de los primeros libros de catecismo escritos y publicados en América. Fray Pedro fue el primer inquisidor enviado al Nuevo Mundo. Tuvo una gran reputación de sacerdote modelo, altamente respetado por el clero, los laicos y los indios.

Pedro de Córdoba nació en Córdoba, Andalucía (España) entre mayo y septiembre de 1482. Realizó los estudios de Leyes en la Universidad de Salamanca, allí entró en contacto con los dominicos del Convento de San Esteban, atraído por la personalidad y forma de vida de estos religiosos decidió hacerse fraile dominico. Hacia el año 1501 tomó el hábito de la Orden Dominica e inició su año de noviciado. Al concluir esta etapa hizo su profesión religiosa y continuó con sus estudios de artes, filosofía y teología hasta 1508. En 1506 fue ordenado diácono y en 1508 recibió el Orden sacerdotal. Permaneció en el Convento de San Esteban hasta 1509 para luego ser asignado al Real Convento de Santo Tomás de Ávila, donde se ocupó en el ministerio de la predicación.

En 1510 llegó a Santo Domingo en la isla de La Española, entonces sede de la Audiencia de los territorios españoles en el Nuevo Mundo, junto con otros tres frailes dominicos, fray Antonio de Montesinos, fray Bernardo de Santo Domingo y fray Domingo de Villamayor, y constituyó la primera comunidad y convento de esa orden en América, base de la futura provincia dominica de Santa Cruz de Indias.

En el transcurso del viaje a Santo Domingo la nave Espíndola, donde viajaban los religiosos, realizó una parada en Puerto Rico. Pronto llegarían a esa tierra, en diciembre de 1510 otra expedición de dominicos y un año después otra tercera. En esa parada tuvieron que dejar a fray Antonio Montesino en la isla, en Cáparra, al estar gravemente enfermo. Probablemente, según creen historiadores como Antonio Cuesta Mendoza, fue en esa ocasión cuando Montesinos tuvo la ocurrencia de fundar un convento de su orden en la isla. En 1521, cuando se traslada Caparra a la isla de San Juan, una de las principales obras es la construcción de un convento dominico en la parte septentrional de la isleta, para lo que trae seis frailes. Ya en 1514 estuvieron de visita en Puerto Rico fray Antonio Montesino, fray Pedro de Córdoba y fray Juan Garcés.

Fray Pedro de Córdoba, junto con sus compañeros, se dedicó a la evangelización y educación de los indígenas llegando a publicar un catecismo dedicado a la enseñanza de la doctrina de Cristo a los indios. El catecismo, publicado en 1544 en México por el obispo de Nueva España fray Juan de Zumárraga, se titulaba Doctrina cristiana para instrucción e información de los Indios por manera de historia.

Al año siguiente de su llegada a La Española, permitió la denuncia que fray Antonio de Montesinos realizó en el sermón del 21 de diciembre de 1511 contra los abusos que se estaban cometiendo en el sistema de encomiendas que llegaban a esclavizar a los encomendados, saltándose las obligaciones que dicho sistema les imponía a los colonizadores. La denuncia caló y molesto a la excipiente y poderosa sociedad colonial, que basaba sus riquezas en la explotación esclavista de los indígenas. Fue tal el mal estar que Pedro de Córdoba se vio obligado a volver a metrópolis a responder a las acusaciones, que desde La Española le llegaron al rey. Sus razones sirvieron para que las Leyes de Burgos fueran suavizadas.

Realizó la labor misionera en los territorios de La Española y Venezuela e intentó, junto con Montesinos, realizar una evangelización pacífica.

La defensa de los indios, que realizó junto con fray Bartolomé de Las Casas, junto con el proceder diario le proporcionó una gran reputación de sacerdote modelo. Fue altamente respetado por el clero, los laicos y los indios.

Murió en Santo Domingo el 4 de mayo del año 1521.

Obras

 

  • Doctrina Cristiana’, la primera escrita en América entre 1510 y 1521, para uso de las predicaciones dominicales y festivas; publicado por primera vez en México en 1544, con algunos retoques y ampliaciones.
  • Cartas. De las muchas cartas que escribió desde América en defensa de los indios, se conservan tres cartas propias y otras tres en las que aparece como uno de los firmantes.
    • «Carta del Vice-Provincial y sacerdotes del convento de Santo Domingo, dirigida a los muy Reverendos Padres» (abril o mayo de 1517).
    • «Carta latina de dominicos y franciscanos de las Indias a los Regentes de España» (Santo Domingo, 27 de mayo de 1517).
    • «Carta al Rey del Padre Fr. Pedro de Córdoba, Vice-Provincial de la Orden de Santo Domingo» (Santo Domingo, 28 de mayo de 1517).
    • «Carta del Padre Fray Pedro de Córdoba al Padre Fray Antonio Montesinos» (26 de septiembre de 1517).
    • «Carta que escribieron varios Padres de las Ordenes de Santo Domingo y San Francisco, residentes en la Isla Española, a Mr. Xevres» (Santo Domingo, 4 de junio de 1518).
    • «Carta de Fr. Pedro de Córdoba a Bartolomé de las Casas» (¿julio 1518?).

Recópilado y Eelaborado Por: Ervin Ariel Jarquín Urbina

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